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Tuvieron que Volver a Verse por un Rancho… Pero el Pasado seguía entre Ellos

Don Arcadio Cobarrubias no murió por casualidad. Murió sabiendo exactamente lo que estaba haciendo porque dejó el rancho la providencia a dos personas que llevaban 18 años sin dirigirse la palabra, no porque no pudieran verse, sino porque hubo una decisión que ninguno de los dos fue capaz de perdonar.

Y ahora, para no perderlo todo, Graciela Paredes y Hernán Cobarrubias tienen que aprender a ponerse de acuerdo sobre una tierra que guarda más recuerdos que hectáreas. Pero en los altos de Jalisco, cuando dos personas con el mismo orgullo se ven obligadas a compartir el mismo lugar, no siempre gana el que tiene razón. A veces pierde el que todavía siente algo que no debería.

Suscríbete a Cuentos del Viejo Campo y activa la campana. Esta historia no es sobre un rancho, es sobre lo que pasa cuando el pasado decide no quedarse atrás. Eso se decía Graciela mientras manejaba su camioneta por la carretera que baja de Tepatitlán hacia San Miguel de los Altos. ese martes de octubre en que el licenciado Batis la había citado a las 10 de la mañana para leerle el testamento de don Arcadio, manejaba con las dos manos en el volante como siempre, con esa postura recta que tenía desde joven y que los años no

habían doblado sino afirmado. Los altos se extendían a los dos lados de la carretera, potrero y milpa, cerca de madera y alambre de púas. cielo azul sin una nube, el olor a tierra alteña que era distinto a cualquier otro olor en el mundo. Y Graciela los miraba con el ojo acostumbrado de quien ha vivido en ese paisaje toda su vida y sigue encontrando en él algo que no necesita nombre, el testamento, como si hubiera alguna sorpresa posible.

Don Arcadio no tenía hijos. Ella era su sobrina por el lado de los paredes. El apellido era distinto porque su madre era hermana de don Arcadio por parte materna, uno de esos parentescos que en los altos se explican en 10 minutos y se entienden en 20. Pero el viejo siempre la había querido como si fuera sangre directa.

Le había enseñado a montar cuando ella tenía 9 años, cayéndose cuatro veces antes de que la dejara salir del corral. le había dado el primer trabajo formal de su vida cuando su padre murió y ella tuvo que ponerse al frente del rancho familiar con 22 años y no sabía la mitad de lo que necesitaba saber.

le había prestado dinero sin interés dos veces en los años malos, sin preguntarle cuándo iba a devolvérselo y sin mencionarlo jamás después de que lo hizo. Era ese tipo de hombre, el tipo que hace las cosas sin anunciarlas y sin cobrarlas. Le iba a dejar algo, quizás el terreno pequeño que tenía en la providencia, quizás algo de dinero, quizás nada más el gusto de haber sido recordada.

Cualquier cosa era suficiente, cualquier cosa era bienvenida. lo que no esperaba, lo que no podía haber esperado porque nadie se lo había dicho, porque el licenciado Batis había sido tan discreto como una piedra en sus dos llamadas telefónicas, porque el mundo tiene esa costumbre de preparar sus sorpresas en silencio.

que hubiera otro nombre en ese testamento, que ese otro nombre fuera el que era, que don Arcadio, que siempre había sabido exactamente lo que hacía, hubiera decidido hacer esto. Graciela lo supo en el momento en que entró a la notaría y vio la camioneta negra estacionada junto a la banqueta, una Ram doble cabina, modelo reciente con placas de Guadalajara.

No la conocía, pero algo en ella, algo viejo y silencioso que llevaba 18 años sin moverse, algo que había aprendido a quedarse quieto porque moverse no servía de nada. Dio un paso atrás antes de que su cabeza entendiera por qué. Entró de todas formas, porque Graciela Paredes no era mujer de quedarse en la banqueta.

La sala de espera de la notaría de San Miguel de los Altos era un cuarto pequeño con cuatro sillas de madera, un retrato del presidente municipal en la pared y una ventana que daba al atrio de la parroquia. Olía a papel viejo y a café recalentado, a ese olor de oficina de pueblo que es igual en todos los pueblos y que tiene algo de permanente, de cosa que no va a cambiar, aunque cambie todo lo demás.

La secretaria, una muchacha joven con trenzas y mandil floreado, levantó la vista cuando Graciela entró. Buenos días, la señora Paredes. La misma, el licenciado la espera, aunque todavía no ha llegado el otro señor citado. Graciela se detuvo. Se detuvo con esa calma que no es calma, sino control muy fino sobre algo que está a punto de moverse.

¿Qué otro señor? La secretaria abrió la boca. la cerró y miró hacia la puerta interior con la expresión de quien acaba de decir algo que no debía y está calculando cuánto daño hizo. El licenciado le explica dijo, y desapareció detrás de la puerta antes de que Graciela pudiera decir nada más. Graciela se quedó parada en el centro del cuarto, miró las cuatro sillas de madera, miró la ventana.

Afuera, en el atrio, dos viejas cruzaban con sus rebozos oscuros hacia la misa de media mañana, con esa prisa quieta de quien hace lo mismo desde hace 40 años. El mundo seguía siendo completamente normal para todo el mundo, menos para ella. Se sentó, cruzó las manos sobre su bolsa de cuero café, la buena, la que usaba para cosas importantes, y esperó con la espalda recta y la vista al frente, como había aprendido a esperar las cosas que no iba a poder evitar. No esperó mucho.

La puerta de la calle se abrió y Hernán Cobarrubias entró a la notaría de San Miguel de los Altos 18 años después de la última vez que Graciela Paredes lo había visto en su vida. Él tampoco lo esperaba. Eso fue lo primero que Graciela notó y lo notó con una precisión que la irritó profundamente porque significaba que todavía sabía leerlo, que 18 años no habían borrado esa capacidad de ver en él lo que no mostraba, que el tiempo había cambiado muchas cosas, pero no esa.

Hernán se detuvo en el umbral exactamente medio segundo más de lo necesario, no con sorpresa exagerada. No con ningún gesto dramático de los que usan las personas que quieren que se note lo que sienten. Solo ese medio segundo de más, el tiempo que le tomó al cuerpo procesar lo que los ojos acababan de ver y luego la compostura de un hombre que ha aprendido también él a no dejar ver lo que siente.

Tenía 45 años. Los años le habían caído bien, lo cual era una injusticia menor que Graciela registró sin querer y guardó en el mismo lugar donde guardaba las cosas que no valía la pena examinar, las cienes grises, las manos más anchas que las que recordaba, manos de hombre que trabaja aunque su trabajo sea de escritorio.

la misma manera de pararse, derecho, sin rigidez, con esa calma que siempre había parecido natural en él y que ella nunca había podido decidir del todo si era fortaleza genuina o simplemente la costumbre de un hombre al que pocas cosas habían desordenado lo suficiente como para perder el equilibrio. Graciela dijo él, solo su nombre, sin apellido, sin señora, sin el adorno de los años que no habían pasado entre ellos.

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