En un pequeño pueblo perdido entre las colinas verdes del campo inglés, donde las ovejas parecían más tranquilas que las personas, y el mayor entretenimiento consistía en descubrir quién había roto la cerca de quién. Existía una rivalidad que mantenía viva a toda la comunidad. Lady Eleanor Wmore, viuda desde hacía 5 años, tenía apenas 28 años, una paciencia peligrosamente corta y la desafortunada costumbre de discutir constantemente con su vecino.
Vivía sola en Rose Cotic, una elegante casa rodeada de rosales salvajes, caminos embarrados y un jardín que jamás conseguía mantener intacto gracias a las invasiones frecuentes de ciertas gallinas mal educadas que pertenecían a Arthur Penbroke, dueño de Black Farmy, según Eleanor, el hombre más insoportable de toda Inglaterra.
Arthur tenía 34 años, nunca se había casado y parecía disfrutar enormemente cada una de las discusiones que mantenía con ella. Alto, serio, testarudo y absurdamente atractivo, encontraba motivos para discutir por cualquier cosa, la cercas, los caminos, las ovejas, el barro y probablemente hasta por la dirección del viento, si este soplaba demasiado cerca de su propiedad.
Durante dos años completos, el pueblo entero había esperado cada nueva pelea entre ellos con el mismo entusiasmo con que otras personas esperaban las ferias de verano. Algunos vecinos incluso se detenían discretamente cerca del camino solo para escuchar los gritos, las amenazas exageradas de Eleanor y las respuestas tranquilas y desesperantemente divertidas de Arthur.
Y aunque ninguno de los dos lo habría admitido jamás, aquellas discusiones comenzaban a parecerse peligrosamente a una costumbre de la que ninguno quería desprenderse. Capítulo 1. La guerra de las gallinas. La mañana había comenzado demasiado tranquila y eso, en opinión de Lady Eleanor Wmore, casi siempre significaba que algo horrible estaba a punto de suceder.
El cielo gris cubría las colinas del campo inglés con una neblina ligera. Las ovejas pastaban detrás de las cercas de piedra y el pequeño pueblo de Asbourne despertaba lentamente entre el sonido de las campanas de la iglesia y el olor a pan recién horneado que escapaba de la panadería de la señora Finch.
Eleanor estaba de pie en medio de su jardín, observando con absoluto horror como tres enormes gallinas blancas destruían sus rosales con el entusiasmo de pequeños demonios emplumados. Una de ellas incluso había conseguido arrancar varias flores y ahora caminaba orgullosamente con un pétalo colgando del pico. Ella cerró los ojos un instante, respiró profundamente y contó mentalmente hasta cinco para intentar conservar la poca dignidad que todavía le quedaba. No funcionó.
Arthur Penroke gritó con tanta fuerza que varias aves salieron volando de un árbol cercano. Apenas unos segundos después apareció él al otro lado de la cerca, caminando con una calma irritante, como si no existiera ninguna emergencia y como si sus animales no estuvieran destruyendo el trabajo de semanas enteras.
Alto, ancho de hombros y con el cabello oscuro, ligeramente despeinado por el viento, Artur llevaba las mangas arremangadas y tenía manchas de barro en las botas. Parecía absurdamente tranquilo para un hombre que estaba a punto de ser asesinado con una pala de jardinería. “Buenos días, Lady Whmore”, dijo con total serenidad.
“Qué voz tan encantadora para comenzar la mañana.” Eleanor lo miró indignada. “Sus gallinas están otra vez en mi jardín.” Arthur dirigió una breve mirada hacia los rosales destruidos y luego hacia las culpables que continuaban paseándose tranquilamente entre las flores. Veo que han venido de visita. No están de visita. Están arrasando mi jardín.
Una de las gallinas saltó directamente sobre un arbusto recién podado. Eleanor señaló la escena con expresión dramática. Mire eso y mire cómo destruyen todo. Artur observó a la gallina durante un momento antes de encogerse ligeramente de hombros. Creo que esa en particular siente una fuerte pasión por la jardinería. Voy a cocinarla.
No puede amenazar a mis gallinas tan temprano en la mañana. Puedo y lo haré. Arthur cruzó los brazos claramente entretenido, y aquello solo consiguió irritarla todavía más. Desde hacía dos años discutían prácticamente por todo. Primero había sido una cerca mal colocada, después unas ovejas, luego un árbol que, según Arthur, estaba demasiado inclinado hacia su propiedad y según Eleanor, simplemente existía donde había nacido.
Ninguno recordaba exactamente cuando comenzó aquella guerra absurda, pero todo el pueblo la seguía con verdadero entusiasmo. De hecho, mientras Eleanor continuaba fulminando a Arthur con la mirada, dos ancianos acababan de detenerse discretamente junto al camino para observar la discusión. Ella los vio inmediatamente.
No se queden ahí mirando. Claro que no, Milady, respondió uno de ellos sin moverse un solo centímetro. Arthur tosió para esconder una sonrisa. ¿Está riéndose de mí?, preguntó Eleanor. Intentaba no hacerlo, pues está fracasando miserablemente. Arthur finalmente abrió la pequeña puerta de la cerca y entró al jardín para intentar atrapar a las gallinas, aunque parecía tomarse la misión con una lentitud desesperante.
Eleanor lo siguió de cerca, protestando sin pausa mientras él intentaba perseguir a la más grande, que evidentemente había decidido convertir aquella situación en un juego. Si supiera controlar sus animales, esto no estaría ocurriendo. Son gallinas Eleanor, no soldados entrenados. No me llame Eleanor. Entonces, deje de llamar a mis animales bestias infernales.
La gallina escapó nuevamente entre las piernas de Arthur y Eleanor soltó una exclamación triunfal. Ni siquiera le obedecen a usted. Eso es porque sienten su hostilidad. Ella abrió mucho los ojos. Ahora las gallinas tienen emociones delicadas. Por supuesto, esta está particularmente ofendida. Antes de que Eleanor pudiera responder, una de las aves saltó directamente hacia ella y la obligó a retroceder torpemente sobre el barro húmedo.
