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Haría cualquier cosa por verla feliz

En la alta sociedad pictoriana existían reglas para todo. Había una manera correcta de caminar, de hablar, de sonreír y hasta de servir una taza de té sin provocar un escándalo social. Teodore Ravensire, Duque de Ravencire, llevaba tantos años viviendo rodeado de normas y silencios impecables que ya ni siquiera recordaba cómo era sentirse verdaderamente feliz.

Después de una humillación amorosa que destruyó cualquier intención de volver a confiar en alguien, Teodore convirtió su enorme mansión en un lugar tan ordenado y frío como su propia vida. Los criados apenas hablaban en su presencia, las visitas eran escasas y la única persona capaz de desafiarlo sin miedo era su hermana viuda, Lady Agatha Wmore, quien insistía constantemente en que el mundo no podía terminarse únicamente porque un hombre decidiera volverse insoportable.

Sin embargo, ni siquiera ella imaginó el desastre encantador que estaba a punto de entrar en Ravenir Manner. Rosal Benet solo necesitaba un trabajo estable y un lugar donde empezar de nuevo. Después de un matrimonio frío, silencioso y lleno de decepciones, había jurado no volver a entregar su corazón a nadie.

Lo único que deseaba era una vida tranquila, lejos de hombres arrogantes y expectativas imposibles. El problema era que Rosali tenía una habilidad extraordinaria para alterar cualquier lugar al que llegaba. Hablaba demasiado, reía demasiado fuerte, tropezaba con muebles costosos y parecía incapaz de comportarse como una dama apropiada durante más de 5 minutos seguidos.

Por supuesto, aquello la convertía en exactamente el tipo de mujer que Teodore Ravenciide jamás habría permitido cerca de su hogar. Y precisamente por eso terminó cambiándolo todo. Lo que comienza como una convivencia imposible entre un duque excesivamente serio y una joven viuda incapaz de permanecer callada se transforma poco a poco en una historia llena de discusiones encantadoras, momentos divertidos y sentimientos inesperados.

Porque a veces el amor no aparece de manera elegante ni perfecta. A veces llega riéndose demasiado fuerte, llenando de flores una casa silenciosa y enseñándole a un hombre amargado que todavía es posible volver a sonreír. Y Teodore Ravencire descubrirá quizá demasiado tarde que haría cualquier cosa por verla feliz.

Capítulo 1. Una mujer completamente inadecuada. La lluvia golpeaba los enormes ventanales de Ravencire Manner con una insistencia casi irritante, mientras Teodore Ravensire permanecía de pie frente a la chimenea de la biblioteca, sosteniendo una carta entre los dedos con la misma expresión de disgusto que habría tenido un hombre obligado a beber medicina amarga.

Afuera, el cielo gris cubría las colinas como una manta pesada y silenciosa, pero dentro de la mansión el ambiente era aún más sombrío. El fuego crepitaba suavemente, el reloj marcaba cada segundo con precisión insoportable y ningún criado se atrevía siquiera a respirar demasiado fuerte cuando el duque estaba de ese humor, lo cual, para desgracia de todos, ocurría casi todos los días.

No necesito leer otra recomendación absurda, murmuró Teodore dejando la carta sobre el escritorio. ¿Qué parte de discreta y tranquila resulta tan difícil de entender? El mayordomo, el señor Pembroque, permaneció inmóvil junto a la puerta con la serenidad de un hombre que había sobrevivido demasiados años trabajando para un duque temperamental como para impresionarse por algo tan pequeño como una amenaza silenciosa.

Lady Agatha insiste en entrevistar personalmente a la candidata, su excelencia. Teodores cerró los ojos un instante. Aquello era exactamente lo que temía. Su hermana llevaba semanas empeñada en contratar una nueva dama de compañía y aunque él no comprendía la necesidad, había terminado aceptándolo únicamente porque el médico aseguraba que el aislamiento estaba empeorando la tristeza de Lady Agatha.

Desde la muerte de su esposo, dos años atrás, ella se había convertido en una sombra silenciosa de sí misma. Ya no tocaba el piano, apenas salía de sus habitaciones y rara vez sonreía. Teodore habría movido cielo y tierra para ayudarla, aunque jamás admitiría algo tan sentimental en voz alta. El problema era que las mujeres contratadas hasta ahora resultaban insoportables.

Una hablaba demasiado, otra lloraba cada vez que llovía y la última había intentado coquetear descaradamente con él durante la cena. Teodore todavía sentía escalofríos al recordar aquella experiencia. “¿Dónde está mi hermana?”, preguntó finalmente en el salón azul. Su excelencia, la señorita Benet ya ha llegado.

Teodore frunció el señó el apellido. Benet, eso suena peligroso. El señor Penroken no respondió, aunque la ligera tensión en su mandíbula sugería que quizá compartía la preocupación. Con resignación, Teodore abandonó la biblioteca y avanzó por los largos pasillos de Ravenir Manner, mientras la lluvia seguía golpeando las ventanas.

La mansión era imponente, elegante y absurdamente silenciosa, exactamente como él prefería. No soportaba el ruido innecesario, las conversaciones sin sentido ni las visitas escandalosas que parecían creer que reír demasiado fuerte era una señal de inteligencia. Sin embargo, apenas abrió la puerta del salón azul, comprendió que la paz de Ravenir Manner acababa de terminar.

La mujer arrodillada junto a la mesa había derramado una bandeja completa de té sobre la alfombra persa. “No se mueva”, exclamó ella levantando una mano hacia Lady Agatha. Si pisa aquí, probablemente empeorará todo. Aunque sinceramente no sé cómo podría empeorarse más que esto. Lady Agatha estaba sentada en el sofá con una expresión de absoluto desconcierto mientras una joven de cabello castaño oscuro intentaba secar el desastre usando inexplicablemente un pañuelo bordado que segamente valía más que todo su equipaje. Teodore

permaneció inmóvil junto a la puerta. La mujer levantó la vista y entonces ocurrió algo todavía peor. Le sonrió. No fue una sonrisa tímida ni elegante como las que las damas aristocráticas practicaban frente al espejo. Fue una sonrisa amplia, luminosa y completamente natural, como si no acabara de destruir una alfombra importada de Turquía dentro de la casa de un duque.

Go! dijo ella, poniéndose de pie demasiado rápido. Usted debe ser el duque. Teodore observó el desastre en el suelo. Esa deducción fue verdaderamente impresionante. Lady Agatha hizo un sonido sospechosamente parecido a una risa, lo cual era tan extraño que Teodore giró inmediatamente hacia ella. Hacía meses que no escuchaba a su hermana reír.

La joven pareció notar aquello también porque su expresión se suavizó un instante antes de volver a mirarlo. Rosal Benet dijo haciendo una torpe reverencia que casi termina con ella cayendo sobre la mesa. Le prometo que normalmente no ataco alfombras durante las presentaciones. Qué alivio ignoró por completo el sarcasmo. Aunque debo admitir que el viaje fue horrible y el carruaje perdió una rueda cerca del pueblo.

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