La verdad salió a la luz. Hay hombres que nacen para ser dioses y hay hombres que nacen para recordarnos que los dioses también sangran. Manuel Francisco, dos Santos. Garrincha para el mundo. Dos piernas torcidas, una columna desviada, 6 cm de diferencia entre una rodilla y la otra. Cualquier médico le hubiera dicho que no podía caminar bien.
Él ganó dos copas del mundo sin que nadie pudiera quitarle el balón. Pero esta no es la historia de sus glorias, es la historia de lo que pasó cuando el hombre más feliz de Brasil descubrió que la felicidad también mata. 49 años. Cirrosis hepática terminal. Solo en un hospital público de Río de Janeiro, el mismo hombre que había puesto a un país entero a bailar muriendo sin que casi nadie lo supiera.
Y la pregunta que nadie quiere hacer es esta: ¿cómo país destruye exactamente lo que más ama? En los próximos 70 minutos, el día exacto donde Garrincha dejó de ser humano para Brasil, el momento donde su vida dejó de pertenecerle y cómo eso lo mató 20 años antes de morir. Tercera, la mujer que lo amó y lo destruyó al mismo tiempo.
Suárez, la historia de amor más tóxica del fútbol brasileño, lo que nunca se dijo sobre ellos dos. Y la cuarta, ¿por qué seguía jugando cuando ya no podía caminar? ¿Por qué seguía bebiendo cuando ya no podía parar? El secreto que explica por qué murió solo. Te voy a avisar cuando llegue cada una.
Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante. La respuesta a por qué Brasil llora por garrincha, pero nunca lo salvó cuando estaba vivo. 1933, Pau Grande no era una favela, era peor. Una fábrica textil rodeada de casas de madera. 1000 personas viviendo para que una empresa funcionara. La fábrica era dueña de las casas, dueña de la tienda, dueña de la escuela, dueña de todo.
Si no trabajabas en la fábrica, no existías. Allí nació Garrincha, el séptimo de 14 hijos. Su madre, María Carolina, su padre Amaro, ambos trabajando en la fábrica. 12 horas, 6 días a la semana, sin sindicatos, sin derechos, sin nada. La casa tenía dos cuartos. 14 hermanos, hacé la cuenta. Pero hay algo que los documentales no te cuentan.
Algo que apareció años después en los archivos médicos. Cuando Garrincha nació, las enfermeras vieron las piernas torcidas y llamaron al médico. El médico revisó al bebé. La columna desviada, la pierna izquierda 6 cm más corta que la derecha, la rodilla derecha mirando para afuera. Este niño va a necesitar cirugía, dijo. Varias cirugías. Amaro y María ganaban 30 cruceiros al mes entre los dos.
Una cirugía costaba 200. No tenemos, dijo Amaro. El médico escribió en el informe, deformidad congénita, no tratada por falta de recursos. Guardá esa frase, la vas a necesitar después. Esta es la primera revelación que te prometí al principio, la verdad sobre las piernas de Garrincha. Durante décadas, Brasil vendió la historia del milagro de Garrincha.
Las piernas torcidas que lo hacían imposible de marcar, la deformidad que se convirtió en ventaja. Dios le torció las piernas para que nadie pudiera seguirlo, decían los periodistas. Mentira. Las piernas de garrincha eran producto de poliomielitis no tratada y desnutrición severa durante los primeros años de vida.
Una enfermedad que se podía prevenir, una deformidad que se podía corregir, pero su familia no tenía dinero y la fábrica no pagaba seguro médico. Garrincha no nació especial. Brasil lo hizo especial porque no tuvo otra opción que aprender a caminar así y cuando se convirtió en leyenda, nadie quiso hablar de eso porque admitir que sus piernas eran producto de la pobreza era admitir que Brasil había fallado.
Era más fácil decir que Dios lo había tocado. Garrincha empezó a jugar fútbol a los 7 años. No en una escuela, no en un club. En el descampado detrás de la fábrica. Pelota de trapo, arcos marcados con piedras, 20 niños descalzos pateando hasta que se hacía de noche. Los otros niños se burlaban de él. Pata torta, el cojo, el deforme.
Garrincha no decía nada. Agarraba la pelota y los dejaba en el piso, uno por uno, con esas piernas que supuestamente no servían. A los 12 años, Garrincha ya no jugaba con niños, jugaba con los hombres de la fábrica. Tipos de 30, 40 años, curtidos, violentos, le pegaban, le hacían faltas duras. Le gritaban.
Garrincha sonreía, les hacía un caño y seguía. “Ese niño no siente dolor”, decía uno de los sotabajadores. O no le importa. Las dos cosas eran verdad. Hay una historia que Garrincha contó solo una vez. En 1979, 3 años antes de morir, una entrevista para una revista que casi nadie leyó. Le preguntaron, “¿Cuándo supiste que eras bueno?” “Nunca supe que era bueno”, dijo. Yo solo jugaba.
