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LA TRATABAN COMO INÚTIL EN SU PROPIA CASA… HASTA QUE EL HACENDADO HIZO ALGO QUE NADIE ESPERABA

Esta inútil no sirve ni para sostener una jarra. Don Serafín gritó delante del acendado y toda la gente del patio. No sabía que ella guardaba un cuaderno que iba a derribar toda la casa. Apártate muchacha que tenemos visita de importancia. Don Serafín Echeverría empujó el brazo de Catalina con fuerza. La jarra de barro cayó al suelo y se rompió en pedazos.

El agua se derramó sobre la tierra seca del patio. Las gallinas se dispersaron asustadas. Catalina bajó la mirada. no contestó. Las manos le temblaban, pero las juntó con cuidado frente a la falda para que nadie lo notara. “Perdón, tío, murmuró. Perdón, no arregla la jarra.” Don Serafín se volvió hacia el hombre que acababa de bajar del caballo.

“Discúlpela usted, don Rafael. Esta sobrina mía no tiene manos para nada. Dios se olvidó de ponerle cabeza cuando la mandó al mundo.” Don Rafael Montenegro no respondió enseguida. Era joven, deporte firme, con los ojos oscuros y la mirada atenta de quien se había acostumbrado a observar antes de hablar.

Dejó caer las riendas de su caballo en la mano de uno de sus hombres y dio un paso hacia el centro del patio. “Buenos días, señorita”, dijo. Catalina levantó apenas la cabeza. Nadie en esa casa le decía señorita, ni siquiera Amparo, que la quería, la llamaba así. Era muchacha, niña, inútil cuando don Serafín estaba enojado.

“Señorita, nunca.” “Buenos días, señor”, contestó. La voz le salió más baja de lo que hubiera querido. “¿Es así como se trata a la dueña de la casa?”, preguntó don Rafael sin mirar a don Serafín. La pregunta quedó flotando en el aire. Don Serafín soltó una risa tosca. Dueña, mire usted, esta casa la sostengo yo desde que murió mi hermano.

Si no fuera por este servidor, la niña estaría pidiendo en el camino. Dueña, ¿qué cosas se oyen? Detrás de él, don elo Pacheco se rió con ganas. Era más viejo, más gordo, con el sombrero de paja hundido hasta las cejas. Vivía en la finca vecina y había llegado esa mañana con un pretexto que nadie se tragaba.

Había venido a ver lo que don Serafín le prometía desde hacía meses. Un pedazo más de tierra firmado sin testigos. Don Rafael. Don Serafín se enderezó y cambió el tono. Pase, pase, traigo café recién hecho. Usted dirá a qué se debe el honor de su visita. Don Rafael no se movió, miró a Catalina, luego los pedazos de la jarra, después a Amparo, que se acercaba con una toalla en la mano para recoger el agua.

La mujer se detuvo al darse cuenta de que el acendado la observaba. “Siga, señora”, le dijo él con una voz tranquila. Amparo asintió sin hablar y empezó a recoger los pedazos. Don Serafín se dio cuenta de que el aire había cambiado y no supo exactamente por qué. Se acomodó el cinturón, carraspeó e intentó volver a tomar el control de la escena. Bueno, bueno, vamos adentro.

Pero lo que ninguno sabía era que Catalina en ese momento había reconocido al hombre del caballo. Lo había visto una sola vez atrás, cuando su padre todavía vivía y recordaba perfectamente lo que su padre le había dicho esa noche, mirándola desde la silla del comedor con el cuaderno abierto sobre las rodillas.

Hija, si algún día yo falto, los papeles de esta tierra no los entiende nadie de aquí, solo tú. Y si alguna vez necesitas un nombre honrado, el vecino de la loma tiene palabra. Don Rafael Montenegro, recuerda el nombre. Catalina recogió los trozos de barro uno por uno. No levantó la mirada, pero por dentro algo que llevaba años callado empezó a moverse.

Don Rafael entró a la casa detrás de don Serafín. Don Eluterio lo siguió, pero antes pasó junto a Catalina y le dio una palmada en el hombro. Como se le da a una yegua. Muchacha, dijo con una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Traiga café del bueno, eh, nada de ese aguado que sirve mi mujer. Catalina asintió. No habló. Entró a la cocina.

Amparo ya estaba allí con la olla sobre el fogón y un paño entre las manos. La mujer la miró de reojo y suspiró. “Don el murmuró. Ese siempre viene con cosa. Hoy traen a su hijo, dijo Catalina en voz baja. Lo vi atrás con los caballos. Lo trajeron para mí. Amparo cerró los ojos por un segundo. Hija del alma, ya lo sé. Tu tío no puede. Puede lo que nadie le impide.

Las dos se quedaron calladas un instante. El agua empezó a hervir. Amparo sacó el cuero fino donde guardaba el café bueno, ese que don Serafín reservaba para visitas que le convinieran. lo molió a mano despacio. Catalina la ayudó sin decir nada más. En la sala de al lado las voces de los hombres subían y bajaban.

Don Rafael, lo que le ofrezco no es cualquier cosa decía don Serafín. Esta es tierra de buena mano. Yo he trabajado esto toda mi vida. Mi hermano, que en paz descanse, no supo aprovecharla, pero yo sí. Y si usted quiere expandir el potrero sur de su hacienda, este pedazo es el que le cierra el límite. ¿De qué pedazo hablamos exactamente? Preguntó don Rafael.

Catalina, desde la cocina se quedó muy quieta. De toda la parte de atrás hasta el arroyo. Son 30 hectáreas. Calculo. Calcula, así como lo oye. Nunca se midió con papel. Pero yo conozco esta tierra como conozco la palma de mi mano. Y los títulos. Don Serafín. Silencio. Catalina apretó el paño que tenía en la mano.

Sabía exactamente lo que su tío estaba a punto de decir. Los títulos están en orden, don Rafael, pero son papeles viejos de antes de la última revisión del municipio. Mi hermano nunca los actualizó. Yo he estado pensando en llevarlos a la ciudad, pero pero no los ha llevado. No, don Rafael, el tiempo. Me gustaría verlos. Otro silencio.

Esta vez más largo. Claro, claro. Se los muestro cuando vuelva usted la próxima semana. Es que la caja donde están la tiene un compadre mío en la ciudad. Don Rafael no respondió de inmediato. Catalina imaginó su cara tranquila, sin apuro. Era la cara de un hombre que ya había oído esa excusa antes. Está bien, dijo.

Finalmente, vuelvo en tres días y traigo al escribano. Don Serafín se rió, pero la risa le salió tiesa. No es necesario, don Rafael. Yo le llevo los papeles a su hacienda. No se moleste, prefiero venir yo. Amparo apareció en la puerta con la bandeja del café. Catalina quedó atrás y justo en ese momento la puerta principal se abrió de golpe y entró Fulgencio Pacheco.

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