El plan era razonable según cualquier estándar militar de la época. Las matemáticas eran abrumadoras. 10,000 hombres bien armados y bien apoyados contra lo que la inteligencia militar cubana estimaba como 1000 o 2000 guerrilleros mal equipados. Los oficiales de Cantillo se equivocaron en una cosa y esa cosa lo cambió todo. Los guerrilleros no eran 1000 ni 2000, eran 300.
300 hombres con armas de guerra, dispersos en posiciones cuidadosamente preparadas en las laderas más empinadas de la sierra. 300 hombres que conocían cada barranco, cada cueva, cada sendero invisible desde el aire que serpenteaba entre las cimas de Turquino y de la maestra. 300 hombres dirigidos por un abogado de 31 años que había estudiado la guerra, como otros estudian el ajedrez, que llevaba 18 meses peleando en aquellas montañas y que esa mañana de mayo entendía algo que el general Cantillo y sus 10,000 hombres no entendían todavía,

que ningún ejército regular del mundo había vencido jamás a una guerrilla bien arraigada en su propio terreno. cuando esa guerrilla tenía el respaldo de la población campesina y un comandante que no cometía errores tácticos. 74 días después, el 6 de agosto de 1958, las tropas de Batista se retiraban en desorden de la Sierra Maestra, dejando atrás más de 1000 bajas, 443 prisioneros, dos tanques, 12 ametralladoras pesadas, 507 armas largas, decenas de miles de cartuchos y la dignidad militar de un régimen que en
aquella derrota acababa de firmar su sentencia de muerte. Los rebeldes habían perdido 31 hombres. Esta es la historia de cómo 300 guerrilleros aplastaron a las tropas de Batista en el verano de 1958. ¿De cómo lo hicieron? ¿Por qué pudieron hacerlo? ¿Y qué significaba lo que estaba ocurriendo en aquellas montañas para la historia de Cuba y de América Latina entera? Para entender la magnitud de lo que ocurrió en la Sierra Maestra entre mayo y agosto de 1958, hay que entender de dónde venía cada bando de aquella guerra y qué había en
juego en cada lado. Fulgencio Batista había llegado al poder por segunda vez en marzo de 1952 mediante un golpe de estado que había interrumpido el proceso democrático cubano y que había sustituido al gobierno electo por una dictadura militar respaldada por los intereses americanos en la isla. Era un militar de carrera que había gobernado Cuba ya en los años 30 y 40, primero detrás del trono y luego desde la presidencia.
y que había desarrollado durante esas décadas una red de relaciones personales y políticas que le permitía mover los hilos del país con una eficacia que sus enemigos reconocían aunque no respetaran. Su régimen, en los 6 años que llevaba vigente para mayo de 1958 había desarrollado las características que los historiadores políticos asocian con las dictaduras latinoamericanas de la Guerra Fría.
corrupción endémica que enriquecía al círculo del dictador y a sus aliados militares mientras el resto del país se empobrecía. Alianza estrecha con la mafia americana que operaba los casinos y los burdeles de la Habana. represión política sistemática que utilizaba la tortura y el asesinato extrajudicial como herramientas habituales del orden público y una relación con los Estados Unidos que oscilaba entre el apoyo abierto y la tolerancia silenciosa.
Según el funcionario americano, que tuviera que pronunciarse sobre Cuba en cada momento. La oposición abatista era diversa y fragmentada. Había una oposición democrática y burguesa que aspiraba a regresar al orden constitucional anterior al golpe. Había una oposición estudiantil que se concentraba principalmente en la Habana y que había producido organizaciones como el directorio revolucionario.
Había una oposición comunista organizada en torno al Partido Socialista Popular, que tenía relaciones complicadas con todos los demás opositores. Y había una oposición armada dirigida por un joven abogado de Birán llamado Fidel Castro Rus, que había intentado un asalto fallido al cuartel Moncada en julio de 1953.
Había sido encarcelado, había sido amnistiado, había regresado a Cuba a bordo del yate Granma en diciembre de 1956 con 82 hombres armados con la intención de iniciar una guerra de guerrillas en las montañas del oriente. De aquellos 82 hombres del Granma, la mayoría murió en los primeros enfrentamientos con el ejército.
Los pocos que sobrevivieron, entre ellos Fidel Castro, su hermano Raúl y el médico argentino Ernesto Guevara, conocido como el Che, lograron internarse en la Sierra Maestra y reorganizarse. Para mediados de 1957, el grupo había crecido lentamente. había ganado las primeras batallas pequeñas contra las patrullas del ejército y había comenzado a establecer una infraestructura logística en la sierra que dependía críticamente del apoyo de los campesinos de la región.
Para abril de 1958, 18 meses después del desembarco del Granma, el movimiento 26 de julio había intentado una huelga general en la Habana y había fracasado. Ese fracaso fue interpretado por Batista como la señal de que el momento de aplastar definitivamente a los rebeldes había llegado. El movimiento estaba debilitado políticamente.
La oposición urbana estaba desmoralizada y un golpe militar contundente en la Sierra Maestra podía resolver el problema antes de que el verano terminara. Ese cálculo estratégico era razonable según los datos que Batista tenía, pero los datos eran incompletos y la diferencia entre lo que Batista creía y lo que era real iba a ser la diferencia entre la victoria que esperaba y la derrota que recibió.
La Sierra Maestra es la cordillera más alta de Cuba. Se extiende a lo largo de la costa sur del oriente cubano, desde el Cabo Cruz hasta más allá de Santiago, con picos que superan los 100 m y con una densidad de vegetación que en muchos sectores hace impracticable el avance de cualquier fuerza militar que no haya sido entrenada específicamente para operar en esas condiciones.
Para los guerrilleros de Castro, la sierra no era simplemente un escondite, era un sistema operativo. Cada barranco que descendía hacia la costa era una posible ruta de aproximación de las tropas enemigas y cada una de esas rutas había sido estudiada, mapeada y dotada de posiciones de observación y de combate por los hombres del ejército rebelde durante los meses anteriores a la ofensiva.
Cada cueva era un depósito potencial de víveres o municiones. Cada caserío campesino era un nodo de información sobre los movimientos del enemigo. Los campesinos de la Sierra Maestra eran el factor que el ejército de Batista nunca pudo neutralizar. Vivían en aquellas montañas desde generaciones. Conocían cada sendero invisible desde el aire y tenían razones personales para apoyar a los rebeldes que iban más allá de cualquier propaganda política.
Los rebeldes habían establecido en la sierra durante 1957 un código de conducta que distinguía a su ejército de cualquier otra fuerza armada que hubiera operado en la región. No robaban. pagaban por todo lo que consumían. Ejecutaban con disciplina implacable a cualquiera de sus propios hombres que cometiera abusos contra la población.
Esa disciplina, que en otras condiciones habría parecido excesiva, resultó ser el factor estratégico decisivo. Convirtió a los campesinos en una red de inteligencia y de logística que el ejército regular no podía igualar ni penetrar. Cuando los soldados de Cantillo comenzaron a subir las laderas en mayo, no estaban entrando en territorio neutral, estaban entrando en territorio enemigo, donde cada anciana en una choa era una posible informante de los rebeldes, donde cada niño que pastaba cabras podía estar contando los
hombres y las armas de la patrulla, donde cada arroyo donde se detenían a beber agua podía estar bajo la mira de un fusil escondido entre los matorral. Esa asimetría de información que los manuales militares modernos identifican como la característica definitoria de las guerras asimétricas era ya en 1958 perfectamente entendida por el Estado Mayor del Ejército Rebelde, aunque no se llamara con esa terminología.
Fidel Castro había leído suficiente historia militar como para saber que ningún ejército convencional había vencido jamás a una guerrilla apoyada por la población local, sin recurrir a métodos de exterminio que el régimen de Batista no podía aplicar políticamente sin perder lo poco que le quedaba de legitimidad.
La estrategia rebelde se basaba en explotar exactamente esa imposibilidad. Los primeros días de mayo de 1958, antes de que la ofensiva comenzara, Fidel Castro convocó a sus comandantes y a los principales dirigentes del movimiento 26 de julio a una reunión secreta en el caserío de Monpié, en la Sierra Maestra.
