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ARMADA MEXICANA DESMANTELA LA MAYOR CARAVANA DE MIGRANTES VENEZOLANOS

 En este preciso momento, Washington está sitiada por la vergüenza. Los helicópteros que antes sobrevolaban para protegerlo, ahora lo vigilan como a un fugitivo. Las calles alrededor de su residencia privada están llenas de vehículos blindados, no para resguardarlo, sino para impedir que abandone la ciudad sin autorización judicial.

 Aún así, los reportes más recientes indican que su equipo busca rutas discretas hacia el sur, mencionando incluso pasos fronterizos en Texas y Arizona como corredores prioritarios para la fuga. La ironía golpea con fuerza. El político que basó su carrera en humillar a México, criminalizar a sus migrantes y bloquear su comercio, ahora ve en ese mismo país la única salida para evitar su captura.

En redes sociales, la indignación mexicana se mezcla con un humor punzante. No quería mexicanos en su país, pero ahora quiere ser uno de nosotros, aunque sea como prófugo. En la frontera norte de México, las autoridades ya fueron alertadas. Se reforzó la presencia de Guardia Nacional, aduanas y migración en puntos estratégicos. No hay margen para dudas.

Cualquier intento de entrada será interceptado. El gobierno mexicano, en un gesto de firmeza, dejó trascender que no se permitirá que la soberanía nacional sea refugio de criminales internacionales, vengan de donde vengan. Mientras tanto, dentro de Estados Unidos la situación es un terremoto político. Legisladores exigen explicaciones inmediatas sobre como un expresidente con causas abiertas y condena política puede siquiera considerar cruzar a un país extranjero sin autorización.

Algunos medios ya hablan de la huida más humillante en la historia moderna de la presidencia norteamericana. La tensión crece minuto a minuto. Las cámaras siguen cada movimiento de los convoys en los que podría viajar Trump. Las redes sociales hierven y el continente entero observa. Porque si este plan de escape se concreta, no será solo un golpe a la imagen de Washington.

Será un triunfo simbólico para México que resonará en cada rincón del hemisferio. Y si falla, quedará sellada la caída definitiva del magnate que creyó que el poder era eterno. El mediodía en Tapachula no trajo tregua. Bajo un solo abrasador, el asfalto hirviendo se convirtió en escenario del enfrentamiento más tenso de la jornada.

La columna principal de la caravana, integrada por cientos de migrantes que se habían adelantado para intentar romper el cerco, llegó hasta el muro humano formado por efectivos de la Guardia Nacional y del Ejército Mexicano. El calor, el cansancio y la frustración eran visibles en los rostros de ambos bandos.

 Al principio, la tensión se tradujo en gritos. Queremos pasar, coreaban algunos migrantes mientras agitaban carteles improvisados exigiendo libre tránsito y derecho a trabajar. Desde el otro lado, los militares respondían con firmeza, “Regresen por donde vinieron.” La línea se mantuvo inmóvil durante minutos que parecieron horas hasta que un grupo de jóvenes armados con palos y piedras intentó forzar el paso.

 Lo que siguió fue una secuencia precisa de acción táctica. En cuestión de segundos, la Guardia Nacional desplegó escudos. Los soldados avanzaron en formación cerrada y un par de granadas de gas lacrimógeno estallaron, tiñiendo el aire de humo blanco y acre. Los primeros migrantes retrocedieron tosio, pero otros intentaron resistir usando sus mochilas como escudos improvisados.

 El operativo se endureció. Chorros de gas pimienta, órdenes cortas, encapsulamiento de los grupos más agresivos y su traslado inmediato a los autobuses que aguardaban a unos metros. Entre la confusión, algunos testimonios revelaron el nivel de desesperación. “No venimos a hacer daño, venimos a buscar trabajo”, gritaba un hombre venezolano mientras era escoltado por dos militares.

 Otros acusaban a los vecinos de traición por llamar a las autoridades, a lo que varios residentes respondían desde las aceras, “Es nuestra casa, no su campamento.” Las escenas de tensión se multiplicaron. En el parque bicentenario, un grupo de mujeres y niños se negó a subir a los autobuses, sentándose en el suelo en señal de protesta.

 Los soldados, con gestos más contenidos, les explicaban que serían llevados a estaciones migratorias para definir su situación, pero el ambiente seguía cargado de miedo y rabia. Mientras tanto, en paralelo, en el río Suchiate se desarrollaba otro frente de la operación. Lanchas militares patrullaban las aguas mientras efectivos en tierra bloqueaban los pasos improvisados usados por migrantes para cruzar desde Guatemala.

 Allí las escenas eran más silenciosas, pero no menos tensas. Familias enteras detenidas en la orilla bajo la mirada atenta de los uniformados. El saldo de la jornada, aunque aún no oficial, se percibía claro. Cientos de detenidos, múltiples grupos disueltos y una caravana que, a fuerza de estrategia y despliegue perdía su cohesión inicial.

 Sin embargo, entre los altos mandos se repetía una advertencia. Esta es solo la primera oleada. Detrás vienen más y no tan pacíficos. Mientras las últimas detenciones en Tapachula seguían en curso, en la Ciudad de México, la presidenta Claudia Sainbaum ofrecía una conferencia de prensa que se transmitía en cadena nacional.

 Flanqueada por el secretario de la defensa y el titular del Instituto Nacional de Migración, su mensaje fue directo. México no es un territorio de paso para el caos. No permitiremos que se pisotee nuestra soberanía. La mandataria explicó que la operación no era un hecho aislado, sino la primera fase de un plan de contención nacional coordinado con gobernadores, alcaldes y las fuerzas armadas.

 Reveló que en las próximas 72 horas se iniciarían vuelos de deportación con destino a Venezuela, Honduras, Nicaragua y Cuba en colaboración con las autoridades de esos países. No vamos a tolerar la violencia contra nuestros agentes ni la presencia de grupos criminales disfrazados de caravanas humanitarias.

 enfatizó en alusión a la confirmación de que algunos agresores pertenecían a la organización delictiva Trend de Aragua. La noticia generó una ola de reacciones internacionales. En Washington, funcionarios del gobierno estadounidense evitaron criticar la medida, pero se filtró que la administración veía con buenos ojos el endurecimiento mexicano, pues facilitaría la política de deportaciones masivas que Trump había anunciado días atrás.

 Desde Caracas, el gobierno de Venezuela dijo estar dispuesto a recibir a sus ciudadanos siempre que se respeten sus derechos humanos durante el proceso. Las ONG, en cambio, encendieron las alarmas. Human Rights Watch y Amnistía Internacional denunciaron un uso desproporcionado de la fuerza y advirtieron que la militarización podría derivar en abusos contra migrantes vulnerables, especialmente mujeres y niños.

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