La noche del desierto respiraba como un animal herido. Las montañas Chiricagua se alzaban contra el cielo sin luna, siluetas negras sobre un mar de estrellas frías. El viento de agosto arrastraba polvo entre las piedras y traía el aullido lejano de un coyote. Ese sonido que pertenece solo a las tierras donde el hombre no ha aprendido a mandar. Naiche corría.
Llevaba dos noches corriendo y el sabor del cobre le llenaba la boca. La herida en el costado se había abierto otra vez. Lo sentía por el calor pegajoso que empapaba la tira de cuero con la que había intentado cerrarla. Cada zancada era un relámpago de dolor, pero se obligaba a seguir porque detrás venían los hombres de su hermano.
Los escuchaba a veces cuando el viento cambiaba. Voces breves, cascos de caballos, hotel crujido de una ramita bajo un mocacín que conocía la tierra tan bien como él. Eran guerreros con los que había casado, con los que había reído, con los que había llorado la muerte de su padre. Apenas siete lunas atrás. Ahora venían por él. Subió una pendiente rocosa con las manos desgarradas y se detuvo a escuchar.
Silencio. Los había perdido por ahora o esperaban el amanecer para rastrear mejor. Miró al horizonte y vio lo que llevaba buscando toda la noche. Una línea delgada de humo pálido elevándose desde algún lugar del valle. una cabaña, un blanco, probablemente un hombre con rifle y perros y el instinto de disparar primero.
Pero Naiche ya no tenía otra opción. bajó la pendiente tambaleándose. La herida latía con ritmo propio, como un segundo corazón, uno que se iba apagando. Antes de que saliera el sol, llegó al claro donde la cabaña esperaba como un animal dormido. Madera oscurecida por los años, techo bajo, un corral casi vacío, un pozo, una puerta cerrada.
No salía humo de la chimenea. Dio los últimos pasos hasta la galería. Se apoyó en el poste, intentó llamar, pero solo le salió un gemido ronco. El mundo se inclinó y la madera del piso le recibió la cara como una almohada dura. Clara Heis despertó antes del alba, como todas las mañanas de los últimos 7 meses.
Se quedó un rato mirando al techo, esperando a que la realidad terminara de asentarse sobre ella. Esa era la parte peor del día. los primeros minutos cuando todavía cabía la posibilidad de que Samuel estuviera ahí respirando al lado antes de que la cama vacía le confirmara que no. 7 meses. Debería doler menos ya, pero no dolía menos, dolía distinto.
Se levantó, se puso el vestido gris de trabajo, se recogió el cabello castaño claro en un moño flojo. El espejo sobre la cómoda le devolvió un rostro que ya no reconocía del todo. Ojos verdes con un cansancio nuevo, pómulos más marcados, los labios más firmes. Una mujer que estaba aprendiendo a vivir sola y odiaba cada lección. Bajó a la cocina.
Quedaban dos huevos de la última gallina, media bolsa de harina, un poco de tocino rancio y un saco de frijoles que duraría dos semanas si comía poco. El puerco del corral que no tenía el valor de sacrificar porque no sabía cómo y que de todos modos no alcanzaría a durar más allá del primer hielo.
Salió a la galería para dejar el balde del agua al sereno. Casi lo pisa. Un hombre estaba tendido boca abajo sobre las tablas, con un brazo estirado hacia la puerta como si hubiera caído mientras trataba de entrar. Cabello negro hasta los hombros, camisa de algodón rasgada, pantalones de gamusa, mocacines gastados, un cuchillo en el cinturón, pero sin arma de fuego.
Apache. Clara se llevó la mano a la boca, retrocedió dos pasos, entró corriendo a la cabaña, tomó la escopeta de Samuel de encima de la chimenea y cargó los dos cañones con las manos temblando. Volvió a la galería. El hombre no se había movido. Se acercó despacio con la escopeta al hombro y una postura firme, los ojos fijos en él.
Con la punta del pie le dio un empujoncito en el hombro. El hombre gimió. Vivo. Levántese, dijo ella en voz baja y después repitió más fuerte. Levántese despacio. Las manos donde pueda verlas. El hombre entreabrió los ojos. Eran oscuros. muy oscuros, ¿no? Y aún así había algo en ellos que no era amenaza, sino agotamiento puro.
