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CANTINFLAS estuvo a punto de RECHAZAR “Ahí está el detalle”… por un motivo que casi NADIE conoce…

 Hay que regresar al 12 de agosto de 1911 en la colonia Tepito de la Ciudad de México, cuando una mujer llamada Soledad Reyes trajo al mundo a un niño que nadie hubiera imaginado que cambiaría la historia de un país entero. Su padre, Pedro Moreno, era cartero. Su madre vendía fruta en un puesto del mercado de la Lagunilla. Tenían 12 hijos.

 Mario era el sexto. El México de 1911 era un país fracturado. La revolución había comenzado apenas un año antes, en 1910, con el grito de Francisco Primeira Madero y las calles de la capital todavía olían a pólvora y a miedo. En Tepito, ese barrio que siempre ha sido el corazón más duro y más vivo de la Ciudad de México, los niños crecían aprendiendo una lección fundamental.

 En este país, si no tienes dinero, si no tienes apellido, si no tienes contactos, más te vale tener ingenio, porque el ingenio es lo único que nadie te puede quitar. Mario Moreno aprendió esa lección más rápido que nadie. A los 8 años ya vendía periódicos en la esquina [música] de Tepito y Peralbillo. A los 10 ayudaba en el mercado.

 A los 12 había trabajado como cargador, como aprendiz, como ayudante de panadero. Pero ninguno de esos oficios lo hacía sentir vivo. Lo que lo hacía sentir vivo era otra cosa, la gente que se reía. Hay un momento en la infancia de Mario que quienes lo conocieron de cerca recordaban siempre. Era un domingo de mercado en La Lagunilla, probablemente hacia 1920.

Mario tendría unos 9 años. Un vendedor ambulante estaba intentando convencer a una señora de comprar un reboso que claramente valía menos de lo que pedía. El vendedor hablaba y hablaba mezclando palabras, enredándose, usando términos que no existían, tratando de hacer que su argumento sonara más lógico de lo que era.

 Y Mario, desde atrás empezó a repetir en voz baja lo que el hombre decía, añadiendo giros, exagerando los sonidos, [música] creando una especie de eco que hizo reír primero a la señora del rebozo, luego a la señora de junto, luego a toda una hilera de puestos. Alguien le dio una moneda. Fue la primera vez que alguien le pagó por hacer reír.

 Esa moneda cambió algo en Mario Moreno. No de manera inmediata todavía pasarían años antes de que tomara la decisión que definiría su vida, pero plantó una semilla que ya no podría arrancarse. Lo que muy pocos saben es que antes de convertirse en Cantinflas, Mario Moreno fue rechazado en al menos cuatro audiciones de carpa distintas.

 No porque no tuviera talento, sino porque nadie entendía lo que hacía. Las carpas eran el corazón del entretenimiento popular en el México de los años 20 y 30. Eran carpas literales, grandes toldos de lona o de tela gruesa instalados en solares valdíos, en las orillas de los mercados, en los terrenos que quedaban entre un barrio y otro.

 El precio de la entrada era de 10 o 20 centavos, lo que las hacía accesibles para la clase trabajadora que no podía pagar el teatro de verdad, ni el cine que comenzaba a volverse cada vez más popular, pero que todavía olía a novedad cara. [música] En las carpas actuaban cómicos, bailarinas, magos, cantantes de poca monta y de mucho talento.

 Era un mundo brutalmente honesto. Si el público se aburría, te lo hacía saber de inmediato. Una cáscara de naranja podía aterrizarte en la frente antes de que terminaras tu segundo chiste. Un silencio prolongado era peor que cualquier abucheo. Las carpas no tenían misericordia con quienes no sabían comunicarse con el pueblo.

 [música] Mario llegó a su primera audición en la Carpa Sotelo, ubicada en la colonia Guerrero hacia 1926. Tenía 15 años. Subió al pequeño escenario con la seguridad de quien nunca ha fallado y comenzó a hablar. El problema fue ese. Comenzó a hablar y no paró. Las palabras se le enredaban, los argumentos no llegaban a ningún lado.

Los chistes quedaban enterrados bajo capas y capas de frases que comenzaban y no terminaban. El encargado de la carpa lo bajó del escenario antes de que cumpliera 3 minutos. Afuera, sentado en el borde de la banqueta con los codos sobre las rodillas, Mario Moreno hizo lo que hacen los que están destinados a algo grande cuando los rechazan por primera vez. No se fue a casa.

 Se quedó ahí escuchando cómo actuaban los otros, escuchando qué hacía reír al público y qué no. observando, aprendiendo, convirtiendo su derrota en material. Y fue ahí, en esa banqueta de la colonia Guerrero, donde nació el germen de lo que luego el mundo conocería como el cantinfleo. No fue un accidente, fue una decisión.

 Mario se dio cuenta de algo que los otros cómicos no habían visto. El público de las carpas no quería chistes bien construidos, no quería remates limpios ni situaciones ordenadas, quería reconocerse, quería verse en el escenario y el hombre del pueblo mexicano, el trabajador, el cargador, el vendedor ambulante, el que intentaba hablar con el jefe, el que intentaba entender las leyes, el que intentaba que la burocracia lo escuchara, ese hombre, hablaba exactamente como Mario había hablado en esa primera audición desastrosa.

enredado, confuso, llenando el silencio de palabras, [música] porque el silencio era peligroso cuando eras pobre y alguien con poder te estaba mirando. El cantinfleo no era un defecto de comunicación, era el retrato exacto de cómo habla el que no tiene poder cuando está frente al que sí lo tiene. Con esta revelación, Mario Moreno regresó a las carpas y esta vez [música] fue diferente.

 En la carpa Ofelia, en la carpa Valentina, en la carpa Margo, todas en diferentes rincones de la Ciudad de México, en la Doctores, en Tepito, en la Merced fue construyendo lentamente un personaje [música] que no se parecía a ningún otro, un pelado que no era el pelado clásico de las comedias de la época, violento, grosero, agresivo.

 Este pelado de Mario era diferente. tenía dignidad, tenía una especie de lógica interna indestructible y sobre todo tenía una capacidad infinita de salir adelante sin perder el alma. Nadie sabe con certeza absoluta de dónde vino el nombre Cantinflas, pero hay una versión que los más cercanos a Marios siempre consideraron la más cercana a la verdad y que cambia completamente lo que creemos saber sobre la identidad de este hombre.

 Corría 1930 o 1931. Mario actuaba en una carpa del barrio de Tepito frente a su propio vecindario. Había bebido algo más de lo prudente antes de salir al escenario. Era joven, era nervioso y el alcohol hacía más fácil lo que el miedo hacía difícil. En un momento de su actuación, cuando el público lo presionaba con risas y gritos, comenzó a gritar algo que no tenía sentido, una mezcla de en la cantina y te inflas y otras palabras que se fueron convirtiendo en un solo torrente sonoro.

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