Los otros decían que era bueno. “¿Nunca te diste cuenta?” Me di cuenta cuando dejé de ser mané y me convertí en garrincha. Ese día entendí que ya no era yo. ¿Y cuándo fue eso? 1953, el día que firmé con botafogo. Silencio. ¿Te arrepentiste? Todos los días desde entonces. Guardá esa respuesta.
La vas a entender después. 1953. Garrincha tenía 19 años. Trabajaba en la fábrica. De noche jugaba en el equipo del pueblo. Un día llegó un ojeador de Botafogo, uno de los grandes de río. Venía buscando a otro jugador. Vio a Garrincha. “Quiero que vengas a probar”, le dijo. Garrincha no quería. Estaba bien en Pau Grande.
Tenía su trabajo, su familia, sus amigos, su novia, Nair. Su padre lo convenció. “Andá, probá. Si no funciona, volvés. Garrincha fue a Río de Janeiro, primera vez que salía de Pau Grande. La prueba fue un desastre. Los entrenadores de Botafogo lo vieron llegar. Las piernas torcidas, la forma extraña de caminar.
“Esto es una broma, dijo uno. Le dieron una pelota. Hace algo.” Garrincha agarró la pelota, dejó a tres jugadores en el piso en 10 segundos. Pateó al ángulo. ¡Gol! Silencio. El entrenador principal se acercó. ¿Cómo te llamas? Manuel. No, tu apodo. Garrincha, quédate. Mañana firmas contrato. Pero hay algo que nadie cuenta de ese día.
Cuando Garrincha volvió a Pao Grande a buscar sus cosas, fue a ver a Nair, su novia de la adolescencia, la única mujer que lo conocía antes de ser garrincha. Me voy al río”, le dijo. “Volvés.” No sé. Nair no dijo nada, lo miró y lloró. “¿Por qué lloras?”, preguntó Garrincha. “Porque ya no sos el mismo. No cambié nada.
Todavía no, pero vas a cambiar. Y cuando vuelvas, si volvés, ya no me vas a conocer, ni a vos mismo.” Garrincha no entendió. Tenía 19 años. ¿Cómo iba a entender? Nair tenía razón. Nunca volvió a ser el mismo. Botafogo, 1953 a 1965. 12 años donde Garrincha se convirtió en el mejor del mundo. No el más famoso.
Ese era Pelé. No el más efectivo. Ese también era Pelé, pero el mejor. El que hacía cosas que nadie más podía hacer. Garrincha jugaba por derecha, siempre por derecha. agarraba la pelota, esperaba que el defensor se acercara y entonces pasaba una vez, dos veces, tres veces. Por el mismo lado, el defensor sabía que iba a pasar por derecha.
Todo el estadio sabía y no importaba, no lo podían parar. Era humillante, confesó un defensor después. Sabías lo que iba a hacer y no podías hacer nada. Pelé era científico, Garrincha era artista, Pelé pensaba, Garrincha sentía. Pelé entrenaba. Garrincha improvisaba. Y durante 5 años, Garrincha fue feliz porque todavía era Manée jugando en el descampado, solo que ahora había 50,000 personas mirando.
Pero en 1958 algo cambió. Brasil clasificó al Mundial de Suecia. El primero que Brasil ganó, Pelé tenía 17 años, Garrincha 24. Y lo que pasó en ese mundial no fue solo fútbol, fue el día donde Brasil le quitó la vida a Garrincha sin que él se diera cuenta. El día que dejó de ser humano, Suecia, junio de 1958, Brasil nunca había ganado un mundial, tres finales perdidas.
El complejo de ser el país del fútbol que no podía ganar. La presión era brutal. Si no ganamos, no vuelvan, decían en Brasil. El técnico Vicente Feola tenía un problema. Demasiados jugadores buenos. A quién ponía. Los primeros partidos Garrincha estaba en el banco. Pelé también. Brasil ganó, pero sin brillo, sin magia.
Para el tercer partido contra la Unión Soviética, Feola decidió arriesgarse. Puso a Pelé de titular y a Garrincha. Lo que pasó en los primeros 20 minutos de ese partido cambió la historia del fútbol. Garrincha agarró la pelota por derecha, encaró al defensor soviético. Lo pasó una vez, dos veces, tres veces. El defensor se cayó.
El estadio estalló. Centro al área. Pelé cabecea. ¡Gol! Siguiente jugada. Garrincha otra vez. Gambeta. Otro defensor en el piso. Centro. ¡Gol! Brasil ganó 3 a0. Garrincha y Pelé habían llegado. Pero hay algo que pasó en ese partido que nadie cuenta. En el minuto 15, Garrincha hizo un caño a un defensor.
El tipo se enojó, lo pateó. Falta dura. garrincha en el piso. El árbitro no vio nada. El defensor se paró sobre él. Hacé eso otra vez y te rompo. Garrincha se levantó, sonró y en la siguiente jugada le hizo otro caño al mismo tipo. El estadio enloqueció. Los compañeros festejaron, los periodistas escribieron, “Garrincha no tiene miedo.

