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LAS TRECE COLONIAS: EL ORIGEN DE ESTADOS UNIDOS

    Las costas de Virginia reciben a un centenar de ingleses exhaustos que apenas pueden imaginar que están plantando la semilla de lo que se convertirá en la nación más poderosa del planeta. Pero antes de ese destino glorioso, antes de las banderas y los discursos sobre la libertad, hubo hambre, enfermedad y una lucha desesperada por sobrevivir en un territorio que no perdonaba errores.

América del Norte era en aquel entonces un tablero de ajedrez donde las grandes potencias europeas movían sus fichas con ambición desmedida. España dominaba desde México hasta Florida. Francia controlaba las vastas tierras del Mississippi y el San Lorenzo. Los holandeses habían establecido sus puestos comerciales en la región del Hudson e Inglaterra llegaba tarde a la partida, hambrienta de riquezas y determinada a reclamar su porción del nuevo mundo.

Lo que ninguno de estos imperios podía prever que aquellas tierras del este, aparentemente menos valiosas que las minas de plata mexicanas o las rutas del comercio francés terminarían albergando algo mucho más explosivo que el oro. La idea de que los hombres podían gobernarse a sí mismos. Pero, ¿qué empujó a miles de ingleses a cruzar un océano brutal en barcos de madera que crujían como si fueran a desintegrarse en cualquier momento? La respuesta es compleja y revela tanto sobre la desesperación humana como sobre

sus sueños. Por un lado estaban los comerciantes y aventureros que imaginaban montañas de oro esperándoles al otro lado del Atlántico, convencidos de que América sería su billete hacia la riqueza instantánea. Por otro lado, venían los perseguidos religiosos, aquellos que habían osado cuestionar a la Iglesia anglicana establecida y que buscaban un lugar donde pudieran adorar a Dios según su propia conciencia, sin obispos ni ceremonias que consideraban corruptas.

Y luego estaban los pobres, los desesperados, los sirvientes contratados que vendían años de su vida a cambio de un pasaje, apostando su futuro a la promesa de que al otro lado del océano podrían poseer tierra, algo impensable para ellos en la Inglaterra de clases rígidas, donde nacías y morías en el mismo escalón social.

Jamestown fue el primer intento serio de establecer una colonia permanente inglesa y casi termina siendo su tumba. Los 104 hombres y niños que desembarcaron en mayo de 1607 eligieron un sitio pantanoso infestado de mosquitos portadores de malaria con aguas alre que enfermaba a quien la bebía.

La mayoría eran caballeros que nunca habían trabajado con sus manos, que esperaban encontrar oro en los arroyos y que consideraban el trabajo manual por debajo de su dignidad. El resultado fue predecible y catastrófico. Durante el primer invierno que pasó a la historia como el tiempo del hambre, murieron tantos que los sobrevivientes apenas podían enterrar a los cadáveres.

Se cuenta que algunos llegaron a tal nivel de desesperación que desenterraban cuerpos para comerlos y que un hombre eliminó a su esposa y la saló para conservar su carne. Solo 38 de los colonos originales vieron la primavera. La salvación llegó de donde menos se esperaba. John Rolf, un colono que había perdido a su primera esposa y a su hija en el viaje, comenzó a experimentar con semillas de tabaco traídas de las Indias occidentales.

La planta se adaptó perfectamente al suelo de Virginia y cuando los primeros cargamentos llegaron a Inglaterra, la demanda explotó de manera extraordinaria. El tabaco se convirtió en el oro que los colonos habían buscado infructuosamente y transformó Virginia de un asentamiento moribundo en una empresa rentable.

Pero este éxito vino con un precio moral que resonaría durante siglos. El cultivo del tabaco requería mano de obra intensiva y constante. Y en 1619 llegó a Virginia un barco holandés que traía algo que cambiaría para siempre el carácter de las colonias del sur. Una veintena de africanos capturados y vendidos como sirvientes.

Era el inicio de la esclavitud en lo que eventualmente se convertiría en Estados Unidos. Una institución que corrompería los ideales fundacionales del país y desgarraría a la nación en una guerra civil dos siglos y medio después. A medida que Virginia prosperaba con sus plantaciones de tabaco, otras colonias surgían en el sur con características similares, pero matices distintos.

Maryand fue concebida como un refugio para católicos ingleses que enfrentaban persecución en su tierra natal.  Lord Baltimore recibió la carta colonial en 1634 y estableció una política de tolerancia religiosa que, aunque limitada para los estándares modernos, era revolucionaria para su época.

Sin embargo, la economía de Maryland siguió el mismo patrón que Virginia. Grandes plantaciones, cultivo de tabaco y creciente dependencia de mano de obra esclavizada. Las Carolinas, divididas eventualmente en norte y sur, presentaban geografías distintas que producían economías diferentes. Carolina del Norte, con sus pequeñas granjas y colonos más independientes, contrastaba con Carolina del Sur, donde las plantaciones de arroz y añil creaban una sociedad aristocrática donde los propietarios blancos eran minoría frente a la población esclavizada.

Georgia, la última de las 13 colonias en fundarse, nació con un propósito peculiar. James Oglorp la imaginó como un lugar donde los deudores ingleses pudieran comenzar de nuevo y también como un valuarte defensivo contra la Florida española. Inicialmente se prohibió la esclavitud en Georgia, pero las presiones económicas terminaron por derribar esta restricción en solo dos décadas.

Mientras el sur desarrollaba su cultura de plantaciones, algo radicalmente diferente estaba tomando forma en el norte. En septiembre de 1620, un barco llamado Mayflower partió de Plymouth, Inglaterra, llevando a bordo 102 pasajeros que se autodenominaban peregrinos. Estos separatistas religiosos no querían reformar la iglesia de Inglaterra, sino separarse completamente de ella.

Y habían vivido en Holanda antes de decidir que solo en el nuevo mundo podrían crear su Jerusalén perfecta. El viaje fue brutal. Las tormentas del Atlántico Norte casi destruyeron el barco en múltiples ocasiones. Una viga maestra se agrietó durante la travesía y cuando finalmente avistaron tierra en noviembre, estaban exhaustos, enfermos y habían perdido su rumbo hacia Virginia, terminando en la costa de lo que hoy es Massachusetts.

Antes de desembarcar, los peregrinos redactaron un documento que se convertiría en una piedra angular de la autogobernanza americana. El pacto del Myflower. En esencia, acordaron formar un gobierno civil y someterse a las leyes que ellos mismos crearían para el bien común de la colonia.

Era un concepto radical en una época donde la mayoría de la gente vivía bajo el poder absoluto de monarcas que afirmaban gobernar por derecho divino. Sin embargo, no debemos romantizar demasiado este documento. El pacto solo aplicaba a los hombres libres de la colonia. Excluía a Sia a las mujeres, a los sirvientes y naturalmente a los pueblos nativos cuyas tierras estaban ocupando.

El primer invierno en Plout fue tan devastador como el de Jamestown. La mitad de los colonos murieron de enfermedad y desnutrición. Pero a diferencia de los caballeros de Virginia, estos colonos estaban dispuestos a trabajar la tierra con sus propias manos y tuvieron la fortuna extraordinaria de encontrar ayuda inesperada.

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