Le habían dicho toda su vida que el hombre prometido a ella desde la infancia era un monstruo, un berserker que arrancaba corazones con las manos. Cuando cabalgó hasta su campamento para romper el compromiso, no sabía que era una trampa. No sabía que su propia madrastra había vendido su cabeza y no sabía que el monstruo sería el único que se interpondría entre ella y la muerte.
Bienvenidos al canal Tiempos Dulces. Cuéntame desde dónde nos escuchas y quédate hasta el final porque esta historia te va a estremecer. Allá Ulfs Dotir tenía ocho inviernos cuando su padre, el Jarl Wolf de Bjorholm, la sentó sobre sus rodillas y le habló del hombre con el que algún día se casaría.
recordaba aquella tarde con una nitidez extraña, como si los dioses hubieran querido grabarla en su memoria para hacerle más amargo lo que vendría después. recordaba el olor a madera quemada del salón principal, el sabor dulce de la hidromiel rebajada que le habían permitido probar por primera vez la voz grave de su padre, explicándole que un acuerdo entre clanes era una palabra sagrada, que dos Yarles habían cruzado sus espadas sobre una piedra y prometido que sus hijos, uniéndose en matrimonio, cerrarían medio siglo de derramamiento de sangre.
El otro Harl se llamaba Sigfast y su único hijo varón, un niño de 10 inviernos, se llamaba Roar. Aya había pronunciado el nombre en voz baja, paladeándolo como si fuera una piedra extraña sobre la lengua. Roar. Padre había sonreído. Recuerda ese nombre, Jala. Algún día será tuyo. Pero los años no fueron amables con esa promesa.
La madre de Jaya, Asdis, había muerto en el parto y cuando ella tenía 11 inviernos, su padre se había vuelto a casar. La nueva esposa se llamaba Big, una mujer de belleza fría como un fiordo en invierno, hija de un jarl menor del sur. Sonreía mucho cuando había testigos y nada cuando no lo sabía. Haya había aprendido a no estar a solas con ella.
Bigdis había llegado a Bornholm con un hijo propio, un niño llamado Eskil, dos años menor que Jala, que la miraba siempre como si calculara el peso de su cabeza. Y desde el día en que Bigdis cruzó las puertas del salón, las historias sobre Roar empezaron a cambiar. Antes había sido el niño prometido, el hijo del charla aliado, el muchacho serio que Jala recordaba apenas, de cabello oscuro y ojos atentos, que la había mirado una sola vez desde el otro lado de un fuego ceremonial cuando ambos eran pequeños.
Después de Bigdis fue otra cosa. Es un berserker, dijo Bigdis una noche peinando el cabello de jala frente al fuego con una dulzura ensayada. mata sin razón. Sus propios hombres le temen. Dicen que mordió la garganta de un enemigo en la última campaña. Y Jala, que tenía 14 inviernos y nunca había visto el mundo más allá de los bosques de su clan, había sentido un escalofrío recorrer su columna.
Las historias se multiplicaron como cuervos sobre un campo de batalla. En el mercado las mujeres murmuraban que el berserker de Sigfast había arrasado tres aldeas sajonas sin dejar superviviente. Los guerreros que volvían de comerciar al sur traían rumores aún peor: que entraba en trance y no distinguía amigo de enemigo, que su padre Sigfast estaba viejo y cansado, y que cuando muriera Roar gobernaría con sangre.
Las criadas, mientras le cepillaban el pelo a jala cada mañana dejaban caer comentarios envenenados como gotas lentas. Pobre niña, qué destino. Dicen que ata a sus enemigos a árboles y les habla durante horas antes de matarlos. Dicen que en su salón los esclavos tienen prohibido mirarlo a los ojos. Dicen que su primera amante murió de miedo en su cama.
Ella escuchaba y guardaba silencio, pero por dentro algo se le iba apagando. Empezó a tener pesadillas. En las pesadillas, un hombre sin rostro entraba en su cuarto, se sentaba al borde del lecho y le decía a mi mujer con una voz que era todas las voces de los rumores juntas. Despertaba sudando, mordiéndose los puños.
Bigd acudía a calmarla y le acariciaba el pelo y le decía, “Pobrecita mía, lo siento tanto, ojalá pudiera salvarte de esto.” Y Jaya, que era inteligente, pero apenas era una niña, no veía que aquella compasión era la cuerda con la que estaban tejiéndole la orca. A los 17 inviernos era una mujer de cabello rubio cobrizo trenzado a la espalda, ojos verdes inquietos, hombros estrechos pero firmes, manos pequeñas pero callosas de manejar arco y uso.
Era hija de Harl, sí, pero también había crecido entre lobos. sabía cuándo huir. Y aquel invierno, mientras la nieve bloqueaba los caminos y los uscarles bebían más que de costumbre, Jala empezó a oír otra clase de rumor en su propia casa. Sus criadas hablaban de una sirvienta nueva que había llegado al ala oeste, una muchacha pelirroja a la que bigdis visitaba a horas extrañas.
Haya un día siguió a su madrastra por curiosidad y la vio entregarle a la pelirroja una bolsita de cuero a cambio de un frasco pequeño. La pelirroja desapareció del castillo dos días después. Ella intentó preguntar a las cocineras por ella y las cocineras bajaron la vista y dijeron, “No la conocemos, mi señora.
” Algo en aquel silencio se le quedó atravesado, pero no se lo contó a su padre. Su padre llevaba meses agotado, dormía mal, le dolía la cabeza por las tardes y Bigdis le preparaba todas las noches un té caliente con sus propias manos. “Mi señor trabaja demasiado”, decía con dulzura. Aya en aquel momento no quiso ver lo que estaba viendo.
Aquella primavera, Big Dis empezó a hablarle de la boda como si ya estuviera decidida. Faltan apenas tres lunas”, le dijo una mañana mientras desayunaban solas, porque su padre había salido a casar con suscarles. Sigfast envió un mensajero. “Tu prometido te espera.” Haya, dejó la cuchara sobre la mesa. Apenas había probado bocado. No me casaré con él.
Bigdis arqueó una ceja fingiendo sorpresa. Es la palabra de tu padre, niña. No puedes romperla. No es mi padre quien tendrá que dormir junto a un asesino”, respondió Jala y se sorprendió de la firmeza de su propia voz. Iré a verlo. Hablaré con él como mujer. Le pediré que libere a mi padre de la promesa.
Si es un hombre de honor, escuchará. Si no lo es, sabré que tenía razón en huir. Bigdis la miró largamente. Algo cruzó por sus ojos, demasiado rápido para que Jala pudiera nombrarlo, pero le quedó la sensación de haber visto el reflejo de un cuchillo bajo el agua. Entonces, ve, dijo Bigdis al fin con una sonrisa lenta. Ve y habla con él.
Es lo más sensato que he oído de tu boca en años. Pediré que te escolten. Solo dos guerreros, los más leales. Tu padre no tiene por qué enterarse hasta que vuelvas con buenas noticias. Aya aceptó. Le pareció generoso. No vio la trampa. Esa misma tarde, Bigdis le ayudó a preparar el equipaje con una solicitud casi maternal.
Le eligió la capa más oscura, le aconsejó el caballo más manso, le insistió en que no llevara joyas que pudieran provocar a los guerreros del enemigo. “Lleva poco oro, hija. No queremos que piensen que vas allí a presumir.” Haya obedeció en todo. Aquella noche escribió la nota para su padre. Le explicó que iba en paz, sin escolta de combate a hablar con Sigfast y con Roar como mujer libre.