” Pero había algo más profundo, algo que Garrincha confesó después en esa entrevista de 1979. No lo hice porque no tenía miedo, lo hice porque no me importaba. ¿Qué no te importaba? Si me rompía, si me lastimaba, si me mataban, no me importaba, porque cuando jugaba no estaba ahí. ¿Dónde estabas? En Pau Grande, con los pibes donde nadie me pedía nada.
Esta es la segunda revelación que te prometí al principio, el día exacto donde Garrincha dejó de ser humano para Brasil. Brasil ganó ese mundial. Pelé fue la estrella, Garrincha fue la magia. Cuando volvieron a Brasil, el Seers país se enloqueció. Desfile en río, un millón de personas en las calles, gritos, llantos, banderas. Pelé tenía 17 años.
Entendía que era grande, pero también entendía que tenía que cuidarse, que tenía que durar. Garrincha tenía 24 y no entendía nada. Lo paraban en la calle. Querían fotos, querían autógrafos, querían tocarlo. “Sos un dios”, le decían. Garrincha sonreía, firmaba, pero por dentro algo se rompió. “Ese día dejé de ser Mané”, confesó.
Y Mané era el único que me importaba. Volvió a Pao Grande, a la casa de su familia. Su madre lo abrazó. Estoy orgullosa”, le dijo. “¿De qué?”, preguntó Garrincha. “¿De lo que lograste?” “Yo no logré nada, solo jugué.” “¿No hiciste feliz a Brasil?” Garrincha se quedó callado y esa noche, por primera vez en su vida, tomó una botella entera de cachaza.
Solo: “Guardá ese momento.” Ese fue el principio. Después de Suecia, la vida de Garrincha. Cambió para siempre. Ya no podía caminar tranquilo. Ya no podía ir al bar del pueblo. Ya no podía ser invisible. Garrincha, una foto. Garrincha, un autógrafo. Garrincha, mi hijo te ama. Y Garrincha decía que sí, siempre a todo, porque no sabía decir que no.
En 1959 se casó con Nair, la misma novia de Pau Grande. Tuvieron ocho hijas en 10 años. Ocho. Garrincha ganaba bien en Botafogo, pero no era millonario. No como los jugadores de hoy. Tenía que mantener a ocho hijas, a su esposa, a su madre, a sus hermanos, y todavía lo paraban en la calle y todavía tenía que sonreír.
¿Eras feliz? le preguntaron en esa entrevista. No, pero tampoco era infeliz. Era como estar dormido todo el tiempo. Hacía las cosas, pero no las sentía. Ni siquiera cuando jugabas, cuando jugaba sentía. Por 90 minutos volvía a ser mané, después se terminaba y volvía a ser garrincha. 1962, Mundial de Chile.
Pelé se lesionó en el segundo partido. Fuera del torneo, Brasil sin Pelé. Todos pensaban que era el fin. Garrincha dijo, “Yo me encargo.” Y se encargó. Contra Inglaterra, dos goles, tres gambetas imposibles. Brasil ganó 3 a 1 contra España. Un golazo de cabeza que voló el estadio. Brasil ganó 2 a 1 en la final contra Checoslovaquia.
Garrincha jugó lesionado, tobillo hinchado, rodilla rota. “No puedo jugar”, le dijo al médico. “Tenés que jugar”, le dijo el técnico. “¿Y si me rompo?” Brasil te necesita. Garrincha jugó. Brasil ganó 3 a 1. Bicampeón. Garrincha fue el mejor jugador del torneo. Sin discusión, el único hombre que ganó un mundial sin Pelé.
Cuando llegó a Brasil, el desfile fue aún más grande que en el 58. 2 millones de personas. El presidente lo condecoró. Sos el orgullo de Brasil. y garrincha con el tobillo destrozado y la rodilla que nunca más fue la misma sonrió para las fotos. Esa noche en su casa, Nair lo encontró llorando en el baño.
¿Qué te pasa? No puedo más. ¿Con qué? Con esto con ser garrincha. Nair no entendió cómo no iba a querer ser garrincha. era el mejor del mundo, era amado por millones, pero Garrincha no quería eso, nunca lo quiso. Entre 1962 y 1966, algo se rompió definitivamente. La rodilla no sanó, el tobillo tampoco.
Garrincha jugaba con dolor. Todo el tiempo le dieron inyecciones, analgésicos, antiinflamatorios, lo que hiciera falta para que jugara. ¿Te explicaron los riesgos? Le preguntaron años después. No, me dijeron, “Esto te va a ayudar.” Y yo dije que sí. No preguntaste qué era. No, confiaba. Las inyecciones lo ayudaban por 90 minutos.
Después el dolor volvía peor. Entonces empezó a tomar cachaza, cerveza, lo que hubiera, porque el alcohol era el único momento donde el dolor paraba. Y Brasil no dijo nada porque mientras jugara bien no importaba. 1962, el mismo año del Mundial de Chile. Garrincha conoció a una mujer. Se llamaba Elsa Suárez, cantante, famosa, hermosa, intensa.