La miró como mira un hombre que ya ha hecho las paces con morir. Intentó incorporarse sobre un codo. No me mate, dijo con voz ronca y un español trabajado. No he venido a hacerle daño. ¿Quién es usted? Un hombre que ya no puede seguir corriendo. Clara lo observó. La herida en el costado, la camisa empapada, el rostro hundido.
Supo con esa certeza que a veces tienen las mujeres que han cuidado moribundos, que si lo dejaba en la galería iba a morir antes del mediodía. Y supo también que si lo metía adentro y le salvaba la vida, quizá estaba abriendo su casa a algo peor que la soledad. Apretó la escopeta, pero no disparó. ¿Por qué debería ayudarlo? Porque tú necesitas a alguien para cazar y yo necesito un lugar donde quedarme.
Ella lo miró largo rato. Después bajó la escopeta, lo arrastró hasta adentro con trabajo. Él era más alto que Samuel, más sólido. y ella tuvo que usar una sábana bajo los hombros para llevarlo hasta el camastro junto a la chimenea. Cuando por fin lo tuvo acostado, se quedó un momento sin aliento.
Era un hombre sorprendentemente bello de esa belleza que se forma a fuego lento entre el desierto, el viento y el hambre, rostro anguloso, mandíbula firme cubierta por una barba de varios días, hombros anchos bajo la tela rota. brazos marcados. Una cicatriz vieja le cruzaba el antebrazo izquierdo, otra más reciente le atravesaba la ceja y sin embargo, lo que más le llamó la atención fue la quietud.
Incluso inconsciente, incluso herido. Pu había en él una dignidad que ella no había visto nunca en ningún hombre. Sacudió la cabeza. No era momento. Le quitó la camisa con cuidado, conteniendo el aliento cuando vio la herida. Era un corte largo bajo las costillas, no muy profundo, pero maltratado. Puso agua a hervir.
Rasgó una sábana vieja en tiras, buscó la botella de whisky que Samuel guardaba para los inviernos, limpió la herida con agua tibia y después la cubrió con una compresa de lino empapada en whisky hasta que dejó de sangrar. Él no despertó, solo se tensaba a veces, como si en sueño siguiera huyendo. Envolvió las costillas con las tiras de sábana.
Cuando terminó, lo cubrió con una manta y se sentó al lado a mirarlo respirar. No sé tu nombre”, le dijo al silencio. “Tampoco sé muy bien el mío. Últimamente la fiebre llegó esa noche. Lo sacudió como sacude el viento a un árbol joven. Clara le puso paños fríos en la frente, le dio agua cucharada a cucharada. Le habló en voz baja durante horas sobre cualquier cosa, sobre la primera vez que vio nieve sobre la casa de su madre en Ohio, sobre las tormentas de verano que cruzaban la pradera.
No sabía si él la escuchaba. No importaba. Hablarle era mejor que estar sola. Al tercer día, al atardecer, él abrió los ojos y la miró con lucidez. Nache, dijo con voz apenas audible. Mi nombre es Na. Ella dejó el paño sobre la mesita y acercó la silla. Clara, respondió Clara. He. La miró un rato largo y ella descubrió que él tenía una forma de mirar que no se parecía a la de los hombres que había conocido.
No era una mirada que recorriera a una mujer. Era una mirada que la veía entera, cansada, asustada, firme y todo al mismo tiempo. Sintió calor en las mejillas y se levantó para traerle caldo. Los días siguientes fueron quietos. Él dormía mucho. Ella trabajaba en lo de siempre. El pozo, la leña, el huerto moribundo. Cada vez que entraba a la cabaña, lo encontraba despierto, siguiéndola con los ojos.
Cuando le cambiaba el vendaje, él nunca apartaba la vista de ella. No era una mirada pesada, era una mirada agradecida. Y eso era peor, porque a Clara le hacía algo en el pecho que no estaba lista para nombrar. Al séptimo día, él se sentó solo. Al noveno dio dos pasos hasta la mesa. Al duodécimo le pidió la escopeta de Samuel.
No tienes comida para dos. Tampoco tienes comida para una dentro de poco. Déjame pagar lo que me diste. ¿Y si te vas y no regresas? Clara dudo. No me iré. La escopeta era lo único que la separaba de quedarse absolutamente indefensa. Si quisiera irme clara, ya me habría ido. Y no me celcoas extraño. Y no me habría llevado nada tuyo.
