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Princesa Diana: La Verdad que Salió Demasiado Tarde

Un auto entra a un túnel en París. Va a más de 190 km/h. Son las 12:23 de la madrugada del 31 de agosto de 1997. Adentro viaja la mujer más fotografiada del mundo. Afuera, una jauría de motocicletas la persigue como si fuera una presa. En menos de 10 segundos todo terminará. Pero esta no es solo la historia de un accidente.

Esta es la historia de una mujer que desafió al imperio más poderoso del planeta. Una mujer que hizo temblar a la monarquía británica desde adentro. Una historia de amor imposible, de traición calculada, de secretos que todavía hoy nadie quiere contar. Y lo más perturbador es esto. Más de 25 años después de su muerte, hay preguntas que siguen sin respuesta.

documentos que siguen clasificados, testimonios que se contradicen y una familia real que preferiría que el mundo olvidara todo lo que vamos a contar ahora. Vamos a contarla desde el principio, toda sin censura. Estamos en París. Es una noche calurosa del último día de agosto. El calor se pega a las paredes de los edificios como si no quisiera irse.

Diana acaba de cenar en el hotel Ritz con Doddy Alfayed, hijo de un multimillonario egipcio. Están enamorados, o al menos eso es lo que los tabloides quieren creer. Llevan semanas navegando el Mediterráneo en un yate que vale más que el presupuesto anual de algunos países pequeños. El mundo entero los observa.

Las revistas pelean por cada fotografía como llenas alrededor de un cadáver. Diana sabe que los paparazzi están afuera del hotel. Puede sentirlos. Los conoce bien. Ha vivido con ellos los últimos 16 años de su vida. A veces los usó a su favor, como cuando filtró fotografías que destrozaban la imagen de Carlos.

Otras veces la destruyeron a ella, publicando imágenes robadas en sus momentos más vulnerables. Pero esta noche siente algo diferente, una inquietud que no puede explicar, un presentimiento que se instala en su pecho como una piedra. El plan es simple. salir por la puerta trasera del Ritz, subir a un Mercedes negro. El chóer Henry Paul, subjefe de seguridad del hotel, los llevará al departamento de Dodi, cerca del Arco del Triunfo.

Un trayecto corto, 15 minutos máximo, pan comido, pero Henry Paul ha estado bebiendo. En las horas previas, las cámaras de seguridad del Rits lo muestran entrando y saliendo del bar. Su nivel de alcohol en sangre duplica el límite legal francés. Sus análisis posteriores revelarán también trazas de medicamentos antidepresivos.

Y es este hombre, no un chóer profesional, no un conductor entrenado en evasión, quien va a tomar el volante del auto más importante del mundo esa noche. Diana se sube al auto, no se pone el cinturón de seguridad, nunca lo usa. Es una costumbre que viene de años de bajar de los autos para saludar a multitudes. Dodco se lo pone.

El único que se abrocha el cinturón es el guardaespaldas Trevor Reon sentado en el asiento del copiloto. Las motocicletas arrancan detrás. Los flashes empiezan a disparar incluso antes de que el auto salga a la calle. Henry Paul los mira por el espejo retrovisor. Acelera. Lo que sucede en los siguientes 3 minutos cambiaría para siempre la historia del siglo XX.

El Mercedes baja por la Ru Cambón, gira hacia la place de la Concord y toma la ruta del río Sena hacia el oeste. Henry Paul conduce cada vez más rápido. El velocímetro sube de 100 a 120, de 120 a 150. Las luces de París se convierten en líneas borrosas a través de las ventanas. A las 12:23, el Mercedes entra al túnel del Pont del Alma.

Según la reconstrucción forense, Henry Paul maniobra para esquivar un Fiat 1 blanco que circula lento por el carril derecho. Pierde el control. El Mercedes golpea el muro derecho, se cruza hacia el lado contrario y se estrella de frente contra el pilar número 13 del túnel. El impacto es de una violencia difícil de describir.

El motor se incrusta en el habitáculo, el volante se pliega como cartón. Los vidrios explotan hacia todas direcciones. El ruido del metal retorcido retumba en las paredes del túnel como un trueno subterráneo. Dod muere en el acto. Henry Paul también. Trevor Reis Jones, el único con cinturón, queda con el rostro destrozado, pero sobrevive.

Y Diana queda atrapada entre los fierros del asiento trasero, inconsciente al principio. Luego, brevemente, murmurando palabras que los primeros en llegar intentarán recordar durante años. Todavía está viva. Los equipos de emergencia franceses tardan más de una hora en trasladarla al hospital. Es el protocolo francés, estabilizar en el lugar antes de mover al paciente, pero el tiempo se escapa con cada latido.

La hemorragia interna es masiva. La vena pulmonar izquierda se ha desgarrado por la fuerza del impacto. A las 4 de la madrugada en el hospital Pitier Salpetrier, después de 2 horas de cirugía desesperada, los médicos se detienen. Diana Spencer, princesa de Gales, madre de William y Harry, icono de una generación. Tiene 36 años.

36 años nada más. Pero para entender cómo llegamos hasta este túnel, hay que volver atrás. Hay que volver a una casa enorme y vacía en la campiña inglesa, a una niña que camina sola por pasillos interminables. Una niña que solo quería una cosa en la vida, que alguien la amara de verdad. Diana Francis Spencer nace el primero de julio de 1961 en Parkuse, una propiedad ubicada dentro de los terrenos de Sandringham, la finca privada de la familia real británica en Norfolk.

Desde su primer respiro, Diana ya está cerca del poder. No por coincidencia ni por suerte. Su familia, los Spencer, son una de las familias nobles más antiguas de Inglaterra, más antiguas incluso que los propios Winser. Llevan siglos sirviendo a la corona, conectados por matrimonios, títulos y una lealtad que se transmite con la sangre.

Su padre es John Spencer, bisconde Altorp, un hombre alto y elegante que esconde una tristeza profunda detrás de sus modales impecables. Su madre, Francis Roach, es hija de un varón hermosa, vivaz, con una risa que llena las habitaciones. Es un matrimonio que parece perfecto desde afuera, pero adentro las paredes de Park House esconden algo que la pequeña Diana percibe antes de poder nombrarlo.

Sus padres no se aman y lo que es peor, se necesitan por razones que no tienen nada que ver con el cariño. Diana tiene dos hermanas mayores, Sarah y Jane, y un hermano menor, Charles. Pero antes de Diana hubo otro bebé, un varón que nació y murió el mismo día. Los Spencer necesitaban desesperadamente un heredero varón.

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