Elsa era lo opuesto a Nair. Nair era tranquila, callada, de pueblo. Elsa era fuego, escándalo, Río de Janeiro puro. Se conocieron en un evento. Garrincha todavía estaba casado. Ocho hijas, una esposa esperando en casa, pero Elsa lo miró de una forma que nadie lo había mirado antes. No como a Garrincha, el ídolo, como a Mané, el hombre.
¿Qué sentiste cuando la viste? Le preguntaron que alguien me veía por primera vez en años. Empezaron una relación secreta al principio, después pública. Brasil enloqueció. Garrincha abandona a su familia. Elsa Suárez, la mujer que destruyó al ídolo. El pecado de Garrincha, la iglesia lo condenó.
Los hitos y periodistas lo atacaron. La gente lo insultaba en la calle, pero Garrincha no paró. Se divorció de Nair. Se casó con Elsa en 1966 y lo que vino después fue la historia de amor más tóxica del fútbol brasileño. Esta es la tercera revelación que te prometí al principio. Elsa Suárez, la mujer que lo amó y lo destruyó.
Elsa y Garrincha se amaban. Eso es innegable. Cualquiera que los veía juntos lo sabía, pero también se destruían. Porque los dos estaban rotos y dos personas rotas no se arreglan juntas, se rompen más. Garrincha bebía cada vez más. Elsa también peleaban gritos, platos rotos, vecinos llamando a la policía.
Se separaban, volvían. Se separaban, volvían. ¿Por qué volvía siempre? Le preguntaron a Garrincha. Porque con ella podía ser mané, aunque fuera un mané roto. Y ella, ella también estaba rota. Éramos dos pedazos tratando de ser algo. Pero Brasil no quería verlo así. Brasil quería culpar a alguien y eligieron a Elsa. Ella lo destruyó, decían.
Antes de ella, Garrincha era feliz. Mentira. Garrincha nunca fue feliz. Después de Suecia, Elsa solo fue la única que lo vio roto y lo amó igual. 1966, Mundial de Inglaterra. Garrincha tenía 32 años, las rodillas destrozadas, el alcoholismo avanzando. Brasil fue a defender el título. Tricampeón.
Pelé y Garrincha juntos otra vez, pero no eran los mismos. Pelé tenía 25. Estaba en su mejor momento. Garrincha estaba acabado. En el primer partido contra Bulgaria lo patearon sin piedad, falta tras falta. El árbitro no cobraba nada. Garrincha intentaba gambetear, pero las piernas no respondían. Se caía, se levantaba, se caía otra vez.
En el tercer partido contra Portugal, Pelé salió lesionado. Le rompieron la pierna. Garrincha también salió lesionado, rodilla destrozada, Brasil eliminado, humillado. Cuando volvieron, la prensa los destrozó. Pelé y Garrincha están viejos. Se acabó la era dorada.
Garrincha tenía 32 años y Brasil ya lo había descartado. La caída lenta, lo que viene ahora no es una caída rápida, es algo peor. Es ver como un hombre se destruye de a poco, día tras día, año tras año, mientras Brasil mira y no hace nada. 1966 a 1972, los últimos años de garrincha en el fútbol. Después de Inglaterra, Botafogo lo dejó ir. “Ya no sirve”, dijeron.
Garrincha tenía 32 años, las rodillas rotas, pero todavía quería jugar. Fue a Corinthians, jugó 6 meses, no funcionó. Fue a Flamengo, jugó un año. Peor fue Atlético Junior de Colombia. Duró 3 meses. Volvió a Brasil. Equipos chicos, ligas menores, partidos en canchas de tierra. ¿Por qué seguías jugando?, le preguntaron.
Porque era lo único que sabía hacer. ¿No podías hacer otra cosa? ¿Como qué? Trabajar en una fábrica ya no era Mané. No podía volver a ser Mané. Esta es la cuarta revelación que te prometí al principio. ¿Por qué seguía jugando cuando ya no podía caminar? Garrincha no jugaba por dinero, no jugaba por gloria, jugaba porque los 90 minutos en una cancha eran los únicos 90 minutos donde todavía se sentía vivo.
El resto del tiempo estaba muerto. Muerto en su casa, muerto con Elsa, muerto con sus hijas, muerto consigo mismo. solo cuando tenía una pelota en los pies, cuando escuchaba a la gente gritar su nombre, cuando hacía un caño, aunque fuera un defensor de un equipo de tercera. Ahí sentía algo.
“El fútbol no me salvó”, confesó. El fútbol me mató, pero me mató lentamente y yo prefería morir lento jugando que rápido sin jugar. 1972, Garrincha se retiró. 38 años, las piernas destruidas, sin dinero, sin futuro. ¿Qué hace un hombre que fue Dios y ahora no es nada? Garrincha intentó varias cosas.
