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La Viuda Que Fue Echada Con Su Hija En La Nieve… Y Convirtió La Ermita Olvidada En Un Hogar

La nieve cayó toda la noche sobre el tejado de pizarra y aún seguía cayendo cuando los hombres del pueblo levantaron el ataúdo, para llevarlo al pequeño cementerio que se asomaba al valle. El viento bajaba de las cumbres del pirineo cargado de un frío que cortaba la piel y el olor a leña quemada se mezclaba con el incienso que el cura agitaba sobre la fosa abierta.

La viuda no lloró aquella mañana. sostenía la mano de la hija pequeña, una niña de apenas 5 años envuelta en un mantón que le quedaba grande y miraba la tierra negra y dura, que pronto cubriría a quien había sido su compañero durante 6 años de matrimonio. El marido habíamos muerto de fiebres tres días atrás en su propia cama, sin haber dejado más herencia que una casa modesta a la entrada del pueblo y un nombre que ya nadie pronunciaría sin bajar la voz.

Detrás de la viuda, en la primera fila de los hombres del valle, estaba el cuñado. Llevaba el sombrero apretado contra el pecho, pero sus ojos, fijos en la tierra removida, no expresaban dolor, sino cálculo. Era el hermano mayor del difunto, el cabeza de la familia, dueño de tres rebaños, dos molinos y la única posada que había en muchas leguas a la redonda.

Cuando el cura terminó los responsos y los hombres comenzaron a echar paladas de tierra sobre el ataúd, el cuñado se acercó a la viuda sin mirarla a los ojos y le dijo en voz baja pero firme, que aquella tarde tendrían que hablar de asuntos importantes. La hija miró a la madre con una pregunta detenida en los labios.

La madre apretó la mano pequeña y bajó los ojos. Sabía lo que vendría. Lo sabía desde la noche en que su marido cerró los ojos por última vez. En aquel valle olvidado de Dios, donde los inviernos duraban 7 meses y los veranos apenas asomaban entre las brumas. Una mujer joven y sola con una hija no era una persona, era un problema.

La casa, que había sido suya durante 6 años, se llenó aquella tarde de hombres con caras conocidas y voluntad ajena. El cuñado se sentó en la cabecera de la mesa, en la silla que había sido del marido, y desplegó unos papeles que la viuda no sabía leer. Habló durante mucho rato de deudas que nunca habían existido, de préstamos que el difunto le había pedido en secreto, de gastos del entierro y del cura.

habló de la generosidad de la familia, del peso que él había soportado durante años en silencio. Y al final, cuando el sol ya empezaba a esconderse detrás de las cumbres, dijo lo que había venido a decir desde el principio. La casa pertenecía ahora a la familia araés. La viuda no era ya, después de todo, más que una forastera que el difunto había traído del valle vecino, sin que nadie en el pueblo la conociera.

La niña, eso sí, era sangre de los aragüés y por tanto la familia se haría cargo de ella, le daría educación, le buscaría un buen matrimonio cuando llegara a la edad. La madre, en cambio, podía marcharse a donde quisiera. Tenía hasta el alba del día siguiente para recoger sus cosas y dejar la casa. La viuda escuchó sin moverse.

Cuando el cuñado terminó de hablar, levantó por fin la mirada y la fijó en él con una serenidad que no era resignación, sino fuego contenido. Dijo solamente que la hija se iría con ella y que ningún papel firmado por hombres que no temían a Dios iba a separar a una madre de su sangre. El cuñado sonrió por primera vez aquella tarde.

Era una sonrisa breve, casi piadosa. La sonrisa de quien sabe que el tiempo y el hambre acabarán haciendo el trabajo por él. Aquella noche la madre no durmió. Mientras la niña descansaba sobre el jergón, abrazada al perro lobo gris que había sido del padre, la mujer recogía en un fardo lo poco que se atrevería a llevarse.

Dos mantas, un puchero de hierro, una hogaza de pan duro, un saco de harina de centeno, un puñado de velas, el rosario de su madre y el cuchillo de monte del marido. En el último momento miró el cofre de madera donde el difunto guardaba sus papeles y dudó. sacó de allí un pliego doblado que él le había mostrado una vez hacía tiempo, riéndose de la inutilidad de aquella herencia.

Era el título de propiedad de una vieja ermita abandonada en la falda del monte, una construcción de piedra a la que llamaban casa de la niebla, porque los pastores aseguraban que las brumas la rodeaban incluso en pleno verano. El difunto la había heredado de un tío soltero y nunca había sabido qué hacer con ella. Nadie la quería.

Nadie había vivido allí en 30 años. La madre dobló el papel y lo escondió en el pecho contra la piel. Antes de que el gallo cantara por segunda vez, la viuda y la hija salieron de la casa. El perro caminaba delante de ellas oliendo el aire, las orejas tiesas. La nieve había cesado durante la madrugada, pero el suelo crujía bajo las abarcas y el aliento se hacía humo blanco en cada paso.

Cuando dejaron atrás la última calle del pueblo y empezaron a subir por el camino del monte, la niña preguntó a dónde iban. La madre le respondió que iban a una casa que era suya, una casa que había estado esperándolas desde antes de que ellas nacieran. La niña preguntó entonces si el padre sabría dónde estaban. La madre se detuvo un instante en mitad del camino, miró hacia el cielo gris y dijo que el Padre lo sabía todo ahora y que las acompañaría siempre.

El camino subía entre robles desnudos y peñascos cubiertos de musgo helado. En algunos tramos, la lluvia de los días anteriores había convertido la tierra en una pasta resbaladiza y la madre tenía que sostener a la niña por la cintura para que no rodara cuesta abajo. El perro iba y venía, marcando el camino con su trote firme.

Tardaron casi medio día en llegar a la ermita cuando por fin la vieron recortándose entre la bruma como una sombra de piedra que no quería existir, la madre comprendió por qué nadie la había querido nunca. El tejado se había hundido en parte. La puerta de madera, comida por la humedad, colgaba de un solo gosne. Dentro el suelo de tierra estaba cubierto de hojas secas, ramitas, excrementos de pequeños animales.

El altar antiguo de piedra vasta todavía conservaba una hornacina vacía, donde alguna vez había habido una imagen de la Virgen. Entraba el viento por todas partes. Olía abandono, a tiempo detenido, a soledad. La niña miró a la madre con los ojos muy abiertos. y le preguntó si iban a vivir allí. La madre dejó el fardo en el suelo, respiró hondo y dijo que sí, que aquella era ahora su casa y que entre las dos, y con la ayuda de Dios, la iban a hacer hermosa.

El perro entró detrás de ellas, olfateó las paredes y eligió un rincón junto al altar para echarse, como si hubiera estado esperando aquel momento toda su vida. Esa primera noche encendieron una hoguera dentro del recinto junto a un agujero del techo por el que escapaba el humo.

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