Le pidió perdón por irse sin despedirse en persona, pero sabía que él se opondría si la veía partir. Le decía que volvería en una semana con la promesa rota o cumplida, pero en cualquiera de los dos casos, en sus propios términos. Selló la carta con el anillo de su madre y se la entregó a Bigdis para que se la diera a Ulf cuando volviera de la cacería.
La madrastra cogió el sobre con las dos manos como si fuera un objeto sagrado, y le besó la frente. “Tu padre va a estar orgulloso de ti”, le dijo. Quiso creerla. Tres mañanas después cabalgaba hacia el norte por un sendero forestal con los dos suscarles que Bigdis le había asignado. Hombres silenciosos que apenas la miraban a los ojos.
Había dejado la nota a su padre, explicando lo que iba a hacer y suplicándole comprensión. Bigdis había prometido entregársela. Aya cabalgaba erguida, tratando de no temblar. La capa de viaje le pesaba sobre los hombros como una mortaja. En su mente repasaba lo que diría. Imaginaba al monstruo croar, alto y barbudo, con sangre seca bajo las uñas, riéndose de su petición.
Imaginaba que la rechazaba con desprecio. Imaginaba que aceptaba con frialdad. Contento de no tener que cargar con una esposa que no lo deseaba. Cualquier cosa, todo era mejor que despertar cada mañana al lado de un hombre, cuyo nombre, sus súbditos pronunciaban temblando. Las primeras horas de cabalgata fueron silenciosas.
Los carles iban delante y detrás sin dirigirle nunca la palabra. Cuando Jaya intentó hablar con el más joven, preguntándole por su familia, él respondió con monosílabos y desvió la mirada. Era barba roja, llevaba un anillo de plata. Haya no sabía aún que iba a tener que recordar esos detalles. Dos días de cabalgada los llevaron a las afueras del campamento de los Sigfast.
No era una aldea como Bornholm, era un asentamiento de guerra levantado en una colina sobre un fiordo profundo. Los uscarles se detuvieron a la vista de los centinelas. “Hasta aquí llegamos, mi señora”, dijo uno con voz extraña. Ella no entendió por qué. Los centinelas la dejaron pasar al saber su nombre.
Ella cruzó las puertas de troncos, sintiendo cada latido del corazón en la garganta. Y entonces, justo cuando entraba en el patio principal, escuchó algo que la hizo girarse. Un cuerno, no el cuerno de bienvenida de los Sigfast, otro cuerno más profundo, más conocido. El cuerno de guerra de su propio clan, el cuerno de Bornholm.
Ella giró sobre sí misma, el corazón en la boca. Desde la cresta del bosque que rodeaba el campamento, una columna de jinetes descendía a galope tendido. Los estandartes del oso negro de Bornholm ondeando contra el cielo gris del amanecer. Eran los suyos, eran los hombres de su padre. Pero no traían las banderas blancas de mensajero. Traían escudos al frente y hachas alzadas.
Por un instante, su mente se negó a entender. Pensó que su padre había venido a buscarla, a impedir su petición, a defender el honor del compromiso. Pero entonces vio a Eskil al frente de la columna. Eskil, el hijo de Bigdis, montado sobre un caballo demasiado grande para él, con el rostro contraído en una mueca que no era miedo, sino furia entrenada.
Eskil, que apenas había cumplido 15 inviernos. Eskil, que no debería estar comandando guerreros. Y supo, lo supo de golpe, como cuando el hielo se rompe bajo los pies y el frío del agua te arranca el aliento. Era una trampa. Bigdis la había enviado al campamento del clan rival para que los Bornholm atacaran mientras ella estaba dentro, para que los Sigfast pensaran que era una traición de su padre y mataran a la prometida en represalia, o para que los Bnholm la mataran por accidente en el ataque y luego pudieran culpar a los Sigfas del
crimen. De cualquier modo, Hala moría y Bigsis quedaba como única hija de Charles Bnholm con su propio hijo Eskil como heredero. La nota que había dejado a su padre nunca había salido del castillo. Probablemente Bigdis la había quemado en el mismo fuego donde había cocinado el último té envenenado. La cabeza le daba vueltas.
sintió que las piernas se le aflojaban como las de un cordero recién parido. “¡A las puertas!”, gritó alguien detrás de ella. Los guerreros de Sigfast corrían ya hacia las empalizadas. Alla se quedó paralizada en medio del patio, la falda de viaje pegada a las piernas temblorosas. No tenía arma, no tenía a nadie.
No tenía ni siquiera la voz para gritar quién era. Una flecha pasó silvando junto a su hombro y se clavó en el barro a tres pasos. Ella miró la flecha y por algún motivo, lo único que pudo pensar fue que la madera del astil estaba teñida del rojo oscuro que su padre prefería. Sus propios hombres le estaban disparando sin saberlo y entonces alguien la agarró del brazo.
Fue un agarre brutal. Casi le arrancó el hueso del hombro. Aya giró la cabeza preparada para morder, para arañar, para luchar como un animal acorralado, y se encontró mirando los ojos más extraños que había visto en su vida. eran de un gris azulado, fríos como acero recién forjado, pero detrás de la frialdad había algo más, algo despierto, algo que la estaba evaluando en una fracción de segundo y decidiendo qué hacer con ella.
El hombre era alto, mucho más alto que ella, con el pelo negro recogido a medias y una barba corta. Tenía una cicatriz vieja que le cruzaba la ceja izquierda. Llevaba una cota de cuero endurecido, no la armadura completa de un jefe, sino la ropa rápida de alguien que se había vestido en 30 latidos. En la mano derecha sostenía un hacha de combate manchada todavía con el aceite del afilado de la mañana.
“Tú no deberías estar aquí”, gruñó él. Haya tragó saliva y supo con una certeza absurda en medio del caos que estaba mirando al Berserker, a Roar, al monstruo. “Soy Jala Ulfs Dottir”, dijo, “y odió que la voz le saliera tan pequeña. Vine a hablar contigo.” Roar la miró durante un instante interminable, mientras detrás de ellos las primeras flechas de los Bornholm caían sobre el patio y un grito desgarraba el aire.
“¡Lo sé”, dijo él. Te reconocí en cuanto cruzaste las puertas y a ella le pareció imposible porque solo se habían visto una vez de niños junto a un fuego. Aquel niño serio que la había mirado sin sonreír. Aquel niño que ya entonces parecía estar viendo a la mujer que ella algún día sería.
Ven dijo Jooar tirando de su brazo. Ahora ella se resistió por puro instinto. ¿A dónde? a salvarte la vida, mujer, porque alguien quiere que mueras hoy y no voy a darle el gusto. Aya no tuvo tiempo de pensar. Una flecha pasó zumbando junto a su oreja y se clavó en una columna de madera a sus espaldas con un golpe seco. Roar la empujó al suelo, se cubrió encima de ella con su propio cuerpo y le ladró al oído una sola palabra, corre.
Y ella corrió. Mientras corría agachada, esquivando hachas y cuerpos, Jaya pensaba una sola cosa. El hombre que la cubría con su propio cuerpo de las flechas de su propio clan no podía ser el monstruo que le habían contado. Algo en la historia de su vida acababa de torcerse para siempre. Y era ahora cuando ella tenía que entender hacia dónde.
