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Llegó pidiendo trabajo en la finca… y el dueño paralizado no sabía que ella cambiaría su destino

La lluvia de octubre llegó antes de que amaneciera sobre la finca La Providencia en los Llanos de Zacatecas. Y con ella llegó también Consuelo Vargas, que tenía 58 años, los pies mojados y una determinación que no había tenido nombre hasta esa mañana, pero que llevaba años tomando forma en silencio. Si crees que hay personas que llegan a nuestra vida en el momento exacto en que Dios sabe que las necesitamos, suscríbete a Cuentos del Viejo Campo y activa la campana.

Don Severino Aguirre llevaba dos años sin salir al campo cuando Consuelo llegó a tocar la puerta de su finca. Dos años desde la caída del caballo que le había aplastado la columna y le había dejado las piernas como dos cosas ajenas que él cargaba sin poder moverlas. Dos años sentado en la silla del corredor, mirando el potrero donde Trueno, el caballo que él mismo había domado y que nadie había vuelto a montar, bastaba solo con esa paciencia de los animales que esperan sin saber exactamente qué esperan. La finca seguía en pie porque

los dos peones que le quedaban hacían lo que podían, que no era suficiente para lo que la tierra pedía. Y porque don Severino todavía ordenaba desde la silla, aunque sus órdenes llegaban cada vez a menos lugares. Sus hermanos, Benigno y Catarino Aguirre, habían empezado a visitarlo con más frecuencia desde hacía un año, que era una buena señal si uno no prestaba atención a de qué hablaban cuando creían que él no escuchaba.

Y una señal muy distinta, si sí prestaba atención. Lo que don Severino no sabía esa mañana lluviosa de octubre era que la mujer que tocaba su puerta iba a hacer por la finca lo que él ya no creía que ninguna persona pudiera hacer. Consuelo Vargas había llegado a Zacatecas desde San Luis Potosí, a donde había llegado desde Aguascalientes, siguiendo el rastro inverso de una vida que se había ido deshaciendo con una lentitud que al principio parecía manejable y que después de la muerte de su marido y de la venta de la casa y de los 3 años de

vivir en cuartos rentados se había revelado como lo que era. El fin de una manera de vivir que ya no iba a regresar y la necesidad urgente y sin rodeos de encontrar otra. No era una mujer que pedía fácilmente. Había pasado 30 años siendo la que resolvía, la que organizaba, la que sabía dónde estaba cada cosa y cómo hacer funcionar lo que se rompía.

en una casa, en un rancho pequeño que su marido había trabajado y que los hijos habían vendido después de que él murió, porque ninguno quería quedarse en el campo. Consuelo no había tenido voto en esa decisión, aunque era su casa tanto como la de ellos, que era otra de las cosas que uno aprende cuando ya es demasiado tarde para que el aprendizaje cambie algo.

Pero esa mañana, parada frente a la puerta de la providencia, con la lluvia cayéndole sobre el reboso y con la bolsa de lona a sus pies, Consuelo no estaba pensando en lo que había perdido. Estaba pensando en lo que podía ofrecer, que era mucho más de lo que cualquiera habría supuesto mirándola desde afuera. El peón que le abrió la puerta la miró de arriba a abajo con la expresión que se le pone a la gente cuando ve algo que no encaja del todo con lo que esperaba.

Consuelo le dijo que buscaba trabajo. El peón le dijo que no había trabajo. Consuelo dijo que ya lo sabía y que por eso era exactamente cuando el trabajo más se necesitaba. El peón fue a consultar con don Severino. Tardó 10 minutos. Cuando volvió, le dijo que el patrón quería verla.