La reunión es uno de los episodios menos conocidos de la revolución cubana, fuera de la historiografía especializada y al mismo tiempo uno de los más decisivos. En Monpi se tomaron las decisiones políticas y militares que determinaron cómo el ejército rebelde enfrentaría la ofensiva inminente. La reunión fue precipitada por el fracaso de la huelga general del 9 de abril, que había revelado las debilidades organizativas y políticas del movimiento opositor en las ciudades.
Castro, que había confiado parcialmente en esa huelga como instrumento de presión, entendió que había que reorganizar todo el movimiento sobre bases diferentes. La guerra de guerrillas en la sierra tenía que convertirse en el centro de gravedad estratégico del esfuerzo opositor, no en un complemento de las acciones urbanas como había sido hasta entonces.
De Monpie salieron varias decisiones críticas. La primera fue la centralización del mando. A partir de ese momento, todas las acciones armadas del movimiento, dentro y fuera de la sierra quedaban bajo la autoridad directa del comandante en jefe. La segunda fue la reorganización logística. Las redes urbanas que habían canalizado armas y suministros a la sierra durante los meses anteriores fueron rediseñadas para garantizar el flujo continuo durante la ofensiva esperada.
La tercera fue la decisión de pelear contra las opiniones de algunos comandantes que sugerían dispersar las fuerzas y abandonar la sierra antes de la llegada del enemigo. Castro impuso la decisión de quedarse y enfrentar a las tropas de Batista en el terreno donde el ejército rebelde tenía sus ventajas máximas. Las matemáticas que Castro presentó a sus comandantes eran simples.
Si el ejército rebelde abandonaba la Sierra Maestra ante el primer ataque serio, perdería todo. La base territorial, el apoyo campesino, la credibilidad política que había construido durante 18 meses de combate. Si se quedaba y aguantaba, aunque fuera con bajas significativas, ganaría. Porque ningún ejército regular puede sostener indefinidamente una operación que no produce resultados visibles.
Y porque cada semana que la Sierra Maestra resistiera, era una semana en que el régimen de Batista perdería más legitimidad ante la opinión pública cubana e internacional. La decisión de Monpié fue, en términos militares clásicos, una decisión de defensa estratégica con elementos ofensivos tácticos. El ejército rebelde no tenía la capacidad de contraatacar a gran escala, pero sí tenía la capacidad de aguantar, de devolver golpe por golpe en cada combate específico y de explotar al máximo las ventajas del terreno y de la información local que poseía. Eso fue
exactamente lo que ocurrió. La fuerza con la que Fidel Castro enfrentó la ofensiva del verano de 1958 era pequeña, incluso en comparación con la mayoría de las guerrillas de la historia. 300 hombres con armas de guerra distribuidos en columnas que iban desde la columna principal del propio Castro hasta las columnas secundarias dirigidas por Juan Almeida, Camilo Cienfuegos, Crescencio Pérez, Guillermo García y Ramiro Valdés.
Las armas eran heterogéneas. Algunas habían sido capturadas al ejército de Batista en combates anteriores. Fusiles Garant M1 americanos, ametralladoras Browning calibre 30, algunas pistolas y subfusiles. Otras eran armas más antiguas, fusiles Springfield de la Primera Guerra Mundial, escopetas de casa, pistolas de calibre civil que no tenían comparación con el armamento del enemigo.
La munición era limitada. Y los rebeldes habían desarrollado una disciplina de fuego extrema. No se disparaba si no se tenía un blanco claro. No se gastaba munición en demostraciones de fuerza. Cada cartucho era contabilizado y reportado al final de cada combate. La columna del Cheegevara, que oficialmente se llamaba columna 4, había sido reorganizada en los meses anteriores y operaba como reserva estratégica.
Guevara había desarrollado durante 1957 un sistema de entrenamiento sistemático para los nuevos reclutas que llegaban a la sierra. marchas forzadas con cargas pesadas, prácticas de tiro con munición real cuando había suficiente para gastar en entrenamiento, ejercicios tácticos en terreno escarpado. Era el equivalente más cercano a una academia militar que el ejército rebelde había podido construir en sus condiciones y producía soldados que cuando llegaban a su primer combate sabían lo que tenían que hacer.
Castro mismo era el comandante en jefe, pero también el comandante táctico de las operaciones más importantes. En los días previos al inicio de la ofensiva, había recorrido personalmente las posiciones que se prepararían en cada sector previsible de avance enemigo. sabía dónde estaba cada trinchera, cada nido de ametralladora, cada punto de observación y tenía un sistema de comunicaciones rudimentario, pero efectivo, basado en mensajeros a pie y en una red de operadores de radio que comunicaban a las distintas columnas entre sí y con el
cuartel general que se movía constantemente para evitar ser localizado por la aviación enemiga. Celia Sánchez, la mujer que había sido durante años la principal organizadora del movimiento en la región oriental y que se había unido a Castro en la sierra en 1957, era la responsable última de la logística.
Cada bala, cada vendaje, cada saco de arroz que llegaba a las líneas rebeldes durante la ofensiva pasaba por su control. Su red de colaboradores civiles, mujeres en su mayoría, era invisible para el ejército de Batista y prácticamente inmune a la represión, porque se basaba en relaciones personales que no podían ser desmanteladas con las técnicas convencionales de inteligencia militar.
Esa estructura, comandante carismático y táctico al mismo tiempo, columnas distribuidas estratégicamente, reserva entrenada bajo un instructor competente, logística femenina invisible al enemigo, fue la que enfrentó a los 10,000 hombres de Cantillo. Era pequeña, era pobre, era en muchos aspectos primitiva, pero era exactamente lo que se necesitaba en aquellas montañas y en aquellas circunstancias.
La ofensiva comenzó como las ofensivas convencionales suelen comenzar con un avance metódico de unidades de infantería apoyadas por artillería y aviación, intentando abrir corredores hacia el corazón del territorio enemigo. Los rebeldes, que habían anticipado exactamente esa estrategia no opusieron resistencia frontal.
dejaron avanzar a las primeras columnas, retrocediendo por sus propias rutas conocidas, atrayendo al enemigo hacia el interior de la sierra, donde el terreno comenzaba a favorecerlos. El primer combate significativo ocurrió el 28 de junio en las cercanías del ingenio Estrada Palma, cuando una columna del ejército que avanzaba por la carretera fue emboscada por las fuerzas del Cheegevara.
Los carros blindados que encabezaban la columna intentaron salirse del camino para flanquear las posiciones rebeldes y entraron en un campo de minas que los hombres del Che habían preparado previamente. La explosión dañó a varios vehículos y desorganizó a la unidad. Los rebeldes abrieron fuego desde las posiciones elevadas que dominaban la carretera.
El ejército comenzó a retirarse en desorden bajo el fuego sostenido de los guerrilleros. Cuando el combate terminó, el ejército había perdido 86 hombres entre muertos, heridos y dispersos. Los rebeldes habían perdido tres. Esa proporción de bajas, alrededor de 30 a un a favor de los rebeldes, no era casualidad ni suerte.
era el producto matemático del tipo de guerra que se estaba peleando. Un ejército regular que avanza por un terreno que no controla contra posiciones preparadas que no puede ver hasta que ya está dentro de su alcance de fuego. era la forma de combate que las academias militares enseñan como ejemplo de cómo no operar y que sus alumnos aprenden a evitar, pero que en condiciones de necesidad operacional como las que enfrentaba el ejército de Batista terminan repitiéndose porque no hay alternativa cuando hay que avanzar y el terreno es
el que es. Los días siguientes vieron una serie de enfrentamientos similares en distintos sectores de la sierra. En cada uno de ellos, la pauta se repetía. El ejército avanzaba. Los rebeldes lo dejaban entrar hasta el punto óptimo. Los rebeldes abrían fuego desde posiciones cubiertas. El ejército sufría bajas desproporcionadas y se retiraba dejando equipo y armamento que los rebeldes recuperaban y añadían a sus propios arsenales.
Para principios de julio, el patrón era ya tan claro que el general Cantillo decidió cambiar de estrategia. En lugar de continuar los avances generalizados, que claramente no estaban produciendo resultados, decidió concentrar fuerzas para una operación de cerco más limitada, desembarcar tropas por mar en la zona de la costa sur y combinar ese desembarco con avances terrestres desde el norte para atrapar a las fuerzas rebeldes en una pinza.
