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La viuda fue abandonada en el bosque… halló el portón de un castillo olvidado y oyó pasos adentro…

Hay un momento en que una mujer comprende que el mundo que conocía ha muerto junto con su esposo. No llega con estruendo de trompetas ni con el derrumbe visible de paredes. Llega en silencio en el instante exacto en que firma con mano temblorosa un documento que no debería existir, mientras el hombre que lo exige lleva la misma sangre que el hombre que amó durante 7 años.

Cuéntanos aquí abajo en los comentarios desde qué ciudad nos escuchas. Dale click al botón de like y vamos con la historia. Castilla, año del Señor de 1318. Esto no puede ser real. Eso era lo que Constanza de Toledo repetía dentro de su cabeza mientras miraba los dedos de su cuñado Rodrigo posado sobre el pergamino.

 Dedos gordos y pálidos como gusanos de invierno. Dedos que habían firmado ya la condena de su vida entera, sin que ella pudiera hacer absolutamente nada para impedirlo. Marcos no puede haber muerto así. Marcos no puede haberme dejado sola con esto. Pero Marcos estaba muerto. Llevaba 40 días bajo tierra en el cementerio de San Esteban y el frío de enero en los arredores de Valdemora.

 Ciudad amurallada que dominaba desde sus torres de piedra las aldeas dependientes del valle. Parecía haberse instalado también dentro del pecho de Constanza, donde antes vivía el calor de algo que ahora no tenía nombre. Había sido escriba. Eso era lo que nadie recordaba de ella, lo que todos ignoraban con la misma comodidad, con que los hombres ignoraban cualquier capacidad femenina que no fuera a hilar, parir o guardar silencio.

Durante los 7 años de matrimonio con Marcos de Toledo, mercader de lana y hombre de letras en una región donde pocos sabían leer, Constanza había sido sus manos en la escritura, sus ojos en los contratos, su memoria en los registros. Él le había enseñado latín básico cuando ella tenía 19 años, riendo de la velocidad con que lo aprendía, le había dicho en voz baja para que nadie oyera.

 Constanza, si fueras hombre, serías el mejor escriba del reino. Ella había guardado esas palabras como se guardan las monedas de oro en el lugar más protegido del alma. Ahora tenía 27 años, era viuda sin hijos y Rodrigo de Toledo, hermano menor de Marcos, hombre que nunca había trabajado un solo día con honestidad, pretendía que firmara la sesión de todas las propiedades del matrimonio en favor de él, alegando una ley feudal que otorgaba al varón de la familia preferencia sobre la viuda en ausencia de descendencia directa. Pero esa ley no existe, yo la

conozco. Yo copié los fueros de Valdemora con mi propia mano hace tres inviernos. El problema era que nadie la escucharía decir eso. El problema era que el pergamino que Rodrigo sostenía llevaba el sello del alcaide de Valdemora, don Berenguer de Montoya, un hombre que debía favores a la familia Toledo desde hacía una generación y que jamás contradiría al varón superviviente de esa estirpe para favorecer a una mujer, por más que esa mujer tuviera razón.

Constanza conocía el mecanismo, lo había visto funcionar durante años desde su posición invisible de escriba. Los hombres con poder se cubrían unos a otros, como las tejas cubren un tejado, cada uno sosteniendo al siguiente. Y cuando caía la lluvia de la injusticia, era siempre sobre los que estaban debajo, sobre los siervos, sobre los pobres, sobre las mujeres.

 Marcos, ¿por qué te fuiste? La muerte de su esposo había sido, según el mensaje oficial traído por dos soldados a caballo hace 40 días, el resultado de un enfrentamiento con bandidos en el camino real entre Valdemora y Burgos. Marcos viajaba para renovar sus contratos de lana con los mercaderes del norte.

 Había salido un martes por la mañana con dos criados y una mula cargada de muestras. El jueves siguiente lo traían de regreso en una carreta. con tres heridas de espada y los ojos cerrados para siempre. Pero Constanza sabía lo que nadie más sabía. Tres semanas antes de morir, Marcos había llegado a casa con una expresión que ella nunca le había visto.

 No era miedo exactamente, era algo más frío, algo parecido a la certeza de un peligro que no podía evitarse. Le había dicho con esa voz baja que usaba para las cosas importantes. He visto algo que no debería haber visto, Constanza. He visto algo que Rodrigo no querrá que yo cuente. Y cuando ella le preguntó qué era, él había sacudido la cabeza y dicho, “Todavía no.

 Primero necesito estar seguro.” No hubo tiempo para estar seguro. Rodrigo lo mató. No tenía prueba, no tenía testigo, pero lo sabía con la misma certeza con que sabía leer un pergamino. Su cuñado había orquestado la muerte de su hermano para silenciarlo y ahora venía a tomar lo que quedaba. Había intentado hablar con el párroco de San Esteban, Fray Alonso, hombre de 60 años que debía su cargo precisamente a la generosidad de la familia Toledo, es decir, de Rodrigo, y que la había escuchado con una paciencia que era en realidad una forma educada de

indiferencia. Hija, la ley feudal es la ley de Dios. El varón protege el patrimonio familiar. Debéis tener fe. Las mujeres de la aldea dependiente donde vivían, Perales, cuatro docenas de familias al pie de la muralla de Valdemora, habían bajado los ojos cuando Constanza fue a buscar apoyo. Algunas con vergüenza, otras con el miedo de quien sabe perfectamente que intervenir tiene un coste que no pueden pagar.

Rodrigo le había dado tres días para abandonar la casa. Eso fue lo que dijo con esa sonrisa suave que Constanza siempre había odiado. Tres días, cuñada, para que recojas lo que puedas cargar. Lo que podía cargar en un mundo donde no tenía a dónde ir era, en el mejor de los casos, lo que cabía en un morral. El primer día lo había pasado llorando, lo cual no le servía de nada, pero era lo único honesto.

 El segundo día lo había pasado pensando, lo cual tampoco había producido ninguna solución, pero al menos le había dado la ilusión del movimiento. El tercer día, al amanecer, con el cielo todavía negro sobre las torres de Valdemora y el viento de enero cortando como una cuchilla entre las casas de piedra de Perales, Constanza de Toledo recogió sus cosas, una muda de ropa, el cuchillo de cocina, un pedazo de pan que había sobrado de la cena y escondido entre los pliegues de su manto, con el cuidado que se reserva para los objetos

sagrados, el pequeño libro de notas donde Durante 7 años había copiado fragmentos de contratos, leyes feudales y fueros municipales que nadie esperaba que una mujer supiera leer. Salió por la puerta trasera antes de que Rodrigo mandara a sus hombres. Caminó hacia el norte, hacia el bosque que comenzaba donde terminaba el último campo cultivado de Perales.

 Ese bosque espeso de robles y encinas que los aldeanos evitaban después del anochecer. No tenía un destino. Tenía solo la certeza de que quedarse equivalía a la servidumbre o al convento y que ninguna de las dos cosas era lo que Marcos hubiera querido para ella. El frío era brutal. Constanza lo sabía antes de salir y aún así le sorprendió la brutalidad con que golpeaba las mejillas, los dedos, los pies enfundados en botas de cuero que ya comenzaban a filtrar el agua de la escarcha.

 El bosque olía a tierra mojada y a madera podrida. Las ramas altas cerraban el cielo como dedos entrelazados sobre su cabeza, bloqueando lo poco que habría podido entrar de aquella luz gris de enero. Caminó durante lo que le pareció una eternidad, aunque el sol apenas había subido dos horas sobre el horizonte cuando el terreno comenzó a subir y los árboles se hicieron más altos y más viejos.

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