Lo siguiente fue una pesadilla en relámpagos. Haya recordaría aquella huida durante el resto de su vida en fragmentos rotos como vidrios de un espejo aplastado. Recordaría a Hroar guiándola entre los edificios de madera, su mano apretada en el codo de ella con la fuerza justa para no fracturarle el hueso, pero suficiente para que no pudiera detenerse aunque quisiera.
recordaría el humo, porque alguien había prendido fuego a las cuadras del extremo oeste y una columna negra y espesa se elevaba contra el cielo. Recordaría los gritos, los aullidos de Berserker, las hachas chocando, el llanto de un niño en alguna parte. Recordaría el momento en que un guerrero de Bornholm, uno de los uscarles que la habían escoltado, salió de detrás de un cobertizo con la espada en alto apuntando al pecho de Jala, y recordaría a Jroar interponiéndose tan rápido que pareció que el tiempo se rompía. La hoja de luz carle rebotó
contra el hacha de Roar. El segundo movimiento del Berserker fue tan limpio que Jala apenas lo vio. Elcarle cayó al suelo con la garganta abierta y los ojos fijos en el cielo. Roar no se detuvo a comprobar la muerte. Tiró de jala y la siguió arrastrando. No era el monstruo que le habían descrito. No mordía gargantas. No reía.
mataba con la economía de quien ha matado mucho y ya no encuentra placer ni gloria en el acto, solo necesidad. Salieron por una puerta trasera del campamento que Jala ni siquiera había visto al entrar. Una puerta de servicio quedaba al bosque por la parte trasera de la colina. Detrás de ellos, el campamento de Sigfast ardía y resistía a la vez.
Haya quería volverse preguntar qué pasaba con el padre de Roar. con sus hombres, con el clan al que ella había venido a renunciar. Pero Jroar no le permitía detenerse. La metió a empujones por un sendero estrecho que descendía entre los abetos. Cabalga”, dijo en cierto momento. Y solo entonces ella se dio cuenta de que había un caballo esperándolos al pie de la pendiente, atado a un árbol cargado con un fardo que parecía preparado desde antes.
Como si Roar lo hubiera dejado allí por la mañana, como si supiera, lo miró con sospecha repentina. “¿Sabías que esto iba a pasar?” Roar le sostuvo la mirada con una mezzla de cansancio y dureza que la incomodó más de lo que esperaba. No dijo, “Pero llevo años esperando que algo así pase. Mi padre tiene enemigos. Yo también los tengo.
Cabalgos siempre con bolsa de fuga preparada. Tu padre debería enseñar a hacer lo mismo a sus hijas.” Y entonces, con un rastro de algo que no era exactamente burla, pero tampoco amabilidad, añadió, sobre todo si las envía solas al campamento de un berserker. Ha sintió que la sangre le subía a las mejillas, una mezcla absurda de vergüenza y rabia en medio del horror.
No vine sola, vine con dos suscarles. ¿Dónde están? Aya abrió la boca para responder y entonces lo supo. Uno había muerto a manos de Croar dentro del campamento. El otro probablemente había desaparecido en el caos para dar el aviso a Bigdis de que la trampa se había cerrado. La habían dejado sola a propósito.
Roar se subió al caballo de un salto y le tendió la mano. Súbete. Aya dudó un segundo. mirar al hombre que durante años le habían pintado como un demonio. Ahora con su propia mano abierta hacia ella, mientras detrás ardía un campamento entero, era más de lo que su mente podía procesar. Pero subió. Cabalgaron toda la mañana sin hablar, internándose en un bosque cada vez más espeso.

Aya iba sentada delante, los brazos rígidos contra el cuello del caballo, sintiendo el calor del cuerpo de Jooar contra su espalda y sin saber si ese calor la asustaba o la sostenía. Hacia el mediodía, dejaron el caballo atado a un saliente rocoso y siguieron a pie, escalando una pendiente que olía a musgo húmedo y resina.
Roar se movía como si conociera cada raíz, cada piedra. Llegaron a una cabaña al atardecer. Estaba escondida tras una cascada en una grieta de la montaña que solo se veía cuando ya estabas encima. pequeña, baja, de troncos ennegrecidos por el humo de muchos inviernos. Roar abrió la puerta con un empujón del hombro.
Aquí estaremos seguros, dijo, una semana, quizá dos, hasta que entiendas qué fue lo que pasó hoy. Aya cruzó el umbral y al hacerlo le falló una rodilla. Roar la sostuvo del codo y por primera vez ella miró su rostro de cerca, sin humo, sin gritos, sin flechas, y vio que sus ojos no eran fríos, eran solo cuidadosos. La primera noche en la cabaña, Jala no durmió.
Roar había encendido un pequeño fuego en el hogar de piedra del centro y había puesto a calentar agua en un caldero de hierro. Después había salido a comprobar el perímetro y había vuelto con una liebre desollada que asó sobre las brasas con manos rápidas y precisas. Mientras la carne crujía, ella lo observaba en silencio desde el rincón donde se había sentado.
Trataba de cuadrar al hombre que veía con todo lo que le habían dicho. No conseguía hacerlo encajar. Cuando él le tendió un pedazo de carne con la punta del cuchillo, Jala negó con la cabeza. Roar suspiró. Si quieres morir de hambre por orgullo, allá tú. Pero si te traje hasta aquí, no fue para que te me apagaras como una vela. Come.
Ella cogió el pedazo. La carne le supo a humo y a sal y al hambre que ella ni siquiera había sentido hasta tenerla en la boca. Comió rápido, con vergüenza. Roar se sentó al otro lado del fuego, las piernas cruzadas, se quedó mirando las llamas. Tenía una belleza dura, descubrió ella.
Entonces no era guapo en el sentido en que lo eran los muchachos del mercado de Bornholm, esos jóvenes guerreros de sonrisas fáciles que las criadas perseguían por los rincones. Era guapo de otra manera. Era guapo como una espada bien forjada, como un acantilado al amanecer, como las cosas que cuesta mirar mucho rato porque te queman algo por dentro.
Aya apartó la vista. ¿Por qué me salvaste? Preguntó al fuego. Roar tardó en responder, porque eras mi prometida desde que tenía 10 inviernos dijo al fin. Y aunque tú vinieras a romper esa promesa, mi Padre me crió para honrar mi palabra. Hasta que tú la rompieras, yo seguiría siendo el hombre que prometió cuidarte. Aya levantó la vista hacia él.
Y ahora, ahora la has roto, dijo Jroar mirándola directamente. Por eso es importante, si te llevo de vuelta y mueres, no tendré culpa según las leyes, pero la tendría según mi corazón y mi corazón ya carga con bastantes muertes. Algo en la forma en que dijo aquellas palabras, le quitó el aliento.
No fue ternura, fue una honestidad cruda, como si Jroar no supiera mentir o como si hubiera renunciado hace tiempo a la molestia de hacerlo. Haya se quedó mirándolo y por primera vez en años recordó al niño del fuego ceremonial. Ese niño la había mirado igual, sin pedir nada, sin sonreír, solo mirándola como si tomara nota de quién era ella.
Cuéntame”, dijo Jala, “¿Qué pasó hoy? ¿Quién atacó?” ¿Por qué? Roar le contó lo que había podido reconstruir en el camino, que los guerreros de Bornholm habían aprovechado la llegada de ella para entrar al campamento como falsa escolta y luego desplegarse al ataque, que su padre Sigfast había logrado replegarse a la torre central con la mayoría de los suyos y que probablemente seguirían luchando.
