Vivía en el barrio del Enino, sobre la calle Rayón, en una casa de adobe pintada de color durazno descolorido, que el sol de Aguascalientes había ido comiendo durante 43 años hasta dejarla con ese tono cansado que tienen las casas viejas, cuando ya nadie las repinta, porque ya no hay para. ¿Qué? La casa tenía dos ventanas a la calle con rejas negras de hierro forjado, un zaguán de madera que rechinaba al abrirse y al fondo, en un patio chico de baldosa roja, había unche que su difunto esposo, Anselmo Mendoza Quintana, había
sembrado en marzo de 1982, dos meses antes de que naciera la única hija que tuvieron, Felicitas Mendoza Aranda. Y eseche cada año en febrero se llenaba de florecitas amarillas que olían a campo y que se caían en mayo, dejando una alfombra dorada sobre las baldosas, que la señora Felicita Saranda, viuda de Mendoza, dueña de esa casa y madre de la difunta, Felicitas, hija, barría todas las mañanas con una escoba de varas que le había durado 9 años. Tenía 68 años.
Llevaba el pelo blanco recogido en una trenza apretada. que le caía hasta media espalda. Usaba aretes de oro de los que se ponen una vez y ya no se quitan más. Y cuando salía a la calle se ponía siempre el mismo abrigo gris de paño que le había comprado su hija en el tianguis del Enino en el invierno del 2019. El último invierno en que las dos salieron juntas a buscar algo que ponerse, su hija Felicita Hija, murió un martes 7 de noviembre del 2024 a las 11:15 de la noche en el cuarto de adelante de esa misma casa. Después de 14 meses de una
enfermedad que los doctores nunca terminaron de nombrar con seguridad, una cosa que empezó en el hígado y se fue para todos lados, como se va el agua cuando se rompe un cántaro. La señora la cuidó ella sola. con la ayuda nás de una vecina que se llamaba Ofelia Carrizales, que iba dos veces por semana a echar una mano con la limpieza, y de un sobrino lejano que vivía en León y que venía cada tres meses con una bolsa de fruta y la cara larga.
El velorio fue el miércoles 8 en la sala de la casa con dos coronas de gladiolas blancas que mandaron los del trabajo de la difunta porque Felicita Hija, trabajaba desde hacía 11 años en una papelería del centro que se llamaba papelería Dong Goyo, sobre la calle Madero, donde vendía cuadernos, plumas, cartulinas y le tenía mucho cariño al dueño, un señor de apellido, Gregorio Valdés Munguía, que también fue al velorio.
y se quedó hasta las 3 de la mañana tomando café aguado y diciendo lo mismo que dicen todos en los velorios. El entierro fue el jueves 9 en el Panteón de la Cruz, en una fosa que estaba al lado de la de Anselmo el esposo, porque la señora Felicita Saranda había pagado las dos fosas juntas en 1998 cuando enterró al marido, porque dijo que ella sabía que un día iba a necesitarla de al lado, pero no se imaginó nunca que esa segunda fosa iba a ser para su hija y no para ella misma.
Pasaron 11 días. 11 días en los que la señora no salió de la casa más que a la tiendita de la esquina, la de don Casildo Beltrán, a comprar un cuarto de tortilla y un litro de leche, y a misa de 6 de la tarde en la parroquia de San Marcos, donde se sentaba siempre en la cuarta banca del lado derecho y rezaba el rosario completo sin mover los labios.
El día 12, que fue un domingo 19 de noviembre del 2024, recibió por debajo de la puerta un sobre del banco, un sobre largo de papel manila con el logotipo de banca Santander Serfín impreso en azul en la esquina de arriba. Era el estado de cuenta mensual de la difunta hija. La señora Felicita Saranda lo levantó del suelo, lo puso sobre la mesa del comedor que era de formica imitación madera y se quedó mirándolo dos horas sin abrirlo.
Lo abrió como a las 4 de la tarde, cuando ya empezaba a bajar el sol detrás del cerro del muerto. Se puso los lentes de pasta café que tenía colgados de un cordoncito, sacó la hoja de adentro y empezó a leer línea por línea, despacio, con la calma de la gente vieja, que sabe que las cosas importantes se entienden mejor cuando una no se apura.
La cuenta tenía un saldo de 184,000 pes. La hija había estado ahorrando para una operación que ya no se hizo. Eso la señora lo sabía. Lo que no sabía y lo que le hizo apretar los dientes hasta que le tronó algo dentro de la mandíbula, fue que el estado de cuenta mostraba movimientos en los días 10, 11, 12, 13 y 14 de noviembre.
