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La CARTA que el RANCHERO no quiso leer hasta que descubrió la verdadera voluntad.

Tenía sus dos pies firmes, sus piernas fuertes que habían recorrido cada metro de aquellas tierras  y una salud que, aunque desgastada por la edad, seguía siendo la de un roble viejo. Sin embargo, Mateo se sentía cansado. No era  un cansancio de los músculos, sino del alma. Había enterrado a su esposa hacía 10 años y  desde entonces el rancho se había vuelto demasiado grande y silencioso para un solo hombre.

Se ajustó  el sombrero y miró hacia el camino de tierra donde el carruaje del correo acababa de detenerse. Mateo suspiró con alivio. Por fin había enviado una carta al orfanato  de la ciudad hacía semanas. Había sido muy específico. Necesitaba  un varón, un muchacho joven, fuerte, con dos brazos y dos  piernas listos para heredar el oficio.

Alguien que pudiera domar a los potros y reparar las cercas que Mateo ya no tenía paciencia para arreglar. El carruaje se alejó dejando una nube de polvo suspendida  en el aire caliente. Y allí, en medio del camino, quedó la respuesta a su petición. Mateo  sintió que la sangre se le helaba en las venas.

No había ningún muchacho, no había hombros anchos ni postura  desafiante. Lo que había era una mujer joven apenas saliendo de la adolescencia. Llevaba un vestido sencillo y remendado. Pero lo que hizo que Mateo bajara los escalones del porche con pasos pesados y furiosos no fue su género, sino su condición.

La chica se sostenía sobre dos muletas de madera tosca.  Sus piernas se veían débiles, inútiles para el trabajo de campo. Parecía  que el viento podría derribarla en cualquier momento. Mateo se detuvo frente a ella. Él, alto y  robusto, ella pequeña y frágil. Esto tiene que ser una broma de mal gusto  dijo Mateo con la voz grave y cargada de decepción.

Pedí ayuda para el rancho. Pedí un trabajador. La joven levantó la vista. Tenía  el rostro sucio por el viaje, pero sus ojos eran limpios y profundos,  de un color café oscuro que parecía esconder secretos antiguos. “Soy Lucía,  señor”, dijo ella. Su voz no tembló  a pesar de la imponente presencia del ranchero.

Y vengo a trabajar. Mateo soltó una risa seca, carente de alegría. Se pasó la mano por  la nuca, mirando al cielo como pidiendo paciencia. ¿Trabajar?, preguntó él  señalando el vasto horizonte de su propiedad. Niña,  mira este lugar. Aquí la tierra es dura, los animales  son salvajes.

Aquí se necesita fuerza bruta. Se necesitan  piernas para correr detrás del ganado y brazos para levantar vigas. Yo tengo  mis dos pies, gracias a Dios, y aún así, este lugar me está matando poco a poco. ¿Qué crees que podrás hacer tú con esas muletas? Lucía  apretó los mangos de sus muletas.

Sabía que esta conversación llegaría. La había tenido  muchas veces en su vida. La gente miraba las muletas y dejaba de ver a la persona. Mis piernas no sirven para correr, es verdad, admitió  ella con suavidad. Pero mis manos son rápidas y mi mente no se cansa. Puedo llevar las cuentas,  puedo organizar los suministros, puedo cocinar y limpiar.

Puedo pensar en soluciones que usted,  con todo respeto, quizás no ve por estar demasiado ocupado usando su fuerza. No necesito a nadie que piense, cortó Mateo, tajante. Necesito a alguien que sude. El conductor ya se ha ido y no volverá hasta la próxima semana. No tengo  tiempo para llevarte al pueblo hoy.

Tengo 20 cabezas de ganado en la ondonada baja que debo mover antes de que cambie  el tiempo. Mateo la miró con severidad, aunque en el fondo una punzada de lástima  lo golpeó. No era culpa de ella, era culpa del orfanato por enviar a alguien  que no podía sobrevivir allí. “Te quedarás esta noche”, sentenció él.

Hay un  catre en el cuarto de atrás, pero no te hagas ilusiones. En  cuanto tenga un momento libre, te llevaré de regreso. Este no es lugar para alguien como tú. Necesito un hombre completo, no una obra de caridad. Lucía asintió lentamente. No había rencor en su mirada, solo una triste resignación.

Gracias por el techo, Señor”, dijo ella y comenzó a avanzar hacia la casa. Mateo  la observó. Verla moverse era doloroso. Tenía que adelantar las muletas, clavar las puntas en la tierra y luego balancear su cuerpo hacia delante. Era un proceso  lento, laborioso. Mateo, con sus piernas fuertes, podía cruzar el patio en tres ancadas.

A ella le tomó casi  un minuto. “Qué desperdicio”, pensó Mateo dándose la vuelta para dirigirse  a los establos. Qué terrible error. La tarde pasó pesada y lenta. Mateo  trabajó con una furia renovada, como si quisiera demostrarle al universo  y a la chica que él solo se bastaba.

cargó sacos de avena, limpió los cascos de los caballos y reparó una sección del corral. Sus músculos respondían, sus  piernas lo sostenían, pero su corazón estaba vacío. Se sentía solo, terriblemente solo. Mientras tanto, Lucía no se quedó quieta. Aunque Mateo le  había dicho que no hiciera nada, su naturaleza no le permitía ser inútil.

Entró en la cocina, que era un desastre de platos sucios y comida mal guardada. Con paciencia infinita  se movió por el pequeño espacio. Se sentaba en una silla para lavar los platos. Se levantaba con esfuerzo para guardarlos. Vio que la ventana  tenía una grieta por donde entraba el polvo. Buscó un trozo de tela y cera de vela y selló la abertura con una precisión delicada.

Luego encontró unas verduras marchitas y un trozo de carne  seca y preparó un estofado. El aroma comenzó a llenar la casa, un olor a hogar que no se sentía  allí desde hacía años. Al atardecer, el cielo comenzó a transformarse.  Nubes negras y densas cargadas de electricidad se agruparon sobre las montañas.

El aire se volvió frío y  cortante. Mateo entró en la casa sacudiéndose el polvo del sombrero. Sus botas resonaron fuertes  en el suelo de madera. Se detuvo en seco al ver la cocina limpia y la mesa puesta. Lucía estaba sentada en un rincón  con las manos en el regazo esperando. “Huele bien”,  dijo Mateo a regañadientes, lavándose las manos en la palangana.

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