La operación elegida para ejecutar esa estrategia era el desembarco del batallón 18 en la desembocadura del río La Plata. El batallón comenzó a desembarcar el 11 de julio y comenzó a avanzar hacia el interior, hacia el pico turquino, donde la inteligencia militar ubicaba el cuartel general de Castro. Esa operación se conoce en la historiografía cubana como el combate de el Hiwe y es uno de los episodios más estudiados de toda la guerra revolucionaria.
El combate de El Higue duró 9 días, del 11 al 20 de julio de 1958 y fue la batalla decisiva de toda la ofensiva del verano. Lo que ocurrió en esos 9 días en un valle estrecho entre dos cordilleras de la Sierra Maestra. definió el resto de la guerra revolucionaria cubana. El batallón 18, comandado por el comandante José Quevedo, era una de las unidades más competentes del ejército de Batista.
Sus oficiales habían sido entrenados en Estados Unidos. Sus soldados eran profesionales con experiencia y tenía un equipamiento moderno que incluía morteros, ametralladoras pesadas y radio para comunicarse con la aviación de apoyo. Quevedo era además un oficial de academia que había estudiado a Castro como objeto académico durante los meses anteriores y que se consideraba bien preparado para enfrentarse a las tácticas rebeldes.
Los cálculos de Quevedo se basaban en una asunción que resultó ser completamente equivocada, que las fuerzas rebeldes en el sector del Higwe eran pequeñas y que las podría desbordar mediante el avance metódico que sus tropas tenían bien practicado. Lo que no sabía era que Castro había decidido concentrar en ese sector la mayor parte de sus reservas, precisamente porque el avance del batallón 18 hacia Turquino era el movimiento del enemigo más fácil de anticipar y por tanto el más fácil de neutralizar.
El batallón avanzó por el valle del río La Plata durante varios días sin encontrar resistencia significativa. Eso confirmó las creencias de Quebedo de que las fuerzas rebeldes en la zona eran débiles. Cuando el batallón se internó suficientemente en el valle como para que la retirada resultara difícil, las fuerzas rebeldes cerraron el cerco.
La columna del comandante Hubert Matos cortó la ruta de retirada hacia la costa. Las fuerzas de Camilo 100 fuegos cerraron por el norte. Los hombres del propio Castro con la columna de Almeida cerraron por el este. El batallón 18 quedó completamente rodeado en un valle estrecho del que no podía salir. Los días siguientes fueron de combates intensos en condiciones que favorecían cada vez más a los rebeldes.
La aviación intentó apoyar al batallón cercado, pero las posiciones rebeldes estaban tan próximas a las del propio batallón que cualquier bombardeo corría el riesgo de matar a los soldados gubernamentales. Los suministros se agotaban dentro del cerco. El agua escaseaba porque los rebeldes controlaban los manantiales del valle.
Las bajas se acumulaban sin que las solicitudes de refuerzo por radio produjeran resultados significativos. Las columnas que Cantillo intentó enviar para romper el cerco fueron a su vez emboscadas y obligadas a retirarse. El comandante Quevedo entró en negociaciones con Castro a través de la radio. Castro le ofreció condiciones honorables de rendición.
Garantía de vida para todos los soldados. Atención médica para los heridos, devolución de los oficiales al ejército regular después del fin de la guerra. Quebedo, que era un militar profesional y que entendía perfectamente que su situación era insostenible, aceptó. El 20 de julio, el batallón 18 se rindió.
241 soldados quedaron prisioneros. El ejército rebelde capturó armamento que duplicó su capacidad de fuego de un día para otro. El combate de El Hiwe tuvo un efecto que iba más allá de la captura del batallón. Quebedo, profundamente impresionado por el trato que sus hombres y él mismo habían recibido durante el combate y la rendición, terminó uniéndose al ejército rebelde y combatió en sus filas durante los meses restantes de la guerra.
Otros oficiales del batallón hicieron lo mismo. La división entre el ejército regular y la guerrilla, que en otras guerras civiles tendía a ser absoluta, en Cuba se hizo permeable de maneras que beneficiaron al lado que estaba ganando. Castro entendió perfectamente la dimensión simbólica de lo que había ocurrido en el Higwe.
ordenó que los prisioneros fueran tratados con respeto absoluto, que los heridos recibieran atención médica idéntica a la que recibían los rebeldes, que se permitiera a la Cruz Roja Internacional verificar las condiciones de los prisioneros. Esa conducta tenía dos efectos calculados. El primero era operacional.
Cada soldado de Batista que regresara con vida y bien tratado a las filas regulares era un soldado que difundiría entre sus compañeros la idea de que rendirse a los rebeldes no era equivalente a morir, lo cual reduciría la determinación con que las unidades posteriores resistirían en combates similares. El segundo era político.
la imagen pública del ejército rebelde ante la opinión cubana e internacional como una fuerza militar disciplinada y humanitaria en contraste con las atrocidades que el ejército de Batista cometía rutinariamente contra los rebeldes capturados. Era un activo estratégico que había que cultivar incluso a costa de complicar la logística inmediata.
Esa decisión sostenida durante toda la ofensiva fue uno de los factores decisivos del resultado final. Las dos batallas de Santo Domingo, la primera del 28 al 30 de junio y la segunda del 25 al 28 de julio fueron paralelas a la batalla del Higue, pero con dinámicas distintas. Santo Domingo era un caserío en el valle del río Yara, en la zona occidental de la Sierra Maestra.
Y su control era importante porque la ruta que pasaba por allí era una de las pocas que permitía a las tropas del ejército avanzar con cierta velocidad hacia el corazón del territorio rebelde. La primera batalla de Santo Domingo enfrentó a las columnas rebeldes con el batallón 22 del ejército, una unidad que también tenía la pretensión de ser una fuerza de combate competente.
El plan rebelde fue similar al que se aplicó en el Higue, pero con el espacio reducido por la urgencia. dejar avanzar al batallón hasta el punto en que la retirada se hiciera difícil, cerrar las posiciones laterales y atacar simultáneamente desde múltiples direcciones para desorganizar la defensa antes de que pudiera consolidarse.
Los tres días de combate del 28 al 30 de junio produjeron lo que la documentación rebelde describiría posteriormente como una de las victorias más completas de toda la ofensiva. El batallón 22 fue derrotado tácticamente, sufrió bajas significativas y se vio forzado a retirarse hacia las posiciones de partida, abandonando equipo en cantidades importantes.
Pero no fue capturado entero, como ocurrió con el batallón 18 en el Hiigue, en parte porque el terreno de Santo Domingo permitía rutas de retirada que el del Higue no permitía. La segunda batalla de Santo Domingo, casi un mes después fue todavía más significativa. Para entonces, el ejército había aprendido algunas lecciones de las experiencias anteriores y avanzó con más cuidado.
Pero las posiciones rebeldes también se habían consolidado y las tácticas se habían refinado. El combate fue más intenso, más prolongado y produjo bajas en ambos lados que reflejaban la madurez creciente de las dos fuerzas. Lo que distinguió a Santo Domingo de otros combates de la ofensiva fue la calidad táctica de la operación rebelde.
Castro coordinó personalmente las acciones de varias columnas distintas, cada una con misiones específicas que tenían que ejecutarse en sincronía con las demás. Esa coordinación, que dependía de un sistema de comunicaciones rudimentario y de una serie de mensajeros a pie que recorrían distancias considerables bajo fuego enemigo, funcionó con una precisión que sorprendió incluso a los oficiales rebeldes que la ejecutaron.
era el tipo de operación combinada que ejércitos profesionales con cuarteles generales completos y radios modernas a veces no logran ejecutar correctamente. Que el ejército rebelde lo hiciera con los recursos que tenía dice algo sobre el nivel de práctica colectiva que las columnas habían alcanzado para julio de 1958.
Después de Santo Domingo, el ejército de Batista en la Sierra Maestra estaba ya militarmente derrotado en términos prácticos, aunque la ofensiva no hubiera terminado oficialmente. Las unidades que quedaban operativas estaban desmoralizadas. Los refuerzos no llegaban en cantidades suficientes y los oficiales que habían sobrevivido a las primeras semanas habían comprendido que la victoria que Cantillo les había prometido no era posible en las condiciones reales del terreno.
