Pero si este programa solo quiere titulares y no historias reales, me equivoqué de lugar. Y sin decir una palabra más, Alexis se quitó el micrófono con calma, se levantó, miró al equipo, dio las gracias con un gesto de cabeza y caminó hacia la salida. El público en casa no podía creer lo que estaba viendo, un ídolo nacional abandonando un programa en vivo, no por arrogancia, sino por un acto de profundas coherencia, por defender su historia, por no permitir que nadie la pisoteara, ni siquiera en televisión nacional. Y lo que vino después, tanto
en redes como en medios, fue una ola imparable. Cuando Alexis cruzó la puerta del set, no miró atrás. Caminaba con el rostro serio, pero no furioso, más bien dolido. Años atrás, cuando era apenas un niño vendiendo refrescos en tocopilla, soñaba con ser escuchado. Con que su voz tuviera valor.
Ahora, ya convertido en leyenda del fútbol, ese sueño seguía vivo, pero esa noche había sentido que lo trataban como si aún no mereciera respeto. La producción entró en pánico. Cristina Pérez quedó sola en el centro del set con el micrófono en la mano y sin saber bien qué decir. Durante unos segundos intentó continuar como si nada, pero la tensión era evidente.
Las cámaras seguían grabando. En su rostro ya no quedaba rastro de seguridad. Se le notaba inquieta, respirando de forma irregular, incluso buscando aprobación en el equipo técnico, como si esperara una orden para cortar la transmisión. Finalmente intentó recomponer el momento con una frase que solo empeoró las cosas.
Bueno, parece que el señor Sánchez ha decidido no continuar. Lamentamos su reacción. Aquí siempre hay espacio para el diálogo. Pero esa frase fue como echarle gasolina al fuego. Las redes sociales ya estaban ardiendo. En minutos, el video de Milot Spotas Alexis levantándose del set circulaba por todas las plataformas: Instagram, X, TikTok, Facebook.
En cuestión de una hora, las palabras Alexis Sánchez y Cristina Pérez eran tendencia mundial y no por el motivo que el programa esperaba. Miles de mensajes comenzaron a llover. Personas de todo Chile, de Argentina, de Europa y hasta fanáticos en Asia escribían mensajes de apoyo para Alexis. El público no se enfocaba en el escándalo, sino en la dignidad con la que había reaccionado.
Lo que más conmovía a todos no era el abandono del programa, sino las palabras que había dicho antes de irse. Palabras que representaban a tantos que vienen de abajo y que todavía son juzgados por sus orígenes. Incluso después de haberlo logrado todo, algunos periodistas y figuras públicas también se pronunciaron.
Compañeros de selección, exentrenadores, celebridades, hasta políticos. Todos opinaban sobre lo sucedido, pero la gran mayoría se ponía del lado de Alexis. Muchos coincidían en algo. Esa entrevista no solo había sido desafortunada, sino que había revelado la falta de sensibilidad de algunos medios que, en lugar de enaltecer las historias de superación, buscan humillar a quienes no encajan con su idea de éxito.
Mientras tanto, Alexis ya estaba lejos. Había tomado su auto sin decir una palabra. Su teléfono sonaba sin parar, pero no contestaba. Solo una persona sabía realmente lo que él sentía en ese momento, su madre. Y fue a ella a quien llamó más tarde esa noche. La llamada fue breve, pero suficiente. Alexis marcó el número de su madre, doña Martina, como solía hacerlo cada vez que el mundo le pesaba más de lo normal.
Ella atendió con esa voz cálida que no necesitaba preguntar nada para saberlo todo. “¿Qué pasó, hijo?”, dijo con esa mezcla de preocupación y ternura que solo una madre tiene. Alexis se quedó en silencio unos segundos. No quería que la voz se le quebrara, pero al escucharla la rabia se transformó en tristeza.
Solo me trataron como si fuera un aparecido mamá, como si mi historia no valiera, como si yo no tuviera derecho a estar donde estoy. Doña Martina no necesitó verlo para imaginarlo. Sabía lo que significaban esas palabras. sabía cuántas veces su hijo había callado, cuántas veces había aguantado para no manchar su imagen, para no caer en provocaciones.