Le entregó la escopeta. Esa tarde él salió antes de locao y volvió cuando las estrellas ya estaban altas. Traía sobre los hombros un venado joven. Clara, que lo había estado esperando junto a la ventana sin querer admitirlo. Salió a recibirlo con una mezcla de alivio y algo parecido a la alegría. Ahora comemos.
Gracias. Él dejó el animal en el cobertizo. Él preparó la carne en silencio mientras ella organizaba provisiones en la despensa. Al caer la noche, tiras de carne se secaban junto al fuego y una olla de guiso hervía despacio sobre las brasas. Comieron juntos en la mesa pequeña de la cocina. A la luz de un candil, fue la primera comida caliente y completa que Clara se recordaba desde febrero.
Gracias. Y la voz se le rompió un poco en la palabra. Él levantó la vista. Tú me salvaste primero. Los días se convirtieron en semanas. Naiche cazaba al amanecer y al atardecer, volviendo unas veces con un venado, otras con conejos, otras con un pavo salvaje. Le enseñó a Clara a leer rastros, la forma en que la tierra guarda el peso de un ciervo, las ramitas rotas que hablan de un oso, la huella fresca de un puma junto al arroyo.

Ella aprendía deprisa, él lo notaba y a veces la dejaba adelantarse y leer las señales sola. Y una vez, cuando acertó tres rastros seguidos, él sonrió. Fue la primera vez que Clara lo vio sonreír de verdad. Sintió que algo dentro de ella que estaba congelado desde febrero empezaba a descelarse. Una tarde él le puso la escopeta en las manos.
Ahora aprendes tú. le enseñó a apoyar la culata contra el hombro, a respirar, a no cerrar los dos ojos, a dejar que el disparo pasara por ella. El primer tiro salió alto y asustó a todas las aves del valle. El segundo también. El tercero dio en la piedra equivocada. Clara bajó el arma frustrada con el cabello medio suelto pegado a la frente por el sudor.
Soy un caso perdido. Naiche, de pie detrás de ella. hizo un sonido extraño. Clara se volvió y lo descubrió intentando con todas sus fuerzas no reírse. Los ojos le brillaban con una picardía que ella no habría imaginado en él. ¿Te ríes de mí? Intento no hacerlo. Ella intentó mantenerse seria y no pudo. Se rieron los dos ahí en medio de la nada.
con la escopeta entre ellos y el sol poniéndose detrás de las montañas. Y Clara pensó que no recordaba la última vez que se había reído así, sin miedo, sin culpa, sin pensar en Samuel. Después pensó que debería sentir culpa por eso y descubrió que no podía. Esa noche junto al fuego, él le habló por primera vez de su hermano.
Mi padre fue jefe muchos años, bueno con su gente, sabio. Cuando murió, la banda tenía que decidir quién iba a guiar. Yo era el mayor. Yo hablaba de paz con los americanos, no porque les tuviera cariño, sino porque había visto lo que le pasaba a los apaches que peleaban hasta el último aliento. Sabía que la guerra total era nuestra muerte.
Clara lo miraba en silencio con las manos alrededor de una taza de café. Mi hermano Goya era joven. Tenía hambre de gloria. Habló a los ancianos de mí como habla un hombre que sabe dónde duelen las heridas del otro. dijo que mis ojos miraban hacia los blancos, que mi corazón se había puesto suave, que un apache que habla de paz ya es medio extranjero.
Algunos lo creyeron, lo suficientes. La noche que enterramos a mi padre, los hermanos de lucha que me habían jurado lealtad me miraron como se mira a un extraño. Hizo una pausa, el fuego crepitaba. Wi porque quedarme era morir, pero no quería huir. Lo que hay allá Clara es mío, no porque lo herede, porque mi padre me enseñó a proteger a nuestra gente y yo sé cómo se hace.
Y Goyá los va a llevar a la guerra y la guerra los va a borrar. Eso es lo que está en juego, no un título. Clara se quedó mucho rato en silencio. Después extendió la mano por encima de la mesa pequeña y tocó la muñeca de él y muy ligero con la punta de los dedos. Te van a escuchar. Cuando regreses, te van a escuchar.