Una dimensión de la ofensiva del verano de 1958 que merece atención específica es la guerra aérea, porque ilustra con claridad las limitaciones de la superioridad técnica. cuando las condiciones políticas y geográficas no permiten su explotación efectiva. La Fuerza Aérea Cubana, que para 1958 era una de las más modernas de América Latina, contaba con bombarderos B26, aviones de ataque a tierra T28 y helicópteros que en teoría daban al ejército una ventaja decisiva en operaciones de montaña.
Los aviones operaban desde bases en Holgin, Camawe y la propia Habana y podían llegar a cualquier punto de la Sierra Maestra en cuestión de horas. En la práctica, esa superioridad aérea produjo resultados muy inferiores a los esperados. La densidad de la vegetación de la sierra hacía extremadamente difícil identificar objetivos militares desde el aire.
Los bombardeos que se realizaban tenían que apoyarse en información de tierra que las fuerzas terrestres no podían proporcionar con precisión porque ellas mismas no sabían dónde estaban exactamente las posiciones rebeldes. El resultado era que la mayoría de las bombas caían sobre terreno vacío o sobre poblados campesinos que no tenían valor militar, pero cuyos habitantes apoyaban a los rebeldes y que después de cada bombardeo se convertían en partidarios todavía más activos.
Hay un episodio documentado que ilustra el problema. En cierto sector de la sierra, una patrulla del ejército había localizado lo que creía ser un campamento rebelde y solicitó por radio un bombardeo de la posición. Los aviones llegaron, identificaron el sector señalado y descargaron sus bombas. Cuando la patrulla avanzó después del bombardeo, descubrió que el campamento que había localizado era en realidad una chosa campesina abandonada.
Las bombas habían destruido la chosa, pero no habían matado a ningún rebelde. Los rebeldes que habían observado el bombardeo desde una posición a unos 500 m, no se habían movido porque sabían que los aviones ya habían descargado y no volverían en las horas siguientes. Estos episodios se repitieron con frecuencia suficiente como para que los oficiales del ejército terminaran perdiendo confianza en la capacidad de la aviación para producir resultados militares concretos.
Y al mismo tiempo, los daños colaterales que los bombardeos producían en la población civil se acumulaban día tras día, generando una hostilidad que el ejército no podía permitirse en una zona donde necesitaba el apoyo o al menos la neutralidad de los habitantes para mantener sus líneas de comunicación. La superioridad aérea de Batista, que en los planes iniciales había sido considerada el factor que compensaría todas las desventajas geográficas y políticas del ejército, terminó siendo en la práctica un factor neutro o ligamente negativo. Era una lección que
otros ejércitos modernos aprenderían en otras guerras de las décadas siguientes, en Vietnam y en Afganistán y en Irak, pero que en 1958 todavía era una novedad táctica que el régimen cubano no estaba preparado para procesar. Cuando la ofensiva ya estaba claramente fracasada en términos militares, el general Cantillo intentó un último movimiento que paradójicamente fue el único momento de la campaña en que el ejército produjo bajas serias entre los rebeldes.
La batalla de las Mercedes del 31 de julio al 6 de agosto de 1958 fue la operación más sofisticada que Cantillo logró ejecutar en toda la ofensiva. La idea de Cantillo era hacer una retirada falsa. El batallón 17, que había estado operando en el sector de las Mercedes desde el inicio de la ofensiva y que era la unidad que había abierto las hostilidades en mayo, comenzaría una retirada visible y aparentemente desordenada hacia las posiciones de partida.
Si los rebeldes interpretaban esa retirada como el inicio del fin de la ofensiva, podrían perseguir al batallón en retirada con menos cuidado del habitual. Y en ese momento las fuerzas que Cantillo había mantenido en reserva caerían sobre los rebeldes desprotegidos en una emboscada de gran escala. La trampa funcionó parcialmente.
Las fuerzas rebeldes que habían visto fracasar todas las ofensivas anteriores y que percibían correctamente que el momentum de la guerra había cambiado a su favor, persiguieron al batallón 17 con una agresividad que en otros momentos no habrían demostrado. Y cuando entraron en el área donde Cantillo había preparado la emboscada, sufrieron las bajas más graves que el ejército rebelde sufrió en toda la ofensiva del verano.
Más de 70 hombres murieron en los dos primeros días de combate, incluido un alto líder rebelde, René Ramos Latur, que era uno de los comandantes más capaces y respetados del movimiento. La muerte de Ramos Latur fue un golpe particularmente duro porque él había sido el sucesor designado de Frank País, el líder del movimiento 26 de julio en Santiago de Cuba, que había sido asesinado por la policía de Batista exactamente un año antes, el 30 de julio de 1957, que Ramos Latur cayera en la batalla de las Mercedes el 30 de julio de 1958
en el aniversario exacto de La muerte de país. Le dio al episodio una dimensión emocional que sus camaradas registraron en sus memorias posteriores. Pero a pesar de las bajas, los rebeldes lograron salir de la trampa. Castro abrió negociaciones de alto el fuego con Cantillo a través de canales diplomáticos improvisados, ofreciendo conversaciones que tenían como propósito real ganar tiempo para que sus fuerzas pudieran extraerse del cerco sin sufrir más bajas.
Cantillo, que sabía que sus tropas estaban tan agotadas como las rebeldes y que un combate prolongado podría producir pérdidas que no podría justificar políticamente, aceptó las negociaciones. Para el 6 de agosto, todas las fuerzas rebeldes habían escapado del área y la ofensiva había terminado oficialmente.
Las cifras finales de la batalla de las Mercedes fueron las únicas de toda la ofensiva, donde las bajas rebeldes fueron significativas en términos absolutos. Aproximadamente 70 muertos, varios cientos de heridos, considerable equipamiento perdido. Para el ejército, las cifras fueron también costosas, pero proporcionalmente menos.
La diferencia respecto a otros combates de la ofensiva fue que esta vez los rebeldes habían sufrido más que en cualquier otra batalla. Sin embargo, las Mercedes no cambió el resultado estratégico de la ofensiva. Era ya demasiado tarde. Las pérdidas rebeldes eran absorbibles, dado el reclutamiento creciente que la propia ofensiva había provocado en las semanas anteriores.
Las pérdidas del ejército eran una vez más insostenibles dado el contexto político del régimen. Y el efecto general de toda la operación había sido demostrar al pueblo cubano y al mundo que el ejército de Batista, con todos sus recursos, no podía vencer a un grupo de guerrilleros en las montañas de su propio país.
El balance final de la operación verano cuando se cerró el 6 de agosto de 1958 era devastador para el régimen de Batista. Las cifras que la historiografía cubana ha consolidado son las siguientes. El ejército había sufrido más de 1000 bajas, de las cuales aproximadamente 300 eran muertos en combate.
443 soldados habían sido capturados como prisioneros. Cinco grandes unidades del ejército habían quedado completamente desarticuladas. El armamento perdido por el ejército y capturado por los rebeldes incluía dos tanques, 12 ametralladoras pesadas, morteros de 60 y 81 mm, bazucas y 507 armas largas. Los rebeldes habían perdido 31 hombres muertos en combate, más los aproximadamente 70 de las Mercedes, pero la cifra total seguía siendo dramáticamente menor que las del ejército.
Y mucho más importante, su base territorial seguía intacta, su moral estaba en su punto más alto y su capacidad militar había en realidad crecido durante la ofensiva debido a la incorporación masiva de armamento capturado y de nuevos voluntarios que se habían unido al movimiento al ver que estaba ganando. La proporción de bajas final era aproximadamente de 30 a un a favor de los rebeldes, considerando solo los muertos en combate.
Esa proporción no es solo el resultado de mejor habilidad táctica, es el resultado matemático de un sistema de combate donde uno de los lados tiene todas las ventajas estructurales que la geografía y la población pueden proporcionar. Y el otro lado tiene solamente las ventajas cuantitativas que sus números y su equipamiento le dan.