Él, Joar, había salido del salón y la había visto en el patio justo antes del primer cuerno, que entonces lo había entendido todo. Ella escuchó cuando Croar terminó, ella habló de Bigdis, de las historias que la madrastra le había metido en la cabeza durante años, todas pintándolo a él como un monstruo. de como Bigdis había sido la única que apoyó la idea de cabalgar al campamento enemigo a pedir la ruptura del compromiso de cómo le había proporcionado los uscarles.
Roar no la interrumpió. Cuando ella terminó, él se quedó mirando el fuego mucho rato. “Tu madrastra”, dijo al fin, “te quería muerta hoy de varias maneras posibles. Que mi padre te ejecutara por la traición de tu clan. Que una flecha te alcanzara en el caos. Que yo mismo te matara al verte como cebo.
Cualquiera de las tres le servía. Ella sintió una náusea fría. Mi padre. Roar levantó los ojos hacia ella. Tu padre o no sabe nada o ya está muerto, dijo con esa misma honestidad, sin maquillaje. Aya, si Bigdis te quiere a ti fuera, también lo quiere a él. Aya apretó los puños sobre las rodillas para que no le temblaran. Tengo que volver. Tengo que avisarle.
No esta noche, dijo Jroar, esta noche estás temblando como una hoja. Mañana hablaremos de qué hacemos. Por ahora come, descansa. Esta cabaña la conoce solo mi familia y dos hombres de mi confianza. Nadie nos encontrará. Aya quiso protestar, quiso levantarse, quiso cabalgar de vuelta esa misma noche.
Pero Jroar se inclinó hacia delante por encima del fuego, lo justo para que ella pudiera ver el reflejo de las llamas en sus ojos grises azulados. y bajó la voz. Si te mueves de aquí, mueres. Y si tú mueres, yo mato a tu madrastra de una manera que harán canciones durante 200 años, pero prefiero no tener que cantar esa canción. Aya se quedó muy quieta.
Sintió que algo se removía dentro de ella, algo desconocido y peligroso. No era miedo, era otra cosa. Roar se reclinó hacia atrás, satisfecho con su silencio. “Duerme”, dijo. Y entonces, casi sin querer, ella sonrió por primera vez en aquel día sangriento. Una sonrisa torcida, agotada, casi furiosa. Si me dijeron que eras un monstruo, dijo, “debería haber preguntado quién lo decía.
Los días siguientes fueron extraños”. Haya se despertó al amanecer del segundo día con el sonido del hacha. Salió de la cabaña envuelta en una manta, pisando descalza el barro frío de la grieta de la montaña, y vio a Jooar partiendo leña a unos pasos de distancia. Se había quitado la cota y trabajaba en camisa de lino, las mangas remangadas hasta los codos.
Ella se quedó parada mirándolo más tiempo del que quería. Sus brazos eran un mapa de cicatrices viejas blancas y plateadas contra la piel dorada por el sol. Cada cicatriz era una historia que ella desconocía. Cada movimiento del hacha era seco, sin alarde. Cuando Juar la vio, paró. Has dormido algo mintió ella. Ven.
Le tendió el hacha. Haya parpadeó. ¿Qué? Te voy a enseñar a partir leña. Yo no sé. Sí, dijo él. Sé que no sabes, por eso te voy a enseñar. Estamos aquí una semana al menos. Vas a hacerte útil. Ella se acercó y cogió el hacha. Pesaba más de lo que esperaba. Roar la corrigió la postura sin tocarla casi, indicándole con la voz dónde debía poner los pies, cómo debía bajar el hombro, cómo debía dejar caer el peso del hacha en lugar de empujarlo.
Falló los tres primeros golpes. Al cuarto el tronco se partió limpiamente. Ella levantó la mirada hacia él, sorprendida de su propia satisfacción. Roar estaba sonriendo. Era una sonrisa pequeña, apenas un movimiento de la comisura, pero le transformaba la cara. Le quitaba 10 años. Eso fue el principio. Durante los días siguientes, Roar le enseñó cosas.
Cómo distinguir las huellas de un lobo de las de un perro grande. Cómo rastrear hacia atrás para borrar las propias pisadas. Cómo lanzar un cuchillo corto a tres pasos. y no fallar el blanco más que una vez de cada cinco. Cómo escuchar el bosque, no solo oírlo. Le enseñó a poner trampas para liebres con tres ramas y un hilo de cáñamo.
Le enseñó a leer las nubes desde el este y saber si la lluvia llegaría al mediodía o al anochecer. Le enseñó dónde se escondían las setas comestibles bajo los abetos y cuáles casi idénticas mataban en menos de una hora. Le enseñó a amarrar un nudo que no se aflojaba con el tirón, pero se deshacía con una pulsada lateral. Haya aprendía rápido.
A los dos días podía atravesar un claro sin que crujiera una sola rama bajo sus pies. A los tres días había acertado un cuchillo en el centro de un tablón a cinco pasos. Roar la miraba aprender con una expresión que ella no le sabía leer todavía. Una mezcla de orgullo y de algo más cuidadoso, casi triste, como quien observa florecer algo que sabe que no va a poder llevarse a casa.
Pero sobre todo le enseñó otra cosa. Le enseñó a leer a los hombres. Estábamos ya el cuarto día sentados junto al fuego después de cenar, cuando Roar dijo, “Dime cómo era el uscarle de la izquierda. El que cabalgó delante de ti haya pensó. Tenía barba roja. Llevaba un anillo de plata en la mano izquierda, te miraba a los ojos. Aya parpadeó. No.
¿Cuándo le hablaste alguna vez de algo personal? Miraba al suelo o al horizonte. Al suelo. Roar asintió. Mentía. Un hombre que mira al suelo cuando le hablas de algo importante miente. No siempre. A veces solo siente vergüenza. Pero si encima cierra el puño bajo la mesa y aprieta la mandíbula al escucharte, está calculando.
Está midiendo cuánto sabes. Ella lo miró largamente. ¿Y tú dónde miras cuando me hablas? Roar le sostuvo la mirada un instante demasiado largo. A ti, dijo, solo a ti. A apartó los ojos. El fuego le pareció de pronto más caliente de lo que era. Esa noche en el camro no podía dormir. Roar dormía en el suelo junto al fuego sobre una piel de oso que había sacado de un baúl.
Lo había hecho desde la primera noche. Nunca se había acercado al camastro. estrecho donde dormía ella ni una sola vez. Pero Jala pensaba en eso mientras escuchaba su respiración pausada. Pensaba en sus brazos, pensaba en las cicatrices, pensaba en cómo cuando él la corrigió la postura del hacha esa mañana, le había rozado apenas la muñeca con dos dedos y ella había sentido aquel roce horas después como una marca invisible.
“¿Qué te pasa, jala?”, se preguntó en silencio. Hace 4 días pensabas que era un monstruo. Hoy te quita el sueño, pero ya sabía la respuesta. Lo sabía desde el segundo día, cuando lo vio reírse por algo que dijo ella sobre los uscarles del sur, una broma tonta, y él soltó una carcajada corta que le sacudió los hombros.
Lo sabía desde el momento en que él, sin pedir permiso, le había puesto su capa sobre los hombros, porque ella temblaba de frío junto a la cascada. Lo sabía desde que lo escuchó hablar en sueños una de las noches, una palabra rota, casi un gemido, y se descubrió a sí misma, incorporada en el camro, mirando hacia él en la oscuridad, queriendo saber con quién soñaba.
Lo sabía desde el quinto día. Cuando él volvió de cazar con un conejo entre las manos y sin previo aviso le tendió a ella la primera porción asada antes incluso de servirse a sí mismo, en un gesto tan pequeño y tan natural que le dolió en el pecho. Ella se mordió el labio en la oscuridad. Estaba en la cabaña de un berserker escondiéndose de su madrastra asesina con su clan probablemente en guerra contra el clan del hombre que dormía a sus pies.