Trabajó como comentarista de radio. No funcionó. No sabía explicar el fútbol, solo sabía jugarlo. Intentó ser entrenador. Duró dos meses. No entendía tácticas, no entendía estrategias. abrió un bar en río, quebró en se meses porque regalaba más de lo que vendía y mientras tanto seguía bebiendo cada vez más.
Ya no era solo cachaza de noche, era cachaza de mañana, de tarde, de noche. Elsa trataba de ayudarlo, lo internaba. Garrincha salía y volvía a tomar. No puedo parar, le decía. ¿Por qué? Porque cuando paro me acuerdo de todo. Hay una historia que Elsa contó años después, una historia que nunca se publicó completa. Fue en 1974.
Garrincha llevaba dos años retirado. Estaban en la casa. Discutieron por algo que Elsa ya no recuerda. Garrincha agarró una botella, se encerró en el baño. Elsa escuchó un golpe, después silencio. Abrió la puerta. Garrincha estaba tirado en el piso llorando. ¿Qué pasa?, le preguntó. Ya no puedo más.
¿Con qué? Con ser esto, con ser lo que quedó de garrincha. Elsa se sentó con él, le agarró la mano. ¿Quién sos si no sos Garrincha? Garrincha la miró. Los ojos rojos, la voz rota. No sé, hace 20 años que no sé. Los últimos 10 años de garrincha son una tortura de ver. 1975. Chocó su auto. Borracho. Mató a su suegra.
La madre de Elsa fue preso tres meses. Salió por buena conducta. Elsa lo perdonó. Brasil no. Carrincha, el asesino, el ídolo caído, el borracho que mató. No importaba que fuera un accidente, no importaba que estuviera destruido. Brasil necesitaba un culpable. 1977, Elsa y Garrincha se separaron definitivamente después de 11 años juntos.
¿Por qué te fuiste? Le preguntaron a Elsa años después. Porque si me quedaba moríamos los dos. ¿Lo amabas? todos los días, pero no podía salvarlo y él no quería salvarse. Garrincha se mudó solo a un departamento chico en el suburbio de Río. Una pieza, un baño, una cocina, las paredes llenas de fotos, fotos de Suecia, de Chile, de Botafogo, de Pelé, de Brasil campeón.
¿Las mirabas? Le preguntaron. Nunca. Estaban ahí porque la gente esperaba que estuvieran, pero yo no me reconocía en esas fotos. ¿A quién veías? ¿A un tipo haciendo un trabajo? Como un actor haciendo una película. Sus hijas lo visitaban, le llevaban comida, le pedían que dejara de tomar. “Deja a papá, por nosotras no puedo”, decía y sonreía.
Esa sonrisa, que ya no era sonrisa, era una máscara. 1980, Garrincha estaba internado otra vez, desintoxicación. La cuarta o quinta vez ya nadie contaba. Los médicos le dijeron lo que ya sabía. Si Rosis avanzada, si seguís tomando, te quedan meses. Y si dejo años con suerte, Garrincha dejó de tomar por dos meses.
Después, una noche solo en su departamento, abrió una botella. ¿Por qué lo hiciste?, le preguntaron después. Porque los años con suerte también eran una condena. Prefería meses siendo yo que años siendo esto. 1981. Garrincha internado otra vez, esta vez en un hospital público. No tenía seguro médico, no tenía dinero.
El mismo hombre que había llenado estadios muriendo en un hospital donde faltaban sábanas. Sus hijas juntaron dinero para pagar el tratamiento. No alcanzaba. Algunos exjugadores de Botafogo hicieron una colecta, juntaron algo, no mucho. Brasil, el país que lo había amado, que lo había usado, que lo había descartado, no movió un dedo.
¿Dónde está la federación?, preguntaban los periodistas. ¿Dónde está el gobierno? ¿Dónde están los sponsors? Nadie respondió porque a nadie le importaba. Garrincha ya no vendía, Garrincha ya no servía. Hay una foto de Garrincha en ese hospital. La última foto que le tomaron está en la cama.
50 kg de peso, los ojos hundidos, la piel amarilla por la cirrosis. Pero lo peor no es eso. Lo peor es la mirada. No hay dolor. No hay miedo. No hay tristeza. No hay dolor. No hay miedo. No hay tristeza. Hay alivio. La mirada de un hombre que ya no tiene que ser garrincha, que ya no tiene que sonreír, que ya no tiene que fingir. Un periodista se coló al hospital, le preguntó, “¿Tenés miedo de morir?” Garrincha lo miró y dijo algo que el periodista nunca publicó porque era demasiado oscuro.
No, tengo miedo de no morir. 20 de enero de 1983, hospital de Maracaná, Río de Janeiro. Garrincha murió a las 6 de la mañana. Cirrosis, hepática, fallo multiorgánico. Solo ninguna de sus hijas llegó a tiempo. Elsa estaba de gira. Sus hermanos no sabían que estaba tan grave. Murió como había vivido los últimos 15 años.