Su pie resbaló de inmediato y durante un instante horrible estuvo completamente segura de que terminaría caída entre las rosas destruidas. Pero Arthur reaccionó antes, la sujetó rápidamente de la cintura y evitó que cayera al suelo, aunque eso los dejó demasiado cerca el uno del otro, demasiado cerca para una discusión normal.
Eleanor levantó la mirada y se encontró con los ojos oscuros de Artura apenas centímetros de distancia. Él seguía sosteniéndola firmemente mientras el viento agitaba algunos mechones sueltos del cabello de ella. Por un segundo, el jardín quedó extrañamente silencioso hasta que una gallina decidió picotear el vestido de Eleanor.
Ella dio un salto hacia atrás inmediatamente. Esto es culpa suya. Arthur terminó soltando una carcajada baja que solo consiguió enfurecerla más. Está riéndose otra vez. un poco. Lo odio profundamente. Él inclinó apenas la cabeza, todavía divertido. No tanto como ayer. Y lo peor de todo era que probablemente tenía razón. Capítulo 2.
El hombre más insufrible de Inglaterra. Eleanor estaba completamente convencida de que Arthur Pembrok había nacido únicamente para arruinarle la paciencia. No existía otra explicación razonable. Aquella conclusión se fortaleció todavía más tres días después del desastre de las gallinas, cuando decidió ir sola al pueblo con una pequeña carreta cargada de sacos de harina, varias cajas de conservas y una enorme cesta con telas que habían cargado desde Londres semanas atrás.
El camino estaba húmedo por las lluvias recientes, pero Eleanor se negaba rotundamente a pedir ayuda. Había sobrevivido 5 años sola desde la muerte de su esposo y no necesitaba que un sendado insoportable apareciera constantemente a decirle cómo debía vivir. El problema era que el camino principal hacia Rose Kotic se había convertido prácticamente en un pantano.
Y el segundo problema era que Eleanor jamás admitía derrota a tiempo. Solo un poco más”, murmuró mientras intentaba convencer al caballo de avanzar. La carreta respondió hundiéndose todavía más en el barro. Ella cerró los ojos lentamente, respiró hondo, tiró de las riendas otra vez. Nada.
El caballo parecía haber perdido completamente las ganas de colaborar con la vida. “Perfecto”, murmuró con dignidad herida. Absolutamente perfecto. Entonces escuchó el sonido de un caballo acercándose detrás de ella. No necesitó girarse para saber quién era. Qué escena tan conmovedora, dijo Artur con tranquilidad desde su montura.
Una mujer luchando valientemente contra la naturaleza y perdiendo. Eleanor giró lentamente la cabeza y lo fulminó con la mirada. Váyase. Arthur observó la carreta enterrada en el barro. El caballo agotado y el vestido de Eleanor salpicado hasta las rodillas. ¿Cuánto tiempo lleva aquí? 5 minutos. Miente muy mal.
Ella ignoró el comentario y volvió a tirar de las riendas con fuerza, como si el simple orgullo pudiera sacar la carreta del odasal. El resultado fue exactamente el contrario. Una rueda se hundió todavía más y un poco de barro salpicó directamente el abrigo de Arthur. Hubo un breve silencio. Eleanor intentó no sonreír. Artur miró la mancha oscura en su ropa y luego levantó lentamente una ceja.
Eso ha sido un ataque personal. El barro actúa por voluntad propia, igual que mis gallinas, supongo. Ella cruzó los brazos. No empiece. Arthur bajó finalmente de su caballo y caminó hacia la carreta con esa calma irritante que parecía mantener incluso durante incendios o terremotos. Eleanó retrocedió apenas cuando él pasó junto a ella, aunque inmediatamente fingió que no había sido consciente de su cercanía.
No necesito ayuda”, dijo rápidamente. “Por supuesto que no puedo resolverlo sola naturalmente.” Ella entrecerró los ojos. “Deje de responder así, así como como si estuviera burlándose de mí.” Arthur tomó las riendas del caballo y observó la rueda atrapada. Pero si eso es exactamente lo que estoy haciendo.
Eleanor estuvo a punto de empujarlo. Probablemente lo habría hecho si en ese mismo momento no hubiera intentado avanzar ella sola otra vez. Su bota resbaló en el barro húmedo y perdió el equilibrio de inmediato con un pequeño grito ahogado. Artur reaccionó tan rápido que casi pareció haberlo esperado. La sostuvo otra vez de la cintura antes de que terminara completamente cubierta de barro y Eleanor sintió instantáneamente el calor de sus manos, incluso a través de las capas de tela del vestido.
Durante un segundo absurdamente incómodo quedaron demasiado cerca, exactamente igual que en el jardín días atrás. Arthur la miró en silencio. Empiezo a pensar que disfruta cayéndose cerca de mí. Eleanor abrió mucho los ojos. Eso jamás ha ocurrido. Dos veces en una semana parece un patrón preocupante. Ella se apartó rápidamente y acomodó el vestido con torpeza.
Lo detesto profundamente. Eso también lo ha dicho antes. Arthur terminó quitándose el abrigo y remangándose otra vez la camisa mientras Eleanor intentaba ignorar el hecho de que desgraciadamente aquel hombre era demasiado atractivo para alguien tan insoportable. lo observó, empujar la rueda, acomodar las tablas de madera bajo el barro y dirigir al caballo con facilidad, todo mientras parecía completamente acostumbrado al trabajo físico.

Y aquello también era irritante, porque Arthur no se comportaba como la mayoría de los hombres que ella había conocido en Londres años atrás. No era elegante ni refinado, no tenía interés en impresionar a nadie. Trabajaba con las manos, olía a lluvia y tierra húmeda, discutía como un anciano gruñón y aún así conseguía que todo el pueblo pareciera girar a su alrededor.