Y lo único en lo que podía pensar era en cómo sería su voz si la dijera el nombre. Al sexto día algo cambió. Roar volvía de revisar las trampas que había puesto en el bosque cuando una tormenta los pilló a medio camino de la cabaña. No era una tormenta normal del fiordo, era de las que rompen ramas y hacen rugir el cielo.
Llegaron empapados, riéndose como críos a pesar del frío. Ella con el pelo escurriendo agua sobre la espalda y él sacudiéndose como un perro mojado. La risa los pilló a los dos por sorpresa. No se acordaba de cuándo había sido la última vez que había soltado una carcajada así, sin medir, sin temer que sonara mal en oídos extraños.
Roar tampoco. Cuando dejaron de reírse, hubo un silencio incómodo que no era exactamente silencio. Era algo más espeso, como si el aire entre ellos se hubiera vuelto más denso. Dentro de la cabaña, Jal se quitó la capa y se quedó solo con el vestido pegado al cuerpo, transparente de tan mojado.
Roar, que estaba avivando el fuego, levantó la vista y la apartó de inmediato. No, no, de inmediato. Una fracción de segundo más tarde de lo necesario. Haya lo notó. Y notó como la mandíbula de él se tensaba y notó que él se levantaba y le daba la espalda para una manta del baúl y se la tendía sin mirarla. “Sécate”, dijo con voz más ronca de lo normal.
Yo iré a por leña, pero está lloviendo dijo ella. Lo sé. Salió. Ella se quedó parada, la manta en las manos, el corazón golpeándole en las costillas. Se quitó el vestido empapado, lo colgó frente al fuego para que se secara. Se envolvió en la manta una manta de lana espesa que olía a humo y a algo más a él, al lado del lecho donde él dormía.
Se sentó junto al fuego con las piernas recogidas. Sintió una ternura por sí misma que llevaba años sin sentir. Roar tardó en volver casi una hora. Cuando volvió, también él chorreaba agua y traía solo dos troncos de leña que claramente había tardado 10 minutos en cortar. La hora restante había estado bajo la lluvia. Por ella, para no estar en la misma cabaña que ella mientras se cambiaba.
Ja, que tenía 17 inviernos, pero no era tonta, sintió que algo le cedía dentro del pecho. Se quedó mirándolo dejar los troncos junto al fuego. Tenía el pelo pegado a la frente. Le caían gotas de agua por el cuello. La camisa de lino se le pegaba a los hombros. Estaba temblando ligeramente, no de frío, sino del esfuerzo de contenerse.
“Roar”, dijo. Él dejó los troncos junto al fuego sin mirarla. “¿Qué? Ven a sentarte.” Se sentó, pero al otro lado del fuego, no junto a ella. Aya apretó la manta contra el pecho. “¿Por qué te alejas?” Roar tardó tanto en contestar que Jala pensó que no iba a hacerlo. Cuando habló, no la miró a los ojos, habló al fuego.
Tienes 17 inviernos dijo, “estás conmigo porque no tienes otro lugar al que ir. Cualquier cosa que pase entre nosotros aquí, cualquier cosa pesaría sobre ti como una piedra el resto de tu vida. Y yo no quiero ser una piedra para ti, jala. Tengo demasiadas piedras encima ya. Ella sintió que se le llenaban los ojos de algo caliente que no quería derramar.
Y si yo decidiera por mí misma. Roar la miró entonces y por primera vez ella vio que la frialdad de aquellos ojos era una máscara pintada con mucho cuidado y que detrás de la máscara había un hombre cansado, herido en sitios que no se ven, y deseando algo con tanta intensidad, que se obligaba a sí mismo a no extender la mano.
Si decidieras por ti misma”, dijo Jar en voz muy baja, “tendrías que mirarme a los ojos y decirme que sabes lo que estás haciendo.” Ha se levantó, la manta resbaló un poco de su hombro y la sostuvo con una mano. Cruzó hasta el otro lado del fuego, descalza, cada paso un latido. Se arrodilló frente a él, lo miró a los ojos. Sé lo que estoy haciendo dijo Roar.
Se quedó muy quieto. Allá esto. No te miré, dijo ella durante 10 años pensándote un monstruo porque alguien quería que lo hiciera. Llevo seis días viéndote. Llevo seis días entendiendo que la única cosa monstruosa de toda esta historia es la mujer que me crió con mentiras. Y sé lo que estoy haciendo.
Roar levantó la mano y le tocó la mejilla. Apenas la rozó como si tuviera miedo de romperla. Haya cerró los ojos. Cuando él se inclinó y le rozó labios con los suyos. No fue un beso ávido, fue un beso de quien pide permiso. Aya le devolvió el beso con la respuesta. Sintió el sabor de la lluvia en sus labios y el calor del aliento de él.
Y por un momento todo el mundo se redujo a esa boca y al fuego que crepitaba a su izquierda. Se separaron solo un momento. Jogar le apoyó la frente en la suya. Respiraba como quien acaba de correr. No vamos más allá esta noche, dijo en un susurro. No quiero que nada de lo que pase entre tú y yo sea producto del miedo. Cuando volvamos al mundo, si me sigues mirando así, hablaremos. Hablaremos de todo.
Aya asintió contra su frente y entonces, sin separarse del todo, le rozó labios una segunda vez, suave, como sellando una promesa. Esa noche durmió en sus brazos, vestida ya con una camisa seca, envuelta en la manta y en él. Era el sexto día. No imaginaba que el séptimo todo iba a romperse de nuevo.
La mañana del séptimo día, Jroar la despertó con una mano sobre el hombro. Jaya, tenemos que irnos. Jaya abrió los ojos a la luz gris del amanecer. ¿Qué pasa? Llegó un mensajero a la entrada del bosque. Uno de los míos. Sigfast resistió. Mi padre está vivo, pero las cosas en Bornholm están feas. Haya se incorporó de golpe. Mi padre Roar dudó y aquella duda fue peor que cualquier respuesta.
No sé, dijo al fin, pero necesito que vengamos. Vayamos a verlo. Si está vivo, hay que avisarle. Si no lo está, hay que saberlo. Cabalgaron toda esa mañana. Ella iba en silencio. La euforia tibia de la noche anterior se había convertido en un nudo en la garganta. Pensaba en su padre. Pensaba en Bigdis sonriendo mientras le acariciaba el pelo.
Pensaba en Skill al frente de los jinetes. Pensaba en lo que habría pasado en Bornholm en su ausencia. Roar cabalgaba detrás de ella en otro caballo que el mensajero le había traído atento a los flancos. No le dijo nada durante horas. Solo de vez en cuando, cuando la veía encorvarse demasiado, alargaba la mano y le tocaba la espalda con dos dedos.
para recordarle que estaba ahí. Hacia el mediodía, al borde de una ondonada, escucharon voces. Roar levantó la mano y los dos caballos se detuvieron. Voces de hombres, cuatro o cinco, hablando bajo, como si descansaran. Jaya iba a continuar, pero Jroar la sostuvo del brazo y le hizo un gesto. Desmontaron, ataron los caballos a un árbol lejos del camino y se acercaron a pie, agachados entre los elechos.
