Esa decisión produce el reactor Opal, que funciona hasta hoy en Lucas Heights, Sydney. Produce el 80% de los radiosótopos que Australia usa en medicina nuclear. Alrededor de 1000 científicos lo usan por año para investigación. Opera más de 300 días al año sin interrupciones y es señalado globalmente como uno de los reactores de investigación más confiables del planeta.
Ningún gobierno argentino lo convirtió en bandera. Ningún programa escolar lo enseña. Esta es la historia del logro industrial más silenciado de Argentina y de lo que dice sobre un país que sistemáticamente se olvida de sus propias capacidades. Si esto no lo sabías, seguí viendo. Si ya lo sabías, deja un comentario abajo. Quiero saber cuántos argentinos conocen esta historia.

La primera pregunta que vale hacerse es cómo Argentina llegó, en primer lugar, a ser un país con capacidad nuclear exportable porque no nació de la noche a la mañana. En 1950, mientras la mayor parte de Latinoamérica no tenía siquiera una política científica estructurada, Argentina creó la Comisión Nacional de Energía Atómica. La CN uno de los primeros organismos de investigación nuclear en el hemisferio occidental fuera de Estados Unidos.
Su fundación no fue azarosa. Vino del interés real del Estado en desarrollar tecnología propia, en no depender de otros para algo que ya se entendía como estratégico. Durante décadas, la CNA formó físicos, ingenieros y técnicos. Construyó reactores experimentales en territorio argentino. Desarrolló conocimiento que no existía antes en el país y en la década del 70, desde ese núcleo de saber acumulado, nació INBAP, investigación aplicada.
una empresa estatal creada en Bariloche, Río Negro, en las faldas de los Andes, con la misión de aplicar todo ese conocimiento a proyectos concretos y exportables. Bariloche no es un detalle menor. Es una ciudad de poco más de 100,000 habitantes, rodeada de montañas y lagos. No es una capital industrial, no tiene el peso simbólico de Buenos Aires ni la infraestructura portuaria de Rosario y sin embargo, ahí se instaló uno de los centros de desarrollo nuclear más competitivos del mundo.
Los ingenieros de Imbaps se formaron ahí, viven ahí y desde ahí han ganado licitaciones frente a potencias nucleares históricas. Eso ya debería llamar la atención. El primer reactor de investigación que Imbap exportó fue para Perú entre 1977 y 1978. Después vino Argelia entre 1985 y 1989. Después Egipto entre 1992 y 1998.
Cada proyecto fue un escalón. Cada contrato ganado contra empresas europeas o norteamericanas fue una demostración de que Argentina podía competir en ese mercado, no como proveedor barato, sino como referente técnico. Para fines de los 90, INBAP tenía un historial real. proyectos entregados, clientes satisfechos, reactores que funcionaban y entonces llegó la licitación que lo cambiaría junio de 1998 la Organización Australiana de Ciencia y Tecnología Nuclear, AC, Camione, Pansión, Ansto, convocó a concurso internacional para diseñar, construir y
poner en marcha un reactor de investigación en Lucas Heights, a 35 km de Sydney. El objetivo era reemplazar su viejo reactor, que ya cumplía décadas en operación. por algo moderno, versátil y capaz de producir radioisótopos para medicina nuclear en volumen industrial, las empresas convocadas representaban lo más sofisticado del sector: la alemana Siemens, la francesa Técnica Tome, la canadiense ACL, constructora de la central dealse Río Tercero.
Tres nombres que en la industria nuclear mundial significaban algo concreto, décadas de experiencia, respaldo estatal de países del G7, acceso a financiamiento a tasas imposibles de igualar para una empresa latinoamericana. Frente a ello se presentó INBAP desde Bariloche. El proceso fue riguroso. Anston no estaba buscando el más barato ni el más conocido.
Estaba buscando el mejor diseño técnico y el equipo más confiable para entregar en tiempo y forma. En el año 2000, Imbap se adjudicó el contrato. 180 millones de dólares. La mayor exportación tecnológica llave en mano de la historia argentina hasta ese momento. Lo que se pregunta poco, y vale preguntárselo, es por qué eligieron a Argentina.
No fue por precio, no fue por política, fue por calidad técnica en la propuesta, por el historial demostrable en Perú, Argelia y Egipto y por algo que los australianos señalaron después como fundamental. Imbap diseñaba a medida del cliente. No tenía un modelo estándar que adaptaba, estudiaba los requerimientos específicos de cada proyecto y construía desde cero. Eso les dio la licitación.
El contrato se firmó en junio de 2000. La construcción iba a empezar en 2002 y entonces ocurrieron tres cosas que nadie cuenta. La primera fue el 11 de septiembre de dos días posteriores a los atentados en Nueva York. Australia entró en pánico sobre infraestructura crítica. Una instalación nuclear a 35 km de Sydney de repente era un blanco potencial para el terrorismo internacional.
Los grupos ambientalistas y parte de la opinión pública empezaron a presionar para que el proyecto se cancelara. Hubo debates parlamentarios, hubo cobertura mediática durante semanas. El futuro del contrato con Imbap quedó en suspenso, pero Australia siguió adelante. La segunda crisis llegó en diciembre de ese mismo año y fue aún más directa.
El colapso argentino del 2001 no fue un evento abstracto para Ansto. Era su proveedor el que estaba en medio del caos. El país que había firmado el contrato tenía cinco presidentes en dos semanas. La moneda que iba a servir para pagar sueldos y materiales ya no valía lo mismo que el día anterior. Era perfectamente razonable que los australianos llamaran y dijeran, “Esto ya no es viable.
Buscamos otra alternativa.” No lo hicieron. ratificaron el contrato. Confirmaron que la confianza estaba puesta en el equipo técnico, no en la situación política del país. Y los ingenieros de INBAP, varios de ellos con sus propios ahorros congelados en el corralito, siguieron trabajando. Juan Pablo Ordóñez, quien lideraba el área de proyectos nucleares de Imbap, se instaló en Australia en abril de 2002 y no volvió hasta 5 años después.
Eso no es un dato menor, es la medida concreta de lo que significó el proyecto años de vida, no meses de trabajo. La tercera crisis fue la resistencia de Greenpeace y grupos ambientalistas. El convenio firmado con Australia incluía una cláusula que contemplaba la posibilidad de repatriar los residuos nucleares generados por el Ópal hacia Argentina para su tratamiento.
En diciembre de 2001, 46 activistas de Greenpeace ocuparon las instalaciones de Lucas Heights para protestar. Entraron al recinto, llegaron hasta el almacén de residuos radiactiva imagen dio la vuelta al mundo. El debate sobre los residuos generó tensiones también dentro de Argentina. Organizaciones ambientales locales se opusieron al acuerdo bilateral.
[música] Hubo presión mediática, hubo pedidos parlamentarios de revisión. El proyecto sobrevivió las tres crisis. La construcción comenzó en abril de 2002. El reactor Opal alcanzó masa crítica por primera vez el 12 de agosto de 2006. Alcanzó plena potencia en noviembre del mismo año y fue inaugurado oficialmente el 20 de abril de 2007 por el primer ministro de Australia, John Howard, en una ceremonia a la que asistieron los ministros de planificación y educación de Argentina, dos ministros argentinos, en la inauguración de un reactor nuclear