10 minutos después, la carreta finalmente salió del barro. Arthur dio una última palmada al caballo y luego volvió la vista hacia Eleanor. Listo. Ella intentó mantener la dignidad. Habría podido hacerlo sola. Claro que sí. Deje de decirlo de esa manera. Arthur sonrió apenas y aquella pequeña sonrisa inesperada consiguió desarmarla durante un instante.
No era justo que un hombre tan molesto tuviera una sonrisa así. Eleanor desvió rápidamente la mirada antes de que él lo notara. Arthur volvió a colocarse el abrigo con tranquilidad y subió otra vez a su caballo mientras ella acomodaba las riendas de la carreta con expresión obstinada. No hacía falta que me ayudara.
murmuró Eleanor todavía molesta. Claro que hacía falta. Habría salido sola. Después de pasar otras tres horas atrapada en el barro, probablemente sí. Ella le lanzó una mirada asesina y dio un pequeño tirón a las riendas para avanzar finalmente por el camino. Arthur comenzó a caminar junto a la carreta montado en su caballo como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Eleanor lo miró confundida. ¿Por qué sigue aquí? Porque voy a mi casa. No necesita acompañarme. Arthur giró lentamente la cabeza hacia ella. Lady Wmore, se le olvidó donde vivo. Ella abrió la boca para responder y volvió a cerrarla inmediatamente al recordar que Black Farm quedaba exactamente por el mismo camino.
Arthur intentó esconder una sonrisa. Fracasó. No se ría, está haciendo esto demasiado fácil. Eleanor resopló y siguió avanzando mientras las ruedas de la carreta crujían sobre el barro húmedo. Durante unos minutos permanecieron en silencio, aunque no era un silencio incómodo, más bien era uno de esos silencios extraños que aparecían después de una discusión particularmente larga, hasta que Arthur habló otra vez.
Por cierto, una de mis gallinas sigue desaparecida. Eleanor siguió mirando al frente. Qué tragedia. curiosamente desapareció después de que usted amenazara con cocinarla. Debe haber huido por miedo. B terminó dentro de una sopa. Ella finalmente sonrió apenas. Y Arthur, que llevaba dos años discutiendo con aquella mujer prácticamente a diario, tuvo la incómoda sensación de que le gustaba demasiado verla sonreír.
Capítulo 3. El entretenimiento del pueblo. Con el paso de los meses, las discusiones entre Eleanor Whtmore y Arthur Penrocke dejaron de ser simples peleas entre vecinos y se transformaron oficialmente en el entretenimiento favorito del pueblo entero. La señora Finch incluso había comenzado a organizar sus compras de la mañana según la hora en que alguno de los dos solía cruzarse en el camino principal.
El señor Barker, dueño de la herrería, aseguraba que las discusiones de Eleanor eran mejores que cualquier obra de teatro de Londres y dos ancianas de la iglesia habían empezado a apostar discretamente cuánto tiempo tardaría Arthur en hacer perder la paciencia a la viuda otra vez. Aquella mañana, por ejemplo, todo comenzó por culpa de una vaca.
Eleanor acababa de salir del pueblo cargando una caja con cintas y telas nuevas cuando descubrió con absoluto horror que una enorme vaca marrón estaba tranquilamente metiendo la cabeza por encima de la cerca de su jardín. Y no solo eso, la criatura estaba comiéndose sus flores. No puede ser posible, exclamó Eleanor mientras corría hacia la entrada de Rose Cotich.
La vaca levantó la cabeza lentamente con una flor todavía colgando de la boca. No se atreva a seguir masticando eso. La vaca siguió masticando. Eleanor soltó un sonido indignado y caminó directamente hacia la cerca justo cuando Artur aparecía por el camino montado en su caballo, completamente tranquilo, como si no existiera ninguna emergencia.
“Buenos días”, dijo él apenas acercándose. Eleanor señaló a la culpable con dramatismo. “Su vaca está destruyendo mi jardín.” Arthur observó al animal durante un momento. Técnicamente solo está almorzando. Se está comiendo mis rosas. Tal vez tiene gustos refinados. Eleanor lo miró horrorizada. Está defendiendo a la vaca.
Ella parece bastante inocente. La vaca eligió ese preciso momento para arrancar otra flor. Arthur suspiró suavemente. Bueno, inocente quizás no. Eleanor abrió la pequeña puerta de la cerca y avanzó decidida hacia el animal con expresión amenazante. La vaca, lejos de intimidarse, comenzó a caminar tranquilamente alrededor del jardín mientras Eleanor la perseguía intentando espantarla.
Arthur la observaba desde su caballo con una calma irritante. Está haciendo lo peor. Pues venga a ayudarme. Estoy disfrutando demasiado esto. Ella giró indignada justo cuando la vaca decidió empezar a correr y entonces todo se volvió un desastre. Eleanor intentó atraparla por el costado, resbaló ligeramente sobre el césped húmedo y terminó chocando contra uno de los arbustos.
La vaca aprovechó el caos para avanzar hacia una mesa pequeña de hierro donde Eleanor había dejado su sombrero favorito. Arthur alcanzó a verlo un segundo antes que ella. Oh, no. La vaca agarró el sombrero con la boca. Eleanor soltó un grito escandalizado. No, ese sombrero es francés. Arthur intentó mantenerse serio.
Realmente lo intentó, pero la imagen de Eleanor corriendo detrás de una vaca mientras gritaba amenazas sobre un sombrero francés resultó demasiado para cualquier ser humano con sentido del humor. Terminó doblándose ligeramente sobre la silla del caballo mientras soltaba una carcajada baja. Y aquello fue todavía peor.
Está riéndose de mí otra vez. un poco. Mi sombrero está siendo devorado. La vaca parece tener excelente gusto. Eleanor lo señaló con indignación absoluta. Usted es el hombre más insoportable de Inglaterra. Arthur sonrió apenas mientras finalmente bajaba del caballo para ayudarla. Y usted es la mujer más dramática que he conocido.