Retiros en cajero, compras en tiendas, pagos con la tarjeta de débito de la difunta. El día 10 hubo un retiro de 6,000 pesos en un cajero del Banco Santander en Tijuana, Baja California. 2,400 km de distancia. El día 11, otro retiro de 6,000 pesos en el mismo cajero. El día 12, compra de 14,300es en una tienda llamada Boutique Maricela en la avenida Revolución de Tijuana.
El día 13, otro retiro de 6,000. El día 14 una compra de 22,800es en una mueblería de nombre Muebles del Pacífico, también en Tijuana. La señora felicita zaranda con todos los días. La hija había muerto el martes 7, el velorio el ocho, el entierro el nueve. Los movimientos empezaron el 10, un día después de meter a su hija en la tierra.
Se quitó los lentes, los dejó sobre la hoja, fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua del garrafón, se lo tomó parada, se acomodó la trenza y volvió a la mesa. No lloró. Quien la conociera de toda la vida hubiera dicho que iba a llorar, pero no lloró. La señora Felicita Zaranda había llorado 14 meses seguidos mientras su hija se le iba apagando y después 11 días más sola en esa casa y ya no le quedaban lágrimas o si le quedaban las había guardado en otra parte para otra cosa.

Lo que hizo fue doblar la hoja en cuatro, meterla en el sobre, meter el sobre en su bolsa de mano negra de plástico, la que usaba para ir al banco y a la fiscalía y a los hospitales, y sentarse en la mecedora de la sala a esperar que se hiciera de día. A las 7:30 de la mañana del lunes 20 de noviembre, salió de la casa con el abrigo gris, los zapatos cerrados de tacón bajo, la bolsa negra al brazo y el rosario en el bolsillo.
Tomó el camión de la ruta 16, que la dejó a tres cuadras de la sucursal del Santander, que está sobre la avenida López Mateos. Llegó a las 8:10. El banco abría a las 8:30. Se sentó en una banca de cemento de afuera y esperó. Cuando abrieron, fue la segunda en pasar. Pidió hablar con un ejecutivo.
La atendió una muchacha como de 26 años de uñas largas pintadas de rosa, que se llamaba, según el gafete, Roxana Iváñez Treviño, y que la miró con esa sonrisa de ule que ponen los del banco cuando ven entrar a una persona mayor con cara de problema. La señora Felicita Saranda sacó el sobre, lo puso sobre el escritorio, sacó también el acta de defunción de su hija, que traía en una carpeta de plástico transparente y dijo, sin levantar la voz, sin temblar, sin adornos, “Mi hija murió el martes pasado.
La enterré el jueves, aquí está el papel. Y estos movimientos del 10 al 14 yo no los hice, ni mi hija los pudo haber hecho, porque mi hija ya estaba en el panteón. Quiero que me explique usted quién le sacó el dinero a mi hija y cómo. Roxana Ibáñez tomó el acta. La leyó, tomó el estado de cuenta, lo leyó.
La cara se le fue cambiando de a poco, como cambia la luz de la tarde cuando entra una nube. Primero la sonrisa de Ule se le borró, después se le puso seria, después se le puso de esa palidez que se les pone a los del banco cuando venían que ver. llamó por teléfono, habló bajito, colgó, le pidió a la señora que la esperara 5 minutos, volvió con un señor de traje azul marino y corbata roja, calvo como de 50 años, que se presentó como el subgerente de la sucursal de apellido Eladio Pruneda Garza.
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Pruneda revisó los papeles, pidió que pasaran a una oficina del fondo con paredes de vidrio esmerilado y persianas blancas medio cerradas. Cerró la puerta. le ofreció un vaso con agua. La señora no aceptó. Pruneda le explicó con esa voz suavecita que ponen los del banco cuando quieren que una se vaya tranquila y no haga escándalo, que las operaciones se habían hecho con la tarjeta física de la difunta, con el chip y con el NIP, correcto, que el banco no podía hacer nada si la tarjeta y el NIP estaban siendo usados por alguien que los tuviera en su poder, que había que poner
una denuncia en la fiscalía, que el banco iba a colaborar con lo que le pidieran las autoridades, pero que de momento la cuenta seguía a nombre de la difunta y los movimientos eran técnicamente legales hasta que se demostrara lo contrario. La señora Felicita Saranda escuchó todo sin interrumpir.