Pero esta vez algo había sido distinto. Esta vez la herida había sido más profunda. Tú no tienes que demostrarle nada a nadie, hijo. Tú sabes quién eres y los que te quieren también lo saben. Lo demás, que hablen, que ladren si quieren. Alexis sonrió por primera vez en la noche. Esta frase se la había dicho miles de veces desde Motis que era niño, cuando lo insultaban por no tener zapatos, cuando se burlaban de él por no poder pagar la inscripción al club, cuando lo señalaban por ser el pobre entre chicos de más recursos.
Era su manera de enseñarle que el valor propio no dependía de la mirada ajena. Gracias, mamá. Te amo. Y yo a ti, campeón, siempre con la frente en alto. Que nadie te la agache, ni en la cancha ni en la vida. Esa llamada fue su ancla emocional. Terminó el día en paz, con el corazón sereno, aunque con una herida abierta.
Pero él no sabía que al día siguiente la historia iba a tomar un giro inesperado, porque el país entero despertaría con una sola imagen dominando los titulares. Alexis Sánchez abandonando un programa de televisión en defensa de su historia. Y lo que esa imagen provocó ni siquiera él lo habría imaginado.
Al amanecer del día siguiente, Chile entero hablaba de lo mismo. No era un partido, no era una lesión. No era un nuevo fichaje, era Alexis, no por un gol, sino por un gesto, por haberse levantado y marchado de un programa de televisión, no con soberbia, sino con dignidad. Los titulares de los principales medios no tardaron en aparecer.
Algunos con frases como Alexis Sánchez abandona entrevista tras comentario, clasista de Cristina Pérez. Otros simplemente decían, “El gesto que conmovió a todo un país.” Y aunque algunos intentaban justificar la conducta de la periodista como parte del rigor periodístico, la mayoría de los comentarios en redes eran claros.
Lo que pasó fue una falta de respeto, pero lo que nadie esperaba era que la reacción del público superara todas las expectativas. Cientos de miles de personas comenzaron a compartir sus propias historias. Gente de barrios populares, exjugadores, artistas y hasta desconocidos publicaban fotos de su infancia acompañadas con el mensaje.
Yo también fui ese niño que Alexis defendió. Era como si el gesto de levantarse del set hubiera abierto una herida colectiva que muchos llevaban en silencio. Ese mismo día, en una plaza del centro de Santiago, un grupo de jóvenes pintó un mural improvisado. En él se veía el rostro de Alexis con la frase, “Mi historia no es tu entretenimiento”.
La imagen se viralizó en cuestión de horas. En el sur del país, una escuela rural proyectó la entrevista a sus alumnos como ejemplo de integridad y amor propio. Y en los noticieros de la noche se debatía si los medios estaban fallando en su rol cuando usaban el sufrimiento como espectáculo. Cristina Pérez, por su parte, había intentado mantenerse en silencio, pero la presión aumentaba.
Su equipo lanzó un comunicado donde pedía disculpas si alguna pregunta fue interpretada como ofensiva. Sin embargo, el público no compró esa tibieza. Lo que muchos esperaban era una disculpa directa, sincera, sin rodeos. Y no llegó, al menos no todavía. Mientras todo eso ocurría, Alexis se había desconectado del mundo.
No usó redes, no dio entrevistas, no publicó nada. Estaba en su casa caminando por el jardín con su perro Atom escuchando música suave. tratando de no pensar, pero su rostro ya era símbolo. Y pronto una llamada inesperada cambiaría el rumbo de la historia una vez más. No era de un periodista ni de un político. Era alguien a quien él no esperaba, pero que lo iba a conmover profundamente.
La llamada llegó cerca del mediodía. Alexis, con su celular aún en silencio, lo tenía tirado sobre la mesa del comedor. No lo había tocado en horas, pero esa llamada insistente, repetida, finalmente lo hizo acercarse. En la pantalla, un nombre que no veía desde hacía años, don Eugenio, su primer entrenador en Tocopilla, aquel que le dio su primer uniforme, el que lo subía al bus para los campeonatos, aunque no tuviera para pagar, el que le decía, “Usted va a llegar lejos, pero nunca olvide de dónde salió.
” Con cierta duda, respondió, “Aló.” Del otro lado, una voz temblorosa, envejecida, pero firme. “Hijito, ¿no sabes cómo te abracé anoche desde la distancia? Te vi, te escuché y lloré, no por pena, sino por orgullo, por lo que hiciste, por cómo lo dijiste. Alexis tragó saliva. Nadie conocía mejor sus orígenes que ese hombre.
