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“Quédese Esta Noche, Mañana Vemos” Dijo La Ranchera Al Hombre Sin Hogar Que Cargaba Un Niño Dormido

Demetrio Carranza tenía 27 años, un hijo de apenas dos añitos cargado entre sus brazos, un morral con herramientas de albañil y ningún lugar al que llegar. Lo habían echado de la última hacienda donde trabajó porque se negó a que le pagaran la mitad de lo que habían acordado al principio. Y ahora caminaba por un sendero de tierra con los zapatos reventados y el atardecer naranja cayéndole encima, buscando cualquier rancho donde alguien le dejara pasar la noche con el niño.

El niño dormía entre sus brazos y torso. Demetrio lo cargaba sin quejarse  porque llevaba dos años cargándolo solo y eso ya era lo normal. Y lo que encontró al final de ese camino fue algo que le cambió la vida entera. Si alguna vez caminaste sin saber a dónde ibas, pero sabiendo que quedarte era peor, esta historia es para ti.

Dale like, suscríbete al canal para no perderte ningún video y dime desde dónde me acompañas. Vamos a comenzar. Demetrio Carranza tenía las manos anchas y ásperas de un hombre que ha trabajado desde joven con piedra, con cal, con mezcla y con ladrillo. Era Alarfe, que es la manera vieja de decir albañil de campo, el hombre que levanta paredes, que repara techos, que construye corrales, trojes, cuartos, lo que haga falta con los materiales que haya a la mano.

Lo había aprendido de un tío que lo crió cuando sus padres murieron. un hombre callado que le enseñó que la plomada no miente y que la pared que empieza torcida no se endereza después, que son dos lecciones que sirven para la albañilería y para la vida. El niño se llamaba Jacobo y tenía 2 años. Era hijo suyo y de una mujer llamada Fernanda, que Demetrio había conocido trabajando en una hacienda grande del otro lado de la sierra, donde él levantaba un muro para el corral nuevo, y ella era hija del capataz.

una muchacha de ojos claros y manos que nunca habían tocado la mezcla y que lo miraba trabajar desde el corredor de la casa grande con una curiosidad que Demetrio confundió con interés y que resultó ser algo más complicado que eso. Lo que hubo entre ellos no fue más que un breve amorío de 4 meses, el cual terminó la mañana que Fernanda le dijo con una voz desquebrajada y temblorosa de alguien que jamás quiso nada serio y duradero, que estaba embarazada de él, pero que su familia no podía enterarse de que el hijo era de un peón y no del prometido

del pueblo de donde venía ella, un hombre rico del pueblo natal de ella que tenía tierras. un apellido importante y que nunca se habría casado con ella si supiera que cargaba un hijo ajeno. Demetrio la escuchó sin interrumpirla. No dijo nada mientras ella hablaba, porque no había nada que decir que cambiara lo que ella estaba diciendo.

Le preguntó qué quería hacer. Fernanda le dijo que iba a tener al niño lejos en la casa de una tía que vivía en otro pueblo y que cuando naciera se lo iba a dar a él, porque ella no podía quedárselo sin que todo lo que había construido se derrumbara y que lo que había construido no era mucho, pero era lo único que tenía, y no estaba dispuesta a perderlo por un hijo que no había planeado y que no podía explicar.

Lo dijo sin llorar, pero temblando, con la firmeza de quien ha decidido algo que duele, pero que ya está decidido, y que no va a cambiar, por más que el otro la mire de la manera en que Demetrio la estaba mirando. Demetrio entendió en ese momento que lo que él había sentido por ella y lo que ella había sentido por él no eran la misma cosa, y que la diferencia entre esos dos sentimientos era la diferencia entre quedarse y irse, y que ella se iba y que no iba a pedirle que no se fuera, porque pedir lo que uno sabe que no va a recibir es la forma más segura de

humillarse. Meses después, Jacobo nació en diciembre en la casa de la tía de Fernanda y ella personalmente se lo entregó a Demetrio envuelto en una cobija nueva con un sobre de dinero que él no quiso aceptar y que ella dejó dentro de la cobija de todas maneras y se marchó no sin antes mirarlo a los ojos con pesar y algo de culpa.