Cuando Pruneda terminó, ella preguntó una sola cosa y la tarjeta dónde estaba. Pruneda no supo contestar y entonces la señora se contestó sola en voz alta, mirando la pared de vidrio esmerilado. La tarjeta estaba en la cartera de mi hija. La cartera estaba en el cajón de su buró. El buró está en el cuarto de adelante de mi casa y a mi casa en estos 14 meses entraron tres personas que no éramos ni ella ni yo.
Pruneda se acomodó la corbata. La señora pidió que le imprimieran un reporte completo de los movimientos con las direcciones exactas de los cajeros y de las tiendas. Pruneda dudó. La señora le clavó los ojos. Pruneda mandó imprimir el reporte. Se lo entregó en un sobre nuevo.
La señora lo metió en su bolsa, le agradeció con un movimiento de cabeza y salió de la sucursal a las 11:20 de la mañana. No fue a su casa, fue directo a la Fiscalía General del Estado, que queda sobre la avenida Aguascalientes Norte, en un edificio de dos pisos pintado de blanco que tiene una bandera de México siempre medio caída en un hasta del lado derecho.
Llegó al mediodía, le dijeron que para denunciar tenía que sacar una ficha. sacó la ficha, le tocó el número 47, estaban atendiendo el 18, se sentó en una banca de plástico color naranja y se quedó ahí 4 horas y 20 minutos sin comer, sin tomar agua, sin levantarse al baño, con la bolsa negra apretada contra el regazo y el rosario entre los dedos.
A las 4:35 la pasaron con un agente del Ministerio Público de nombre Filemón Saucedo Lara, un señor flaco de bigote canoso como de 55 años que la atendió con paciencia de hombre cansado pero decente. Saucedo escuchó la historia entera sin interrumpirla. Tomó nota a mano en una libreta y después en la computadora. Pidió copias de todo.
Mandó traer el acta circunstanciada. le dijo a la señora que iban a abrir una carpeta de investigación por uso indebido de medios electrónicos y posible robo en agravio de la difunta. Le tomó la declaración formal, le pidió que firmara. La señora firmó con letra de maestra jubilada, que era lo que había sido durante 38 años en una primaria del centro.
Saucedo le dijo que la fiscalía iba a pedir las videograbaciones de los cajeros de Tijuana, que eso tardaba entre dos y cu semanas y que iban a coordinarse con la Fiscalía de Baja California. La señora le agradeció, le dijo que ella iba a estar esperando, le dejó su teléfono fijo porque celular no usaba. Salió de la fiscalía a las 6:15, tomó el camión de regreso. Llegó a su casa a las 7:40.
Se sirvió un plato de frijoles fríos con una tortilla. Se acostó a las 9. No durmió. A la mañana siguiente, martes 21, hizo algo que no había hecho en 11 días. sacó del cajón del comedor una libreta vieja de hojas amarillas y pasta dura color verde, que era la libreta donde su hija apuntaba los gastos de la casa y los pendientes.
La hija había sido muy ordenada, anotaba todo. La señora Felicitas empezó a leer las últimas páginas, las de los últimos meses antes de la enfermedad seria, y ahí encontró nombres, nombres de personas que su hija había mencionado en esos últimos meses y que la señora, en medio del dolor había dejado pasar. Apuntó tres nombres en una hoja aparte.
El primero, Genove Quesada Olivares, una mujer que su hija había contratado 6 meses antes de morir para que la acompañara a las quimioterapias y le hiciera mandados. La señora Felicitas la conocía de vista. Era una mujer como de 40 años, morena, robusta, que hablaba poco y que tenía una manera rara de mirar las cosas de la casa como midiéndolas.
El segundo, Cirilo Vázquez Maldonado, un primo lejano del lado del padre que en los últimos meses había aparecido dos veces en la casa con el pretexto de visitar a la enferma, pero que en realidad se quedaba mucho rato preguntándole a la hija por la cuenta de ahorros, por el seguro de vida, por si tenía testamento.
El tercero, Adelaido Renteros Pichardo, el hijo de Genove, un muchacho como de 22 años, que dos veces fue a la casa a recoger a su mamá y que en una de esas se quedó solo en la sala mientras Genoveva ayudaba a la hija a bañarse. Solo en la sala como 20 minutos. La señora Felicita Saranda apuntó los tres nombres. Los apuntó también los apellidos completos, las direcciones que se acordaba, las descripciones y guardó la hoja en la bolsa negra.
