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CHRISTIAN BACH: el macabro SECRETO y el cruel MISTERIO que APAGÓ a la reina

 No hubo conferencia de prensa, no hubo despedida pública cuidadosamente organizada, no hubo carta abierta a sus fanáticos de 40 años. ni declaración emotiva frente a las cámaras, ni siquiera una fotografía final en la que pudiera vérsele sonriendo desde algún escenario o alfombra roja. Simplemente un día estaba y al siguiente ya no estaba.

 Y lo que vino después fue uno de los pactos de silencio más herméticos, más absolutos y más desconcertantes que recuerda la industria del espectáculo en México, su familia, los urita o te cerraron filas de una manera tan total que durante años nadie supo con certeza si Cristian B estaba viva o muerta, si estaba enferma o simplemente se había cansado del mundo que la había visto crecer.

 Hoy vamos a romper ese cerco. Vamos a explorar lo que pasó realmente en esos últimos años. Lo que la familia nunca quiso que vieras, lo que Cristian misma decidió esconder del mundo que la amó cuatro décadas. ¿Y por qué la mujer que nunca perdió el control sobre nada acabó convirtiéndose de manera profundamente irónica en el secreto más guardado de los mismos que decían amarla? Porque hay una diferencia devastadora entre proteger a alguien y borrarla del mapa.

Y a veces, vista desde afuera, esa diferencia se vuelve imposible de distinguir con claridad. Antes de que sigamos, eh, si te interesan las historias ocultas de las mujeres que vivieron a la sombra del poder y pagaron un precio brutal por ello, suscríbete ahora y activa la campanita. Lo que vas a descubrir aquí sobre Cristian Bach va a cambiar completamente la imagen que tenías de ella y de los suyos.

 Lo que viene no tiene vuelta atrás, pero antes de llegar al final de esta historia, necesitas entender de dónde vino esta mujer, porque ahí, en el principio de todo, empieza también el final. Buenos Aires, 1959, una ciudad que en ese momento vivía una especie de contradicción permanente y casi esquizofrénica. Por un lado, el tango, la elegancia europea trasplantada al Río de la Plata, los cafés literarios llenos de intelectuales que creían que estaban cambiando el mundo con cada conversación.

 E los teatros con funciones todas las noches y el público que los llenaba con la disciplina de quien sabe que el arte importa. Por el otro, la tensión política que ya empezaba a cocinarse a fuego lento debajo de la superficie de esa normalidad aparente, los militares afilando sus cuchillos para lo que vendría en los años siguientes.

Una sociedad que caminaba sobre una capa de hielo sin saber exactamente cómo degada era ni cuándo iba a quebrarse bajo el peso de lo acumulado. En ese contexto, cargado de brillo y de amenaza al mismo tiempo, nació Adela Christian Botino. El 9 de mayo de ese año, en el seno de una familia donde el arte no era una opción ni un capricho dominguero, sino prácticamente el idioma que se hablaba en casa todos los días de la semana.

 Su madre, Adela Moua Botino, no era cualquier mujer. Era la primera bailarina del teatro Colón de Buenos Aires, una de las instituciones culturales más prestigiosas de toda Latinoamérica. El lugar donde el arte se practica con una seriedad que en otros sitios cuesta décadas enteras construir. Pero no solo eso, había bailado en la ópera de París y en la escala de Milán, dos de los escenarios más imponentes del mundo occidental, y se había convertido con el tiempo en una coreógrafa reconocida en la televisión argentina, trasladando su formación clásica al

lenguaje popular del entretenimiento masivo. Y si eso no fuera suficiente para entender el linaje que cargaba esta familia desde mucho antes de que ella naciera, su abuela materna, oriunda de Rusia y educada en la tradición del arte clásico más riguroso, había bailado en el mismísimo Bolsoy. Son tres generaciones de mujeres que vivieron para el arte, que pusieron el cuerpo en el escenario como si fuera el lugar más natural del mundo, como si estar en cualquier otro sitio que no fuera bajo la luz de las candilejas fuera una forma

de estar a medias en la existencia. Con ese linaje en los huesos y en la memoria familiar, nadie se sorprendería de que la pequeña Adela Cristian decidiera estudiar danza desde adolescente, siguiendo el camino que su madre y su abuela habían trazado antes que ella con tanto esfuerzo y tanta entrega.