Él bajó la mirada a los dos puntos donde los dedos de ella le tocaban la piel. No se movió. No respondió. Pero Clara sintió el pulso de él debajo de sus dedos rápido, muy rápido, y se dio cuenta de que también el suyo iba rápido y retiró la mano despacio como si la hubiera tenido demasiado tiempo en el fuego. Esa noche no durmió bien.
Una tarde de finales de agosto, el cielo se puso negro de repente y el viento empezó a atraer el olor metálico de las tormentas del desierto. Ella estaba recogiendo la ropa del tendedero cuando cayó la primera gota. Gorda y fría como una moneda. Naiche apareció corriendo desde el cobertizo para ayudarla y entre los dos metieron todo en la cabaña justo antes de que el cielo se abriera, cerraron la puerta.
Él se apoyó contra ella, respirando. Ella se volvió para llevarse la cesta de ropa y chocaron. La cesta cayó. Las sábanas se desparramaron por el piso. Ella levantó la vista para disculparse y descubrió que él estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo y el olor a lluvia en su camisa. No se movieron. La tormenta golpeaba el techo con un rugido que parecía venir de otro mundo.
Él levantó despacio la mano y le apartó un mechón mojado de la mejilla. El dedo le rozó el lóbulo de la oreja. Clara cerró los ojos medio segundo. Cuando los abrió, él estaba más cerca todavía. Un relámpago iluminó toda la cabaña con luz blanca. El truelo llegó casi en el mismo instante. Tan fuerte que las ventanas temblaron.
Él se apartó. Recogió la cesta sin mirarla. Debería revisar el techo del cobertizo. Dijo y salió bajo la lluvia. Clara se quedó de pie en medio de la cocina con las sábanas en los brazos. temblando de algo que no era frío. Tres días después, Naiche entró a la cabaña antes del amanecer. Clara ya estaba despierta encendiendo el fuego.
Él tenía esa cara suya, la de cuando había tomado una decisión. Tengo que regresar. Clara se quedó quieta con un palito en la mano. No se volvió enseguida. Cuando lo hizo, su rostro estaba tranquilo, pero la mano que sostenía el palito temblaba un poco. ¿Cuándo? Mañana. Si espero más, la banda ya se habrá movido.
Si se mueven, no los alcanzo hasta invierno. Y Goyá los convencerá de atacar la ruta del correo. Si atagan el correo, el ejército manda caballería. Si manda caballería, ya no hay vuelta atrás. Ella asintió. espacio como alguien que entiende una cosa, pero no la acepta todavía. Está bien. Está bien. Dije que está bien. Tienes que ir.
Yo lo sé. Se volvió hacia el fuego para que él no le viera la cara. Él se quedó parado en la puerta mucho tiempo. Ella podía oírlo respirar. ¿Me vas a dejar aquí sola? Después escuchó los pasos de él cruzando la cocina. Se detuvo detrás de ella, tan cerca que Clara sintió el calor a través de la espalda del vestido.
“Ven conmigo.” Ella cerró los ojos. Va a ser peligroso, Clara. No te voy a mentir. Los hombres que vienen trás de mí no se van a detener por saber que eres una mujer blanca. Los ancianos no te van a recibir bien al principio y aunque todo salga como debe, la vida en la banda no es esta vida. Dormirás en el suelo.
No te voy a prometer que regresamos. Clara se volvió por fin. Él estaba muy cerca y tenía los ojos distintos de cómo se los había visto hasta ese momento. Había algo suplicante en ellos, algo casi infantil, algo que decía, “Por favor, no me hagas irme solo. No me prometas nada. Solo no te vayas sin mí.” le sostuvo la mano entre las suyas por un momento largo y Clara sintió esos dedos callosos y firmes cerrarse alrededor de los suyos y pensó que si moría al día siguiente en el desierto, este momento bastaba. Partiron al alba
del día siguiente. Clara cerró la cabaña con cuidado, como se cierra una puerta que uno no sabe si volverá a abrir. Empacó lo esencial. Ropa. Un retrato pequeño de Samuel en un marco de ojalata. La Biblia de su madre, la escopeta, municiones, la última harina. Naiche cargó las provisiones en el caballo viejo de ella y en un Mustang que había aparecido por el arroyo y al que había domado en dos tardes con una paciencia que Clara todavía no terminaba de creer. Cabalgaron hacia el norte.
