Posted in

“Sus hijos no tienen madre y yo no tengo hijos… Aquí estoy”, dijo la joven al Ranchero viudo

Sus hijos no tienen madre y yo no tengo hijos. Aquí estoy. Una historia de amor, dolor y nuevos comienzos. El sol de junio caía sobre los techos de teja color barro del rancho Los Álamos, como lo hacía cada mañana desde hacía 200 años, sin piedad, sin pausa, con esa determinación que solo tienen las cosas antiguas que ya no tienen nada que demostrar.

Ramón Solís llevaba despierto desde antes del amanecer, como siempre. A sus 53 años, el sueño se había vuelto un visitante escaso, uno de esos que llegan tarde, se quedan poco y parten sin despedirse. Llevaba 4 años así, desde aquella tarde de octubre en que enterraron a Graciela. Esa mañana, sin embargo, algo era distinto. No sabría decir qué.

Tal vez fue la manera en que los perros ladraron desde temprano o la forma en que el aire olía a lluvia a pesar del cielo despejado. Quizás fue simplemente esa sensación que a veces tienen los hombres curtidos por la vida, esa voz interior que no habla con palabras, sino con una especie de peso en el pecho que dice, “Hoy algo va a cambiar.

” Ramón se preparó el café en la misma cafetera de peltre azul que había usado Graciela. Lavaba con cuidado, como si fuera una reliquia. En cierto modo lo era. Tomó su taza en el corredor de la casa grande, sentado en la silla de madera que crujía igual que sus rodillas, y miró a sus hijos. Tomás tenía 9 años y ya trabajaba a su lado en las mañanas antes de ir a la escuela.

Pequeño, serio, con los ojos oscuros de su madre y el gesto cerrado de quien ha aprendido demasiado pronto que el mundo duele. Lucía, de siete era lo opuesto, curiosa, parlanchina, siempre con tierra en las rodillas y una pregunta en la boca. Pero últimamente también ella había enmudecido.

Los dos miraban el mundo con esa expresión que Ramón no podía tolerar sin que se le apretara el corazón. La expresión de los niños que esperan algo que no saben nombrar. Fue Tomás quien la vio primero. Señaló hacia el camino de tierra sin decir nada, solo con el dedo extendido. Y Ramón siguió la dirección de ese gesto hasta encontrar la silueta.

Una mujer joven caminaba por el sendero de entrada con una maleta vieja y una bolsa al hombro. caminaba despacio, no con el paso vacilante de quien no sabe a dónde va, sino con la firmeza extraña de quien ha tomado una decisión difícil y ha decidido no mirar atrás. Ramón dejó la taza sobre la varandilla y se puso de pie. No esperaba a nadie.

Nadie lo visitaba ya. El rancho Los Álamos estaba a 40 km del pueblo más cercano y la gente del pueblo había dejado de venir después del funeral. Al principio llegaban con ollas de comida y palabras de consuelo. Luego llegaban con menos frecuencia. Luego dejaron de llegar. Era la costumbre. La vida de los demás seguía y uno se quedaba solo con su pena como quien se queda solo con una deuda que nadie más puede pagar.

La mujer llegó hasta el pie de los escalones del corredor y se detuvo. Tenía el pelo oscuro recogido en un moño sencillo, algunos mechones sueltos pegados a la frente por el sudor del camino. Vestía un vestido floreado claro y una rebeca de punto color crema que debía haberle dado calor durante las últimas horas de caminata.

Pero lo que más llamó la atención de Ramón no fue su ropa, ni su maleta, ni su cara, sino sus ojos. Eran unos ojos que habían llorado mucho y que, sin embargo, en ese momento no lloraban. Eran ojos que habían tomado una decisión. ¿Es usted don Ramón Solís?, preguntó. Su voz era serena, un poco ronca, como si llevara hora sin hablar.

Soy yo, respondió él, sin moverse del corredor. Ella lo miró un momento, luego miró a los niños que la observaban desde detrás de las piernas de su padre. Una expresión pasó por su cara, algo entre el dolor y la ternura, y después respiró profundo como quien se prepara para saltar al agua fría. “Me llamo Elena Vargas”, dijo.

“Vengo de San Marcos. Supe que usted necesita ayuda con sus hijos y con la casa.” Hizo una pausa breve, apenas un segundo, pero en ese segundo cupo todo el peso de lo que iba a decir. “Sus hijos no tienen madre y yo no tengo hijos. Aquí estoy. Ramón la miró durante un tiempo que a ambos les pareció largo.

No era un hombre de gestos rápidos ni de palabras fáciles. 4 años de soledad y duelo lo habían vuelto más parco aún, como un árbol que ha perdido las hojas y ya no sabe bien si volverán. Pero había algo en esa mujer, algo en la manera en que había dicho aquellas palabras tan directas, tan desprovistas de adorno, que le impidió cerrar la puerta.

¿Quién le habló de mí? Preguntó al fin. Doña Celia, la partera del pueblo. Fue a verme cuando supo lo que me había pasado. Me dijo que usted tenía dos niños solos y una casa grande que se caía a pedazos. La casa no se cae a pedazos dijo Ramón con un orgullo masculino absurdo que él mismo reconoció al instante.

Elena no sonró, pero algo en sus ojos cambió ligeramente. No tiene razón. Solo está triste. Esa respuesta lo desarmó más que cualquier argumento porque era cierta. La casa no se caía, pero estaba triste. Todo en el rancho, los álamos estaba triste, los macetones del corredor con las plantas a medio morir, las sillas donde nadie se sentaba, la cocina donde él calentaba frijoles enlatados porque no sabía hacer más.

Y los niños comían sin quejarse porque habían aprendido a no quejarse. Le ofreció agua y ella la aceptó con gratitud. Se sentaron en el corredor los niños a distancia prudente, observando a esa extraña, con la mezcla de desconfianza y curiosidad que tienen los niños que han sido lastimados. Ramón le preguntó de dónde venía, qué la había traído hasta aquí, qué era lo que le había pasado.

Y Elena contó, tenía 28 años. Había crecido en San Marcos con su madre viuda y tres hermanos menores. En los 19 se casó con un hombre al que creyó conocer y que resultó ser un desconocido vestido con cara familiar. Durante 7 años intentó tener hijos, 7 años de esperanza y decepción, de médicos y remedios, de miradas de lástima en la misa dominical, de suegras que susurraban.

Al final, los médicos dijeron lo que ella sospechaba. No podría ser madre. Su marido, que nunca había sido un hombre de mucho aguante, se fue 6 meses después. sin drama, sin pleito, simplemente un día sus cosas ya no estaban. ¿Y sus hijos? Preguntó Tomás desde su rincón con esa brutalidad inocente que tienen los niños para hacer las preguntas que los adultos evitan.

Read More