Nadie sabía mejor cuántas veces lloró de impotencia cuando no podía entrenar por hambre o frío. Don Eugenio, gracias. A veces uno duda si vale la pena tanto esfuerzo, tanto aguante y después pasa esto. El viejo entrenador suspiró. Tú no te imaginas, Alexis. Anoche los niños del club vieron la entrevista y esta mañana todos llegaron al entrenamiento con una sola frase escrita en sus camisetas con dignidad, como Alexis.
Alexis se quedó en silencio. Esa frase lo desarmó. Podía recibir 1000 críticas, mil titulares malintencionados, pero saber que su reacción había sembrado respeto y autoestima en esos niños valía más que todos los trofeos. No estás solo, hijo. Nunca lo has estado y hoy menos que nunca.
Te lo ganaste con esfuerzo, con lucha, con cada gota de sudor. No te olvides. Tu historia es ejemplo, no motivo de vergüenza. Gracias, profe. De corazón, respondió Alexis con la voz ya quebrada. Colgó la llamada y se quedó ahí quieto con los ojos húmedos. En ese momento supo que lo que había hecho no solo fue necesario, fue justo, no por él, sino por todos los que como él vienen desde abajo y merecen respeto.
Y justo cuando se disponía a responder algunos mensajes pendientes, su manager entró a la sala con expresión seria. Tenía algo importante que contarle, algo que pondría a Cristina Pérez en el centro de una nueva polémica y que haría que Alexis tuviera que tomar una decisión aún más inesperada. El manager de Alexis, un hombre reservado pero directo, no tardó en soltar lo que traía entre manos.
Se sentó frente a él, apoyó su celular sobre la mesa y dijo con voz firme, “Tenemos un problema o una oportunidad, depende de cómo lo mires. Acaba de filtrarse un video inédito de los ensayos del programa de Cristina Pérez y lo que muestra es grave.” Alexis arqueó una ceja, intrigado pero sereno. “¿Qué tipo de video?” El manager desbloqueó su teléfono y le mostró una grabación captada por uno de los técnicos del estudio.
En el video, minutos antes de salir, al aire se escuchaba Cristina hablando con su equipo de producción. Hay que hacer que explote. No podemos tener otra entrevista aburrida. Tírenle esa de la pobreza, que eso siempre lo toca. Y si no responde, lo pinchamos con lo de Tocopilla. A veces se hacen los héroes por haber sido pobres, pero hay que bajarlos un poco.
Alexis no podía creer lo que escuchaba. No era solo una entrevista mal llevada, era una emboscada. Estaba planificado. El objetivo no era conocer su historia, sino desarmarla en vivo, desacreditarla, usarla como gancho para generar reacciones y subir el rating. Su rostro se endureció, pero no por rabia. Era una mezcla de decepción y tristeza.
profunda. ¿Y ya salió esto a la luz?, preguntó sin quitar la vista del video. Todavía no, solo lo tiene un medio independiente. Te están llamando para saber si lo autorizas. Saben que va a arder todo, pero no quieren hacerlo sin tu palabra. Y si digo que sí, ¿qué va a pasar? Que probablemente Cristina tenga que pedir disculpas públicas o incluso renunciar. Alexis se quedó callado.
Respiró hondo. No era un hombre vengativo. Nunca lo fue, pero tampoco podía dejar que algo así pasara sin consecuencias. No por él, sino por los millones de personas que alguna vez fueron humilladas de la misma forma, solo por su origen. Diles que publiquen el video y que digan que no lo hago por fama ni por revancha.
Lo hago por respeto por todos los que alguna vez fueron tratados como menos. El manager asintió, se levantó y salió con su celular en mano. Alexis se quedó solo mirando el atardecer desde la ventana. Sentía algo extraño, una mezcla de justicia y vacío. Sabía que esa noche volvería a ser el centro de atención, pero esta vez no como jugador, sino como símbolo.
Y lo que vendría después lo marcaría de una forma que ni él mismo podía imaginar. La publicación del video fue como encender fuego en un campo seco. Bastaron apenas unos minutos desde que el medio independiente subió el clip a su cuenta principal para que el contenido se viralizara de forma brutal. Lo titularon Sin rodeos.