Ella se dio la vuelta y se marchó por el camino hacia el oeste. No volvió a verla. No supo si se casó con el prometido, ni si tuvo más hijos, ni si alguna vez pensó en Jacobo después de entregarlo. Tampoco la buscó. Hay cosas que uno cierra, porque dejarlas abiertas es peor que cualquier respuesta que pudiera encontrar.

Los primeros dos años con Jacobo los pasó trabajando donde podía, de hacienda en hacienda, de rancho en rancho, levantando muros, reparando tejados, construyendo lo que le encargaran con el niño siempre cerca en una caja cuando era bebé y después en un rincón del trabajo, cuando ya gateaba y caminaba, con la costumbre de meter las manos en la mezcla y en la cal y en todo lo que encontraba a su alcance, porque los hijos de Albañil descubren la textura de las cosas antes que su nombre.

Demetrio lo cuidaba como podía, que no era como habría cuidado una madre, pero que era suficiente para que el niño estuviera alimentado, limpio la mayor parte del tiempo y vivo, que en el campo y sin ayuda ya era bastante. El último patrón que tuvo fue don Benancio Mora, dueño de una hacienda mediana en el valle de Santa Lucía, un hombre de unos 55 años, gordo, de bigote grueso y sombrero caro.

con esa manera de hablar de los ascendados que confunden la propiedad con el derecho a mandar sobre todo lo que está dentro de ella, incluyendo la gente. Demetrio trabajó para él se meses, levantando una troje de piedra que don Benancio quería para guardar el maíz de la temporada. un trabajo bien pagado que le permitió ahorrar algo y que hizo con la calidad que ponía en todo lo que hacía, que era mucha, porque el tío que le enseñó le dejó grabado en la cabeza que el trabajo mal hecho lleva el nombre de quien lo hizo y que ese nombre se queda pegado

más tiempo que la paga. El problema empezó cuando don Benancio decidió que la Troje no era suficiente y que Demetrio tenía que quedarse a levantar un cuarto más para los peones y después otro para almacenar herramientas y después arreglarla cerca del potrero que tenía tres tramos caídos y que el pago ya no iba a ser el que habían acordado al principio, sino uno nuevo que Don Benancio consideraba justo y que era la mitad de lo original.

una reducción que presentó como si fuera un favor que le estaba haciendo al darle más trabajo en lugar de lo que era, que era un abuso de alguien que sabe que el otro no tiene muchas opciones. Demetrio le dijo que no, que el trato había sido por la Troje y que la Troje estaba terminada y que si quería más trabajo tenía que pagar lo que correspondía porque el trabajo de un albañil se paga por lo que vale y no por lo que el patrón quiere pagar.

Don Venancio no estaba acostumbrado a que un peón le dijera que no, que era algo que no le pasaba seguido, porque la mayoría de los hombres que trabajaban para él dependían de su buena voluntad para comer y para dormir bajo techo y para que sus hijos no pasaran hambre. Y esa dependencia los hacía dóciles de una manera que a Don Venancio le parecía natural y que a Demetrio le parecía otra cosa, que no tenía nombre bonito.

Lo echó al día siguiente. Le dijo que recogiera sus cosas y que se fuera antes de que oscureciera. Demetrio recogió sus herramientas, que eran suyas, porque las había comprado con su dinero a lo largo de los años. Cuchara, nivel, plomada, cincel, martillo. Un juego completo de alarife cabía en un moral de cuero y que valía más para él que cualquier otra cosa material que tuviera.

Cargó a Jacobo, que estaba dormido, se lo amarró al pecho con la faja y salió de la hacienda por el camino principal sin mirar atrás. Caminó toda la tarde bajo ese cielo que se fue poniendo naranja y después rojo y después de ese color que no tiene nombre, que es el último, antes de que todo se vuelva azul oscuro.

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