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Así Fue la BATALLA más Sangrienta de 1911: Zapata ANIQUILA a la Élite Federal en Cuautla

[carraspeo] Salían de ella aniquilados, reducidos a una fracción exhausta de su fuerza original, derrotados por un ejército de campesinos armados con machetes que la mayoría de aquellos oficiales había despreciado como una chuzma. sin instrucción. El hombre que dirigió aquella aniquilación era Emiliano Zapata, un campesino de Anenecuilco que apenas dos meses antes había asumido el mando de las fuerzas revolucionarias del sur tras la muerte de su predecesor.

Zapata no tenía formación militar profesional. Sus 4000 hombres carecían de experiencia en el sitio de ciudades fortificadas. No disponían de artillería. Enfrentaban a un enemigo que ocupaba posiciones defensivas sólidas, que controlaba las alturas de los acueductos de la ciudad, que disponía de ametralladoras y cañones y que estaba integrado por los soldados más capaces que el ejército porfirista podía desplegar.

Toda la matemática militar convencional indicaba que aquel asalto era una temeridad condenada al fracaso. Seis días después, el quinto de oro había dejado de existir como fuerza operativa. Aniquilación de aquella unidad de élite en las calles de Cuautra produjo una consecuencia que excedió completamente las dimensiones tácticas del combate.

Convenció a Porfirio Díaz, el dictador que había gobernado México durante 34 años, de que el régimen era indefendible. El propio Díaz declararía posteriormente que mientras sentía que podía defenderse de Villa y de Orosco en el norte, fue la caída de Cuautla ante Zapata, lo que lo convenció de pactar la paz con Madero y renunciar a la presidencia.

Dos días después de la toma de la ciudad, el dictador firmó los tratados de Ciudad Juárez. Pocos días más tarde abandonó México rumbo al exilio. Esta es la historia de aquella batalla, de cómo un ejército de campesinos sin instrucción aniquiló a la élite militar de una dictadura de 34 años en se días de combate cuerpo a cuerpo.

y de cómo aquella aniquilación librada en las calles de una ciudad de Morelos derribó uno de los regímenes más duraderos de toda la historia de América Latina. Para entender por qué un ejército de campesinos, sin instrucción militar, fue capaz de aniquilar a la unidad de élite del ejército porfirista en las calles de Cuautla durante mayo de 1911.

Hay que comprender que aquellos hombres no peleaban por una abstracción política, sino por la tierra que durante las décadas anteriores les había sido sistemáticamente arrebatada y que aquella motivación específica, arraigada en agravios concretos y acumulados, producía una determinación combativa que ningún cálculo militar convencional podía anticipar adecuadamente.

régimen de Porfirio Díaz, que para 1911 había gobernado México durante aproximadamente 34 años, mediante una combinación de modernización económica y autoritarismo político, había producido un crecimiento material considerable, concentrado en manos de un grupo reducido de la población. Los ferrocarriles habían multiplicado las comunicaciones nacionales.

La inversión extranjera había desarrollado la minería y la industria. exportaciones agrícolas habían crecido sostenidamente, pero aquella modernización se había construido sobre una concentración de la riqueza y de la tierra que durante las décadas del porfiriato había marginado y explotado sistemáticamente a los campesinos, a los obreros y a los sectores populares de la sociedad mexicana, generando un descontento social acumulado que para finales de la primera primera década del siglo XX había alcanzado dimensiones que el

régimen no lograba contener. El estado de Morelos era el ejemplo paradigmático de aquella contradicción estructural. La región, ubicada al sur de Ciudad de México y caracterizada por tierras fértiles ideales para el cultivo de la caña de azúcar, había experimentado durante el porfiriato un proceso de concentración de la propiedad agraria de una intensidad excepcional.

Las haciendas azucareras, modernizadas con tecnología industrial y orientadas a la exportación habían expandido sistemáticamente sus territorios a costa de las tierras comunales que durante siglos habían pertenecido a los pueblos campesinos de la región. Aquel despojo se había ejecutado mediante una combinación de mecanismos legales y extralegales.

La aplicación de leyes de desamortización que convertían las tierras comunales en propiedad privada, susceptible de adquisición por los hacendados, litigios prolongados que las comunidades campesinas no podían costear y la simple coacción respaldada por las autoridades locales que sistemáticamente favorecían a los propietarios poderosos.

Para comienzos del siglo XX, los pueblos de Morelos habían perdido la mayor parte de las tierras que durante generaciones habían sostenido su forma de vida. Emiliano Zapata Salazar había nacido en 1879 en el pueblo de Aneneculco, en el corazón de aquella región de despojos. Era un campesino de condición relativamente acomodada.

dentro de los parámetros de la pobreza rural morelense, que trabajaba además como arriero y como entrenador de caballos, ocupaciones que le proporcionaban una independencia económica relativa respecto a las haciendas. Aquella independencia, combinada con su carácter, su prestigio local y su conocimiento profundo de los agravios agrarios de su comunidad, lo había convertido progresivamente en una figura de liderazgo dentro de los pueblos de Morelos.

En 1909, los habitantes de Anenecuilco lo eligieron presidente de la Junta de Defensa de las Tierras del Pueblo, cargo que lo comprometió formalmente con la lucha legal por la recuperación de los territorios comunales despojados. Zapata intentó durante aquellos años agotar las vías legales. Presentó documentos coloniales que acreditaban los derechos ancestrales de los pueblos sobre las tierras.

recurrió a las autoridades, buscó soluciones dentro del marco institucional del porfiriato. Aquellas gestiones legales fracasaron sistemáticamente, demostrando a Zapata y a las comunidades que representaba que el régimen no ofrecía ninguna vía pacífica para reparar el despojo agrario. El estallido de la revolución maderista.

Durante 1910 y 1911 proporcionó el marco político en que aquel agravio agrario acumulado se transformó en insurrección armada. Francisco Madero, miembro de una de las familias más ricas del norte del país, había convocado a una revolución contra el porfiriato tras el fraude electoral de 1910, articulando su llamado en el plan de San Luis Potosí, manifiesto que pedía el derrocamiento de días, el establecimiento de elecciones libres y en un punto que resultaría decisivo para Morelos, el compromiso de restituir a los campesinos las tierras que les

habían sido arrebatadas. Aquella promesa de restitución agraria fue lo que vinculó a los campesinos morelenses con el movimiento maderista. No peleaban primariamente por la democracia electoral abstracta que constituía el centro del programa de madero. Peleaban por la Tierra y el maderismo ofrecía el vehículo político para aquella lucha.

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