Cuando las ventajas estructurales son más importantes que las cuantitativas, el resultado es exactamente lo que ocurrió en la Sierra Maestra entre mayo y agosto de 1958. Pero las cifras militares no capturan completamente la dimensión del desastre para el régimen. El verdadero costo de la ofensiva fue político y psicológico.
Los oficiales del ejército que habían participado en la operación regresaban a La Habana convencidos de que la guerra contra los rebeldes no podía ganarse militarmente. Los soldados rasos compartían entre ellos las historias de los combates en la sierra. alimentando una desmoralización que se extendía por todo el ejército y que para finales de 1958 había hecho que muchas unidades se rindieran sin combatir cuando los rebeldes aparecían en las puertas de sus cuarteles.
La opinión pública cubana, que había estado relativamente desconectada de los detalles de la guerra en la sierra durante los primeros 18 meses, comenzó a percibir que algo extraordinario estaba ocurriendo en el oriente. Las transmisiones de Radio Rebelde, la emisora clandestina que el ejército rebelde operaba desde la sierra ganaron audiencia masiva durante el verano de 1958 porque sus reportes de combate resultaron consistentemente más precisos que los partes oficiales del ejército, que insistían en victorias que las
realidades posteriores contradicían rápidamente y la opinión internacional, particularmente la americana. comenzó a moverse contra Batista. El Departamento de Estado, que había sostenido al régimen durante años, a pesar de sus excesos represivos, decretó en marzo de 1958 un embargo de armas a Cuba, que en la práctica significaba que el ejército no podría recibir el equipamiento de reposición que necesitaba para continuar la guerra.
Para finales del verano, los analistas más perspicaces de Washington ya entendían que la cuestión no era si Batista caería, sino cuándo, y que la planificación apropiada debía orientarse hacia las relaciones con el régimen sucesor en lugar del intento de salvar al régimen existente. Pero el verdadero significado de la victoria del verano se reveló en los meses siguientes, cuando el ejército rebelde pasó de la defensiva estratégica a la ofensiva.
Castro había anticipado durante la propia ofensiva del enemigo que el momento posterior sería el más decisivo. y los rebeldes podían convertir la defensa exitosa en avance ofensivo antes de que el ejército tuviera tiempo de reorganizarse. La guerra podía ganarse en cuestión de meses en lugar de años. El 31 de agosto de 1958, apenas tres semanas después del fin oficial de la ofensiva del enemigo, Castro envió dos columnas a través del país para abrir nuevos frentes.
La columna del Chegueevara, designada como columna 8 Ciro Redondo, partió hacia la provincia de las Villas, en el centro de la isla. La columna de Camilo 100 fuegos, designada como columna dos Antonio Maseo, partió hacia la provincia de Pinar del Río, en el extremo occidental. Las marchas de ambas columnas fueron operaciones extraordinarias.
Cruzaron 600 km de territorio, en su mayor parte, controlado por el ejército, atravesando llanuras pantanosas donde no había refugio natural, con bombardeos aéreos diarios que las obligaban a moverse de noche y descansar de día, en lo que el terreno permitiera. El Cheguevara llegó al Escambray en el corazón de las Villas a mediados de octubre después de seis semanas de marcha.
100 fuegos llegó a la zona de Yahwi, aproximadamente al mismo tiempo, aunque su trayecto había sido distinto. Una vez en sus zonas de operación, las dos columnas comenzaron rápidamente a producir resultados. El Che estableció en el Scambrghtay una base logística similar a la que había existido en la Sierra Maestra. Escuela militar para entrenar nuevos voluntarios.
Talleres para fabricar y reparar equipamiento. Hospital de campaña. Periódico clandestino llamado El Miliciano. C Fuegos comenzó operaciones más directamente militares, hostigando a las guarniciones del ejército en la zona y preparando el terreno para los avances posteriores. Para diciembre de 1958, los rebeldes controlaban efectivamente la mitad oriental del país y operaban con libertad casi completa en la zona central.
El régimen de Batista controlaba todavía las grandes ciudades, la Habana en particular, pero su capacidad para proyectar fuerza fuera de esas ciudades se había evaporado. Los soldados de las guarniciones provinciales se rendían cada vez con más frecuencia ante cualquier acercamiento rebelde, frecuentemente sin disparar un solo tiro.
La batalla de Santa Clara del 28 al 31 de diciembre de 1958 fue el último gran enfrentamiento militar de la guerra. La columna del Che, ahora con aproximadamente 350 hombres después de los reclutamientos en el Scanambrai, atacó la cuarta ciudad de Cuba, defendida por aproximadamente 3500 soldados del ejército regular bajo el mando del coronel Joaquín Casillas.
La batalla fue intensa, particularmente alrededor del tren blindado que Batista había enviado para reforzar la guarnición y que terminó descarrilado y capturado por los rebeldes en uno de los episodios más simbólicos de toda la guerra. Para el 31 de diciembre, Santa Clara estaba en manos rebeldes.
Esa noche, en la Habana, Batista entendió que la guerra estaba perdida. En la madrugada del Mino de enero de 1959 abordó un avión rumbo a República Dominicana, llevándose el dinero que su régimen había acumulado durante 6 años de gobierno. La era batistiana de Cuba había terminado. El verano de 1958 en la Sierra Maestra es uno de los episodios militares más estudiados de la historia latinoamericana del siglo XX y los manuales de doctrina contra insurgente que se escribieron en las décadas siguientes en Estados Unidos, en Francia, en Israel y en otros países que
enfrentaron guerras similares lo citan repetidamente como caso paradigmático. La lección principal que los analistas militares han extraído del caso es relativamente simple en su formulación, pero difícil en su aplicación práctica. Una guerrilla bien arraigada en una población local que la apoya activamente no puede ser derrotada por medios convencionales.
La superioridad numérica, técnica y logística del ejército regular es insuficiente cuando la guerrilla controla la información y el terreno. Y el intento de usar fuerza bruta para compensar esa asimetría tiende a empeorar la situación porque alimenta la hostilidad de la población, que es exactamente el factor que el ejército regular necesita neutralizar.
Esa lección ha sido aprendida y olvidada repetidamente por los ejércitos del mundo desde 1958. Los franceses la aprendieron parcialmente en Argelia y la olvidaron en Indochina. Los americanos la habían entendido en algún nivel teórico al observar Cuba, pero la olvidaron en Vietnam.
Los rusos la repitieron en Afganistán. Los americanos volvieron a aprenderla en Irak y en Afganistán dos veces. Cada generación de militares profesionales tiende a creer que esta vez será diferente, que la nueva tecnología compensará la asimetría política, que un ejército mejor entrenado producirá los resultados que los ejércitos peor entrenados de generaciones anteriores no produjeron.
Y cada generación con costos enormes en sangre y en recursos, descubre que las leyes de la guerra contra insurgente no han cambiado tanto como les habría gustado. Cuba en 1958 fue uno de los primeros casos modernos donde esa asimetría se manifestó con claridad documentable y eso es parte de por qué los hechos de aquel verano siguen siendo estudiados 67 años después.
Pero hay otra dimensión del significado de la victoria del verano que va más allá del análisis militar. Es la dimensión simbólica y política. 300 hombres derrotando a 10,000 es una imagen narrativa que tiene la estructura de los mitos. David contra Goliat, Numancia contra Roma, Termópilas. Esas imágenes funcionan no porque sean estadísticamente comunes en la historia, sino precisamente porque son raras.
Cuando ocurren se convierten en símbolos que organizan la imaginación política de generaciones enteras. La revolución cubana se convirtió a partir del 3o de enero de 1959 en el símbolo organizador de los movimientos revolucionarios en toda América Latina durante las dos décadas siguientes.
Cada guerrilla que se levantó en Centroamérica, en Sudamérica, en el Caribe entre 1959 y 1980, lo hizo en alguna medida bajo la sombra de lo que había ocurrido en la Sierra Maestra. La idea de que un grupo pequeño de combatientes determinados podía derrotar a un ejército regular respaldado por los Estados Unidos era una posibilidad concreta, porque ya había ocurrido una vez.
Y aunque la mayoría de los movimientos posteriores fracasaron donde Castro había tenido éxito, el modelo siguió influyendo en el pensamiento político revolucionario hasta bien entrada la década de 1980. Vale la pena detenerse un momento en lo que les ocurrió a algunos de los protagonistas de la ofensiva del verano de 1958, porque sus trayectorias posteriores dicen algo sobre cómo la victoria de aquellos meses determinó las décadas siguientes.