Solo la noticia salió en los diarios al mediodía. Murió Garrincha, la alegría del pueblo. Hipócritas. Todos hipócritas. Cuando estaba vivo, destruyéndose, pidiendo ayuda, sin palabras, nadie hizo nada. Pero cuando murió, Brasil lloró. Llenaron el estadio de Maracaná, 50,000 personas en su funeral. Garrincha eterno, el ángel de las piernas torcidas, el mejor de todos. Pelé fue.
Lloró frente a las cámaras. Perdí a mi hermano, dijo, “¿Dónde estabas cuando tu hermano se moría solo en un hospital público?” Nadie preguntó eso porque no era el momento, porque Brasil necesitaba hacer el duelo, necesitaba sentirse bien consigo mismo. El legado de la alegría que mata 42 años después de su muerte, Brasil sigue llorando a garrincha.
Pero nunca entendió qué llorar. No llora al hombre, llora al símbolo, llora a la idea de lo que Garrincha representaba, la alegría del pueblo. Pero hay una pregunta que Brasil nunca se hizo. ¿Quién le dio permiso a Garrincha para ser triste? Esa es la verdadera tragedia. No que Garrincha muriera a los 49, sino que nunca tuvo permiso para ser humano.
Desde Suecia, 1958, Garrincha dejó de ser Manuel Francisco dos Santos. Se convirtió en una idea, en un producto, en un símbolo nacional. Y cuando el símbolo empezó a romperse, Brasil no lo reparó, lo escondió. Hay una entrevista que Pelee dio en 1990, 7 años después de la muerte de Garrincha. Le preguntaron, “¿Qué fue lo peor de la fama para vos?” La soledad, dijo, “Estar rodeado de millones y sentirte solo.
¿Sentiste que Garrincha vivió eso, Pelé?” se quedó callado. Largo rato, Garrincha lo vivió peor que yo porque yo aprendí a protegerme. Él nunca aprendió. ¿Por qué? Porque yo nací pobre y me hice rico. Entendía lo que perdía si me destruía. Garrincha nació pobre, se hizo rico y en su cabeza seguía siendo pobre.
Nunca entendió que había algo que perder. Eso lo mató. No, lo que lo mató fue que nunca le dijimos que podía decir que no. A Brasil, a la fama, a todo. Pelé tiene razón, pero se queda corto. Lo que mató a Garrincha no fue solo que no podía decir que no, fue que Brasil convirtió su alegría en obligación.
Garrincha, el que siempre sonríe. Garrincha, la alegría del pueblo. Garrincha, el que juega por amor. Y si un día Garrincha no quería sonreír, ¿y si un día estaba triste? ¿Y si un día quería parar? No podía porque entonces dejaba de ser garrincha. Y si dejaba de ser garrincha, ¿quién era? Esa pregunta lo persiguió toda su vida y nunca encontró respuesta.
¿Quién sos vos sin el fútbol? Le preguntaron en 1979. Nadie. Nadie. ¿Cómo? Nadie. Un tipo de pau grande con las piernas torcidas que no sabía hacer nada más. Eso te asustaba todo el tiempo, por eso tomaba, porque borracho no tenía que pensar en eso. Compará a Garrincha con los grandes de hoy, Messi, Cristiano, Neymar, Mbappé, todos tienen equipos.
Nutricionistas, psicólogos, agentes, abogados. Protección. Cuando Messi tiene un mal día, puede desaparecer. Puede decir que no puede cuidarse. Garrincha no tenía nada de eso. Tenía a su hermano Roberto manejando su dinero. Roberto que no terminó la primaria. Tenía a amigos que le pedían plata y desaparecían.
Tenía a periodistas que lo buscaban borracho para sacarle declaraciones. Tenía a un país entero que le exigía ser feliz siempre, sin importar que garrincha podría sobrevivir hoy. Le preguntaron a un psicólogo deportivo brasileño en 2020. No ni de casualidad. Garrincha necesitaba ayuda psiquiátrica profunda desde los 20 años.
Hoy se lo hubieran diagnosticado. Depresión severa, probablemente trastorno de identidad disociativo. En los años 60 solo le decían, “Toma menos, pero hay algo más profundo, algo que va más allá de Garrincha.” La pregunta es esta, ¿brasil mató a Garrincha o Garrincha se dejó matar? Porque Garrincha tuvo opciones en varios momentos de su vida.
tuvo opciones. Pudo dejar el fútbol después de Chile. Tenía 28 años. Bicampeón, el mejor del mundo. Podía retirarse en la cima. Pudo decir que no a las inyecciones que le destruyeron las rodillas. Pudo dejar de tomar en los 70 cuando todavía había tiempo, pero no lo hizo. ¿Por qué? Porque Garrincha entendió algo que la mayoría no entiende, algo oscuro, algo que asusta.
Entendió que ser garrincha, aunque lo matara, era mejor que volver a ser Mané, porque Mané era un pobre de pao grande, con piernas torcidas que trabajaría en una fábrica hasta morir. Garrincha era un dios, un dios roto, pero un dios. y prefirió morir siendo un dios roto que vivir siendo un mortal olvidado.
