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Un Joven Rico Humilló A Un Zapatero Anciano Y El Chapo Se Levantó — Y El Final Fue Inevitable

Son las 9:30 de la mañana del martes 15 de marzo de 1983 en Culiacán, Sinaloa, cuando Joaquín Guzmán lo era de apenas 26 años, camina descalzo por las calles polvorientas del centro histórico, llevando en sus manos un par de guaraches desgastados que necesitan urgentemente reparación. Su camisa blanca está manchada de tierra roja.

Sus pantalones de mezclilla tienen remiendos visibles en ambas rodillas y su rostro moreno refleja la dureza de quien ha trabajado bajo el sol implacable desde los 12 años. Lo que Joaquín no sabe es que en los próximos 30 minutos una humillación aparentemente insignificante desatará una cadena de eventos que transformará para siempre no solo su vida, sino el equilibrio de poder en todo el estado de Sinaloa.

Joaquín viene de la tuna de Badirahuato, un pueblo donde las casas de adobes se esconden entre cerros cubiertos de amapolas rojas y plantas de marihuana que crecen salvajes bajo el cielo azul. Cobalto. Es hijo de Emilio Guzmán Bustillos, un campesino que cultiva gomero y siembra opio para sobrevivir. Y de María Consuelo lo era Pérez, una mujer que remienda ropa ajena para ganar unos pesos extra.

Durante toda su infancia, Joaquín ha conocido solo dos cosas: hambre y trabajo. A los 12 años ya madrugaba a las 4 de la mañana para ayudar a su padre en los sembradíos. A los 15 abandonó la escuela porque caminar 60 km hasta la más cercana era imposible cuando tenía que trabajar para comer. Esa mañana de marzo, Joaquín ha bajado a Culiacán en la camioneta de estartalada de un vecino que transporta verduras al mercado central.

Trae 500 pesos en billetes arrugados que guardaba bajo el colchón de su cama. Dinero que ganó vendiendo naranjas en un puesto improvisado durante 3 meses. Su misión es simple. comprar semillas de mejor calidad para la próxima siembra y reparar sus únicos zapatos, unos guaraches de cuero que su madre le regaló hace dos años y que son lo más valioso que posee.

Joaquín llega hasta la zapatería, El buen caminar en la calle Constitución, un local pequeño con paredes de ladrillo encalado y un letrero de madera desgastado por el sol. Adentro huele a cuero curtido, pegamento y aceite de máquina de coser. Don Aurelio Mendoza, el zapatero tiene 67 años, manos callosas manchadas de tinte negro y una joroba pronunciada producto de 40 años inclinado sobre su banco de trabajo.

Lleva lentes de armazón metálico que se resbalan constantemente por su nariz sudorosa y su delantal de cuero está lleno de agujeros donde ha guardado clavos y herramientas durante décadas. Don Aurelio es respetado en el barrio porque repara zapatos con honestidad, cobra precios justos y nunca ha rechazado trabajo, por muy humilde que sea el cliente.

Sus manos artesanas han reparado guaraches de campesinos, botas de vaqueros, zapatos escolares de niños pobres y hasta las sandalias de algunas monjas del convento cercano. Para don Aurelio, cada par de zapatos cuenta una historia. Y él se considera guardián de los pasos de toda una comunidad. Cuando Joaquín empuja la puerta de vidrio empañado, una campanilla oxidada anuncia su entrada.

Don Aurelio levanta la vista desde un zapato de mujer que está resolando y sonríe con amabilidad genuina. “Buenos días, joven”, dice con voz ronca por los años. “¿En qué le puedo servir?” Joaquín se acerca al mostrador de madera rallado por el uso y coloca sus guaraches sobre la superficie. Necesito que me los repare, don Aurelio.

Se están deshaciendo y son los únicos que tengo. El zapatero toma los guaraches con cuidado, como si fueran piezas valiosas de artesanía. Los examina girándolos bajo la luz amarillenta que entra por la ventana. La suela izquierda tiene un hoyo del tamaño de una moneda de 5 pesos. La derecha está despegándose completamente del cuero superior.

Las correas están desgastadas y manchadas de lodo seco. Don Aurelio asiente pensativo. Sí, se pueden arreglar, muchacho. Van a quedar como nuevos. Le va a costar 40 pesos el par. Joaquín siente alivio porque tiene suficiente dinero y porque don Aurelio no lo miró con desprecio, como otros comerciantes del centro que lo tratan como si fuera invisible.

Está bien, don Aurelio, cuánto tiempo se tarda. El zapatero mira su reloj de bolsillo abollado. Hoy es martes. Para el viernes en la tarde están listos. Joaquín asiente y está a punto de sacar su dinero cuando la puerta de la zapatería se abre violentamente haciendo sonar la campanilla con estrépito.

Entra Rodrigo Beltrán Leiva, de 23 años, hijo del ganadero más rico de Culiacán, heredero de 5000 hectáreas de tierra fértil y dueño de 3000 cabezas de ganado. Rodrigo viste camisa de seda color crema, pantalón de gabardina negro perfectamente planchado, cinturón de piel de cocodrilo con evilla de oro macizo y botas vaqueras de avestruz que cuestan más que lo que don Aurelio gana en se meses.

Su cabello negro está peinado hacia atrás con brillantina importada. Lleva reloj Rolex en la muñeca izquierda y anillo de oro con diamante en el dedo meñique. Rodrigo maneja un cadilac el dorado 1982 color champagne con interiores de piel beige. El único de su modelo en todo Sinaloa.

Estudió administración de empresas en la Universidad Autónoma de Guadalajara. Habla inglés con fluidez y está prometido con la hija del alcalde de Culiacán. Para Rodrigo, la vida siempre ha sido una sucesión de privilegios. Comida abundante, ropa a cara, viajes a Estados Unidos, dinero ilimitado y respeto automático de todos a su alrededor.

Rodrigo entra a la zapatería con la arrogancia de quien nunca ha tenido que pedir nada. por favor. Sus botarsarn resuenan contra el piso de cemento pulido mientras se acerca al mostrador donde Joaquín espera de pie sosteniendo sus 500 pesos en la mano. Don Aurelio, dice Rodrigo sin saludar. Necesito que me limpies estas botas ahora mismo.

Tengo cita con el gobernador a las 11 y no puedo llegar con los zapatos sucios. Don Aurelio deja los huches de Joaquín sobre el mostrador y camina hacia Rodrigo con la docilidad de quien conoce las reglas no escritas de la sociedad sinalo sí, joven Beltrán. inmediatamente se agacha con dificultad y comienza a limpiar las botas de avestruz con un trapo húmedo, mientras Rodrigo permanece de pie inmóvil, como si don Aurelio fuera un objeto más de su propiedad.

Joaquín observa la escena con una mezcla de incomodidad y rabia contenida. Ve como don Aurelio, un hombre que podría ser su abuelo, se humilla frente a este joven rico que no tiene ni la cortesía de decir buenos días. Ve la diferencia entre sus guaraches rotos y las botas caras que valen más que todo lo que su familia posee.

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