No soy dramática. En ese mismo instante, la vaca escapó nuevamente con el sombrero colgando de la boca y Eleanor salió corriendo detrás de ella otra vez. Arthur terminó riéndose todavía más fuerte y para sorpresa de ambos, Eleanor también comenzó a reír. Fue apenas un momento corto, inesperado y completamente absurdo, pero Arthur se quedó quieto observándola mientras ella intentaba recuperar el sombrero entre carcajadas y amenazas inútiles dirigidas a la vaca, porque durante dos años la había visto enfadarse, discutir,
protestar y gritarle prácticamente a diario, pero jamás la había visto reír así. Y por alguna razón extraña, aquel sonido consiguió quedarse dando vueltas en su cabeza mucho después de que el sombrero fuera rescatado y la discusión terminara. Capítulo 4. Algo extraño. Después del desastre del sombrero francés, algo comenzó a cambiar entre Eleanor y Arthur, aunque ninguno de los dos parecía dispuesto a admitirlo.
Las discusiones continuaron, por supuesto, porque dejar de discutir habría resultado demasiado extraño para ambos y probablemente habría provocado una crisis en todo el pueblo. Sin embargo, las peleas empezaron a durar menos y las sonrisas aparecían demasiado seguido como para seguir fingiendo que se detestaban con la misma intensidad de antes.
Arthur seguía molestándola constantemente, aunque ahora a veces aparecía con alguna excusa absurda para acercarse a Rose Kotic. Un día era porque una de sus ovejas había cruzado la cerca, otro porque según él, el árbol junto al camino parecía sospechosamente inclinado. Y una mañana incluso apareció únicamente para anunciar que una de sus gallinas había dejado de mirarlo con respeto desde que Eleanor la había amenazado semanas atrás.
Eleanor fingía encontrar todo aquello insoportable. El problema era que comenzaba a esperar aquellas visitas y eso era muchísimo más preocupante que las gallinas. Una tarde particularmente fría, Eleanor salió al jardín con una cesta de ropa recién lavada y descubrió inmediatamente algo extraño. La pequeña puerta de madera que llevaba semana rota estaba perfectamente arreglada.
Incluso la bisagra vieja había sido cambiada. Ella frunció el ceño confundida. sabía perfectamente que no había sido ella. Tampoco había contratado a nadie. Y en todo el pueblo existía una sola persona suficientemente testaruda como para reparar cosas sin pedir permiso primero.
Eleanor levantó la mirada justo a tiempo para ver a Arthur al otro lado de la cerca, acomodando tranquilamente unas herramientas dentro de un saco. Usted arregló mi puerta. Arthur ni siquiera fingió sorpresa. Estaba rota. Eso no responde mi pregunta. La respuesta sigue siendo sí. Eleanor dejó lentamente la cesta sobre una silla.
¿Y quién le pidió hacerlo? Nadie. Entonces, ¿por qué lo hizo? Arthur se encogió apenas de hombros, evitando mirarla directamente. El viento la golpeaba toda la noche. Era molesto. Eleanor entrecerró los ojos. Para usted o para mí. para ambos. Ella quiso seguir protestando, pero terminó observando la puerta otra vez.
Debía admitir, muy a su pesar, que había quedado perfectamente arreglada. Arthur notó el silencio y levantó apenas una ceja. Está intentando agradecerme. No se emocione. Demasiado tarde. Eleanor soltó un pequeño resoplido y volvió a tomar la cesta para entrar en la casa. Sin embargo, antes de cerrar la puerta, escuchó nuevamente la voz de Arthur.
Por cierto, sus rosas sobrevivieron. Ella giró apenas la cabeza. ¿Qué? Arthur señaló el jardín. Las gallinas ya no se acercan. Eleanor lo miró confundida durante un segundo hasta que finalmente entendió. ¿Usted arregló también la cerca del jardín? Arthur Carraspeó ligeramente. Tal vez Artur Pembroque era eso o escucharla gritar otras tres semanas.
Ella intentó mantener la expresión seria, fracasó miserablemente. Aquella pequeña sonrisa apareció otra vez antes de que pudiera evitarlo y Arthur sintió inmediatamente esa sensación extraña en el pecho que comenzaba a ocurrirle demasiado seguido cuando ella sonreía. El problema era que Eleanor también parecía notarlo, por eso dejó de sonreír casi de inmediato y desapareció dentro de la casa antes de que la situación se volviera incómoda.
Arthur se quedó quieto unos segundos mirando la puerta cerrada. Luego negó lentamente con la cabeza, porque aquello comenzaba a parecerse peligrosamente a algo que jamás había planeado. Y honestamente no estaba seguro de cuándo exactamente había comenzado el problema. Tal vez había sido el día del barro o el de las gallinas o el del sombrero francés.
Lo único que Arthur sabía con certeza era que desde hacía algún tiempo Rose Kotic se había convertido en el primer lugar hacia el que miraba cada mañana y aquello era una muy mala señal. Capítulo 5. La tormenta. La tormenta comenzó poco después del anochecer. Primero llegó el viento fuerte y frío golpeando las ventanas de Rose Kotic con tanta fuerza que toda la casa parecía crujir lentamente.
Después apareció la lluvia intensa y constante, cayendo sobre el techo como miles de pequeñas piedras. Eleanor intentó ignorarla mientras acomodaba algunos libros en el salón, aunque cada trueno conseguía hacerla levantar la vista con fastidio. No le gustaban las tormentas, nunca le habían gustado y aquella parecía empeñada en arrancar el pueblo entero del suelo.
Cerca de la medianoche, cuando finalmente decidió apagar las lámparas para ir a dormir, escuchó un ruido extraño proveniente del exterior. Al principio pensó que sería alguna rama golpeando las paredes por culpa del viento, pero segundos después oyó algo peor, un caballo relinchando y luego vio el humo. Eleanor corrió inmediatamente hacia la ventana y sintió que el corazón le daba un vuelco.