El desierto cambia cuando se cruza al lado de un pache. Clara lo descubrió en los primeros días. Los cactus dejan de ser obstáculos y se vuelven mapas. Las rocas hablan. Las nubes cuentan lo que va a pasar mañana. Naiche iba adelante callado, leyendo la Tierra con una naturalidad que ella empezaba a admirar con algo más parecido a la fe que a la curiosidad.
Por la noche encendían un fuego pequeño que no se viera desde lejos. Hablaban despacio, de cosas que antes no se habían dicho. ¿Por qué te casaste con Samuel? Me casé con Samuel porque él me prometió un lugar donde ser algo más que la hija de alguien y porque lo quería a mi manera. ¿Y tú? Hubo una muchacha hace tiempo.
Murió de fiebre un invierno. No fue un amor como el de los cantos, fue un amor de todos los días. Cuando murió, descubrí que era el tipo de amor que no se te sale del cuerpo. Clara asintió sin hablar. Él tenía el rostro inclinado hacia las llamas y el cabello suelto le caía sobre un hombro. Al cuarto día cruzaban un barranco pedregoso cuando el caballo de Clara se espantó y dio un salto lateral brusco.
Ella se sostuvo por instinto, pero Naiche ya estaba desmontado y había dado tres pasos rápidos hacia ella. Un sonido seco metálico, llenó el aire, el traqueteo inconfundible de una serpiente de cascabel enroscada a un metro de las patas del caballo. Naiche tomó a Clara por la cintura y la bajó del caballo de un solo movimiento, apartándola hacia una roca alta.
Ella se encontró de pronto contra el pecho de él, con los brazos de él alrededor de la cintura, los dos respirando rápido, la serpiente retirándose entre las piedras. No se soltaron. Él la miraba como si acabara de entender algo. Ella lo miraba sintiendo que todo el miedo acumulado durante 7 meses durante toda la vida se desarmaba de pronto.
“Naiche”, dijo ella en un susurro. Él le tomó el rostro entre las manos. Fueron manos cuidadosas, como si ella pudiera romperse. Y Clara pensó con una especie de asombro que un hombre que había enfrentado tantas batallas podía tocarla así. Él se inclinó despacio, es dándole tiempo de apartarse y cuando ella no se apartó la besó. El mundo se detuvo.
Clara había besado antes, pero no había sabido hasta ese instante que los besos podían ser también una manera de decir, “Aquí estoy. Aquí vas a estar segura, aquí vas a estar viva.” La boca de él era firme y cálida, y sabía a sol y a polvo y a agua dulce de río. Ella se aferró a la camisa de él con las dos manos.
Él la apretó contra su pecho como si temiera que el viento fuera a llevársela. Se besaron hasta que a los dos les faltó el aire y después se quedaron apoyados frente contra frente, las narices tocándose sin hablar. Tenía miedo de morir sin haberlo hecho. Yo también. Cabalgaron todo el resto del día pegados el uno al otro.
Por la noche, junto al fuego, Naiche se había hecho un rasguño pequeño en el antebrazo al bajar del caballo. Clara le quitó el pañuelo con el que se había tapado el arañazo y le lavó el brazo con agua del río en silencio, sintiendo la piel tibia de él bajo sus dedos. Cuando terminó, él le tomó la mano y se la llevó a los labios y le besó los nudillos uno por uno, sin decir palabra.
Esa noche no durmieron en orillas opuestas del fuego. Él la envolvió en su manta y la acomodó contra su pecho y le susurró palabras en Apache que ella no entendió, pero entendió de todos modos. Clara apoyó la cabeza sobre el hombro de él y escuchó el corazón del hombre contra su oreja y pensó que así sonaba todo lo que le había faltado saber.
Al amanecer, la luz los encontró abrazados bajo la manta y ninguno de los dos se movió por un rato largo, de porque los dos sabían que cuando se movieran la jornada iba a empezar y la jornada los acercaba a un sitio donde todo podía terminar. Llegaron al campamento al atardecer del séptimo día. Estaba en un valle protegido entre dos cerros, con un arroyo cruzándolo y los tipis pintados alineados en una media luna paciente.