Eran cinco guerreros sentados alrededor de un pequeño fuego en un claro. Llevaban los colores de Bjornholm, pero no del oso negro de su padre. Llevaban un brazalete blanco en el brazo izquierdo, la marca que Bigdis había impuesto a sus seguidores en el último año, ese detalle que Jala había desestimado como una moda absurda de la madrastra y que ahora entendía como lo que siempre había sido.
Una marca de bando. Allla se pegó al suelo con el corazón en los oídos. Las voces se entendían bien. Se reía uno de los guerreros, el más viejo. Pues ya está hecho. El Harl Wolf no llegó al amanecer. La fiebre, dijeron, pero todos en el salón sabíamos que era el veneno de Vigdis, otra voz más joven. Y la perra de la hija. Otro se rió.
Esa cayó en la trampa hace 6 días. O la mataron los Sigfast por traición. O murió en el ataque o se la quedaron como esclava. Cualquier cosa no sirve, ya no vuelve. Bigdis subió al trono de Bornholm. La misma noche. Eskil proclamado heredero. Brindaron toda la madrugada. Ella sintió que el bosque entero se desplomaba sobre ella.
Su padre muerto, muerto envenenado por la mujer que él había metido en su cama. muerto sin saber que la nota que ella había dejado nunca le había llegado. Muerto pensando quizás que su hija lo había abandonado. Haya se mordió el dorso de la mano para no gritar. Sintió el sabor metálico de su propia sangre. Roar a su lado se había quedado muy quieto. La estaba mirando.
No le decía nada. Solo la miraba esperando que ella decidiera qué hacía con el dolor que se le acababa de meter en el pecho como un cuchillo helado. Haya lo entendió en ese instante. Entendió que no la iba a consolar con palabras vacías. No la iba a abrazar y prometerle que todo se arreglaría. No iba a llorar con ella.
La estaba esperando, esperando ver si Jala Ulfs Dotir era una mujer que se rompía o una mujer que se afilaba y Jala decidió afilarse. Se tragó las lágrimas, se las tragó enteras, sintiendo cómo le ardían el pecho hacia abajo. Levantó la cabeza despacio y miró a Roar a los ojos. “Roar”, susurró. Él esperó. “Llévame a tu campamento”, dijo Jala.
A donde esté tu padre, Sigfast, quiero hablar con él. Quiero hablar con el anciano de tu clan. Roar la miró sin parpadear. ¿Para qué? Ella sintió que la voz le temblaba, pero le salió firme. Para que me cases con él, dijo. Cásate conmigo. No por la promesa de nuestros padres, no por política, por mí. Porque te elijo yo, y porque cuando recupere Biorholm, quiero recuperarlo a tu lado, con tus hombres, con tu nombre, con tu hacha al lado de la mía.
Jroar tardó un largo segundo en responder y entonces sonríó. Una sonrisa lenta, peligrosa, llena de algo que parecía orgullo y dolor a la vez. Vámonos dijo. Tenemos un anciano que despertar. Cabalgaron al campamento de Sigfast antes de que cayera la noche. Aya iba erguida en la silla. Algo se le había roto dentro al saberlo de su padre.
Pero algo nuevo había nacido en el mismo lugar, algo más duro, algo que no se inclinaba. Cuando entraron en el asentamiento, los guerreros de Sigfast los miraron en silencio. Algunos llevaban vendajes recientes del ataque. Algunos miraban a Haya con frialdad, recordando que su clan los había golpeado seis días atrás. Roar levantó la mano y habló al primero de suscarles.
Llamen a mi padre al gran salón. Llamen al anciano Biarqui. Llamen a los testigos. va a ser mi esposa antes de que se ponga el sol mañana. Hubo un silencio espeso y luego un murmullo. Sigfast salió a recibirlos a las puertas del salón principal. Era un hombre de unos 50 inviernos con el pelo gris recogido en una trenza y un parche sobre el ojo izquierdo.
Recuerdo de una vieja batalla. Tenía la misma mandíbula de Roar. Los miró a ambos con una atención que se le clavó a jala en la piel. “Mi hijo”, dijo Sigfast, “su hija de Ulf.” “Padre”, dijo Jroar. Ja quiere honrar la promesa que hicieron tú y su padre cuando éramos niños. La quiere honrar como mujer libre, no como prenda.
¿Tienes objeción? Sigfast tardó en responder. Sus hombres mataron a 12 de los míos hace 6 días, dijo al fin. Padre, no fueron sus hombres, dijo Jala dando un paso al frente. Yo soy hija de Ulf. Sí, pero los hombres que atacaron tu campamento llevaban el brazalete blanco de Bigdis. Mi madrastra, la misma que mató a mi padre con veneno la noche siguiente al ataque, no actuaban en mi nombre, actuaban contra mí, igual que actuaron contra ti.
Sigfast la escuchó con el ojo único entrecerrado. Eso lo sabes con seguridad. Sí, dijo Jala. Lo sé y he venido a pedirte dos cosas. Primero, que des tu bendición a este matrimonio. Segundo, que cuando esté hecho, marchemos juntos sobre Bornholm a recuperar lo que me pertenece, no por venganza, sino por justicia.
Porque en ese trono hay una mujer que envenenó a su esposo y vendió a su hijastra. Sigfast la miró largamente. Roar, a su lado no dijo nada. Haya aguantó la mirada del Yarl sin pestañear. Eres la viva imagen de tu madre, dijo Sigfast al fin en voz más baja. Conocía a Asdis. Era una mujer fuerte. Ella sintió que algo le aflojaba el pecho.
Sigfast giró hacia Roar. ¿Tú la quieres? Roar miró a Jala durante un instante eterno. Luego volvió la cabeza hacia su padre. Sí. Sigfast asintió una vez lentamente. Que se llame al anciano Biarky. Dijo, “Habrá boda al amanecer.” Aquella noche Jala no durmió. Estaba en una habitación que le habían preparado en el ala oeste del salón principal.
Le habían traído una bañera con agua tibia y aceites. Una mujer callada le había trenzado el pelo con flores blancas de invierno. Le habían dejado un vestido de lana azul oscura con bordados rojos en los puños. Aya, sentada sobre el lecho con el vestido sobre las rodillas lloraba bajo sin ruido.
Lloraba por su padre, lloraba por la niña que había sido la que se sentaba en sus rodillas y aprendía el nombre Roar. Lloraba por la mujer que iba a ser al amanecer, pero cuando se secó la cara y se levantó al primer rayo de luz, no tenía dudas. El anciano Biarqui las casó al amanecer en una explanada al borde del fiordo.
Era un viejo de barba blanca hasta la cintura, ciego de un ojo, con la voz ronca de quien ha cantado mil bodas y mil entierros. Hizo el círculo de hierbas alrededor de los dos. Les ató muñecas con una cuerda trenzada de tres colores. Les hizo beber del mismo cuerno hidromiel. Primero ella, luego él. recitó las palabras antiguas, las que pedían a Fick que bendijera la unión, las que pedían a Thor que la protegiera, las que pedían a Freija que la hiciera fecunda.
Aya escuchó cada palabra con los ojos abiertos. Cuando llegó el momento del juramento de los esposos, Roar habló primero. La voz le salió grave, sin titubeos. Te protegeré con mi cuerpo, Jala Ulfs Dotir, dijo, “Mientras tenga sangre en las venas, no caerá una piedra sobre ti que no haya caído antes sobre mí. Esto lo juro a los dioses.
Haya, habló segunda, tomó aire, y yo te juro, Jroar Sigfast Son, que no seré nunca el peso que arrastras. Lucharé a tu lado, aprenderé tu hacha. Te haré más fuerte cada día que pases conmigo. Esto lo juro a los dioses. Biar sonrió con su boca casi sin dientes y dijo las palabras finales: “Que ninguna sombra los separe, ni espada, ni traición, ni miedo.
