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Todos despreciaban a la huérfana… hasta que ella salvó la rosa que el viudo creía muerta

El sol de junio en Sierra Morena era implacable, no caía con suavidad, sino que parecía derramar fuego sobre la piel. Ariadna caminaba por el camino de Tierra Roja y cada paso levantaba una fina capa de polvo que el viento caliente arrastraba detrás de ella. La bolsa de tela vasta que llevaba al hombro tenía la correa desgastada y rota en los bordes.

Dentro solo había una muda de ropa, un poco de pan seco y un viejo trozo de tela blanca cuidadosamente doblado. No recordaba con claridad el rostro de la mujer que la había dejado ante la puerta del convento tantos años atrás. Solo conservaba una memoria borrosa del llanto de un recién nacido y de unas manos temblorosas que la depositaban sobre las losas frías.

Junto a aquella niña había entonces un pedazo de lino blanco bordado con una diminuta rosa blanca hecha con hilo gris. No había carta, no había nombre, no había ninguna otra señal. Solo aquella rosa, el convento, la tuvo consigo durante unos meses, hasta que una viuda llamada Dolores la acogió en su casa. No lo hizo por compasión.

Dolores necesitaba una niña que trabajara. Ariatna creció en una pequeña vivienda oscura a las afueras del pueblo, donde el olor a humo de cocina y a sudor se quedaba pegado a las paredes. Desde los 6 años ya sabía lavar ropa, recoger leña, barrer el patio, fregar barreños y cuidar los surcos resecos de verduras que había detrás de la casa.

A cambio tenía un rincón junto al fogón donde dormir y las sobras frías de las comidas. Una criatura sin padre ni madre no debería pedir demasiado. Solía decir dolores cada vez que Ariatna dejaba caer un cuenco por accidente o tardaba más de la cuenta en cumplir alguna tarea. La niña aprendió a guardar silencio.

Aprendió a comer menos para no recibir reproches. Aprendió a soportar el dolor cuando las espinas de las acacias le arañaban las manos, cuando la espalda le quedaba entumecida. Después de pasar el día acarreando agua desde el pozo del pueblo. Dolores no la golpeaba mucho, pero su indiferencia pesaba más que cualquier vara.

Nunca pronunciaba su nombre con calidez. Era solo esa niña, la que recoge leña o simplemente una mirada de fastidio. Ariadna creció con la certeza profunda de que su valor residía únicamente en sus manos capaces de trabajar. Si no era útil, la abandonarían como se abandona un objeto roto. Cuando Dolores murió de una enfermedad en los pulmones durante un invierno helado, Ariadna tenía 22 años.

Nadie en el pueblo quiso hacerse cargo de ella. Decían que una muchacha sin apellido y sin dote solo traía problemas. Ariadna reunió sus pocas pertenencias, guardó el paño bordado con la rosa bajo la ropa cerca de la piel y abandonó aquel pequeño pueblo. Pagó de un lugar a otro aceptando trabajos de temporada.

Recogió aceitunas, cortó uvas, cuidó cabras, lavó lana. Sus manos se fueron endureciendo cada vez más, y sus brazos y el dorso de sus manos se llenaron de pequeñas cicatrices dejadas por espinas de rosal y zarzas. Su piel se tostó al sol hasta adquirir un tono casi cobrizzo. Hablaba poco, mantenía siempre una mirada cautelosa y caminaba con paso firme, aunque nunca apresurado.

Una tarde de finales de primavera, mientras ayudaba a un comerciante de especias en un pequeño pueblo, Ariatna oyó decir que la Rosaleda de la Luna necesitaba cortadoras de flores para la temporada. Contaban que aquella finca había sido famosa por una antigua variedad de rosa blanca llamada Rosa de la Luna, pero que ahora venía a menos.

Necesitaban manos rápidas para cortar, gente capaz de soportar el sol y poco exigente con el trabajo. Ariadna no lo pensó demasiado. Solo sabía que necesitaba empleo y un lugar seco donde dormir antes de que el verano empezara de verdad a abrazarlo todo. A la mañana siguiente partió antes del amanecer. El camino hacia Sierra Morena era largo y solitario.

El sol fue subiendo poco a poco hasta quemarle los hombros. El sudor le corría por la espalda y empapaba la tela fina de su vestido. Pero entre el olor de la tierra seca y la hierba quemada, de vez en cuando llegaba una ráfaga de viento que traía consigo un perfume tenue de rosas, tan leve que casi parecía irreal. Caminó durante casi 7 horas.

Cuando las piernas empezaron a temblarle de cansancio, Ariatna se detuvo junto a una gran roca y bebió el último sorbo de agua de su vieja cantimplora de barro. Luego llevó una mano al pecho, allí donde el paño bordado con la rosa permanecía quieto. No sabía por qué, pero cada vez que lo tocaba sentía una tristeza conocida, aunque no tan profunda como para hacerla llorar.

Al caer la tarde, cuando el sol ya se inclinaba hacia el oeste y teñía de rojo las laderas, Ariadna vio por fin la entrada de la Rosaleda de la Luna. Era una verja alta de hierro que alguna vez había estado pintada de blanco, pero cuya pintura se había descascarado en manchas irregulares, dejando al descubierto el metal negro de debajo.

El letrero de la finca colgado en la parte superior estaba igual. Las palabras la rosaleda de la luna aparecían desídas y algunas letras casi habían desaparecido. Se quedó inmóvil un momento mirando el sendero de piedra que se adentraba en la propiedad. A lo lejos se extendían los parterres de rosas.

Algunos todavía tenían flores, otros estaban ya marchitos. La casa principal, pintada de blanco descansaba en silencio sobre una pequeña colina con las ventanas cerradas. Aquel lugar era hermoso y triste a la vez, como una mujer que alguna vez había sido bella y ahora llevaba un vestido roto. Ariatna apretó la correa de su bolsa.

Conocía bien la sensación de las cosas olvidadas. Aquella finca también estaba siendo olvidada, igual que ella. Tal vez por eso no sintió miedo al cruzar la vieja verja. Siguió caminando. El polvo se le pegaba a la falda. El aroma de las rosas se volvió más intenso. Las cigarras cantaban sin descanso bajo la luz moribunda de la tarde.

Tenía las piernas agotadas, pero el corazón, de un modo extraño, permanecía tranquilo. Aquel no era el lugar al que pertenecía. Al menos todavía no. Pero al menos ese día tenía un sitio donde pedir trabajo y para Ariadna eso ya era suficiente para seguir. Ariadna cruzó la vieja verja de hierro justo cuando la luz de la tarde empezaba a suavizarse.

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