Había humo de cocinas, voces de mujeres, niños correteando con un perro flaco. Clara se detuvo al borde del risco, mirando hacia abajo, sintiendo el corazón en la garganta. Naiche le puso la mano en la espalda. Camina detrás de mí. Mira al suelo. Pase lo que pase, no hables hasta que yo te lo pida. Entraron al campamento.
Los primeros que los vieron fueron unos niños que dejaron de jugar. Después las mujeres que se quedaron con las manos suspendidas sobre lo que estaban haciendo. Después los hombres y que se levantaron de los fuegos y fueron apareciendo de entre los tipis con los rostros endurecidos. Un murmullo recorrió el campamento como recorre el viento. Una pradera seca.
Naiche. Es Naiche. Ha vuelto y trae con él a una mujer blanca. Frente al tipi grande del jefe, Goya esperaba. Era más bajo que Naiche, pero más ancho, con el cabello recogido en una sola trenza gruesa y un collar de garras de oso al cuello. Sus ojos iban de Naiche a Clara y de Clara a Naiche, y en ellos había al principio asombro y después, muy rápido, un brillo de placer feroz, como si el destino acabara de servirle en bandeja lo que necesitaba.
Dijo en voz alta para que todo el campamento lo oyera. Así que el hermano traidor regresa y no regresa solo, señaló a Clara con un mujer blanca. La trae de reen de amante. Pregúntenle a su corazón a Pache si es que aún le queda alguno. Los guerreros se fueron acercando. Clara mantuvo los ojos en el suelo, como Nache le había dicho.
Podía oír a su lado la respiración firme de él, despacio, contada. como si estuviera preparándose para una batalla que no se libraría con armas. Hermano, te dirijo la palabra una vez más y solo una. Vengo a reclamar lo que nuestro padre me dio, no con engaños ni en la sombra como tú hiciste. Vengo con la frente alta ante los ancianos y ante la banda entera a exigir el rito del desafío.
Dejemos que la verdad hable. Si tengo razón, los ancianos lo verán. Si tú tienes razón, los ancianos lo verán también. Un silencio cayó sobre el campamento. El rito del desafío era antiguo. Muy pocos lo invocaban porque casi nadie ganaba si no lo merecía. Goya vaciló un instante, apenas un instante.
Pero el viejo Hashke, que había salido de su tip y apoyado en un bastón, lo vio y Clara lo vio y Naiche lo vio y quedó registrado en el aire como queda la huella en el polvo. Así sea el desafío. Esa noche los ancianos se reunieron en el tipi del consejo. Clara la llevaron a una tienda pequeña al borde del campamento, bajo la vigilancia de una mujer mayor que no le dirigió la palabra, pero que le trajo agua y un plato de guiso sin decir nada, y la miró con ojos que Clara no supo leer.
Se acostó una piel de bisonte y trató de dormir y no pudo. En el consejo, Naiche habló primero. puso sin adornos lo que había pasado la noche de la muerte de Delshey, las acusaciones de Goya, la traición de los aliados, la huida bajo la luna. Goya habló después y repitió la acusación de Mi hermano hablaba de paz.
Mi hermano ha buscado refugio con una mujer blanca. Mi hermano ya no es apache en el corazón. Los ancianos escucharon en silencio. Después habló Hashke y dijo algo que nadie esperaba. Goya, la noche que murió del chay, tú viniste a mi tipi. Me pediste algo. ¿Quieres repetir aquí lo que pediste? Goya se puso rígido. Yo no pedí nada.
No te atrevas a acusarme. Te estoy diciendo la verdad. Me pediste que sostuviera ante los ancianos que tu padre, en su agonía te había nombrado a ti heredero. Me pediste que mintiera. Te dije que no y me callé durante siete lunas para no dividir a la banda. Pero hoy tu hermano está aquí para reclamar lo que es suyo y yo no me voy a callar más.
El silencio en el tipi fue tan denso que Clara desde su tienda pudo sentirlo. Al día siguiente, al amanecer, los ancianos anunciaron el desafío. Era el rito antiguo, una prueba de resistencia, destreza y temple, no de muerte. Los dos hermanos correrían juntos por una ruta marcada entre las piedras de las colinas, llevando cada uno carga equivalente y cruzarían obstáculos preparados durante generaciones.