A pocos metros del establo, una luz anaranjada comenzaba a crecer peligrosamente entre la lluvia. Oh, no. No pensó demasiado, tomó un abrigo, una lámpara y salió corriendo bajo la tormenta. El viento casi le arrancó la puerta de las manos al salir y la lluvia empapó su vestido en cuestión de segundos. Pero apenas lo notó mientras avanzaba apresuradamente por el camino embarrado hacia Black Farm.
Solo había una persona a la que podía pedir ayuda y para ser honestos, era también la única persona en quien confiaba en ese momento. Arthur abrió la puerta apenas ella golpeó con desesperación. Tenía el cabello despeinado, la camisa mal abotonada y una expresión claramente confundida por verla allí en medio de semejante tormenta.
Eleanor, ella respiraba agitada. Creo que el establo se está incendiando. Arthur no hizo una sola pregunta más, simplemente tomó un abrigo grueso, una lámpara y salió inmediatamente detrás de ella hacia la lluvia. El viento era tan fuerte que casi resultaba difícil avanzar. Cuando llegaron a Rose Kotic, el pequeño incendio ya había comenzado a extenderse por una de las paredes laterales del establo.
Probablemente un rayo había caído demasiado cerca. Traiga agua del pozo, ordenó Arthur mientras corría hacia la puerta. Eleanor obedeció sin discutir por primera vez en dos años. Trabajaron juntos durante casi una hora bajo la lluvia torrencial, intentando controlar el fuego antes de que alcanzara el resto de la estructura.
Arthur rompió varias tablas para evitar que las llamas avanzaran y Eleanor terminó completamente cubierta de barro mientras cargaba cubos de agua una y otra vez. Finalmente, gracias a la tormenta y al esfuerzo desesperado de ambos, el fuego comenzó a apagarse lentamente. Cuando todo terminó, elor estaba temblando de frío y agotamiento.
El humo todavía flotaba alrededor del establo mientras la lluvia seguía cayendo sobre ellos. Arthur respiró hondo y pasó una mano mojada por el cabello. Creo que ya está. Eleanor intentó responder algo, pero el temblor en sus manos empeoró de repente. Arthur lo notó inmediatamente. Está helada. Estoy bien.
Eso fue claramente un castañeteo de dientes. Ella quiso protestar, pero otro trueno sonó encima de ellos y terminó estremeciéndose otra vez. Arthur suspiró suavemente antes de quitarse el abrigo grueso que llevaba encima y colocárselo sobre los hombros. Eleanor abrió la boca para discutir. “No empiece”, dijo él antes de que pudiera hacerlo.
Ella lo miró durante unos segundos mientras el agua seguía resbalando por el rostro de ambos. Arthur tenía barro en las botas, humo en la camisa y una pequeña mancha negra junto a la mandíbula, probablemente causada por el incendio. Y aún así seguía mirándola como si lo único importante fuera comprobar que estaba bien. Eleanor tragó saliva lentamente.
Tenía miedo. Arthur no respondió enseguida. La tormenta seguía rugiendo alrededor de ellos, pero por alguna razón el silencio entre ambos se sintió más fuerte que el viento. “Lo sé”, dijo finalmente él con voz tranquila. Ella levantó la mirada hacia él y durante un instante ninguno pareció recordar cómo discutir, porque aquello no se parecía a sus peleas habituales.
Ya no era barro, ni gallinas, ni cercas rotas. Era algo completamente distinto, algo más peligroso. Arthur acercó apenas una mano hacia el rostro de Eleanor para apartarle un mechón mojado del cabello y ella sintió que el corazón comenzaba a latirle demasiado rápido. Ninguno de los dos notó que ya no estaban solos, porque mientras intentaban apagar el incendio, varios hombres del pueblo habían visto el humo desde sus casas y habían corrido hasta Rosecotic para ayudar.
El problema era que llegaron justo cuando el fuego prácticamente ya estaba controlado y ahora todos estaban detenidos cerca de la entrada del establo, observándolos en absoluto silencio. Eleanor fue la primera en darse cuenta. Parpadeó confundida al ver al señor Barker, al panadero, al herrero, a dos granjeros embarrados y hasta al anciano de la iglesia mirándolos fijamente bajo la lluvia.
La señora Finch también estaba allí, cubierta con un enorme chal y con expresión emocionada. Hubo un silencio incómodo. Luego el señor Barker suspiró teatralmente. Bueno, finalmente ocurrió. Arthur cerró lentamente los ojos. No digan una sola palabra. Llevamos dos años esperando esto, dijo la señora Finch indignada.
Dos años, agregó otro hombre desde atrás. Eleanor sintió que quería desaparecer dentro del barro. Arthur soltó una risa cansada y pasó una mano mojada por el cabello. Perfecto. Ahora el pueblo entero va a inventar historias absurdas durante los próximos 6 meses. La señora Finch levantó una ceja. 6 meses. Querido.
Esto nos dará entretenimiento hasta Navidad. Capítulo 6. El problema de la costumbre. Después de la noche del incendio, la vida en Asbourne se volvió insoportable. No para Eleanor y Artur, para el pueblo, porque ahora todos actuaban como si estuvieran presenciando la historia de amor más importante de Inglaterra. Cada vez que Eleanor entraba a la panadería, alguien sonreía demasiado.
Cuando Arthur pasaba por la herrería, recibía palmadas incómodas en la espalda y comentarios que lo hacían arrepentirse inmediatamente de haber salido de su casa. La señora Finch, por supuesto, era la peor de todas. Tiene mejor aspecto últimamente, comentó una mañana mientras envolvía pan fresco para Eleanor.
Eleanor frunció el ceño. ¿Qué significa eso? Nada, respondió la mujer con una sonrisa sospechosa. Solo digo que algunas personas florecen cuando están enamoradas. No estoy enamorada de Arthur Penroque. La señora Finch ni siquiera levantó la vista. Claro que no. Aquello era exactamente lo que Eleanor odiaba de ese pueblo.
