Posted in

Así Murió Benjamín Argumedo: Capturado en la Sierra y Fusilado por Traición

Herido, solo, dispuesto a negociar. Treviño volvió a leer el telegrama, luego dobló el papel. Díganles que lo traigan ordenó. Las negociaciones de un hombre que no tiene nada que negociar son las negociaciones más fáciles del mundo. Para entender por qué la captura de Benjamín Argumedo en febrero de 1916 fue el final inevitable de una historia que él mismo había construido durante 20 años de una manera que no admitía otro desenlace, hay que entender primero quién era ese hombre y qué lo llevó a estar herido y solo en la sierra de

Durango en el invierno más frío de la revolución. Benjamín Argumedo nació en Lerdo, Durango, en el tipo de familia que la región lagunera producía en abundancia en el último cuarto del siglo XIX. Ranchera, pobre de lo suficiente como para no aspirar a la hacienda, pero no de lo suficiente como para ser peón, con la libertad relativa de los que tienen una pequeña parcela y no deben su trabajo a ningún patrón específico, pero que tampoco tienen suficiente tierra para que esa libertad se traduzca en seguridad. Era el espacio específico de

la laguna de ese periodo, la zona donde el algodón había transformado la economía en dos décadas, donde las haciendas de los Madero y de los Uaga y de los inversores extranjeros habían absorbido tierras que antes eran de ranchos familiares, donde el agua del río Nasas era el objeto de disputas que el sistema legal favorecía sistemáticamente a los grandes sobre los pequeños y donde los hombres que no querían ser peones en las haciendas, que habían absorbido las tierras de sus padres, tenían esencialmente tres

opciones. Irse a la ciudad, unirse a alguna de las partidas que operaban en la sierra o convertirse en el tipo de hombre que opera en los bordes del sistema donde la ley y la costumbre se superponen de maneras que la gente del campo conoce mejor que ningún abogado. Argumedo eligió el tercer camino desde muy joven, con la naturalidad de los que no consideran que están eligiendo, sino que están siendo lo que son.

A los 20 años era conocido en la región lagunera por dos cosas. por su habilidad a caballo, que sus contemporáneos describían con el tipo de detalles específicos que reservan para las personas que hacen algo tan excepcionalmente bien, que los detalles son la única manera de comunicar la calidad de esa excelencia y por su disposición al conflicto, que no era la disposición del violento sin propósito, sino la del hombre que ha aprendido que en el mundo que habita la única alternativa a estar dispuesto a pelear es estar dispuesto a recibir. Cuando la

revolución llegó en 1910, Argumedo tenía 34 años y llevaba 15 viviendo en ese espacio entre la ley y la costumbre que la región lagunera ofrecía a los que tenían sus características. Tenía hombres que lo seguían. tenía conocimiento del terreno que ningún mapa podía replicar y tenía, como todos los que pasaron esos años en la sierra de Durango y de Coahuila, el tipo de instinto para la supervivencia que se desarrolla en las personas que han tenido que usarlo de manera consistente durante suficiente tiempo para que se

vuelva reflejo. Lo que no tenía era ideología. Esto es fundamental para entender la historia que siguió. Argumedo no era maderista en el sentido de los que creían en el programa político que Francisco y Madero representaba. No era orosquista en el sentido de los que compartían las convicciones de Pascual Orosco sobre la manera correcta de organizar la sociedad mexicana.

No era huertista ni zapatista, ni villista ni carrancista, en ningún sentido que fuera más profundo que la Alianza Táctica del momento. Era la laguna, era la Sierra, era el hombre que conocía ese territorio mejor que cualquiera y que lo usaba para los fines que en cada momento le parecían más convenientes o más dignos, que para él eran con frecuencia la misma cosa.

Esa combinación de talento extraordinario para la guerra de guerrillas y de ausencia de convicción ideológica profunda fue exactamente la combinación que lo hizo valioso para todos los bandos que lo reclutaron y que lo hizo peligroso para todos los bandos que lo reclutaron. Porque el hombre sin convicción ideológica profunda es el hombre que puede cambiar de bando cuando las condiciones cambian.

Y ese hombre es simultáneamente el aliado más efectivo del momento y la amenaza más probable del siguiente. Argumedo cambió de bando cuatro veces en 6 años. La primera vez fue en 1912 cuando se unió a la rebelión de Pascual Orosco contra el gobierno de Madero. Había combatido con los maderistas durante la revolución de 1910 con efectividad que sus superiores reconocían.

Pero el gobierno de Madero no le había dado lo que esperaba, ni tierras, ni rango formal, ni el tipo de reconocimiento que los que pelearon la revolución con el cuerpo esperaban recibir de los que la pelearon con discursos y con dinero. Orozco le ofreció lo que Madero no le ofrecía. Argumedo se fue con Orosco, con la naturalidad del hombre que no tiene compromisos ideológicos más fuertes que sus compromisos prácticos.

La rebelión orosquista fracasó. El gobierno federal, bajo el mando del general Victoriano Huerta, aplastó a los orosquistas en los valles del norte de México con la eficiencia de los ejércitos regulares cuando enfrentan a las guerrillas en terreno abierto, donde las guerrillas no tienen la ventaja que el terreno montañoso les da.

La segunda vez que Argomedo cambió de bando fue en 1913, cuando Huerta dio el golpe que mató a Madero. Para ese momento, la rebelión orosquista había sido derrotada y Orosco mismo había tenido que cruzar la frontera a los Estados Unidos. Argumedo, que había combatido contra el gobierno federal bajo la bandera orosquista, se incorporó al ejército federal bajo la bandera huertista con la pragmática del soldado que entiende que la derrota de su causa no es necesariamente la derrota de su capacidad de pelear.

Bajo huerta, Argumedo encontró finalmente el reconocimiento formal que la revolución de 1910 no le había dado. Fue ascendido, se le asignaron fuerzas propias, se convirtió en uno de los comandantes federales más efectivos en el norte, donde su conocimiento del terreno lagunero seguía siendo el activo más valioso que cualquier general de academia no podía comprar con sus títulos.

Y cuando Huerta cayó en 1914 y el ejército constitucionalista de Carranza con la división del norte de Villa como su punta más afilada barrió las fuerzas federales del norte de México, Argumedo volvió a la situación que conocía mejor. El hombre en la sierra con sus propios hombres, operando en el único terreno donde su ventaja era absoluta.

La tercera transición fue la más extraña de todas. En 1914 y 1915, mientras la revolución se fracturaba entre villistas y carrancistas y zapatistas, Argumedo estableció contactos con los zapatistas del sur con la incoherencia aparente del que busca aliados donde puede encontrarlos y con la lógica subyacente del que sabe que su posición es débil y que la única manera de sostenerla es teniendo aliados en los que el enemigo no los espera.

Los contactos con los apatistas no produjeron una alianza efectiva. La distancia geográfica entre la Laguna y Morelos era demasiada para que la coordinación fuera real, pero sí produjeron el elemento más peligroso de la posición de Argumedo en ese periodo, la certeza de que el gobierno de Carranza lo consideraba uno de sus adversarios más activos y que si lo capturaba, el tratamiento que recibiría sería el tratamiento que los tiempos de guerra reservan para los que han peleado en demasiados bandos equivocados.

Ese conocimiento era lo que hacía que las negociaciones del telegrama de febrero de 1916 fueran las negociaciones de un hombre que no tenía nada que negociar. La cuarta transición, la que lo llevó a la sierra de Durango herido y solo en el invierno de 1916, no fue una traición en el sentido que los cambios anteriores habían sido traiciones.

Read More