El que llegara primero con la carga intacta sería reconocido. Antes de que empezara, un anciano se acercó a la tienda de Clara y le dijo que los ancianos querían oírla hablar. Ella no entendió al principio, después entendió y se le doblaron las rodillas. La llevaron al centro del campamento. Toda la banda estaba reunida.
Ella estaba sola frente a ellos con el vestido manchado de polvo y el cabello suelto y no supo qué iba a decir hasta que las palabras empezaron a salirle. No hablo bien, señor. Dijo en español. Despacio, buscando cada palabra. No conozco sus costumbres. No vine a robarles a su hombre. Él me salvó la vida cuando yo no tenía fuerzas para salvármela sola.
Y yo le salvé la vida a él cuando nadie más iba a hacerlo. Nos encontramos dos personas cansadas y nos ayudamos. Ustedes me dicen que me vaya, me iré. Pero antes quiero que sepan algo. El hombre que van a ver correr hoy no es un traidor. Es el más honorable que he conocido. No habla por miedo, habla por amor a ustedes.
Nadie respondió, pero algunas mujeres la miraron distinto y algunos guerreros bajaron la mirada. Y Clara volvió a su tienda sin saber si había ayudado o si había hecho todo peor. El desafío empezó al sol alto. Los dos hermanos partieron del centro del campamento con sus cargas al hombro y se perdieron entre las rocas. La banda esperó en silencio.

Pasaron dos horas, pasaron tres. El sol empezaba a bajar cuando apareció la primera silueta corriendo en el risco del este. Era Naich. Venía cojeando con la carga bien atada, el rostro cubierto de polvo, pero venía firme. Detrás de él, con un buen trecho de distancia, apareció Goya. Llegó a la meta cuando Naiche ya estaba de pie frente a los ancianos, respirando hondo, pero en pie.
Hashke caminó despacio hasta Naiche, le tocó el hombro, se volvió hacia la banda y levantó la mano. El hijo de Dels ha regresado. La banda tiene jefe. Un murmullo recorrió el campamento. Después un grito, después otro. Después los tambores. Goya cayó de rodillas con los puños en la tierra.
Naiche lo miró mucho tiempo sin decir nada. Después se acercó y le habló bajo, solo para él. Nadie oyó lo que dijo, pero los ancianos decidieron que Goya no perdería la vida. Sería desterrado con caballo y provisiones para una luna. Podía buscar otra banda o vivir solo. La sangre del padre se respetó.
Esa noche hubo fuego grande, baile y comida. Clara estaba sentada al borde del círculo, envuelta en una manta que una mujer mayor le había puesto sobre los hombros sin decir palabra. Desde allí vio a Naiche recibir los saludos de los guerreros, abrazar al viejo Hashke, aceptar el bastón de mando que había sido de su padre.
Lo vio volverse despacio, buscarla entre la gente, encontrarla. Caminó hasta ella a través del círculo de fuego y le tendió la mano. E ella la tomó. El amanecer siguiente los encontró en lo alto de uno de los cerros que dominaban el valle. El campamento abajo empezaba a despertarse. El cielo se teñía de rosa y dorado sobre las sierras y el viento traía olor a tierra mojada del arroyo.
Naiche sacó de su cinturón una pluma de águila y con cuidado se la puso a clara en el cabello, atándola con un cordón delgado de cuero. No es un adorno. Ella lo miró a los ojos. ¿Qué prometes? Que estaré aquí cada mañana mientras haya mañanas. Clara sintió que las lágrimas se le juntaban en los ojos y no las contuvo.
No va a ser fácil. Nada nunca fue, respondió ella. Él la besó. Entonces no fue un beso como los anteriores. Fue el beso de un hombre que sabe dónde está parado y de una mujer que sabe dónde quiere estar. El sol terminó de salir sobre las sierras Chirikahua y abajo el campamento entero. Empezaba un nuevo día bajo un jefe nuevo.
Y en lo alto del cerro, un guerrero apache y una viuda americana se besaban lentamente sin prisa, porque por primera vez en mucho tiempo los dos tenían tiempo. Bajaron juntos, despacio, tomados de la mano hacia todo lo que les esperaba.