Fue relegado al banquillo por su propio club. Sufrió críticas constantes que pusieron a prueba su fortaleza mental y hoy, a pesar de ser el mejor atacante nacional, se enfrenta a un muro que podría pausar su sueño mundialista, el escepticismo de Javier el Vasco Aguirre. Bienvenidos a Iran Fútbol.
Hoy vamos a destapar la dura y espectacular historia de resiliencia de La Hormiga González. Ponte cómodo porque esto es una clase magistral de cómo aguantar la presión y callar bocas. Arrancamos. Este video está patrocinado por mis amigos de Melvet, una plataforma que ofrece las mejores cuotas en eventos deportivos y con pagos rápidos.

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Para entender el inmenso coraje con el que juega hoy este chico cada fin de semana, tenemos que sumergirnos en la enorme frustración que vivió desde que era un niño. Armando González, apodado La hormiga por herencia de su padre, quien también fue futbolista profesional y defendió exactamente la misma camiseta de las Chivas en los años 90.
No tuvo un camino fácil ni alfombras rojas por su apellido. De hecho, su historia comenzó con portazos en la cara. Armando hizo hasta tres pruebas para ingresar a las fuerzas básicas del Guadalajara. En las dos primeras fue rechazado. La razón, su baja estatura y su complexión delgada. Los visores le decían que no tenía el físico para competir, pero a base de pura terquedad y de no aceptar un no por respuesta, fue hasta los 15 años que finalmente logró convencerlos y quedarse en la institución.
Una vez adentro, sus números fueron simplemente sobresalientes. Era una máquina programada para hacer goles. Fue campeón de goleo en la sub20, destacó en la categoría sub-23 y cuando la directiva decidió subirlo al tapatío en la liga de expansión, La Hormiga demostró en un par de meses que el circuito de plata le quedaba minúsculo.
Cualquier equipo del mundo con un mínimo de sentido común lo habría subido inmediatamente al primer equipo. Pero en Chivas, Armando tardó en llegar. Mientras él se cansaba de romper las redes en las canchas alternas de Verde Valle. La directiva del primer equipo le cerraba la puerta de manera sistemática.
Tenía que sentarse a ver por televisión cómo gastaban millones de dólares en delanteros que no daban resultados. Armando tuvo que soportar ver cómo alineaban a jugadores como Ricardo Marín, a Ronaldo Cisneros o a un Javier Chicharito Hernández mermado por las lesiones. Veía a estos jugadores fallar ocasiones claras mientras los técnicos de turno le decían al oído.
Tranquilo, Armando, todavía no estás listo, te falta experiencia. Esa espera interminable lo llevó al borde del colapso anímico. Armando llegó a plantearse seriamente salir de Chivas. Pensó que su talento jamás sería valorado de la forma correcta, pero la falta de oportunidades internas no fue la peor parte.
Lo que más dolió fue el fuerte señalamiento de la opinión pública. Cuando el nombre de Armando González empezó a sonar en la prensa como una posible solución de emergencia, gran parte de la afición y de los medios de comunicación lo recibieron con burlas. El ataque mediático fue implacable y muy duro. Se burlaban de su apodo.
Decían que alguien apodado la hormiga no podía infundir terror en las defensas rivales. Volvieron a plan atacarlo por su físico, argumentando que era un chico demasiado delgado y que los corpulentos centrales sudamericanos de la primera división lo iban a fixiar en la marca. hacían decenas de memes minimizando todo su esfuerzo. Incluso por su gran afición al anime y sus peculiares celebraciones emulando personajes, llegaron a apodarlo de forma despectiva El otaku del gol, intentando hacerlo menos en redes sociales.
Armando leía todo esto. Sentía la duda y las burlas de su propia gente. La frustración de saberte capaz, de estar listo para comerte el mundo, pero no ser tomado en serio por tu propio entorno es un peso que ha frenado las carreras de miles de talentos jóvenes en México. Pero Armando no se rompió, al contrario, abrazó esas críticas y las transformó en gasolina pura.
Hizo suyo el apodo del otaku del gol, lo que empezó como un intento de burla cibernética. Él lo convirtió en su impulso y motivación en la cancha. Su gran oportunidad llegaron gracias a alguien con visión internacional. Fue Fernando Hierro durante su gestión como director deportivo del rebaño, quien finalmente confió ciegamente en él.
Hierro, acostumbrado a ver talento en las canteras de Europa, vio en Armando lo que los técnicos locales ignoraban y ordenó subirlo definitivamente al primer equipo. Le dio el respaldo que tanto necesitaba y Armando no perdonó. Entró a la cancha no como un novato asustado, sino como un jugador maduro y determinado tras años de espera.
Desde sus primeros toques de balón en el máximo circuito, le demostró a todos los expertos de sillón que estaban equivocados. Armando dejó claro que no necesitaba tener el físico de un físicoculturista de gimnasio, porque su juego no se basa en chocar, sino en algo mil veces más valioso e instintivo. La inteligencia espacial es un auténtico zorro dentro del área.
Sabe leer perfectamente 2 segundos antes que los defensas dónde va a caer el rebote. sabe cómo ganarle la espalda a los centrales con un simple movimiento de cintura y a la hora de definir tiene hielo en las venas, pero lo que más enamora a la afición no son solo sus goles, sino su comportamiento. A diferencia de la típica promesa mexicana que se marea con el primer cheque y se pierde en la fiesta, Armando es un chico sumamente educado, centrado y humilde.
No ha protagonizado ni un solo escándalo fuera de la cancha. Él no sale en portadas de revistas de chismes, él solo habla con el balón y festeja con sus poses de anime. Desde que Fernando Hierro le dio la oportunidad, lo ha dado absolutamente todo, sudando la camiseta hasta la última gota en cada jugada. En este Clausura 2026, Armando González ha explotado definitivamente.
Cayó las bocas de todos sus detractores. Se adueñó por completo de la titularidad en Chivas, destrozó la liga y se coronó oficialmente como el flamante campeón de goleo de la Liga MX. Hoy ese mismo estadio Acron que antes dudaba de él se pone de pie para corear su nombre. Ya nadie se burla de la hormiga ni del otaku del gol, pero justo cuando parece que ha superado el reto más grande de su vida, se topa con un muro monumental.
