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Camilo Sesto Se Inscribió en un Concurso de Canto sin Decir Quién Era — Los Jueces Lloraron…

La chica que llevaba el registro lo anotó sin levantar la vista, le dio el número 14, le dijo que la actuación empezaría a las 5 de la tarde y que tenía 3 minutos para cantar. Luis Cortés asintió, tomó su número y fue a sentarse en la última fila de la sala. Nadie en esa sala sabía que el hombre del número 14 había llenado estadios.

 Briguega era un pueblo de 800 personas en la provincia de Guadalajara. Tenía una plaza mayor con una fuente, una iglesia del siglo XI, tres bares y una panadería que olía a pan recién hecho desde las 5 de la mañana. No era un lugar donde ocurrieran cosas importantes o eso creía la gente que no vivía allí. El concurso de Nuevas Voces de Briguega se celebraba cada año desde 1965.

Lo había fundado don Aurelio Mendoza, el profesor de música del colegio público, con la idea de que los jóvenes del pueblo y de los pueblos de alrededor tuvieran un escenario donde mostrar lo que sabían hacer. No era un concurso famoso, no salía en los periódicos de Madrid, pero en la comarca lo conocían. Y cada año llegaban jóvenes de Cifuentes, de Sacedón, de Pastrana, con sus canciones preparadas y sus familias en las primeras filas.

 El premio era 50,000 pesetas y la posibilidad de grabar una maqueta en un pequeño estudio de Madrid con el que don Aurelio tenía contacto. Para un joven de 18 años de un pueblo de Castilla, eso era muchísimo. Este año había 23 inscritos, casi todos entre los 18 y los 25 años. El número 14 era el único que había pedido no aparecer en el programa con foto.

 El jurado lo formaban tres personas. Don Aurelio, que con sus 60 años llevaba cuatro décadas enseñando solfeo y conocía la diferencia entre una voz trabajada y una voz fingida. Doña Carmen Ruiz, directora de cultura del Ayuntamiento, que no tenía formación musical, pero tenía algo que don Aurelio consideraba igual de valioso.

 Sabía cuando algo le llegaba y cuándo no. y Miguel Ángel Soriano, el animador de la radio local, que había entrevistado a más cantantes en sus 15 años de carrera que la mayoría de los productores de Madrid, eran tres personas que se tomaban en serio lo que hacían, que escuchaban de verdad, que no estaban allí para cumplir un trámite, sino porque creían que la música importaba y que encontrar una voz nueva en un pueblo pequeño era algo que merecía atención.

Eso era exactamente lo que Camilo necesitaba saber. Camilo VI llevaba semanas pensando en una sola pregunta. Había surgido de una conversación con un productor de Madrid, un hombre al que respetaba y con quien llevaba años trabajando. Habían discutido sobre la siguiente gira, sobre los contratos, sobre la estrategia.

 Y en un momento de la conversación el productor había dicho algo que Camilo no había podido olvidar. Tu nombre vende más que tu voz, Camilo. En este negocio, eso es lo más importante que puedes tener. Lo había dicho como un cumplido, como una afirmación del poder que Camilo había construido en años de trabajo, pero Camilo lo había escuchado de otra manera.

 Y si el nombre desapareciera, quedaría algo. Esa noche no había dormido. Había estado tumbado en la oscuridad de su apartamento de Madrid, pensando en esa pregunta con una intensidad que le sorprendió a él mismo, porque en el fondo sabía que la pregunta no era solo profesional, era personal. Era la pregunta que cualquier artista se hace en algún momento de su carrera y que muy pocos tienen el valor de responder de verdad.

 Camilo necesitaba saber si la música era suficiente sin el apellido, sin el cartel, sin la historia. Así que buscó un concurso, uno pequeño, uno donde nadie lo fuera a reconocer, uno donde el jurado no tuviera razón ninguna para ser amable con él, uno donde la única moneda válida fuera lo que salía de la boca de quien cantaba y nada más.

 No fue fácil encontrar el momento. Tenía compromisos, tenía agenda, tenía un equipo que organizaba cada hora de su vida con una precisión que a veces le resultaba agobiante, pero encontró un hueco, un martes y un miércoles libres en octubre y los usó. Encontró el de Brighuega en un tablón de anuncios de una librería de la calle Fuencarral.

 se inscribió por correo con nombre falso y una mañana de octubre cogió un autobús de línea desde la estación de avenida de América. Nadie de su equipo sabía dónde estaba. La sala del salón municipal tenía capacidad para 200 personas. Esa tarde estaba casi llena. Familias de los concursantes, Lu, vecinos del pueblo que venían cada año porque era una de las pocas cosas que pasaban en octubre.

 Algunos jóvenes que habían venido a ver si ganaba alguien de su pueblo o de un pueblo rival. Camilo se sentó en la última fila y observó. La primera en salir fue una chica de 19 años llamada Rosa, delgada, con el pelo recogido, las manos temblándole visiblemente cuando cogió el micrófono. Antes de que empezara la música, Camilo vio en el papel que tenía en la mano el nombre de la canción que iba a cantar, algo de mí. su canción.

Camilo no se movió, respiró despacio y escuchó. Rosa cantó algo de mí con una voz que era bonita, pero que temblaba en los momentos que más importaban. El miedo le comía los agudos. La emoción llegaba, pero no llegaba entera, porque los nervios se interponían entre lo que sentía y lo que salía.

 Cuando terminó, el público aplaudió con cariño. El jurado tomó notas. Camilo aplaudió también sin que nadie le mirara. Después vinieron otros, un chico que cantó a José José con más entusiasmo que técnica, una mujer de unos 40 años que tenía una voz de mezo soprano sin explotar que hizo que don Aurelio se inclinara hacia delante en su silla.

 Un muchacho de pueblo que había aprendido a cantar solo, sin clases y que cantaba con una honestidad tan directa que resultaba difícil de juzgar. Una chica de 19 años iba a cantar su canción antes que él y Camilo no había dicho nada. Había algo extraño en escuchar tu propia canción cantada por alguien que no sabe que el compositor está en la última fila.

 Rosa no sabía, el público no sabía, el jurado no sabía, solo Camilo sabía. Y eso lo ponía en un lugar muy peculiar, el de alguien que observa como su trabajo llega a otra persona sin intermediarios, sin el filtro de la fama, sin que el nombre cambie nada de lo que ocurre entre la canción y quien la escucha. Rosa no había ganado el aplauso más largo de la tarde, pero había ganado algo más difícil.

 Había mostrado que la canción vivía sola, que tenía vida propia más allá de quién la había escrito y más allá de quién la había grabado por primera vez. No dijo nada porque no había nada que decir. Estaba allí como Luis Cortés. Luis Cortés no tenía canciones propias. Luis Cortés era un hombre de 32 años de Madrid que había venido a Brighuega en autobús para cantar en un concurso de pueblo.

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