El miércoles 22 fue otra vez a la fiscalía, pidió hablar con Saucedo, le entregó la hoja, Saucedo la leyó, levantó las cejas, le dijo que eso era información útil, que la iba a incorporar al expediente. Le preguntó si tenía sospechas concretas. La señora le dijo, “Yo no sospecho de nadie en particular. Yo nada más le estoy diciendo quiénes entraron a la casa de mi hija en los últimos meses.
Sospechar es trabajo de usted. Yo no más le doy los datos. Saucedo le sonrió por primera vez. Le dijo que iba a investigar. Pasaron tres semanas. La señora Felicitas no fue a la fiscalía en esas tres semanas. Se quedó en la casa barriendo las flores amarillas del wizach que se caían, regando las macetas, yendo a misa, rezando el rosario, comiendo poco, durmiendo menos.
Recibió dos llamadas de pésame retrasadas, no las contestó completas. El miércoles 13 de diciembre sonó el teléfono fijo a las 9 de la mañana. Era Saucedo. Le pidió que fuera a la fiscalía esa misma tarde. La señora fue. En la oficina de Saucedo había también una mujer policía vestida de civil de nombre Yolanda Carmona Esquivel, que era la encargada del área de delitos patrimoniales.
Le mostraron a la señora unas fotografías sacadas de las cámaras del cajero de Tijuana. Tres fotos. En las tres se veía claramente a Genoveva Quesada Olivares sacando dinero del cajero con la tarjeta de la difunta hija en la mano. La señora Felicita Saranda miró las fotos, miró a Saucedo, miró a Carmona y dijo, “Es ella.
” Carmona le explicó que Genoveva había viajado a Tijuana en un autobús de la línea Estrella Blanca el día 9 de noviembre por la noche, el mismo día del entierro, que viajó acompañada de su hijo Adelaido, que se hospedaron en un hotel barato del centro de Tijuana de nombre Hotel Buena Vista, que sacaron el dinero en tres días seguidos y que con lo sacado compraron ropa, muebles y un televisor que ya estaban localizados, que Cirilo Vázquez, el primo, no parecía estar involucrado.
Aunque sí había hablado con Genoveva por teléfono varias veces antes del fallecimiento, que la captura de Genoveva y de Adelaido se iba a ejecutar en los próximos días. La señora escuchó todo. Cuando Carmona terminó, preguntó una sola cosa más. ¿Y la tarjeta? ¿Cómo la consiguió esa mujer? Saucedo le dijo que eso iban a saberlo cuando declararan los detenidos, pero que lo más probable por el modo de operar era que Genoveva hubiera sacado la tarjeta del buró de la hija en uno de esos días de quimioterapia cuando se quedaba sola en la casa cuidándola y que
el NIP probablemente lo había visto cuando la hija, ya muy débil, le pidió en alguna ocasión que le sacara dinero del cajero para los gastos. La señora cerró los ojos un momento, volvió a abrirlos. Gracias, licenciado. Gracias, señora. Espero noticias. Salió de la fiscalía, caminó las dos cuadras hasta la parada del camión despacio, tomó el de la ruta 16, llegó a la casa, barrió las flores amarillas del Wizache, se hizo un té de manzanilla, se sentó en la mecedora y por primera vez en cuatro semanas se permitió cerrar los ojos sin
pelear contra el sueño. Genove Quesada Olivares fue detenida el lunes 18 de diciembre del 2024 en la colonia Morelos de Aguascalientes, donde vivía en una casa rentada que pagaba con dificultad. Adelaido Renteros Pichardo fue detenido al día siguiente en una taquería donde trabajaba de las 3 de la tarde a las 10 de la noche. Los dos confesaron.
La versión coincidió con lo que había supuesto Saucedo. Genoveva había tomado la tarjeta del muro el sábado 4 de noviembre, tres días antes de la muerte de la hija, aprovechando un momento en que la señora Felicitas salió a la farmacia. Sabía el NIP desde hacía meses. Habían planeado el viaje a Tijuana junto con Adelaido, porque ahí vivía una hermana de Genoveva que los podía esconder en caso de problema.
El proceso judicial empezó en febrero del 2025. La señora Felicita Saranda asistió a las audiencias importantes, vestida siempre con el mismo abrigo gris, la trenza apretada, los aretes de oro, la bolsa negra y el rosario en el bolsillo. No habló más que cuando le tocó declarar. Habló claro, no le tembló la voz.