Cristina Pérez planeó humillar a Alexis Sánchez en vivo. Las palabras captadas en ese detrás de cámaras eran claras, crueles y completamente premeditadas. Las reacciones no tardaron. Figuras públicas, periodistas, actores, influencers, futbolistas, exjugadores. Todos comentaban lo mismo. Cristina había cruzado un límite inaceptable.
Ya no era solo una falta de respeto, era una agresión directa, planificada, con aires de burla hacia alguien que representaba la lucha de todo un pueblo. Las redes sociales colapsaron de comentarios indignados. El hashtag Echoa con Alexis siempre volvió tendencia mundial. En cuestión de horas, miles de personas marchaban en las calles de Santiago con pancartas que decían cosas como, “Tocopilla también merece respeto, humildad no es debilidad”, o simplemente gracias.
Alexis, el canal que transmitía el programa intentó contener la crisis, pero era demasiado tarde. La reputación de Cristina Pérez se desmoronaba en tiempo real. Incluso algunos de sus compañeros de prensa comenzaron a deslindarse públicamente, dejando claro que no avalaban su conducta ni sus métodos.
Y aunque ella aún no salía a hablar, el rumor de que su contrato estaba siendo evaluado ya era boxuli. Mientras tanto, en la casa de Alexis el teléfono no dejaba de sonar. Productores de otros canales le ofrecían espacio para contar su versión. Marcas querían aprovechar el momento para mostrar su respaldo y varios clubes le escribían solo para decirle, “Gracias por representar lo que somos.
Pero él no respondió a ninguno. Esa noche se encerró solo en su habitación. Se quitó los zapatos, apagó el celular y se quedó mirando el techo. Estaba agotado, no físicamente, sino emocionalmente, porque en lo más profundo, a pesar de todo el apoyo, sentía un vacío. No quería haber sido parte de un escándalo.
No quería ser el hombre al que intentaron ridiculizar en vivo. Solo quería ser respetado como cualquier ser humano. Y mientras las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos, Alexis entendió que lo que vendría después ya no dependía de él. había hecho lo correcto, había hablado con la verdad, pero ahora era la sociedad quien tenía que decidir si seguiría permitiendo ese tipo de violencia disfrazada de entrevista.
Lo que sucedería al día siguiente cambiaría por completo el destino de la periodista, del canal y también de Alexis, de una forma que nadie imaginaba. A la mañana siguiente, el país despertó con una noticia inesperada. Cristina Pérez había sido suspendida de manera indefinida del canal.
El comunicado oficial breve y directo decía que se trataba de una medida provisional mientras se investiga lo ocurrido, pero todos sabían que la presión pública había hecho lo suyo. Las redes sociales ardían de opiniones divididas. Algunos defendían el periodismo crítico, pero la gran mayoría coincidía en que lo que Cristina había hecho no era ni crítica ni periodismo, sino humillación.
Las cámaras la captaron esas misma mañana saliendo de su casa cabiz baja, sin maquillaje, flanqueada por dos personas del canal. evitó a la prensa, no dio declaraciones. Por primera vez en años, Cristina estaba en silencio y ese silencio decía más que cualquier entrevista. Mientras tanto, Alexis seguía al margen.
No había publicado nada, no había salido a hablar y esa ausencia solo aumentaba la expectativa. Todos esperaban una palabra suya, un comentario, algo. Pero él, fiel a su esencia, decidió que su reacción no iba a ser por impulso. Lo que nadie sabía era que Alexis estaba escribiendo una carta, no para los medios ni para Cristina, sino para los niños de su barrio, los del pasado y los del presente.
Esta carta escrita de su puño y letra estaba pensada para ser leída en voz alta por los chicos de la escuela donde él estudió cuando apenas tenía 10 años. Ya lo había coordinado todo con la directora del colegio. Era su manera de transformar la herida en algo más grande, más profundo, más útil. La carta comenzaba así. Queridos niños de Tocopilla, tal vez nunca estén en la televisión.