Fidel Castro gobernaría Cuba durante casi 50 años después de la victoria. La transformación del joven abogado guerrillero en jefe de estado de uno de los regímenes más longevos del siglo XX fue uno de los procesos políticos más extraordinarios de la historia latinoamericana. Sus admiradores y sus críticos coinciden, aunque con valoraciones opuestas, en que las cualidades que demostró en la Sierra Maestra en el verano de 1958, la capacidad de planificación estratégica, la disciplina personal, la tolerancia a la incertidumbre, la
habilidad para mover a sus subordinados a hacer cosas que en circunstancias normales no harían. fueron las mismas que le permitieron mantenerse en el poder durante medio siglo, a pesar de las presiones externas y de las tensiones internas que cualquier régimen de su escala produce inevitablemente. El Cheegevara dejaría Cuba en 1965 para intentar replicar el modelo cubano en otros países, primero en el Congo y luego en Bolivia.
murió ejecutado en la higuera, Bolivia, el 9 de octubre de 1967, después de haber sido capturado por el ejército boliviano, apoyado por la CIA. Su muerte fue paradójicamente lo que más contribuyó a convertirlo en el icono internacional que sigue siendo la fotografía de Alberto Corda, tomada en 1960 durante un funeral en La Habana, se convirtió en una de las imágenes más reproducidas del siglo XX, presente en pósteres, camisetas y muros desde Berkeley hasta Berlín y desde Caracas hasta Calcuta.
Camilo 100 fuegos murió en circunstancias nunca completamente aclaradas. El 28 de octubre de 1959, cuando el avión Cesna, en el que viajaba desde Camaguei hacia la Habana, desapareció sin dejar rastros. Tenía 27 años. Era el más popular de los comandantes rebeldes después de Fidel y posiblemente el segundo después de Castro mismo en el corazón de los cubanos.
Su muerte tan temprana, justo cuando el régimen revolucionario apenas estaba consolidándose, dejó preguntas que nunca pudieron responderse y leyendas que han sido objeto de especulación durante las décadas siguientes. Celia Sánchez, la organizadora invisible de la logística rebelde, se convertiría después de la victoria en una de las figuras más influyentes del régimen revolucionario, aunque siempre desde posiciones formalmente subordinadas que no reflejaban su poder real.
Murió de cáncer en 1980, a los 59 años. Su archivo personal, donde guardó durante décadas los documentos originales de la guerra rebelde, es hoy una de las fuentes más importantes para los historiadores que estudian el periodo. Eulogio Cantillo, el general que había dirigido la ofensiva del verano contra los rebeldes, intentó en los últimos días de diciembre de 1958, cuando el régimen ya se desmoronaba, una salida negociada que habría dejado al ejército regular en su lugar bajo nuevo liderazgo civil. Las negociaciones que
mantuvo con Castro en esos días fueron interrumpidas cuando Batista huyó del país y Castro decidió continuar el avance hacia la Habana sin acuerdos previos. Cantillo fue arrestado por el régimen revolucionario, juzgado por crímenes durante la dictadura y condenado a 15 años de cárcel.
Cumplió su condena, fue liberado. Vivió el resto de su vida en Cuba en condiciones modestas. y murió en 1978 sin haber escrito las memorias que habrían sido históricamente valiosas. Fulgencio Batista vivió en distintos países hasta su muerte en Marbella, España, en 1973 murió rico con la fortuna que había acumulado durante 6 años de dictadura más o menos intacta, pero murió como uno de los dictadores más despreciados de la historia latinoamericana del siglo XX.
sin la posibilidad de regresar a su país, sin influencia política significativa en la diáspora cubana que se concentró en Miami. Su nombre quedó asociado en la memoria histórica del continente con la corrupción y la represión que la revolución cubana había venido a barrer. 67 años después de los hechos del verano de 1958, la Sierra Maestra sigue siendo un lugar cargado de memoria.
El gobierno cubano ha mantenido los sitios de las principales batallas como parques nacionales y memoriales. Los lugares donde estuvieron los cuarteles generales de Castro, donde ocurrieron los combates de El Higue y de Santo Domingo, donde se desarrolló la batalla de las Mercedes, todos están señalizados y son visitables.
Cada año en el aniversario de las distintas fechas significativas se realizan ceremonias oficiales en la sierra. Veteranos cada vez más ancianos asisten a esas ceremonias mientras pueden. La generación que peleó aquella guerra está desapareciendo, como ocurre con todas las generaciones de combatientes 70 años después de sus guerras.
Lo que queda son los archivos, las memorias escritas, las grabaciones de testimonios que los historiadores han recogido durante las décadas anteriores, los monumentos. La Cuba de 2025 es un país muy diferente del que los rebeldes encontraron cuando bajaron de la Sierra Maestra el pino de enero de 1959. La economía colapsada después del fin de los subsidios soviéticos.
las dificultades materiales que la población enfrenta cotidianamente, las migraciones masivas de cubanos hacia el exterior, las tensiones políticas internas que el régimen ha tenido que manejar durante décadas. Todas son realidades que sería imposible ignorar al hablar del legado histórico de la revolución que comenzó en 1958.
Pero esas dificultades posteriores no anulan los hechos de aquel verano. Lo que ocurrió en la Sierra Maestra entre mayo y agosto de 1958 ocurrió, fue real, fue extraordinario y cambió Cuba y América Latina de maneras que ningún análisis posterior puede deshacer. 300 hombres aguantaron a 10,000. Una guerrilla de campesinos, estudiantes y obreros derrotó al ejército profesional respaldado por la mayor potencia militar del mundo.
Un régimen que parecía sólido se desmoronó en menos de 5 meses después de no haber podido ganar una guerra que en términos puramente cuantitativos no debería haber tenido manera de perder. Esos hechos siguen siendo relevantes porque siguen siendo posibles. Las condiciones específicas que los hicieron posibles en Cuba en 1958. Una geografía favorable a la guerrilla, una población dispuesta a apoyarla, un comandante con las cualidades estratégicas adecuadas, un régimen suficientemente despreciado como para perder antes la batalla política que la
militar. No son únicas de Cuba ni de aquella década. Han existido en otros lugares y en otras épocas. Pueden volver a existir y cuando existen se repite el patrón que la historiografía cubana ha estudiado tan intensamente durante seis décadas y media. El ejército grande no puede vencer al ejército pequeño cuando el ejército pequeño tiene de su lado las cosas que las matemáticas convencionales no miden.
El conocimiento del terreno, el apoyo de la población, la coherencia política, la disciplina interna, la capacidad de planificación a largo plazo de un comandante que no comete errores fatales. 300 hombres aplastaron a las tropas de Batista en el verano de 1958. No porque fueran más fuertes, porque jugaron un juego diferente al que el enemigo creía que estaban jugando.
Y esa lección que la historia militar enseña una y otra vez, sin que las potencias parezcan aprenderla del todo, es quizás lo más perdurable de todo lo que ocurrió en la Sierra Maestra entre el 25 de mayo y el 6 de agosto de aquel año decisivo. Una de las dimensiones de la guerra revolucionaria cubana que merece atención específica es la guerra de comunicaciones, porque ilustra un aspecto del conflicto que las narraciones puramente militares tienden a subestimar, pero que fue probablemente decisivo para el resultado
político de la ofensiva del verano y de la guerra entera. Radio Rebelde había sido fundada en febrero de 1958 desde la Sierra Maestra, con un transmisor de poca potencia que los rebeldes habían conseguido a través de canales clandestinos en Estados Unidos. operaba inicialmente solo unas pocas horas al día y su alcance era limitado a las provincias orientales.
Pero a lo largo de 1958 la emisora creció en potencia técnica y en sofisticación de programación hasta convertirse en una de las fuentes de información más confiables del país sobre lo que estaba ocurriendo en la sierra. Durante la ofensiva del verano, Radio Rebelde transmitía partes de combate diarios firmados por el propio Castro o por sus oficiales más cercanos.
