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ANGOSTURA: La Batalla IMPOSIBLE que México Olvidó (20.000 vs EE. UU.)

Frente a ellos, emergiendo de una nube de polvo bíblica que cubría el horizonte desértico, avanzaba el ejército del norte de México. Era una visión que desafiaba la lógica militar y la resistencia humana. Casi 20,000 almas que acababan de completar una de las marchas forzadas más brutales de la historia moderna. Habían cruzado el desierto de San Luis Potosí en pleno invierno, sin agua, sin comida suficiente y con uniformes hechos girones, dejando un rastro de cadáveres congelados y abandonados en el camino.

Liderados por el enigmático y controversial general Antonio López de Santa Ana, estos hombres no marchaban impulsados por la paga o la disciplina, sino por una desesperación patriótica cruda. Venían a recuperar el honor de una nación que estaba siendo desmembrada pieza por pieza. La escena era de una tensión insoportable.

Santa Ana, confiado en su abrumadora superioridad numérica de tres a un, envió un ultimátum exigiendo la rendición incondicional del enemigo para evitar el derramamiento de sangre. Taylor, con la flema ruda que le valdría la presidencia de su país, respondió con un rechazo tajante y seco. En ese momento, el aire se llenó de una electricidad estática mortal.

Lo que estaba a punto de desatarse no era solo un combate por un paso de montaña, era la última oportunidad real de México para detener la invasión y salvar la mitad de su territorio. Nadie en ese campo, ni los generales con sus catalejos, ni los soldados rasos con sus pies sangrantes, podía imaginar que las siguientes 48 horas se convertirían en la batalla más sangrienta, polémica y frustrante de toda la guerra.

Un evento donde la victoria se escurriría entre los dedos de manera inexplicable. Para comprender por qué 20,000 hombres se lanzaron a una ofensiva casi suicida en un paso de montaña olvidado, es necesario diseccionar la anatomía del desastre político y logístico que era México a principios de 1847. El país no solo enfrentaba una invasión extranjera metódica y bien financiada, se estaba devorando a sí mismo desde adentro.

En la Ciudad de México, las facciones políticas se destrozaban mutuamente en una guerra civil paralela conocida como la rebelión de los polcos, mientras el gobierno estaba en bancarrota total, incapaz de comprar pólvora o pagar a la tropa. En medio de este vacío de poder, había regresado del exilio la figura omnipresente y camaleónica de Antonio López de Santa Ana.

Los estadounidenses, en un error de cálculo diplomático risible, le habían permitido cruzar su bloqueo naval, creyendo ingenuamente que el caudillo veracruzano vendería el territorio y firmaría una paz rápida favorable a Washington. Santa Ana, sin embargo, hizo lo único que nadie esperaba. Traicionó el pacto con el enemigo, asumió el mando supremo y se dedicó a conjurar un ejército de la nada en la ciudad de San Luis Potosí.

Lo que Santa Ana logró reunir no fue un ejército en el sentido moderno, sino una masa levantisca de campesinos, indígenas reclutados a la fuerza y veteranos de guerra civiles, mal armados y peor vestidos, pero tenían algo que desconcertaba a los observadores extranjeros, una moral de hierro forjada en el odio al invasor protestante.

Mientras tanto, en el bando estadounidense, la política también jugaba sus cartas sucias. El presidente James K. Houk, receloso de la creciente popularidad del general Zachary Taylor, un hombre rudo, sin pretensiones al que sus soldados llamaban Old R and Ready, decidió cortarle las alas. Hulk ordenó despojar a Taylor de sus mejores divisiones, las tropas regulares de élite, para enviarlas a preparar un segundo frente de invasión en Veracruz bajo el mando del general Winfield Scott, Taylor se quedó prácticamente

solo en el norte al mando de una fuerza compuesta casi exclusivamente por voluntarios, milicianos indisciplinados, ruidos y sin experiencia de combate real, que pasaban más tiempo saqueando ranchos que entrenando. El destino giró sobre un accidente de inteligencia fortuito. En enero, exploradores mexicanos interceptaron y mataron a un mensajero estadounidense que portaba despachos secretos del general Scott para Taylor.

Cuando los documentos manchados de sangre llegaron a manos de Santa Ana, sus ojos debieron brillar con la intensidad del jugador que ve las cartas del oponente. Los papeles revelaban la verdad desnuda. El ejército estadounidense en el norte estaba debilitado, despojado de sus veteranos y, lo más importante, aislado. Taylor, desobedeciendo las órdenes de replegarse a la seguridad de Monterrey, había avanzado imprudentemente hacia el sur, exponiéndose en Saltillo.

Santa Ana comprendió que tenía una ventana de oportunidad única, tal vez la última, para aplastar a una parte significativa del ejército invasor antes de que Scott pudiera desembarcar en la costa. Fue entonces cuando se tomó la decisión que marcaría la tragedia de la angostura, la marcha a través del desierto.

Santa Ana ordenó a su ejército avanzar hacia el norte inmediatamente en pleno invierno. Lo que siguió fue una odisea de sufrimiento humano difícil de describir. El trayecto desde San Luis Potosí hasta la zona de Saltillo abarcaba cientos de kilómetros de un desierto implacable, donde el agua era un mito y el clima, un verdugo bipolar.

Durante el día, el sol calcinaba la piel de los soldados que marchaban con guaraches o descalzos. Por la noche las temperaturas caían bajo cero, congelando a los hombres que dormían sin mantas ni tiendas de campaña, abrazados unos a otros para conservar el calor. La logística, inexistente debido a la corrupción y la pobreza del erario, convirtió la marcha en una sentencia de muerte para muchos.

No había suministros médicos, ni transporte para los enfermos, ni raciones suficientes. Los soldados sobrevivían mascando taso duro y bebiendo aguas al hombre de pozos contaminados. El camino quedó jalonado de cadáveres de hombres y bestias que caían por agotamiento o disentería. Se estima que de los más de 20,000 hombres que partieron con vítores de San Luis, cerca de 4000 perecieron o desertaron antes de ver siquiera la sombra de un soldado estadounidense.

Sin embargo, el grueso del ejército siguió adelante, empujado por una inercia fatalista y la promesa de gloria de su comandante. Cuando la vanguardia mexicana finalmente avistó las posiciones de Taylor el 21 de febrero, no eran tropas frescas listas para el combate, eran supervivientes espectrales, sedientos y famélicos, que habían caminado a través del infierno para llegar a su cita con la historia.

Zachary Taylor, al enterarse de la aproximación de esta marea humana, cometió un último error de apreciación. No creía posible que un ejército pudiera cruzar ese desierto en invierno y llegar en condiciones de pelear, pero cuando sus exploradores confirmaron la magnitud de la fuerza enemiga, la realidad le golpeó con fuerza.

Comprendió que no podía defenderse en campo abierto contra una caballería tan numerosa. Siguiendo el consejo de su ingeniero y ayudante, el general John E. Will Taylor ordenó un repliegue táctico apresurado hacia una posición defensiva perfecta que habían identificado días atrás, la hacienda de buena vista, justo donde el camino se estrangulaba entre montañas impasables y barrancos profundos erosionados por la lluvia.

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