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Le dijeron que era puro cerro sin valor — ella encontró una huerta entera que su padre sembró en…

las había escrito de noche. Una nota pequeña que decía de dónde venía esa receta, quién se la había enseñado, en qué circunstancia de la vida había aparecido ese sabor. La última receta era la del mole de olla que había preparado para el novenario de su hermano celestino 4 meses atrás. Al final de esa receta, en las cursivas de siempre, había escrito nada más para despedirlo bien, porque eso era lo que se hacía.

El teléfono era el celular que le había comprado su hija Rocío el año anterior, uno de esos que tienen las letras grandes para que la gente mayor no tenga que andar buscando los lentes para leer un mensaje. Gerlinda lo tenía sobre la mesa porque se le había olvidado llevárselo al cuarto la noche anterior. Lo miró sonar. En la pantalla decía Amparo.

Amparo era la viuda de Celestino. Herlinda dejó la cuchara de madera sobre el descanso de la estufa, se secó las manos en el delantal y contestó. La voz de Amparo era la de siempre. Esa voz que parecía estar siempre un poco quejándose de algo que nadie más había notado, una voz que llevaba como fondo permanente el sonido de un agravio apenas mencionado.

Le dijo que los hijos de Celestino necesitaban poner en orden lo del rancho. Le dijo que el terreno que había dejado don Fortino, el padre de los dos hermanos, seguía a medias en papeles. le dijo que lo más conveniente para todos era que Gerlinda firmara una sesión de derechos a nombre de sus sobrinos, que para qué iba a querer ella un pedazo de cerro a esta altura de su vida, que bastante tenía con su casa en Uruapan, que ese terreno no producía nada, pura maleza, puro tepetate, que su marido así lo había dicho siempre. “Firmas y listo,

dijo Amparo. Así no andamos con pendientes.” Gerlinda escuchó todo, no interrumpió. Cuando Amparo terminó, ella dijo solamente que lo iba a pensar. Amparo hizo un silencio breve, incómodo, del tipo que hacen las personas que esperaban otro tipo de respuesta, y dijo, “Qué bueno que le avisara pronto.” Que los papeles no podían esperar mucho.

Luego colgó. El agua del café empezó a hervir. Gerlinda apagó el fuego, sirvió una taza, se sentó a la mesa frente al cuaderno de recetas y se quedó mirando la nota del mole de olla sin leerla. Afuera, en el patio de la casa de la calle Constitución, el tejabán empezaba a recibir la primera luz del día.

Había una maceta de hierbuena que ella regaba cada tercer día y que siempre olía más fuerte por las mañanas. Había un limón que había plantado su marido, Silvio 16 años atrás, que ya no necesitaba que nadie lo cuidara, y que seguía dando limones con una puntualidad que a veces le parecía una forma de compañía. Gerlinda miró sus manos.

Las manos que tenía desde hacía 30 años, una coloración particular en los nudillos y en las yemas de los dedos, un tono entre naranja y café oscuro que no era suciedad sino chile. 31 años de cocinar para la primaria Miguel Hidalgo de Uruapan. Primero como ayudante, luego como encargada de la cocina, habían dejado en su piel el color permanente del chile ancho y del chile mulato que ella desvenaba cada mañana desde las 6 de la mañana.

para tener la comida lista antes de las 12. El jabón no lo quitaba, el limón tampoco. Una vez, en una reunión del sindicato, una maestra nueva le había preguntado qué tenía en las manos y Erlinda le había contestado, “Mi constancia de trabajo.” No había dicho más. Esas manos manchadas de chile habían cocinado para cuatro generaciones de niños del Miguel Hidalgo.

Habían amasado, picado, desveno, revuelto y servido durante más de tres décadas. Se habían jubilado hacía 6 años y todavía recordaban el peso del cucharón grande. Todavía se movían solas hacia la estufa cuando escuchaban el hervor del agua. Esas manos conocían el terreno de su padre solamente de oídas. Nunca lo habían pisado.

El terreno era en el alberca, a 17 km al sur de Uruapan, camino a Tancíaro. Don Fortino Sosa Velázquez se lo había heredado a su vez del padre de él y siempre lo había tenido registrado a su nombre en el registro agrario nacional desde los años 70. Cuando don Fortino murió en 2006, los dos hijos, Celestino y Erlinda, quedaron como herederos en partes iguales, según el acta de sucesión que firmaron en la notaría de la ciudad.

Celestino vivía en los Reyes a 2 horas de distancia y desde el principio había dicho lo mismo que seguiría diciendo durante casi 20 años, que ese terreno no valía nada, que era puro cerro pedregoso, que ni el temporal alcanzaba para darle humedad suficiente, que lo más que uno podía hacer con eso era rentárselo a algún vecino para que pasara unas cuantas cabras y que él se encargaba de todo, que no se preocupara, que ya le mandaría lo que saliera de vez en cuando.

Herlinda había dicho, “Qué bueno.” Era su hermano mayor, el único que le quedaba, la única persona en el mundo que recordaba con ella el patio de tierra de la casa de sus padres en el rancho, los guaraches de don Fortino colgados detrás de la puerta, el olor del jabón de lavadero que usaba su madre.

Celestino le había mandado dinero algunas veces. 300 pesos un año, 500 otro año. Una vez, en 2014 le había mandado 800 pesos con un papelito que decía que había vendido unas piedras de tesontle que había en una orilla. Gerlinda lo había agradecido, lo había anotado en la libretita de gastos que guardaba en el cajón de la cocina y no había preguntado más.

Así eran las cosas entre hermanos que se quieren sin complicar demasiado el querer. Celestino se había enfermado del corazón el año anterior, dos infartos seguidos en marzo y en julio. En noviembre había muerto en el hospital de los reyes con amparo y sus tres hijos a un lado. Gerlinda había ido al velorio.

Había llorado a su hermano con el llanto parco de las mujeres que han enterrado ya a sus padres, a su marido, a una cuñada joven y que saben que el cuerpo tiene una cantidad limitada de lágrimas para cada pérdida y hay que administrarlas con cuidado porque la vida sigue pidiendo. Lo había llorado por las cosas de infancia, por los juegos en el solar del rancho, por las veces que él la había defendido de los muchachos de elegido que se burlaban de ella porque era chaparrita.

Lo había llorado por la última vez que lo había visto vivo en agosto, cuando él ya estaba muy flaco y muy amarillo, y le había apretado la mano en el hospital diciendo, “Hermana, cuídate.” Como si él no fuera el que se estaba muriendo. De regreso al velorio, nadie había hablado del terreno. Nadie. La llamada de amparo había llegado 4 meses después.

Esa mañana después del café, Herlinda abrió el cuaderno de recetas en una página en blanco. Tomó la pluma que siempre tenía guardada en el lomo y estuvo un rato con la punta apoyada en el papel sin escribir nada. Luego cerró el cuaderno, fue al cuarto, se puso el suéter de lana café que había sido de Silvio y que le quedaba grande, pero que le gustaba porque todavía a veces, cuando hacía frío, le parecía que olía un poco a él y esperó a que sus piernas le dijeran qué hacer con el día que empezaba.

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