Hay un video que casi nadie vio de 1978. Garrincha dando una charla en una escuela de Pau Grande. Su pueblo donde nació. Los niños lo miran con ojos enormes. “Sos nuestro héroe”, le dicen. Garrincha sonríe. Esa sonrisa automática. Un niño levanta la mano que se siente ser el mejor. Garrincha se queda callado. 10 segundos, 20.
El profesor se pone nervioso y entonces Garrincha dice, “No sé, nunca fui el mejor. ¿Cómo que no? Ganaste dos mundiales. Eso fue garrincha. Yo soy Mané. Los niños no entienden. El profesor tampoco. ¿Cuál es la diferencia?, pregunta el niño. Garrincha lo mira y dice algo que ningún niño debería escuchar.
La diferencia es que Garrincha está muerto hace 20 años. Yo solo soy el cuerpo que todavía camina. Silencio, incómodo, profundo. El profesor cambia de tema rápido. Después del evento le dice a Garrincha, “No digas esas cosas, los niños te admiran.” Lo sé. Por eso se los dije, para que sepan que admirar a alguien puede matar a esa persona.
Elsa Suárez vivió hasta los 91 años. Murió en 2022. Durante 40 años después de separarse de Garrincha, la culparon de todo. Elsa destruyó a Garrincha. Por ella se volvió alcohólico. Por ella abandonó a su familia. Elsa nunca se defendió. Hasta 2015, una entrevista, una de las últimas donde habló de él.
“¿Vos lo destruiste?”, le preguntaron. “No, Garrincha ya estaba destruido cuando lo conocí. Yo solo fui la única que vio los pedazos y los amó igual. ¿Te arrepentís de algo? ¿De no haberlo salvado. ¿Cómo lo hubieras salvado? No sé. Nadie sabe porque nadie puede salvar a alguien que no quiere salvarse.
Él no quería salvarse. Elsa lloró por primera vez en la entrevista. No, él quería desaparecer desde el día que lo conocí, solo que le tomó 20 años hacerlo. Las ocho hijas de Garrincha sobrevivieron, algunas mejor que otras. Una de ellas, Teresa, se suicidó en 2000. Alcohol y pastillas, 43 años. Otra, Rosángela, murió en 2003.
Ataque cardíaco, 46 años. El alcoholismo, la depresión, el abandono, todo heredado. ¿Oiaban a su padre? Le preguntaron a una de las hijas sobrevivientes. No lo entendíamos, porque también nos pasó a nosotras vivir con el apellido garrincha, con la sombra, con la comparación. ¿Qué hubieran querido decirle? Que no tenía que ser garrincha para nosotras, que con ser papá alcanzaba.
Pero Garrincha nunca pudo ser solo papá, porque Brasil no se lo permitió. Hoy en 2025 hay una estatua de garrincha en Pao Grande, 2 met de bronce, garrincha con la pelota sonriendo. Los turistas se sacan fotos. Los niños juegan alrededor. Garrincha, el ángel de las piernas torcidas.
Pero a 100 m de esa estatua está la casa donde murió su madre en la pobreza. A 500 met está el hospital público donde Garrincha murió solo. A 2 km está el bar donde tomaba hasta desmayarse. Nadie visita esos lugares porque Brasil no quiere recordar esa parte. Brasil quiere al garrincha de bronce, al símbolo, a la alegría. No quiere al garrincha de carne, al hombre, al dolor.
En 2010, la FIFA hizo una lista de los 100 mejores jugadores de la historia. Pelé primero, Maradona segundo, Garrincha 1tercero. Un periodista brasileño escribió, “Garrincha debería estar más arriba.” Otro respondió, “Garrincha está exactamente donde merece estar porque se destruyó solo. Esa es la mentira que Brasil sigue contando, que Garrincha se destruyó solo, como si Brasil no lo hubiera usado, como si Brasil no lo hubiera exprimido, como si Brasil no lo hubiera descartado.
Garrincha fue víctima de sí mismo, dicen. Garrincha fue víctima de un país que convierte a sus héroes en mercancías, que los usa hasta que se rompen y después los llora cuando mueren. Pero hay algo que Brasil nunca va a admitir. Algo incómodo, algo que duele. Garrincha es más querido que Pelee. Pregúntale a cualquier brasileño mayor de 60.

¿A quién amás más? Van a decir garrincha. Siempre garrincha. ¿Por qué? Porque Pelé sobrevivió. Pelé se hizo rico. Pelé se protegió. Pelée está vivo. Garrincha murió. Garrincha se destruyó. Garrincha se sacrificó. Y Brasil ama a los mártires más que a los sobrevivientes. ¿Por qué es más fácil llorar a un muerto que ayudar a un vivo? Existe una última entrevista de Garrincha de 1982.