” La cuerda se les desató sola al final, como dictaba la costumbre antigua. Aya yroar se miraron por encima del cuerno vacío y supieron que lo que se había sellado allí no se rompía con nada. Esa noche se retiraron a la cámara nupcial. Era una habitación pequeña en lo alto del salón principal de Sigfast, con una sola ventana que daba al fiordo y un lecho cubierto con pieles de oso y de zorro.
Jaya entró antes que él. se quedó parada en el centro de la habitación con las manos juntas, sintiendo el frío del suelo bajo los pies descalzos. La luna del exterior pintaba franjas plateadas por el suelo. Roar entró detrás, cerró la puerta, la trabó con la barra interior y se quedó parado a unos pasos de ella, mirándola sin acercarse.
“Jaya”, dijo en voz baja, “no por qué hacer nada esta noche si no quieres. Las costumbres dicen que debemos consumar para que la unión sea legítima, pero las costumbres son humanas. Yo puedo dormir en el suelo y nadie tiene que saberlo. Aya giró la cabeza y lo miró. La luz de la luna le caía sobre la mitad del rostro y le iluminaba los ojos grises azulados.
Esos ojos que hacía 7 días le habían parecido los de un asesino y que ahora reconocía como los de un hombre que la había estado cuidando paso a paso. Roar, dijo Jala. Sí. Quiero, dijo ella, quiero ahora. Quiero antes de que el dolor por mi padre vuelva a meterse en mí. Quiero algo bueno hoy y te quiero a ti. Roar cruzó la habitación en tres pasos y la tomó de la cara con las dos manos.
Esta vez el beso no fue una pregunta, fue una respuesta. Mis queridos oyentes, lo que sucedió aquella noche entre Haya y Jroar fue uno de los momentos más intensos y hermosos de toda esta historia, pero por las políticas de esta plataforma, esa escena no puede ser narrada aquí en su versión completa.
Si quieres escuchar la noche de bodas tal como ocurrió de verdad con todos los detalles que esta plataforma no me permite contar, te he dejado el enlace en el comentario fijado abajo del vídeo. Allí podrás acceder a la versión sin censura de esta escena. Ahora continuemos con la historia. Cuando los primeros rayos del amanecer entraron por la ventana de la cámara nupsial, Jala y Roar estaban entrelazados sobre las pieles, despiertos.
Los dos, mirando el techo de madera oscurecida por el humo de muchos inviernos. Allá tenía la cabeza apoyada sobre el pecho de él y escuchaba el latido firme de su corazón, como quien escucha el oleaje de un mar que ya no asusta. Lo le acariciaba el pelo con una lentitud que parecía no querer terminar nunca. “¿Estás bien?”, preguntó él, repitiendo la pregunta que le había hecho ya varias veces en aquella noche.
Aya sonrió contra su piel. No, dijo ella, no estoy mejor que bien, dijo. Estoy entera. Roar soltó una risa baja que ella sintió retumbar bajo la mejilla. Sí. Cuando bajemos a Bornholm va a ser duro. Lo sé. Tu madrastra no se va a rendir. No quiero que se rinda dijo Jala. Quiero verle la cara cuando entienda que falló.
Roar le besó la frente. Eres terrible, susurró con admiración. Soy tuya dijo Jala. Y eres mío, Berserker mío. Esa noche habían dormido entrelazados solo unas horas, las que les concedió el cuerpo después de tanto. Afuera, el fiordo respiraba lento bajo la luna que se retiraba. Adentro, dos huérfanos de promesas rotas se habían encontrado en el otro lado del miedo.
Cuando finalmente se levantaron, ya con la luz del día sobre las pieles, Jroar le ayudó a vestirse con la lentitud de quien no tiene prisa por dejar de tocar lo que toca. Le ató los cordones del vestido azul oscuro a la espalda, uno a uno, sin saltarse ninguno, mientras le besaba la nuca entre laada y laada. Allá, con los ojos cerrados, pensaba que aquella mañana, aquella manera tonta y dulce de ser vestida por un guerrero que normalmente solo sabía vestir cotas de cuero, valía más que cualquier ceremonia que hubieran podido inventarles los anteriores Harls.
Cuando él terminó, ella se giró y le sostuvo el rostro con las dos manos. Roar, dijo, “tenemos un clan que recuperar.” “Lo sé”, dijo él. Pero antes desayunamos y se rieron los dos agotados y enteros, como solo se ríe la gente que acaba de prometerse algo más profundo que cualquier juramento dicho ante testigos.
Tres semanas después marchaban sobre Bnholm. Haya cabalgaba al frente de la columna junto a Roar y a Sigfast, vestida con una cota de cuero ligera que Roar le había encargado a su herrero, con un hacha corta colgada del cinto y un cuchillo en cada bota. Detrás de ellos venían 300 guerreros, algunos de Sigfast, pero también muchos otros.
Haya había mandado mensajeros a los Harles vecinos, a los hombres de honor que habían sido amigos de su padre, a los granjeros y herreros, que en los últimos años habían visto como Bigdis envenenaba el clan con favoritismos y miedo. Casi todos respondieron. Algunos llegaron con sus hijos, algunos con sus mujeres armadas. Marchaban sin estandartes hasta el último valle antes de Bornholm.
Allí Jala pidió que se detuvieran. Quería entrar la primera. Lo discutieron toda una mañana. Roar no quería. Es trampa, decía. Si te ven sola, te disparan desde la torre. Aya no le contradecía con palabras, lo miraba con paciencia. Roar, si entro acompañada de un ejército, Bigdis se atrincherará y morirán muchos de los nuestros y muchos inocentes.
Si entro sola, ella tendrá que mostrarse, tendrá que decirme algo, tendrá que sentirse triunfante una última vez. Y mientras esté ocupada disfrutando de mi muerte aparente, tu padre rodea el salón por el norte. Roar apretó la mandíbula. Si te pone una mano encima, juro, no me la pondrá. Dijo Jaya. Le he aprendido a leer. Le veré las manos antes de que la suba.
Y al final accedió, porque entendió que ella no iba como cebo, iba como cuchillo. Aya cabalgó sola hasta las puertas de Bornholm, al alba del cuarto día. Las puertas estaban cerradas. Subió la voz. Soy Jala Ulfs Dotir, gritó, hija del Harl Wulf, he vuelto. Hubo movimiento en las almenas. Tras unos minutos, las puertas se abrieron.
Bigd salió a recibirla en el patio principal, vestida de rojo, una sonrisa fija en los labios. Detrás de ella, Eskil, ya con cota de guerrero, todavía con la cara de adolescente y un puñado de Uscarles con el brazalete blanco. Ya dijo Bigdis abriendo los brazos. Te dimos por muerta. Tu padre descanse en Valjala. Lo lloró antes de partir.

Haya bajó del caballo despacio, no se acercó a abrazarla. Se quedó a tres pasos mirando las manos de Bigdis. Bigdis seguía con los brazos abiertos. Ella notó como el dedo índice de la mano derecha se le tensaba contra el pulgar. Un tic apenas. Pero Jroar le había enseñado a verlo. Aya sonríó. Era una sonrisa que ella no se conocía hasta ese momento.