Nadie respetaba la dignidad ajena. Lo peor era que Arthur parecía divertirse muchísimo con toda la situación. Dos días después apareció en Rosecotic cargando una caja de herramientas como si entrar en su propiedad sin invitación se hubiera convertido oficialmente en una costumbre aceptada. Eleanor lo encontró arreglando una ventana del salón.
¿Qué está haciendo ahora? Arthur ni siquiera dejó de trabajar. Su ventana hace ruido cuando hay viento. ¿Y cómo sabe eso? Él la miró apenas por encima del hombro. Porque vivo cerca. Eleanor, no en Escocia. Ella cruzó los brazos. No recuerdo haberle pedido ayuda. Eso jamás la ha detenido de necesitarla. Eleanor abrió la boca para responder algo inteligente.
No encontró nada y aquello fue todavía más irritante. Arthur terminó de ajustar la madera y bajó de la pequeña escalera con tranquilidad. Listo. Podría acostumbrarse a entrar aquí como si fuera su casa. Probablemente ya me acostumbré. La respuesta salió tan natural que ambos quedaron en silencio un instante.
Arthur parpadeó apenas, como si tampoco hubiera planeado decirlo en voz alta. Eleanor desvió rápidamente la mirada hacia la ventana recién arreglada, aunque sentía el corazón demasiado inquieto otra vez, porque ese era el verdadero problema. Arthur se estaba convirtiendo en una costumbre y ella comenzaba a sospechar que ya no sabía cómo era su vida antes de él.
Aquella misma tarde, Arthur volvió a aparecer, esta vez porque, según él, una de sus ovejas había cruzado nuevamente la cerca. La oveja no estaba por ninguna parte. No hay ninguna oveja, dijo Eleanor desde la puerta. Debió regresar sola. Ella entrecerró los ojos. Usted inventó esa excusa posiblemente. ¿Y para qué exactamente? Arthur pareció pensarlo unos segundos.
estaba aburrido. Eleanor soltó una pequeña risa antes de poder evitarlo. Arthur la observó en silencio y otra vez ocurrió esa sensación extraña, ese momento incómodo en el que ambos dejaban de bromear y parecían recordar de golpe que ya no se comportaban como simples vecinos que discutían demasiado. Eleanor aclaró rápidamente la garganta.
Bueno, ya puede volver a su granja. Qué cálida despedida. Intento mantener nuestra tradición de hostilidad. Arthur sonrió apenas y comenzó a alejarse por el camino, pero después de unos pasos se detuvo. Por cierto, mañana no estaré. Ella levantó la vista confundida. ¿Y eso por qué habría de importarme? porque siempre encuentra alguna razón para gritarme antes del almuerzo.
Eleanor quiso responder inmediatamente. El problema fue que no pudo porque Arthur tenía razón y ambos lo sabían. Él pareció notar el silencio y una pequeña sonrisa satisfecha apareció en su rostro. Ah, ahí está el problema. ¿Qué problema? Arthur se giró completamente hacia ella. ¿Qué? Creo que ya me acostumbré a usted.
El corazón de Eleanor dio un pequeño salto absurdo. Arthur metió las manos en los bolsillos con tranquilidad, aunque ahora parecía un poco menos seguro que de costumbre. Vi honestamente, eso empieza a preocuparme. Eleanor lo observó en silencio mientras el viento movía suavemente los árboles alrededor de Rose Cotich, porque lo peor de todo era que ella entendía perfectamente lo que quería decir.
La casa se sentía demasiado silenciosa cuando Arthur no aparecía. El camino parecía vacío cuando no discutían y sus días comenzaban a sentirse incompletos cuando no lo veía aunque fuera unos minutos. Arthur levantó apenas una ceja. Bueno, ahora está mirándome como si estuviera pensando demasiado. Estoy pensando que usted habla demasiadas tonterías.
Eso significa que también va a extrañarme mañana. Eleanor intentó mantener la dignidad. fracasó completamente, porque Arthur comenzó a reír apenas vio su expresión y ella terminó riéndose también mientras lo veía alejarse por el camino embarrado. Y por primera vez en 5 años, Roseage Cotic ya no parecía una casa tan vacía.
Capítulo 7. El final de la guerra. Artur regresó al día siguiente al atardecer y para desgracia de Eleanor, ella había pasado toda la mañana pensando en eso. Intentó mantenerse ocupada limpiando la casa, acomodando libros y trabajando en el jardín, pero terminó descubriendo algo profundamente humillante. El silencio realmente era insoportable cuando Arthur no estaba cerca para discutir con ella.
Por eso, cuando escuchó el sonido de un caballo acercándose por el camino principal, levantó la cabeza demasiado rápido y Arthur lo notó inmediatamente. Venía cansado, ligeramente cubierto de polvo y con esa expresión tranquila que siempre parecía empeorarle el humor y mejorarle el día al mismo tiempo.
“Qué bienvenida tan emocionante”, comentó apenas desmontó del caballo. “Pensé que al menos fingiría menos entusiasmo.” Eleanor cruzó los brazos inmediatamente. Solo quería asegurarme de que no hubiera muerto en alguna zanja. Muy romántico de su parte. No empiece. Arthur sonrió mientras dejaba las riendas junto a la cerca. Me extrañó.
No niente peor que yo. Eleanor abrió la boca para discutir, pero la señora Finch apareció exactamente en el peor momento posible desde el otro lado del camino, cargando una cesta de pan y una expresión peligrosamente emocionada. Y ya volvió. Anunció como si el rey de Inglaterra hubiera regresado de la guerra.
Arthur suspiró. Buenas tardes, señora Finch. Eleanor estuvo insoportable todo el día. Eso no es verdad. Caminó tres veces hasta la cerca mirando el camino. Artur giró lentamente la cabeza hacia Eleanor. Ella sintió deseos reales de desaparecer dentro de un pozo. “Voy a mudarme lejos”, murmuró. Yo no lo haría, respondió la señora Finch felizmente.