Un año antes de morir, un periodista lo encontró en un bar solo a las 3 de la tarde con una botella vacía en la mesa. “¿Puedo hacerte unas preguntas?”, Garrincha levantó la vista, los ojos rojos. “Hacé lo que quieras, ya no importa. ¿Qué no importa? Nada, nada importa. ¿Te arrepentís de algo?” Garrincha se quedó callado.
Largo rato de todo y de nada. No entiendo. Me arrepiento de haber dicho que sí a Botafogo en 1953, pero si no hubiera dicho que sí, hubiera muerto en pau grande sin que nadie supiera mi nombre. ¿Qué es peor? ¿Morir famoso y destruido o morir anónimo y entero? ¿Vos qué pensás? Garrincha sonríó. Pero no era una sonrisa, era una mueca.
Pienso que las dos formas apestan, pero por lo menos yo jugué. Por lo menos sentí algo, aunque haya sido por 20 años, nada más. Los otros 30 años no sentiste nada. Los otros 30 años estuve muerto, solo que mi cuerpo no lo sabía. Esa entrevista nunca se publicó. El periodista dijo que era demasiado oscura, que no era lo que la gente quería leer. Por supuesto que no.
Brasil no quería leer sobre el garrincha real. Brasil quería al garrincha de la sonrisa, de la magia, de la alegría. El otro garrincha, el roto, ese no vendía diarios. Hoy cuando miran videos de garrincha jugando, la gente se emociona. Qué lindo era el fútbol antes. Garrincha jugaba con alegría pura.
Así se tiene que jugar. Y tienen razón. Garrincha jugaba con algo que ya no existe. Pero lo que no saben es el precio de esa alegría. Esa alegría costó dos rodillas destruidas. Costó un matrimonio roto. Costó ocho hijas sin padre. Costó 30 años de alcoholismo. Costó una muerte sola en un hospital público. Esa es la alegría que ustedes aman tanto.
La alegría que mata. ¿Podría existir un garrincha hoy? No. No porque los jugadores de hoy no tengan talento, sino porque hoy no dejamos que nadie sea tan libre. Garrincha jugaba sin tácticas, sin sistemas, sin planes. Agarraba la pelota y hacía lo que sentía. Hoy eso no existe. Hoy todo es control, posicionamiento, estrategia.
Hoy garrincha sería un problema, un jugador difícil, uno que no encaja. Y tal vez eso es mejor, porque tal vez Garrincha en este mundo con psicólogos y protección y límites hubiera sobrevivido. O tal vez no, porque tal vez Garrincha necesitaba esa libertad absoluta en la cancha para soportar la prisión absoluta afuera.
La última reflexión. Garrincha ganó dos copas del mundo, peleé tres. Pero hay un dato que pocos saben. Brasil nunca perdió un partido con Garrincha en cancha. 60 partidos, 52 victorias, ocho empates, cero derrotas. Cuando Garrincha jugaba, Brasil no perdía nunca. Ese es el legado futbolístico. Impecable, perfecto, pero el legado humano es otro.
Un hombre que nació con piernas torcidas en la pobreza, que se convirtió en el mejor del mundo sin quererlo, que fue usado por un país hasta romperse, que amó a una mujer que tampoco pudo salvarlo, que murió solo, pobre, destruido, y que sonó hasta el final, porque esa era la única forma que conocía de existir.
La pregunta no es si Brasil mató a Garrincha. La pregunta es, ¿cuántos garrinchas más va a matar antes de aprender? Garrincha está enterrado en el cementerio de Raíz da Serra, Petrópolis, Río de Janeiro. La tumba es simple, una lápida con su nombre, nada más. No hay estatuas ahí, no hay flores frescas, no hay turistas, porque la gente no va a ver al garrincha muerto.
Van a ver al garrincha de bronce en pau grande, al símbolo. Pero si vas al cementerio, si te parás frente a esa tumba y te quedas en silencio, vas a sentir algo. No es tristeza, no es nostalgia, es alivio. El alivio de un hombre que finalmente después de 49 años pudo dejar de ser garrincha y pudo ser aunque sea en la muerte lo que nunca pudo ser en vida. Manuel Francisco dos Santos.
Mané, el niño de Pau Grande con las piernas torcidas que solo quería jugar. Si la historia de Garrincha te enseñó algo que no sabías, si ahora entendés el precio de la alegría. Si ahora ves la diferencia entre amar a un símbolo y amar a un humano, entonces hace algo por mí. Dale like a este video, suscríbite al canal, no por mí, por Garrincha, para que la próxima vez que alguien diga Garrincha, la alegría del pueblo, alguien más pueda decir sí.
Pero esa alegría tenía un costo y Garrincha lo pagó con su vida. Y tal vez, solo tal vez, la próxima vez que Brasil tenga un nuevo garrincha, un nuevo genio roto, un nuevo ángel con alas rotas, lo cuide, lo proteja, le diga que está bien no sonreír, que está bien decir que no, que está bien ser humano, porque al final eso es lo único que Garrincha necesitaba, permiso para ser humano y nadie se lo dio.
hasta que fue demasiado tarde.