Esos partes eran cuidadosamente verificados antes de su difusión. Los rebeldes habían descubierto temprano que la credibilidad informativa era un activo estratégico que no podía gastarse en exageraciones que la realidad posterior contradijera. Cuando Radio Rebelde anunciaba la captura de un batallón completo, el batallón había sido capturado completo.
Cuando anunciaba el número de bajas enemigas, el número era más o menos el real. Cuando anunciaba un combate, el combate había ocurrido. Esa precisión informativa contrastaba dramáticamente con los partes oficiales del ejército, que durante toda la ofensiva insistían en victorias que las realidades posteriores desmentían.
Los oyentes cubanos que escuchaban ambas fuentes fueron desarrollando con el paso de las semanas una preferencia por radio rebelde que era a la vez técnica, en el sentido de que sus reportes resultaban más precisos y emocional, en el sentido de que la voz que hablaba desde la sierra parecía representar algo genuino mientras la voz que hablaba desde la capital sonaba cada vez más distante de los hechos reales.
Para finales del verano, Radio Rebelde se había convertido en una emisora con audiencia masiva en todo el país, no solo en la zona oriental donde había comenzado. La gente la escuchaba en La Habana, en Camagüy, en Santiago. La escuchaban en las casas privadas, en los bares, en los lugares de trabajo cuando los patrones lo permitían.
Y la escuchaban también los soldados del propio ejército de Batista. que tenían acceso a los mismos transmisores de radio que el resto de la población y que en muchos casos confiaban más en lo que decía la emisora rebelde que en lo que decían sus propios oficiales. Ese acceso de la información rebelde al interior del ejército enemigo era un factor que los analistas convencionales tenían dificultades para incluir en sus cálculos, pero que era estructuralmente decisivo.
Un ejército donde los soldados rasos creen más a la propaganda del enemigo que a la propaganda propia. Es un ejército que ha perdido la guerra antes de pelearla. Y eso era exactamente lo que estaba ocurriendo en el ejército cubano durante el verano de 1958. En buena parte, gracias a la calidad técnica e informativa de las transmisiones de radio rebelde.
El papel de las mujeres en la guerra revolucionaria cubana ha sido frecuentemente subestimado por la historiografía militar tradicional, pero los estudios más recientes han ido reconstruyendo una realidad que es importante para entender por qué la ofensiva del verano fracasó como fracasó. Las mujeres no estaban formalmente integradas como combatientes en las primeras columnas del ejército rebelde.
Aunque algunas, como Vilma Spin y Haid Santa María tuvieron papeles operativos significativos desde temprano. Lo que sí estaba completamente integrado era el trabajo de las mujeres en la red logística que sostenía a los rebeldes en la sierra. Esa red dirigida por Celia Sánchez desde su llegada a la sierra en 1957 era el componente que hacía posible que los 300 guerrilleros pudieran combatir durante 74 días contra 10,000 enemigos sin agotarse logísticamente.
El trabajo era invisible para el ejército enemigo y por tanto inmune a las técnicas de represión militar que el ejército sabía aplicar. Los mensajeros que llevaban municiones, vendajes y alimentos a la sierra eran en su mayoría mujeres. Las casas en los pueblos al pie de la sierra, que servían de puntos de tránsito para esos suministros eran administradas por mujeres.
Las cocineras que preparaban la comida en los campamentos rebeldes eran mujeres. Las enfermeras que atendían a los heridos eran mujeres. Para finales de 1958, después de la formación del pelotón Mariana Grajales, hubo también mujeres combatientes en sentido formal. El pelotón fue dirigido por Isabel Rielo y participó en operaciones de combate en los meses finales de la guerra.
Su existencia generó resistencias dentro del propio ejército rebelde, donde algunos comandantes consideraban inapropiado que las mujeres portaran armas en combate. Castro impuso la decisión personalmente en una reunión que sus biógrafos han reconstruido como uno de los momentos más reveladores de su estilo de mando.
no ordenó simplemente la formación del pelotón, sino que se enfrentó directamente a los oficiales que se oponían y los obligó a aceptar la decisión sobre la base de argumentos que combinaban la pragmática militar con la transformación social que la revolución pretendía impulsar. Esa dimensión de la guerra revolucionaria, la transformación de las relaciones sociales entre los géneros como parte del propio proceso de combate, anticipó muchas de las políticas que el régimen revolucionario implementaría después de 1959.
Las mujeres que habían pasado por la experiencia de la sierra, ya fuera como combatientes formales o como parte de la red logística, llegaron a 1959 con una conciencia política y una capacidad organizativa que las ubicaba en posiciones de liderazgo en el régimen revolucionario que se construía. Esa conciencia formada en la guerra fue una de las bases sobre las que se construyó el sistema de organización femenina, que en las décadas siguientes transformaría profundamente las condiciones de las mujeres en Cuba.
Vale la pena dedicar una sección a los soldados rasos del ejército de Batista, porque el resultado del verano de 1958 no se entiende completamente, sin entender quiénes eran los hombres que el régimen envió a la sierra y por qué se comportaron como se comportaron. El ejército cubano de 1958 era una institución que había crecido rápidamente bajo Batista, en parte para sostener al régimen militarmente y en parte para proporcionar empleo a sectores de la población que de otra manera podrían haberse convertido en
oposición política. Su crecimiento había sido más cuantitativo que cualitativo. El número de soldados era considerable, pero el entrenamiento y la motivación eran irregulares en el mejor de los casos. De los 12,000 hombres que el general Cantillo movilizó para la ofensiva, aproximadamente 7,000 eran reclutas con poco entrenamiento y pocos incentivos personales para pelear.
habían sido reclutados a través de una combinación de leva y enrolamiento voluntario inducido por la pobreza, en condiciones donde la diferencia entre el voluntariado real y el reclutamiento forzado era frecuentemente borrosa. Muchos de ellos venían de familias campesinas pobres que tenían más en común con los campesinos de la Sierra Maestra que con los oficiales que los comandaban.
Esa composición social del ejército era un factor estructural que los rebeldes entendían bien y que explotaban deliberadamente en su política de tratamiento de prisioneros. Cuando un soldado raso del ejército era capturado y luego liberado después de ser tratado humanamente, llevaba consigo una experiencia que la propaganda oficial no podía controlar.
había visto que los rebeldes no eran los monstruos que los oficiales describían. Había visto que sus propios comandantes lo habían enviado a una guerra que no podía ganar. había visto que el otro lado tenía razones que él podía entender y compartir. Algunos de esos soldados liberados no regresaron al ejército. Otros regresaron, pero llevando con ellos información que socavaba la moral de sus unidades.
y algunos terminaron uniéndose directamente al ejército rebelde, ya fuera por convicción política nacida de la experiencia o simplemente por el cálculo pragmático de que el lado rebelde estaba ganando. Para finales de 1958, ese flujo de desersiones y de cambios de bando se había convertido en un problema sistémico para el ejército. Las guarniciones provinciales, que en otros tiempos se habrían defendido contra cualquier ataque por mero instinto institucional, comenzaron a rendirse cada vez con menor resistencia ante la aproximación de las columnas
rebeldes. La batalla de Santa Clara en diciembre fue posible, en parte porque las guarniciones que rodeaban la ciudad ya habían dejado de ser fuerzas combatientes en cualquier sentido funcional. Esa erosión interna del ejército fue uno de los productos directos de la ofensiva del verano. Cantillo no había logrado destruir al ejército rebelde, pero al fracasar en su intento había producido un efecto que le resultó imposible revertir.
Había convertido a su propio ejército en una institución que ya no creía en su propia capacidad de ganar la guerra que estaba peleando. Y un ejército que no cree en su victoria, sin importar cuántos hombres y armas tenga sobre el papel, está estructuralmente derrotado antes de que el último combate ocurra. La operación verano y su fracaso tuvieron repercusiones internacionales que merecen un comentario específico porque ayudaron a determinar el contexto político en el que el régimen revolucionario emergente se ubicaría
después de enero de 1959. Estados Unidos había sido durante toda la década de 1950 el sostén principal del régimen de Batista. El gobierno americano había proporcionado entrenamiento a los oficiales cubanos, había vendido equipamiento militar a precios subsidiados y había mantenido una postura diplomática que en la práctica equivalía a un aval del régimen frente a la oposición democrática y revolucionaria.