Mi padre dijo, “no descansa en Valjala. Los envenenados no entran, lo sabes tan bien como yo. La sonrisa de Bigdis vaciló por primera vez en 5 años y entonces sonó el cuerno, pero no el de Jaya. Sonó por el norte. Sonó el cuerno de Sigfast, rodeando el salón exactamente como habían planeado. Bigdis giró la cabeza y comprendió.
Su rostro se desencajó en una mueca fea. Eskil, sin embargo, fue más rápido. Sacó el cuchillo. Aya lo vio venir antes de que el chico levantara el brazo del todo. Se hizo a un lado, le agarró la muñeca con la izquierda, le hundió el codo en el pecho con la derecha y le dobló el brazo hacia atrás como Roar le había enseñado.
El cuchillo cayó al suelo. Skill se desplomó de rodillas. Haya no lo mató, le puso la rodilla sobre la espalda y miró a Bigdis. “Tu hijo se ha rendido”, dijo. “me lo voy a llevar al norte conmigo, lejos de ti, donde aprenda a ser un hombre y no un peón tuyo. Tú no vas a tener esa suerte.” Por la torre del norte irrumpieron los guerreros de Jroar.
Los uscarles del brazalete blanco se rindieron casi todos. Algunos lucharon. La pelea duró menos de lo que tarda en hervir un caldero. Bigdis fue rodeada en el centro del patio. Aya se acercó. Bigdis temblaba. Por primera vez la veía como lo que era. Una mujer pequeña de huesos finos, cuyo poder sido siempre el veneno susurrado, no el filo.
“Mátame rápido”, escupió Bigdis. “Ten ese honor al menos.” Aya se inclinó hacia ella. No, dijo en voz baja, no te voy a matar. Te voy a desterrar. Te van a llevar al sur, lejos de aquí, sin oro, sin nombre, sin clan. Vivirás de la caridad de quien quiera dártela. Y cada día que sigas viva, sabrás que la niña a la que envenenaste con palabras te perdonó la vida porque ya no merecía la suya.
Bigdis abrió la boca para insultarla y no le salió nada. Ella se enderezó. Roar había llegado al patio. Se acercó a ella manchado de sangre que no era suya. ¿Estás bien?, preguntó. Ella lo miró. Asintió. Roar le tomó la mano y la levantó sobre su cabeza. La jarla haya Ulfs Dotir gritó al patio. Borholm es suyo. Y los guerreros, los suyos y los de ella mezclados ya, levantaron las hachas y rugieron.
Los meses que siguieron fueron de reconstrucción. Ha yar gobernaron juntos los dos clanes sin disolver ninguno, vinculándolos por el matrimonio y por la palabra. Bonholm y los Sigfast dejaron de ser rivales. Las viejas heridas tardaron en cerrar, pero cerraron. Ha aprendió a juzgar disputas con la calma de quien había aprendido a leer mentiras a la luz de un fuego.
Y los granjeros decían que sus sentencias eran duras pero limpias. Roard dirigía las campañas de defensa y comerciaba con los clanes del este, abriendo rutas que Sigfast había dejado cerradas por desconfianza. Cuando volvían a casa al atardecer, cabalgaban juntos hasta la cabaña de la cascada que habían convertido en su refugio personal.
Allí, lejos de los salones y los uscarles, eran solo Jala y Jroar otra vez, la mujer que partía leña con torpeza al principio y ahora la partía limpia al primer golpe. El hombre que la corregía la postura del hacha tocándola apenas con dos dedos. Skill, contra lo que muchos esperaban, no fue un mal aprendizaje. Haya cumplió su palabra y se lo llevó al norte.
Lo crió con dureza, pero con justicia. Le dio responsabilidades pequeñas al principio, luego más grandes, y le observó sin decirle que lo observaba. El chico, lejos de la influencia de su madre, fue volviéndose otra cosa. A los 18 inviernos, Eskil pidió jurarle lealtad como buscarle. Lo aceptó con una sola condición, que renunciara para siempre al apellido de su madre. Eskil aceptó sin pestañear.
Lloró cuando hizo el juramento. Haya le puso la mano sobre la cabeza un instante y le dijo, “Hoy empieza tu nombre.” La primavera siguiente, Jaya descubrió que estaba en cinta. Roar lo supo antes que ella. Una mañana, al verla mareada junto a la mesa, dejó el cuerno de cerveza, se acercó y le puso la mano sobre el vientre. “Jaya”, dijo. “Jaya parpadeó.
” “¿Qué? ¿No te has dado cuenta? Se miraron y se rieron. Se rieron tanto que los uscarles del salón pensaron que se les habían vuelto locos. Los Harls tuvieron tres hijos en total, dos varones y una niña. La niña, la mayor, se llamó Asdis como la madre de Haya. El primer varón, Sigfast, como el abuelo. El segundo varón, Biarky, como el anciano que los había casado.
Crecieron en una casa donde se reía mucho, donde se discutía con honestidad, donde a las niñas se les daba el hacha y el uso por igual. Ella envejeció con el pelo rojo, cobre beteado de blanco. Roar perdió un ojo en una incursión sajona cuando los hijos eran pequeños. y ella le tejió un parche de cuero negro con hilo de plata.
La gente empezó a llamarlo Jaruerto. A él le gustó el nombre. Decía que ahora veía mejor que antes porque solo veía lo que importaba y lo que más le importaba lo tenía siempre cerca. De Bigdis se supo poco. Llegó al sur con vida, eso sí, pero los relatos de los mercaderes que pasaban dos veces al año por el fiordo de Bornnh Holm, fueron volviéndose cada vez más sombríos.
que Bigdis pedía limosna en un puerto, que un señor menor la había tomado como sirvienta y la había echado al mes, que vivía en una choa al borde de un pueblo que no la quería. Ella escuchaba los relatos sin alegría y sin pena. La última vez que se sentaron juntos junto al fiordo, ya viejos, con la nieve sobre los hombros, Jaya le tomó la mano y le dijo, “¿Sabes una cosa, Berserker mío?” Roar levantó el ojo.
Bueno, ¿qué? ¿Que aquella niña que te creía un monstruo no se equivocaba del todo. Ah, no eras un monstruo dijo Jala con una sonrisa, solo que era el monstruo justo para mí. Jroar le besó los dedos. Te juré que te protegería con mi cuerpo, dijo. Y lo cumpliste. Y tú me juraste hacerme más fuerte cada día. Lo intenté. Lo conseguiste, dijo él, lo conseguiste tanto que ya no me da miedo morir, porque sé que dejé el mundo en mejores manos que las mías.
Aya apoyó la cabeza sobre el hombro de él. El fiordo brillaba al atardecer. Habían pasado 35 inviernos desde la mañana en que ella cruzó las puertas de un campamento enemigo, creyendo que iba a romper una promesa, y se encontró cumpliéndola de una manera que ninguno de los dos garls, que la habían firmado podría haber imaginado.
35 inviernos desde que un hombre la sacó del patio entre flechas. 35 inviernos. Desde que aprendió que las historias que cuentan sobre los hombres dicen más sobre quién las cuenta que sobre quién las protagoniza. 35 inviernos y ni una sola mañana había despertado deseando estar en otro sitio. Y esa pensó Jala mientras el sol bajaba sobre el fiordo, era la única promesa que importaba.
Si llegaste hasta aquí, gracias por acompañarme en esta historia. Si te emocionó, si te hizo sonreír o llorar, te pido un favor enorme. Suscríbete al canal Tiempos Dulces para no perderte las próximas historias y déjame en los comentarios la palabra Berserker mío para que sepa que viste el video hasta el final. Nos leemos en la próxima historia. M.