Don Severino Aguirre estaba en la silla del corredor con el rosario de plata entre las manos y los ojos puestos en el potrero donde Trueno pastaba bajo la lluvia. con esa calma soberana de los caballos que ya aprendieron que el agua no mata. Era un hombre de 64 años con el tipo de cara que ha tenido mucho sol y mucho viento y que aún así guarda algo de lo que debió haber sido en los tiempos en que podía moverse, una dignidad que el cuerpo ya no podía sostener del mismo modo, pero que estaba en la manera de mirar, en la manera de sostener el rosario, en la manera en que

no bajó la vista cuando Consuelo se acercó. ¿Para qué sirve usted? Preguntó don Severino, sin preámbulo y sin crueldad. con la voz directa de los hombres de campo que no ven razón para darle vuelta a lo que se puede decir recto. Para lo que haga falta, dijo Consuelo. He trabajado tierra, he curado animales, he llevado cuentas, he cocinado para 20 personas y he criado cuatro hijos sola los últimos 10 años.

Lo que no sé hacer lo aprendo. Lo que ya sé lo hago bien desde la primera vez. Don Severino la miró un momento, luego miró el rosario en sus manos, luego volvió a mirarla. Hay un cuarto en el fondo”, dijo. La cena es a las 8. Esa primera noche, Consuelo limpió el cuarto del fondo que olía a tiempo cerrado y a humedad de temporada.

Tendió el petate que encontró doblado sobre el catre, colgó su reboso en el clavo de la pared y puso el rosario de su marido sobre la única repisa que había en el cuarto antes de cerrar los ojos. Afuera, la lluvia de octubre seguía cayendo sobre la providencia con una perseverancia que en Zacatecas significaba que la tierra iba a quedar bien para la siembra si alguien sabía aprovecharla. Consuelo lo sabía.

A la mañana siguiente se levantó antes que los peones y encendió la estufa de leña de la cocina, que era una estufa grande y vieja que había pasado varios meses sin que nadie la tratara bien y que necesitó 20 minutos y tres intentos antes de arrancar. Cuando los peones llegaron a la cocina, encontraron el café hecho, los frijoles de la olla calentando y a consuelo revisándola a la cena con la eficiencia de quien hace un inventario, no de quien fisgonea.

¿Cuándo fue la última vez que alguien llevó las cuentas de la despensa?, preguntó consuelo al primero que entró. El peón, que se llamaba Ezequiel y llevaba 40 años trabajando en la providencia, la miró como si la pregunta viniera de otro planeta. ¿Desde que se cayó el patrón? Eso pensé”, dijo Consuelo y siguió con el inventario.

Ton Severino desayunó en el corredor como siempre, pero ese día el café llegó caliente y los frijoles tenían epazote que era como su esposa los hacía y que ninguno de los peones había pensado en poner, porque el epazote estaba en el huerto y al huerto nadie había entrado en 2 años. Él no dijo nada, pero se terminó todo lo que había en el plato, que era la primera vez en varios meses que lo hacía.

Esa misma mañana, Consuelo fue al huerto. Estaba abandonado, pero no muerto. La tierra de Zacatecas es dura, pero guarda lo que tiene. Y debajo del monte, que había crecido sin control, todavía había plantas que reconocían su propósito. Pasó dos horas limpiando con el asadón que encontró en el cobertizo, con los brazos que eran brazos de 58 años que habían trabajado toda su vida y que no se avergonzaban de eso.

Ezequiel la vio desde la tranquera y no dijo nada. Al mediodía se acercó con un par de guantes que no le había pedido. Para las manos dijo Ezequiel. Gracias, dijo Consuelo. Y los tomó sin hacer comentario del gesto, porque era el tipo de hombre que se avergonzaría si le señalaban la bondad. Pasaron tres días, luego una semana.

La finca fue tomando un ritmo diferente, no porque Consuelo lo hubiera impuesto, sino porque el ritmo que ella traía era el de alguien que sabe que las cosas deben hacerse en orden y a su hora. Y ese ritmo se fue contagiando a todo lo que la rodeaba, como se contagia el paso firme de quien sabe a dónde va.

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