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BUENOS AIRES TUVO LA RED DE TRANVÍAS MÁS GRANDE DE SUDAMÉRICA — UNA DECISIÓN POLÍTICA LA DESMANTELÓ

 Pero hoy si caminas por las calles porteñas, lo único que queda de ese imperio eléctrico son algunas cicatrices de metal oxidado que asoman tímidamente cuando el asfalto moderno se rompe. Es posible que una metrópolis destruya deliberadamente su infraestructura de transporte más grande, limpia y eficiente en un lapso de tiempo tan absurdamente corto.

 La historia oficial, la que te cuentan en los manuales rápidos, dice que el tranvía simplemente quedó viejo, que era lento y que el progreso en forma de neumáticos de caucho lo pasó por enc. Yo he pasado semanas investigando los archivos históricos, leyendo los decretos presidenciales de los años 50 y 60 y cruzando datos económicos de la época.

 Y te puedo asegurar que lo que encontré no fue un proceso natural de modernización urbana. Lo que encontré fue una decisión política calculada, un lobby corporativo feroz y un desmantelamiento sistemático. Un asesinato industrial a sangre fría de la red de tranvías más grande del hemisferio sur, impulsado por intereses que nada tenían que ver con el bienestar del pasajero común.

 Hoy vas a descubrir cómo una serie de firmas en despachos cerrados condenaron a Buenos Aires a convertirse en una de las ciudades con el tráfico más caótico del continente. Entender la magnitud de lo que se destruyó. Primero tienes que comprender la inmensidad de lo que alguna vez se construyó sobre las calles de esta ciudad. A principios del siglo XX, Buenos Aires no terminaba en la Avenida General Paz, como la conocemos hoy.

 Muchos de los barrios actuales eran apenas pueblos alejados o zonas de Quintares como Belgrano, Flores o Caballito, eran considerados retiros de fin de semana para la élite, separados del centro neurálgico de la Plaza de Mayo por kilómetros de llanura y caminos de tierra. El tranvía fue el verdadero fundador de los barrios porteños.

 Donde se tendía un riel, la ciudad crecía. Las vías funcionaban como arterias que bombeaban vida, comercio y población hacia los suburbios. Comenzó de manera humilde en la década de 1860 con pequeños vagones tirados por caballos que se conocían como el tramway rural o los trambías de sangre. Pero el verdadero salto hacia el futuro ocurrió a partir de 1897 cuando se inauguró el primer servicio de tranvía eléctrico.

 Fue una revolución tecnológica que cambió la percepción del tiempo y el espacio la década de 1920. La electrificación era total y la consolidación empresarial había dado a luz a un gigante corporativo, la compañía de tranvías anglo argentina. Esta empresa de capitales británicos llegó a operar el 80% de la inmensa red porteña, convirtiéndose en un monopolio privado de proporciones colosales a en esto.

 En su momento de máximo apogeo, la red de tranvías de Buenos Aires alcanzó más de 870 km de vías operativas. Es una cifra tan ridículamente grande que cuesta dimensionarla. Si pusieras esos rieles en línea recta, podrías viajar en tranvía desde el obelisco casi hasta la provincia de Corte. 3,000 vehículos pintados en su clásico color crema cruzaban la ciudad día y noche.

Transportaban a la asombrosa cifra de 500 millones de pasajeros al año. El sistema era tan denso y capilar que prácticamente no existía un solo ciudadano en Buenos Aires que tuviera que caminar más de cuatro cuadras para encontrar una parada de sistema de transporte público ecológico impulsado por electricidad generada localmente con una capacidad de carga masiva y una puntualidad que marcaba el ritmo de los relojes de la ciudad.

 Yo me pregunto al ver estos datos, ¿cómo se sentía salir de tu casa, caminar unos metros y saber que una red infinita te conectaba con cualquier rincón de la capital por unas pocas monedas? ¿Tú creciste en Buenos Aires y todavía tienes algún recuerdo de los rieles en el asfalto? o si tus abuelos te contaban historias de sus viajes colgados del estribo, déjame un comentario ahora mismo.

 Quiero leer esas historias antes de que se pierdan para siempre, porque son el testimonio vivo de una ciudad que ya no existe. Como toda historia de imperios que caen, la semilla de la destrucción del [música] tranvía porteño no vino de un enemigo externo, sino de una innovación local que nació de la necesidad.

 corría el año 1928 y Buenos Aires atravesaba una crisis económica que afectaba duramente a un gremio muy particular. Los taxistas, menos gente dispuesta a pagar la tarifa completa de un viaje en taxi. Los chóeres veían sus autos vacíos dando vueltas por la ciudad, perdiendo dinero en combustible. Fue entonces cuando un grupo de taxistas que se reunía en un café de la avenida Rivadavia tuvo una idea brillante, una idea que alteraría para siempre el desarrollo urbano de la Argentina.

 pudieron establecer rutas fijas y cobrar una tarifa fraccionada a múltiples pasajeros que compartirían el viaje en un mismo auto. Había nacido el auto colectivo o simplemente el colectivo. Al principio, los colectivos eran vehículos pequeños, rústicos e improvisados. Carecían de la enorme capacidad de transporte de un tranvía y de su red de infraestructura eléctrica.

 Tenían una ventaja táctica que el tranvía atado a sus rieles de acero, nunca podría igualar. la flexibilidad absoluta. Si una calle estaba cortada, el colectivo la esquivaba. Si se abría un nuevo loteo en las afueras, donde aún no había vías, el colectivo llegaba el mismo día de la inauguracto, se sumó un factor que cambiaría el balance de poder, la velocidad.

 Los colectivos, al no estar limitados por el paso de otros vagones en una misma vía, podían rebasar y acelerar. Durante la década de 1930, la guerra comercial entre los colectiveros independientes y la inmensa compañía angloargentina fue brutal, despiadada y sin cuartrambías enormes y corporativos, representaban el orden establecido y el capital extranjero.

Los colectivos coloridos y veloces representaban el ingenio popular y la autonomía nacional. La angloargentina, viendo cómo sus ganancias se desplomaban ante estos enjambres de pequeños vehículos a motor, presionó al gobierno nacional para establecer un monopolio legal. La presión política culminó en 1936 con la creación de la Corporación de Transportes de la Ciudad de Buenos Aires, un ente mixto diseñado para absorber a la fuerza a todos los competidores.

 La corporación expropió a los colectiveros, compró las líneas de tranvías y unificó los subterráneos. En el papel era un intento de organizar el caos del transporte público poro en la práctica fue el inicio del fin. Al eliminar la competencia se eliminó también el incentivo para la modernización y el mantenimiento de la red tranviaria.

 Y luego llegó un factor que nadie había calculado. El estallido de la Segunda Guerra Mundial del conflicto en Europa, las importaciones hacia Argentina se paralizaron por completo. No entraban repuestos, no llegaban motores nuevos y no se fabricaban nuevos rieles. El inmenso parque móvil de trambías porteños tuvo que ser mantenido con alambre, ingenio local y reparaciones de emergencia.

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