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LA NOCHE QUE EL CHAPO CASI MUERE Y NADIE SUPO HASTA AHORA

14 de mayo de 2008, 11:47 de la noche. Estoy arrastrando al hombre más poderoso de México por un túnel de drenaje que apesta a  y agua podrida. Mi pierna izquierda está destrozada. Bala atravesó el muslo hace 20 minutos, pero no puedo parar. No puedo pensar en el dolor, solo puedo pensar en mantenerlo vivo.

 Joaquín Guzmán lo era el Chapo, el hombre que controla la mitad del narcotráfico mundial. Está semiconsciente en mis brazos. Sangre empapa su camisa desde dos heridas, una en el hombro derecho, otra que rozó su cabeza. Centímetros más y le hubiera volado el cráneo. El agua negra me llega a la cintura. Cada paso es agonía. Mi cuerpo quiere rendirse.

 Mi pierna grita que me detenga. Pero atrás escucho voces, linternas, botas chapoteando. Los sicarios de Arturo Beltrán nos encontraron. “Aguante, patrón”, susurro mientras lo arrastro más rápido. No se me muera. No, hoy el Chapo abre los ojos por un segundo. Me mira. Hay algo en esa mirada que nunca había visto en 8 años de protegerlo. Miedo.

 El hombre que ha ordenado cientos de ejecuciones. El hombre que construyó imperio sobre cadáveres.  El hombre que hace temblar a gobiernos. tiene miedo y eso me aterra más que los 40 sicarios que nos persiguen. Hay momentos en la vida donde todo lo que creías saber sobre alguien cambia en un instante, donde ves que detrás del monstruo hay un hombre y ese hombre puede morir igual que cualquier otro.

 Este fue uno de esos momentos. Me llamo Roberto Maldonado. Tengo 34 años. Durante los últimos 8 años he sido el guardaespaldas personal de Joaquín Guzmán. Y esta es la historia de la noche que casi muere, la noche que nadie supo hasta ahora. Pero para entender cómo terminamos en este túnel, yo desangrándome, el inconsciente, 40 hombres queriendo matarnos.

 Tengo que regresar al principio, a 6 horas antes. Cuando todo parecía normal, 14 de mayo de 2008, 5:22 de la tarde. Estoy sentado en la cocina del rancho principal del Chapo en las afueras de Culiacán. Es cocina enorme, más grande que toda la casa donde crecí. Mármol italiano, electrodomésticos de acero inoxidable, ventanas que dan a jardín con fuente y árboles frutales.

 Pero yo no estoy aquí por la decoración, estoy aquí porque es el único lugar del rancho donde  puedo hablar con mi esposa sin que me escuchen. Mi teléfono está pegado a mi oreja. La voz de Elena me llena de algo que rara vez siento en este trabajo. Paz. Diego pregunta, “¿Cuándo vas a venir a verlo jugar?”, dice ella. Su partido es el sábado.

 Voy a intentar estar ahí. Roberto siempre dice eso. Lo sé, pero esta vez voy a intentar de verdad. Escucho Suspiro al otro lado. Elena sabe la verdad. Sabe que mi trabajo no tiene horarios, que cuando el Chapo necesita algo, todo lo demás desaparece. Camila dibujó algo para ti, dice cambiando de tema. Es un tigre. Dice que es porque tú eres el tigre.

Sonrío. Camila tiene 4 años. No entiende qué hace su papá. Solo sabe que la gente me llama el tigre y que siempre estoy ocupado. Dile que lo voy a poner en mi cartera. Se lo digo. Te amo, Roberto. Cuídate. Yo también te amo. Cuelgo. Me quedo mirando el teléfono por un momento. En la pantalla tengo foto de los tres.

 Elena, Diego, Camila, mi familia. La razón por la que hago este trabajo, porque este trabajo paga bien, muy bien, 150,000 pesos mensuales más bonos, casa pagada en fraccionamiento privado con seguridad, escuelas privadas para los niños, seguro médico, todo lo que mi padre, jornalero, que murió de cansancio a los 52, nunca pudo darle a su familia, pero el precio es alto.

Noche sin dormir, semanas sin ver a mis hijos y el conocimiento constante de que cualquier día puede ser  el último. Roberto, me volteo. Es Tomás uno de los guardias del perímetro. El patrón te busca en su oficina. Me levanto. Camino por pasillo largo hasta oficina del Chapo. Toco dos veces. Adelante.

Entro. La oficina del Chapo es sorprendentemente modesta. Escritorio de madera, silla de cuero, estantes con libros que nunca lee pero que le gusta tener. En la pared foto de su madre, la única persona que el Chapo ama  sin condiciones. Él está sentado detrás del escritorio. Tiene 51 años, bigote poblado, ojos pequeños pero intensos.

Lleva camisa de vestir azul y pantalón de mezclilla. Sin joyas, sin ostentación. El Chapo nunca necesitó mostrar su poder. Todos lo saben. Siéntate, tigre. Me siento en silla frente a su escritorio. ¿Qué necesita, patrón? El Chapo saca una botella de whisky de su cajón. Sirve dos vasos, me ofrece uno. Esto es raro.

 El Chapo rara vez bebe y nunca bebe conmigo durante horas de trabajo. Tomo el vaso, pero no bebo. Espero. Esta noche tengo reunión, dice, finalmente en Culiacán, 11 de la noche, con ¿quién? Con los Carrillo quieren negociar acceso a Plaza de Juárez. Ofrecen 30 millones de dólares anuales, los Carrillo, Cartel de Juárez.

 Enemigos históricos que ahora quieren ser socios. Esto es grande. ¿Quiere que prepare convoy completo? No, solo tres camionetas. Perfil bajo. Frunzo el seño. Patrón, con todo respeto, tres camionetas es muy poco para reunión de este nivel. Lo sé, pero los Carrillo pidieron discreción. Dicen que si llegamos con ejército, el trato se cancela.

 Y usted confía en ellos. El Chapo me mira. Sus ojos tienen ese brillo calculador que he aprendido a reconocer en 8 años. No confío en nadie, tigre. Por eso te llevo a ti. Asiento. Es todo lo que necesito escuchar. ¿Quién más va? Tú manejas la camioneta principal conmigo. Comandante Flores, coordina las otras dos.

 10 hombres en total. Comandante Flores, jefe de seguridad del convoy. Lleva 3 años trabajando para el Chapo. Buen historial, sin problemas, pero algo en mi estómago se revuelve cuando escucho su nombre. Instinto, no sé por qué, pero algo no me gusta. ¿A qué hora salimos? 9:30. Quiero llegar con tiempo para revisar el lugar antes de que lleguen los carrillos. Entendido.

 Voy a preparar todo. Me levanto para irme. La voz del Chapo me detiene. Roberto, me volteo. Elena me contó que Diego tiene partido  el sábado. Me sorprende. El Chapo habla con mi esposa regularmente, le manda regalos a los niños en sus cumpleaños. Los trata como si fueran sus propios sobrinos. Sí, patrón.

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