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“El Jurado HUMILLÓ a Juan Gabriel Frente a 20,000 Personas… Sin Saber que Era Él”

Alberto notó algo particular. El hombre caminaba con la cadencia de alguien que conoce perfectamente el peso de ser observado y ha decidido en, al menos por esta noche ponerse al margen de esa dinámica. Llevaba las manos en los bolsillos y la cabeza ligeramente inclinada, no por timidez, sino por esa actitud contemplativa que tienen los artistas cuando quieren absorber el mundo antes de devolverlo convertido en algo distinto.

“Buenas tardes, señor”, dijo Alberto con la fórmula de siempre. El hombre se detuvo un instante y le dirigió una sonrisa breve, pero genuina, de esas que no se dan por cortesía, sino porque uno realmente quiere dárselas. Buenas tardes, respondió. Me recomienda algún lugar por aquí cerca donde pueda caminar sin que me reconozcan demasiado? Alberto consideró la pregunta con seriedad profesional.

No era la primera vez que alguien se lo pedía. Si se va hacia lavapiés, señor, a estas horas la gente está muy metida en lo suyo. Es un barrio de artistas y trabajadores. No miran demasiado. El hombre asintió con satisfacción. Perfecto. Eso es exactamente lo que necesito esta noche. Y se fue caminando por la gran vía con paso tranquilo, fundiéndose poco a poco con la marea de personas que poblaban las aceras a esa hora de la tarde, cuando Madrid empieza a despertar de su siesta y se prepara para la segunda jornada del día, esa que

se extiende mucho más allá de la medianoche. Juan Gabriel llevaba tres semanas en España. Su agenda incluía una serie de presentaciones en distintos recintos de Madrid, Barcelona y Sevilla, parte de un esfuerzo sostenido por abrirse paso en el mercado europeo, donde su nombre comenzaba a sonar con fuerza entre las comunidades latinoamericanas, pero todavía no había conquistado del todo al público local.

Era un trabajo lento, an de paciencia y constancia, que él asumía con la misma disciplina con que había encarado cada etapa de su carrera, sabiendo que nada que valga la pena llega sin el peso del esfuerzo detrás. Pero esta noche no había agendas ni compromisos. Su manager había insistido en que descansara antes del gran concierto del sábado y él había prometido que lo haría.

Sin embargo, la idea del descanso y la idea del encierro no eran para él la misma cosa. Necesitaba caminar, respirar aire que no hubiera pasado por el filtro de los hoteles ni de los camerinos, sentir el pulso de una ciudad real bajo sus pies. recorrió varias calles sin rumbo fijo, disfrutando del anonimato con una satisfacción que los que siempre han sido anónimos no pueden comprender del todo.

Para alguien que ha vivido bajo la presión constante de ser reconocido, en de responder expectativas, de representar algo más grande que uno mismo en cada momento público, la posibilidad de caminar sin que nadie te sepa quién eres tiene el sabor de un regalo inesperado. Fue al doblar por una calle secundaria, siguiendo instintivamente el sonido amortiguado de una guitarra que escapaba por alguna ventana abierta.

cuando se encontró frente al teatro Lara. El edificio tenía esa presencia silenciosa y digna que tienen los teatros viejos, como si supieran que han sido testigos de demasiadas historias para impresionarse fácilmente. La fachada de finales del siglo XIX mostraba sus molduras desgastadas con una elegancia sin pretensiones.

Y sobre la marquesina exterior, un cartel de letras rojas anunciaba la Voz de Madrid, concurso de talentos emergentes. Esta noche 21 horas. Juan Gabriel se detuvo e miró el cartel durante unos segundos, luego miró su reloj. Eran las 9:15. Adentro la música, afuera él. compró una entrada en taquilla sin que la chica detrás del mostrador, una estudiante de unos 19 años con el pelo recogido y un libro de texto abierto sobre las rodillas levantara siquiera la vista de sus apuntes para mirarlo con detenimiento.

Le entregó el cambio con una distracción que él agradeció en silencio. Entró al teatro. El teatro Lara tenía por dentro esa atmósfera particular que solo existe en los lugares donde el tiempo ha ido depositando capas de historia sin que nadie se moleste demasiado en limpiarlas. Las butacas de terciopelo rojo, desgastadas en los apoyabrazos, pero todavía dignas, estaban casi todas ocupadas.

En el techo presentaba una moldura de escayola que en su día había sido blanca y ahora tenía el color del marfil antiguo. Las arañas de luces, tres en total, proyectaban una claridad cálida y ligeramente dorada que lo hacía todo parecer un poco más dramático de lo que era. Había aproximadamente 1000 personas aquella noche.

No era un número redondo elegido para impresionar. era simplemente la capacidad del teatro y el concurso había conseguido llenarla de cabo a rabo. En las filas delanteras se veían periodistas con libretas y fotógrafos con sus equipos ya montados. En la zona media, donde Juan Gabriel tomó su asiento casi al final del pasillo, había una mezcla heterogénea de público, familias con jóvenes que participaban o conocían a participantes y parejas de mediana edad que habían venido como cualquier otra actividad cultural de un jueves por la noche y

grupos de estudiantes de música que seguían el concurso con el interés profesional de quienes están evaluando a sus futuros competidores. La persona sentada a su izquierda era una mujer de unos 50 años con un programa del evento doblado sobre las rodillas. A su derecha, un muchacho de unos 25 que llevaba una cámara de fotos colgada al cuello y parecía haber venido a fotografiar a alguien en concreto.

Ninguno de los dos lo miró con particular atención. Las gafas oscuras, pensó, hacían su trabajo. En el escenario, el presentador, un hombre de unos 40 años con el pelo hacia atrás y un traje que era elegante, sin ser ostentoso. Estaba dando los últimos avisos antes de comenzar la segunda parte del concurso. explicaba las reglas con la cadencia de quien las ha repetido tantas veces que ya no las escucha mientras las dice.

Y el público respondía con esa atención a medias que se reserva para las instrucciones que uno siente que ya conoce. Juan Gabriel tomó su asiento y observó la sala con esa mirada panorámica que desarrollan quienes han pasado suficientes años al otro lado mirando desde el escenario. Hay una manera en que los artistas experimentados leen a un público antes de que empiece el espectáculo, no como masa, sino como individuos, identificando los focos de energía, las zonas de resistencia, los grupos que han venido predispuestos a disfrutar y los

que han venido con las expectativas demasiado altas o demasiado bajas. Luego dirigió su atención a la mesa del jurado. Eran tres personas. A la izquierda hay una mujer de unos 45 años con gafas de montura fina y un cuaderno abierto frente a ella. tenía el aspecto sereno de alguien que ha escuchado mucha música y sabe que las sorpresas son siempre posibles.

A la derecha, un hombre joven, no más de 35 años, con la apariencia ligeramente nerviosa de alguien que todavía no está del todo cómodo con la autoridad que le han conferido. Y en el centro, Gaspar Valverde. Juan Gabriel lo identificó antes de saber su nombre, antes de escuchar una sola palabra suya. Había algo en la manera en que aquel hombre ocupaba el espacio que lo decía todo.

La postura demasiado recta, los brazos sobre la mesa con una precisión casi calculada, la forma en que los ojos recorrían el teatro con la expresión de quien está inventariando lo que le pertenece. envestía un traje gris oscuro de corte impecable con una corbata azul marino que seguramente costaba más de lo que muchos de los participantes de esa noche ganaban en un mes.

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