El 14 de agosto del 2025, Genoveva fue sentenciada a 7 años y 4 meses de prisión por uso indebido de medios electrónicos y robo en agravio de persona fallecida. Adelaido recibió 5 años y 2 meses. El banco, por orden del juez, restituyó a la cuenta de la difunta el monto total robado más los intereses. Como la cuenta pertenecía ahora por sucesión a la señora Felicita Saranda, viuda de Mendoza, el dinero pasó a ser suyo.
Pero la señora Felicita Saranda no tocó ese dinero, no fue al banco a sacarlo, no lo movió a otra cuenta, no lo invirtió, no lo gastó, lo dejó ahí en la cuenta de su hija con el nombre de su hija, como si su hija siguiera estando viva y siguiera ahorrando para una operación que ya no se iba a hacer. Tampoco cambió la casa, no vendió, no pintó, no movió muebles.
El cuarto de su hija quedó como el día del entierro, con la cama tendida, la ropa en el ropero, la libreta verde en el cajón del buró, los frasquitos de medicina alineados en la mesita. No fue a visitar a Genoveva a la cárcel, no la perdonó. Cuando una vecina, Ofelia Carrizales, le dijo un día que Dios manda perdonar para que el alma descanse, la señora Felicita Saranda la miró con calma y le contestó, “El alma de mi hija descansa porque está enterrada al lado de su padre y porque yo todas las tardes voy a la parroquia a
rezarle. Lo que yo perdone o no perdone, no le quita ni le pone nada a mi hija. Y a esa mujer yo no le debo nada, ni siquiera el perdón. El perdón se le da a quien lo pide y esa mujer no me ha pedido nada. Ofelia Carrizales bajó la cabeza y no volvió a tocar el tema. La señora Felicita Saranda no puso foto de su hija en la sala.
No mandó hacer misa de cuerpo presente cada mes, como hacen otras. No usó luto cerrado más allá del primer año porque dijo que el luto verdadero no se ve por fuera. No habló más del asunto con nadie de la familia. Cuando el sobrino lejano de León llamaba por teléfono y preguntaba cómo iba el caso, ella le decía, “El caso se acabó.
La justicia hizo lo suyo. Yo hago lo mío. No hay más que hablar.” Y siguió viviendo. Siguió yendo a misa de seis. Siguió barriendo el patio. Siguió comprando un cuarto de tortilla en lo de Don Casildo. Siguió regando el Wizach de Anselmo en abril. Siguió viendo caer las florecitas amarillas. En mayo siguió levantando la trenza apretada cada mañana frente al espejo del ropero.
Siguió guardando el estado de cuenta del banco, mes con mes sin abrirlo, en el cajón del comedor, junto a la libreta verde. Una vez al año, el 7 de noviembre, iba al panteón de la Cruz con un ramo de gladiolas blancas. Se sentaba en una banquita de piedra entre las dos tumbas, la de Anselmo y la de Felicita Hija, y se quedaba tres horas.

No lloraba, hablaba bajito, en voz tan baja que ni los muertos de las tumbas de al lado la oían. Después se levantaba, se sacudía la falda y se iba caminando despacio hasta la parada del camión. vivía sola, no tenía miedo, no tenía remordimiento, no tenía rabia tampoco. O si la tenía, la había acomodado en un rincón de la casa donde ya no estorbaba.
Tenía 68 años, después tuvo 69, después tuvo 70. La casa del barrio del Enino, sobre la calle Rayón seguía siendo color durazno descolorido, con ele atrás, con el zaguán que rechinaba, con las dos ventanas a la calle y la mecedora en la sala donde se sentaba todas las tardes a ver pasar la luz por la ventana hasta que se hacía de noche.
Y eso fue todo lo que pasó con la señora Felicita Saranda, viuda de Mendoza, madre de una sola hija enterrada, mujer de una sola palabra, dueña de una sola casa y de un dinero ajeno que decidió no tocar, porque ese dinero, aunque ya era legalmente suyo, en su corazón seguía siendo de su hija, y de su hija nadie iba a disponer mientras ella respirara.
Hay doña felicitas que llevar dentro. El dolor más hondo no siempre se cura con perdón. A veces se cura con dignidad. Cuidar a quien amamos también es cuidar lo suyo, sus papeles, sus claves, su confianza, porque proteger esos detalles pequeños es una forma callada de amor y aunque la vida nos quite mucho, siempre queda el Wizach floreciendo cada año, recordándonos que la ternura sobrevive a todo. Una nota cariñosa para usted.
Esta historia fue creada e imaginada por una inteligencia artificial con el propósito de acompañarle un rato y dejarle de paso una pequeña lección de vida que abrigue el corazón. Yeah.