Esa postura comenzó a cambiar a lo largo de 1957 y 1958. A medida que la represión del régimen se intensificaba y los reportes de excesos contra civiles llegaban a los medios americanos, la cobertura de Herbert Matthews para el New York Times, que en febrero de 1957 había publicado entrevistas con Castro que demostraban que estaba vivo y operando contra las afirmaciones oficiales del régimen, había sido un primer punto de inflexión.
Para 1958, otros corresponsales americanos seguían sus pasos y enviaban reportes que documentaban las realidades de la sierra y de la represión urbana. El embargo de armas que el Departamento de Estado decretó en marzo de 195 fue la primera señal pública de que la relación entre Washington y Batista estaba cambiando.
Era un embargo limitado que no cubría todo el equipamiento militar, pero que tenía una dimensión simbólica considerable. significaba que el principal sostén externo del régimen ya no estaba dispuesto a respaldarlo sin condiciones. Durante el verano, mientras la ofensiva fracasaba en la sierra, los analistas del Departamento de Estado en Washington fueron concluyendo que el régimen era irrecuperable y que era necesario comenzar a pensar en las relaciones con un eventual sucesor.
Los emisarios oficiales y semioficiales, que durante los meses siguientes contactaron con los rebeldes, lo hicieron en una postura que ya no era la del aliado, intentando salvar a un cliente, sino la del observador, intentando entender qué tipo de régimen emergería de la guerra. Esa transición en la postura americana fue un factor que los rebeldes pudieron explotar con creciente efectividad en los meses finales de la guerra.
Castro, que tenía una comprensión sofisticada de la importancia de las relaciones internacionales, calibró sus declaraciones públicas durante el otoño de 1958 para presentar al movimiento revolucionario como una alternativa que no era hostil a los intereses americanos, al menos no en términos de la política internacional.
Esa presentación cambiaría dramáticamente después de 1959 por razones que se debatirán durante décadas, pero durante el verano y otoño de 1958 logró su propósito inmediato. Permitir que la transición de poder en Cuba ocurriera sin intervención militar americana. Que esa intervención no ocurriera fue probablemente uno de los factores que permitió que la revolución triunfara como triunfó.
y que no ocurriera, tuvo en parte que ver con que el fracaso de la ofensiva del verano había convencido a los planificadores americanos de que el régimen de Batista era ya políticamente insostenible y que cualquier intento de salvarlo militarmente costaría más de lo que valdría. Hay un episodio menor, pero significativo de la ofensiva del verano, que rara vez aparece en las narraciones convencionales y que vale la pena rescatar porque captura algo del espíritu del momento.
Durante la batalla de El Higue, mientras el cerco se cerraba sobre el batallón 18 y mientras los combates continuaban día y noche, Fidel Castro mantuvo durante varios días una correspondencia escrita con el comandante José Quevedo a través de mensajeros que cruzaban las líneas con banderas blancas.
Las cartas se han conservado y han sido publicadas en varias ocasiones desde entonces. Lo que llama la atención de esa correspondencia es el tono. No era el intercambio entre dos enemigos en medio de una batalla. Era el intercambio entre dos hombres que se respetaban mutuamente como militares y que entendían que el resultado del combate dependería de factores que iban más allá de las decisiones tácticas inmediatas.
Castro hablaba con Quebedo de las condiciones de Cuba, de los abusos del régimen, de las razones por las que los rebeldes peleaban. Quevedo respondía con la cortesía profesional de un oficial que ha sido educado en cierta tradición militar y que reconoce en el otro lado a alguien con quien puede hablar. Esas cartas no eran simplemente el intercambio de un comandante en posición de fuerza con uno en posición debilitada.
eran un esfuerzo deliberado por parte de Castro de transformar la batalla en una experiencia que cambiaría a Quevedo y a sus oficiales más allá del momento de la rendición. Y funcionó. Quebedo, que después de su rendición se incorporó al ejército rebelde, escribiría décadas después sobre la influencia que esas cartas habían tenido en su pensamiento.
Otros oficiales que pasaron por experiencias similares describieron procesos parecidos. Es uno de los aspectos más característicos del estilo militar de Castro. La guerra no era para él simplemente la aplicación de fuerza física para destruir al enemigo. Era también, y quizás sobre todo un ejercicio político en el que cada combate era una oportunidad para transformar las percepciones, las lealtades y eventualmente las afiliaciones de los hombres que estaban del otro lado.
Esta concepción de la guerra como continuación de la política por otros medios, formulada por Klausbitz un siglo y medio antes, pero aplicada por Castro con una pureza que pocos otros líderes militares han alcanzado. fue uno de los factores decisivos del resultado del verano de 1958, cuando la ofensiva terminó oficialmente el 6 de agosto y los últimos elementos del ejército regular se retiraron de las laderas de la Sierra Maestra, los rebeldes hicieron algo que sus contemporáneos militares en otros conflictos rara vez hacían.
no celebraron prematuramente. Castro convocó inmediatamente a sus comandantes y les comunicó las decisiones que ya había tomado para la siguiente fase de la guerra. La defensiva había terminado. La ofensiva comenzaba en tres semanas. Las columnas que partirían hacia el centro y el occidente del país tenían que estar listas, equipadas y entrenadas para una marcha de 600 km a través de territorio enemigo.
Esa transición instantánea de la defensiva a la ofensiva, sin pausa, sin descanso, fue otro de los factores que sorprendieron al ejército y al régimen. esperaban que después de 74 días de combate intenso, los rebeldes necesitarían meses para recuperarse y reorganizarse. Lo que encontraron fue exactamente lo contrario.
Rebeldes que pasaron de aguantar a avanzar sin que mediara ninguna pausa visible, con la energía estratégica intacta y con planes que ya estaban preparados desde antes de que la ofensiva enemiga terminara. Esa capacidad de mantener el momentum es probablemente lo que más distingue a la victoria del verano, de las victorias defensivas que otras guerrillas de la historia han conseguido sin lograr capitalizarlas en victorias ofensivas posteriores.
Muchas guerrillas han logrado defenderse exitosamente contra ejércitos regulares. Muy pocas han logrado convertir esas defensas exitosas en avances que terminaron con el régimen al que combatían. Cuba en 1958 lo logró porque la planificación de la ofensiva rebelde había comenzado meses antes de que la ofensiva enemiga terminara.
Y porque cuando llegó el momento de pasar al ataque, las columnas estaban listas, los comandantes sabían qué hacer y la moral estaba en su punto más alto. Los 300 guerrilleros del verano de 1958 son hoy figuras casi míticas en la historia oficial cubana. Sus nombres aparecen en los libros de texto, en los monumentos, en los nombres de calles y de instituciones.
Algunos de ellos vivieron suficiente tiempo para ver el resultado de su victoria. Otros murieron en los combates de aquellos meses o en los años siguientes. Algunos pocos siguen vivos en 2025 como ancianos cuyas memorias son recogidas por los historiadores, en lo que probablemente serán los últimos testimonios directos de aquella experiencia.
Lo que ellos hicieron en la Sierra Maestra entre mayo y agosto de 1958 sigue siendo, 67 años después, uno de los episodios más extraordinarios de la historia militar latinoamericana, no porque fueran necesariamente mejores soldados que los que enfrentaron, aunque algunos de ellos lo eran, sino porque entendieron antes que sus enemigos que la guerra que se estaba peleando no era la guerra que las matemáticas convencionales sugerían.
Era una guerra donde los factores que normalmente determinan el resultado, número, equipamiento, entrenamiento formal, eran menos importantes que los factores que normalmente se consideran secundarios: el conocimiento del terreno, el apoyo de la población, la coherencia política del comando, la disciplina interna del cuerpo combatiente.

Y al ganar esa guerra, demostraron a sus contemporáneos y a las generaciones siguientes algo que los manuales militares tienden a no decir con suficiente claridad, que las guerras se pelean en el papel con números, pero se ganan en el terreno con personas. y que las personas cuando saben por qué pelean y cuando tienen un comandante que sabe lo que hace, pueden lograr resultados que las matemáticas no predicen.
300 contra 10,000 y los 300 ganaron. Esa es la historia. Eso es lo que ocurrió y eso es lo que hace que aquel verano siga siendo recordado seis décadas después. M.