Recién ahora la historia se está poniendo interesante. Arthur claramente estaba disfrutando demasiado aquello. Tres veces, preguntó intentando no reírse. No fueron tres. La señora Finch levantó una ceja. Fueron cuatro. Eleanor cerró los ojos lentamente. Necesito vivir en una ciudad grande donde nadie me conozca.
Arthur terminó soltando una carcajada baja y Eleanor lo fulminó con la mirada, aunque ya era imposible mantener una discusión seria cuando él se veía así de divertido. La señora Finch finalmente siguió su camino después de dedicarles una sonrisa triunfal y el silencio regresó otra vez entre ellos.
Pero ahora era distinto, más suave. más peligroso. Arthur apoyó un brazo sobre la cerca de madera y la observó durante unos segundos. Entonces, ¿de verdad me extrañó? Eleanor intentó responder inmediatamente, pero Arthur seguía mirándola de esa manera tranquila que últimamente conseguía ponerla nerviosa sin ningún esfuerzo. “Tal vez el pueblo estaba demasiado silencioso”, murmuró finalmente.
Arthur sonrió apenas. Ah, claro, era por el pueblo. Exactamente. No porque le agrada discutir conmigo. Eso sería una tragedia personal. Arthur bajó la mirada un instante, todavía sonriendo, y luego volvió a observarla. ¿Y si a mí sí me agrada? El corazón de Eleanor volvió a hacer esa cosa absurda y completamente molesta.
Arthur se quedó en silencio unos segundos antes de abrir finalmente la pequeña puerta de la cerca y caminar hacia ella con tranquilidad. “Porque creo que me acostumbré demasiado a usted, Eleanor.” El corazón de Eleanor volvió a hacer esa cosa absurda y completamente molesta. Eso ya lo dijo ayer.
Sí, pero ayer todavía intentaba ignorarlo. El viento movió suavemente algunas hojas alrededor del jardín y Eleanor sintió que por primera vez desde que enviudó 5 años atrás, algo dentro de ella comenzaba a sentirse menos vacío. Arthur la observó en silencio unos segundos más antes de hablar otra vez.
Creo que ya no quiero discutir solo por discutir. Eso suena terrible para nuestra reputación. El pueblo sobrevivirá. Eleanor soltó una pequeña risa y Arthur pareció perder la poca paciencia que todavía le quedaba consigo mismo, porque en el siguiente instante cruzó la pequeña puerta de la cerca y caminó directamente hacia ella. Eleanor apenas tuvo tiempo de mirarlo con sorpresa antes de que Arthur colocara una mano suavemente en su cintura y la acercara un poco.
Artur, llevo dos años soportando sus amenazas, sus gritos y sus gallinas robadas. Yo no robé ninguna gallina. Todavía sospecho de usted. Ella terminó riéndose otra vez y entonces Arthur la besó. No fue un beso elegante ni perfectamente planeado. Fue torpe, suave y un poco desesperado, como si ambos llevaran demasiado tiempo ignorando algo que todo el pueblo había descubierto mucho antes que ellos.
Cuando finalmente se separaron, Eleanor seguía mirándolo completamente aturdida. Arthur parecía igual de sorprendido consigo mismo. “Bueno, murmuró él. Creo que la guerra terminó oficialmente. Eleanor levantó apenas una ceja. No se emocione demasiado. Todavía pienso seguir discutiendo con usted. Arthur sonrió lentamente. Perfecto.
Honestamente ya no sabría vivir de otra manera. Y desde alguna ventana cercana del pueblo se escuchó un grito emocionado. Finalmente, Eleanor dejó caer la cabeza sobre el hombro de Arthur mientras él comenzaba a reír otra vez, porque al parecer en Asbourne era completamente imposible tener privacidad, aunque para ser sinceros, ninguno de los dos parecía demasiado molesto por eso.
Epílogo. Seis meses después, Asbourne seguía siendo un pueblo pequeño, tranquilo y peligrosamente incapaz de ocuparse de sus propios asuntos, especialmente desde que Arthur Penroke y Eleanor Whtmore se comprometieron oficialmente. La noticia había provocado tal nivel de emoción colectiva que la señora Finch organizó un té casualmente el mismo día en que Arthur le entregó el anillo a Eleanor.
Aunque nadie entendía como aquella mujer conseguía enterarse de absolutamente todo antes que el resto del pueblo, Eleanor sospechaba seriamente que existía una red secreta de ancianas observando desde las ventanas y, honestamente, probablemente tenía razón. Aquella tarde, Rose Kotic estaba extrañamente silenciosa.

Eleanor acomodaba algunas flores en el salón mientras Arthur intentaba reparar una silla que, según él, estaba al borde de la muerte. El problema era que llevaba más de media hora discutiendo con el mueble como si fuera una persona. “La está empeorando,”, comentó Eleanor desde el otro lado de la habitación. Arthur levantó la vista.
“La silla y yo tenemos diferencias de opinión. La silla va ganando.” Él resopló suavemente y volvió a intentar ajustar una de las patas. Eleanor sonrió apenas mientras lo observaba. Después de todos aquellos meses, seguía resultándole extraño ver a Arthur dentro de la casa como si siempre hubiera pertenecido allí.
Aunque para ser sinceros, ya no conseguía imaginar Rose Cotic sin él. Arthur finalmente dejó la silla de lado con resignación. Perfecto, ahora está peor que antes. Qué habilidad tan impresionante. Gracias por su apoyo incondicional. Eleanor soltó una pequeña risa y Arthur se quedó mirándola unos segundos más de lo normal. Todavía hacía eso.
Todavía la observaba como si no terminara de creer que ella realmente estuviera allí. Arthur caminó lentamente hacia donde estaba ella y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja con una suavidad que seguía consiguiendo ponerla nerviosa. ¿Qué? Preguntó Eleanor. Nada. Eso nunca significa nada bueno. Arthur sonrió apenas.