 Pero lo que sorprende genuinamente y que dice más de la personalidad que iba a construirse en los años siguientes, de lo que cualquier anécdota de infancia podría decir, es que al terminar el colegio secundario optó por estudiar derecho en la Universidad de Buenos Aires. No danza, no actuación, no artes escénicas, derecho, como si hubiera decidido conscientemente con una madurez que no es frecuente en alguien de esa edad y esa formación artística que su mente y su lógica tenían tanto que decir como su cuerpo y su talento heredado.

era una chica de 17 años que ya intuía algo fundamental sobre el mundo en que iba a moverse, que el poder tiene muchas formas posibles y que conocer las reglas del juego a fondo es la única manera real de saber cuándo romperlas y cuándo usarlas para tu propio beneficio sin que nadie pueda cuestionarlo.

 Y sin embargo, mientras cursaba esa carrera de 5 años que le exigía las horas y la concentración que exige cualquier licenciatura seria tomada en serio, en 1976, con apenas 17 años recién cumplidos, consiguió su primer papel en televisión. Lé fue en la segunda versión de la telenovela El amor tiene cara de mujer. Y ahí quedó claro desde el primer plano que la actuación no iba a soltarla fácilmente, que había algo en ella que la pantalla quería con una intensidad que no todas las actrices despiertan en la cámara. tenía algo frente a las

cámaras que es muy difícil de definir con palabras precisas y que quienes lo ven lo reconocen inmediatamente. esencia, ese magnetismo extraño que hace que el ojo del espectador vuelva siempre hacia la misma persona en escena, aunque esa persona no esté haciendo nada especialmente llamativo en ese momento, aunque no tenga el parlamento más importante de la escena, aunque técnicamente esté en un segundo plano respecto a quien dirige la acción, el ojo la busca igual y Christian Back lo tenía desde el principio, casi de forma

congénita, eh, como si hubiera nacido sabiendo que la cámara era otro escenario donde debía moverse con la misma naturalidad con que su madre se movía en el teatro Colón. Bajo los reflectores del ballet clásico, siguió estudiando derecho con la disciplina que esa carrera requiere. siguió actuando en los papeles que conseguía y en 1979, recién graduada como abogada después de esos 5 años de trabajo simultáneo en el estudio y en los sets, tomó la decisión que definiría el resto de su vida completa. Dejó a Argentina y se mudó a

México. No fue un salto al vacío de alguien que actúa por impulso emocional sin medir las consecuencias. Fue un movimiento calculado, casi estratégico en su ejecución, como todo lo que hacía Cristian cuando se trataba de su carrera. Sabía que el mercado mexicano de telenovelas será uno de los más grandes y más influyentes del mundo en ese momento histórico.

 Que Televisa era una máquina de producir ídolos con una eficiencia industrial que ninguna otra televisora latinoamericana podía igualar ni de lejos y que allí existía el espacio que ella necesitaba para construir algo que en Buenos Aires le iban tomar el doble de tiempo y ofrecerle la mitad de las posibilidades reales.

 fue directamente a buscar a Ernesto Alonso, el director y productor que en ese entonces era prácticamente el árbitro del talento en la televisión mexicana. El hombre cuya aprobación abría puertas que de otra forma permanecían cerradas para siempre, para los actores que llegaban de afuera. Y Ernesto Alonso la vio. Él la evaluó con la mirada de alguien que lleva décadas distinguiendo el talento genuino del talento fabricado y entendió inmediatamente lo que tenía entre manos.

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