Tal vez nadie les pida entrevistas. Tal vez muchos duden de ustedes, pero recuerden esto. Su historia es valiosa, su esfuerzo vale, su voz importa. No dejen que nadie los haga sentir menos por venir desde abajo, porque desde abajo es donde uno aprende a mirar hacia arriba con humildad y dignidad. Esa carta, que aún no había sido publicada, era el corazón de Alexis hablando sin cámaras, sin luces, sin micrófonos.
Y cuando la directora la leyera en voz alta frente a los alumnos, días después las lágrimas que corrían por las mejillas de los niños no serían de tristeza, sino de orgullo. En paralelo, una noticia aún más inesperada comenzaba a circular. Un reconocido canal internacional había invitado a Alexis a participar en un programa especial sobre historias de vida, superación y resiliencia, no para humillarlo, no para provocarlo, sino para celebrarlo.
Y esta vez él iba a aceptar, pero antes quedaba un paso pendiente, una decisión difícil que lo enfrentaría cara a cara por última vez con la persona que lo expuso aquella noche, Cristina Pérez. Pasaron tres días desde que el video de los ensayos se hizo público y desde que Cristina fue suspendida. El país seguía hablando del caso, pero algo empezaba a cambiar.
Ya no era solo una conversación sobre televisión, era una discusión sobre respeto, clasismo y el trato que reciben las personas que vienen desde abajo. Incluso en universidades y programas de debate se analizaba lo ocurrido como un caso emblemático. Fue en ese contexto que llegó una propuesta inesperada a la oficina del representante de Alexis.
El canal que había suspendido a Cristina en un intento por recomponer su imagen ante el público le ofrecía al jugador volver al programa, esta vez con condiciones completamente distintas, sin preguntas pactadas, sin líneas editoriales malintencionadas y sobre todo con la promesa de que Cristina le pediría disculpas en vivo.
Cuando el representante se lo planteó, Alexis no respondió de inmediato. Se quedó en silencio unos segundos. La idea no lo entusiasmaba, pero tampoco la descartó. No me interesa un show, dijo con seriedad. Pero si voy, será para cerrar esto de frente sin rencor. Y que quede claro que no guardo odio, pero tampoco olvido.
Esa misma tarde aceptó y la noticia estalló en todos los medios. Alexis Sánchez regresa al programa de Cristina Pérez tras la polémica. Las redes se llenaron de expectativa. Algunos pensaban que no debía volver, otros lo admiraban por atreverse a hacerlo con la frente en alto. El día del reencuentro, el estudio estaba más tenso que nunca.
A diferencia de la vez anterior, no había público en vivo, solo cámaras, luces y dos sillas frente a frente. Cristina apareció primero. Lucía distinta, sin maquillaje recargado. Vestía de manera sobria el cabello recogido. No saludó con gestos forzados, solo se sentó y esperó. Alexis llegó minutos después.
saludó a todo el equipo técnico uno por uno. Se sentó con la misma tranquilidad con la que entra a un estadio repleto, pero por dentro sabía que ese era un momento más difícil que cualquier partido. Cristina abrió la transmisión con una voz distinta a la habitual, más humana, más humilde. Antes de comenzar quiero pedir disculpas a ti, Alexis, y también al público.
Me equivoqué. No supe valorar tu historia como debía. Y eso no solo fue una falta de respeto hacia ti, sino hacia todos los que luchan cada día por salir adelante. No hay excusas, solo gratitud porque hoy estás aquí. Alexis asintió. No sonrió, pero tampoco endureció su rostro. Esperó unos segundos, luego tomó la palabra con la misma serenidad que había mantenido desde el inicio de todo esto.
Aceptar una disculpa no borra lo que pasó, pero sí puede marcar la diferencia entre quedarnos en el rencor o avanzar con dignidad. Yo decido avanzar. Y con esas palabras, sin levantar la voz, sin buscar venganza, Alexis cerró uno de los episodios más duros de su vida pública. Pero aún faltaba una última escena. Una que no se vio en televisión, una que dejó una huella profunda en quienes estaban presentes tras bambalinas.
Cuando las cámaras se apagaron y el set quedó en penumbra, el ambiente se transformó por completo. Cristina se levantó de su silla con lentitud, como si aún cargara el peso de la vergüenza que tantas personas le habían señalado en los últimos días. Alexis también se puso de pie y aunque ya todo estaba dicho ante el público, ella sabía que había algo más que debía hacer.