Solo estaba pensando que hace dos años quería vender mi granja cada vez que la escuchaba gritar desde el jardín. Y yo quería arrojarlo al lago. Lo sé. Fueron meses muy románticos. Ella terminó riéndose otra vez y Arthur inclinó apenas la cabeza para besarla con tranquilidad, como si aquello ya se hubiera convertido en la cosa más natural del mundo.
Y probablemente lo era, porque el verdadero problema nunca había sido que discutieran demasiado. El verdadero problema era que incluso cuando se detestaban ya estaban acostumbrándose el uno al otro. En ese momento, alguien golpeó la puerta con demasiada fuerza. Arthur cerró los ojos lentamente. Si es la señora Finch, fingiré mi muerte.
Eleanor abrió la puerta todavía riéndose y efectivamente la señora Finch apareció con expresión emocionada y una enorme bandeja de pastel. Traje postre para celebrar. Arthur miró hacia el techo con resignación. Celebrar qué exactamente que hoy no discutieron en todo el día. Y antes de que alguno de los dos pudiera responder, varias personas comenzaron a aparecer detrás de la señora Finch como si hubieran estado esperando escondidas cerca de la casa.
El señor Barker entró primero cargando una botella, después apareció el herrero, luego las hermanas de la panadería, después dos granjeros embarrados y finalmente prácticamente medio pueblo terminó entrando en Rose Cotic sin invitación alguna. Eleanor abrió mucho los ojos. ¿Qué está pasando? Una celebración, obviamente, respondió la señora Finch como si fuera la cosa más lógica del mundo.
Arthur observó como el señor Barker movía dos sillones hacia la chimenea. ¿Por qué están cambiando los muebles? Porque si van a pasar el resto de sus vidas discutiendo, al menos deberían estar cómodos, respondió la señora Finch. Arthur la miró horrorizado. Ya decidieron que voy a vivir aquí. Bueno, usted prácticamente ya vive aquí, contestó otro hombre desde el fondo del salón.
Eleanor terminó riéndose mientras Artur parecía reconsiderar seriamente seguir hablando con cualquier persona del pueblo. Ni siquiera nos hemos casado, protestó Eleanor. Precisamente por eso tenemos que organizarlo todo, dijo la señora Finch mientras dejaba el pastel sobre la mesa. Y entonces comenzó el caos.
En menos de 10 minutos, todo el salón se convirtió en una discusión gigantesca sobre la boda. Algunos insistían en que debía hacerse en primavera. Otros aseguraban que el vestido tenía que venir directamente de Londres. El herrero incluso afirmó que Arthur debía afeitarse para parecer menos intimidante. Comentario que provocó una discusión inmediata porque varias mujeres del pueblo opinaron que precisamente la barba era parte importante del atractivo.
Arthur parecía cada vez más arrepentido de seguir viviendo en Asbourne. Después alguien sugirió que Roseage Cotic era demasiado pequeña y otro hombre propuso unir ambas propiedades con una enorme galería cubierta para que Eleanor pudiera caminar hasta Black Farm incluso durante las tormentas. Eso es completamente absurdo, protestó Artur.
No tanto, respondió el herrero. Así podrían seguir discutiendo bajo techo cuando llueva. Eleanor terminó apoyándose contra la pared mientras se reía tanto que apenas podía respirar. Arthur se colocó a su lado segundos después, observando resignado el desastre en que se había convertido el salón de Rose Kotic.
La señora Finch ya discutía sobre flores para la boda con otra mujer mientras alguien comenzaba a tocar música cerca de la ventana y los granjeros movían muebles como si estuvieran remodelando la casa completa. Arthur giró apenas la cabeza hacia Eleanor. Creo que perdimos completamente el control de nuestras vidas. Ella sonrió todavía entre risas.
Creo que nunca lo tuvimos. Arthur terminó riéndose también y apoyó suavemente una mano en la cintura de Eleanor, mientras ambos observaban al pueblo entero organizar una boda que todavía ni siquiera tenía fecha. Y entonces ocurrió algo todavía más absurdo. Desde el pasillo apareció caminando tranquilamente una enorme gallina blanca, la misma gallina desaparecida de Arthur.
El salón entero quedó en silencio. La gallina avanzó con absoluta tranquilidad hasta el centro de la habitación mientras Arthur giraba lentamente la cabeza hacia Eleanor. Eleanor levantó ambas manos inmediatamente. ¿Puedo explicarlo? Arthur entrecerró los ojos, la escondió en su casa durante meses. La gallina soltó un pequeño sonido orgulloso.
La señora Finch abrió mucho los ojos. Lo sabía. La gallina nunca abandonó esta casa. Arthur siguió mirando a Eleanor en absoluto silencio. Eleanor suspiró lentamente. Bueno, técnicamente ella decidió quedarse sola. Y mientras todo el salón explotaba en carcajadas, Arthur terminó riéndose también antes de besar la frente de Eleanor con suavidad.
Porque después de todo, probablemente aquella había sido la historia de amor más absurda que había visto Asbourme. Y sinceramente, nadie en el pueblo habría querido que ocurriera de otra manera. Bueno, casi no saco esta novela hoy. Literalmente la cambié casi toda a último momento porque la versión anterior no me terminaba de gustar y yo soy así de complicada.
Además, hoy entré a trabajar a las 5 de la mañana y llegué a casa casi a las 3 de la tarde. Así que, honestamente, llegué desmayada como una mujer victoriana después de limpiar una mansión entera. Pero aquí estoy tratando de traerles una historia que los haga reír aunque sea un ratito. ¿Y saben por qué? Porque adoro sacarles una sonrisa.
De verdad me hace feliz leer sus mensajes porque siento que ya todos somos parte de este pequeño club de personas románticas y un poquito victorianas. Gracias por acompañarme en estas pequeñas historias, por escucharme y por apoyarme. Y honestamente, gracias también por demostrarme que no soy la única soñadora en este mundo.
Y antes de que me despida, no se olviden de suscribirse y activar la campanita para que YouTube les avise cada vez que suba una nueva novela. Les mando un fuerte abrazo.