No por el show, no por el canal, por él, por respeto. Se acercó despacio bajando la mirada y le habló con un tono que ya no tenía rastro de soberbia. Gracias por volver, de verdad. Nunca pensé que mi forma de hacer preguntas podía herir tanto. Me hiciste ver muchas cosas que no quería aceptar. Alexis la miró directo a los ojos.
No había ira en su mirada, pero sí una firmeza que no necesitaba gritar para imponerse. A veces uno tiene que vivir algo fuerte para darse cuenta del daño que puede causar con palabras que parecen simples. No sé si lo hiciste con mala intención o solo por ganar audiencia, pero lo que más importa es que no se repita ni conmigo ni con nadie. Cristina asintió.
Estaba a punto de decir algo más, pero Alexis extendió la mano. Un gesto seco pero justo. Ella lo aceptó. Ese apretón no era de amistad, era de cierre. Un punto final, un símbolo de que no todo se resuelve con venganza, sino con principios. Mientras Alexis salía del set, algunos miembros del equipo técnico le aplaudieron en silencio.
No por show, no por protocolo, sino por respeto genuino, por haber defendido su historia sin necesidad de insultar, por haber dado una lección sin usar violencia, por haber mostrado que la verdadera grandeza no está solo en los pies, sino en el corazón. Afuera lo esperaba su auto. Era de noche, pero el cielo estaba despejado.
Antes de subir vio a un niño que se acercaba con timidez. tenía una camiseta vieja de la selección chilena y en la mano sostenía una pequeña hoja doblada. “Señor Alexis, esto lo escribimos en la escuela, es para usted.” Alexis tomó el papel y lo leyó de inmediato. Decía, “Gracias por enseñarnos que ser pobre no es una vergüenza. La vergüenza es olvidarlo.
” Alexis no pudo evitar sonreír. Le revolvió el cabello al niño y subió al auto con el corazón lleno, lo que había comenzado como una entrevista más en un programa. de televisión terminó siendo una historia que conmovió a todo un país. Y aunque él jamás lo buscó, Alexis se convirtió en algo más que un ídolo deportivo.
Se convirtió en un ejemplo de lo que significa la verdadera dignidad. Días después del reencuentro, cuando la tormenta mediática ya comenzaba a calmarse, Alexis decidió hacer algo que no muchos esperaban. Publicó un video desde su casa. No era una entrevista, no era una aparición producida, ni siquiera tenía música de fondo.
Solo él frente a la cámara de su celular con un tono sereno y una expresión honesta. Hola amigos. No suelo hablar así directo, pero esta vez quiero hacerlo porque siento que tengo algo que decir desde el corazón. Hizo una breve pausa, miró hacia abajo como si organizara sus ideas. En estos días pasaron muchas cosas.
Fui a un programa pensando que iba a compartir mi historia, pero me encontré con una actitud que me hizo sentir que todavía hay quienes miran a las personas como si su origen definiera su valor. No reaccioné por orgullo, reaccioné porque sé lo que es sentirse menos. Lo viví, lo vi en mi madre, lo vi en mis amigos de infancia y no quiero que nadie más pase por eso sin tener voz.
Su voz se quebró ligeramente, pero no se detuvo. No busco que me aplaudan. Solo quiero que cada niño que viene desde abajo sepa que su historia vale, que no se dejen pisotear por nadie, que tener poco no te hace menos, que las cicatrices también cuentan como medallas. El video se cortó ahí. En menos de 3 minutos, Alexis había dicho más que en cualquier rueda de prensa o entrevista.
Lo que vino después fue una ola de agradecimientos. escuelas, fundaciones, futbolistas, jóvenes, madres solteras, abuelos, todos escribiendo que el gesto de Alexis los había hecho sentirse representados, que por primera vez alguien de su nivel había hablado por ellos, no desde la lástima, sino desde la verdad. Y mientras los medios seguían hablando del escándalo, del video filtrado, de la disculpa en vivo para Alexis, el verdadero triunfo, fue otro.

Haber defendido su historia sin ensuciarse las manos. Haber dado un ejemplo sin dar un grito. Haber recordado al mundo que la humildad no se negocia. Porque al final, como él mismo escribió en su carta, lo que somos no lo define el dinero ni la fama, lo define cómo tratamos a los demás cuando creemos que no nos están mirando.
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