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Ella Llegó Con Una Marca En El Cuello El CEO Notó Y Obsesionado De Celos Exigió Quién Lo Hizo

Era una mañana de lunes como tantas otras y Alejandro Mendoza estaba esperando a su asistente en su oficina del último piso del rascacielos que dominaba el Skyline de Madrid. Como cada día, desde hacía 3 años, Clara Vega entraría a las 8 en punto con su café, su sonrisa profesional y esa luz en los ojos que él fingía no notar.

Pero esa mañana, cuando Clara cruzó el umbral de la oficina, Alejandro sintió que la sangre se le helaba en las venas. Ella llevaba una blusa gris con el cuello alzado, pero cuando se inclinó para dejar los documentos sobre el escritorio, la tela se movió revelando lo que intentaba ocultar. Una marca roja en el cuello, un chupetón.

Alejandro se quedó paralizado en su sillón de cuero, incapaz de apartar la mirada de aquella marca que otro había dejado en la piel de la mujer que amaba en secreto desde hacía años. Clara levantó los ojos y cruzó su mirada. Vio algo en el rostro de su jefe que nunca había visto antes. Una rabia fría, un dolor contenido, una pregunta que ardía por salir.

Y entonces él habló con una voz que no parecía la suya. le preguntó quién se lo había hecho. Si estás preparado para esta historia, escribe en los comentarios desde dónde estás viendo este video. Alejandro Mendoza tenía 38 años, un patrimonio estimado en varios cientos de millones de euros y la reputación de ser el hombre más frío y despiadado del mundo empresarial español.

Era el sío de Grupo Mendoza, un imperio que su abuelo había fundado en la posguerra y que él había transformado en un coloso internacional con presencia en toda Europa y Latinoamérica. Poseía apartamentos en Madrid, Londres y Nueva York. Conducía coches que costaban tanto como pisos y frecuentaba mujeres que parecían salidas de las portadas de las revistas de moda.

Los periódicos lo llamaban El Rey de Hielo. Sus competidores lo temían. Sus empleados lo respetaban, pero mantenían siempre las distancias. Nadie se atrevía a contradecirlo. Nadie se atrevía a acercarse demasiado. Nadie se atrevía a mirar más allá de aquella fachada impenetrable que él había construido con cuidado a lo largo de los años.

Pero había algo que nadie sabía de Alejandro Mendoza. Detrás de aquella fachada de hielo, detrás de aquellos trajes a medida de 10,000 € y aquella mirada que hacía temblar a los consejos de administración, se escondía un hombre profundamente solo, profundamente herido, profundamente enamorado de una mujer que nunca podría tener.

Clara Vega había entrado en su vida 3 años antes, recién graduada en económicas por la Universidad Complutense, con un currículum impecable y ninguna de las recomendaciones que normalmente abrían las puertas de su oficina. La había contratado como asistente personal casi por desafío, curioso por ver cuánto duraría aquella chica de provincias que se atrevía a mirarlo a los ojos en lugar de bajar la mirada como todos los demás.

Había durado 3 años y en esos tres años, sin que Alejandro se diera cuenta, había sucedido lo imposible. Se había enamorado. No sabía exactamente cuándo había sucedido. Quizás había sido el modo en que Clara gestionaba las crisis sin perder nunca la calma. Quizás había sido aquella vez que la había encontrado llorando en su despacho después de una llamada con su madre enferma y por primera vez en su vida había deseado abrazar a alguien en lugar de ignorar sus emociones.

Quizás había sido simplemente el modo en que ella lo miraba, como si viera más allá de la máscara, como si conociera al hombre que se escondía detrás del SEO. Pero Alejandro nunca había hecho nada, nunca había dicho nada, porque él era el jefe y ella era su empleada. Y había reglas no escritas que ni siquiera un hombre poderoso como él se atrevía a romper porque tenía miedo.

El que nunca había tenido miedo de nada de descubrir que ella no sentía lo mismo, porque era más fácil sufrir en silencio que arriesgarse a perderla del todo. Y así había continuado día tras día, escondiendo sus sentimientos detrás de órdenes secas y miradas profesionales, torturándose cada vez que la veía sonreír a otra persona, muriendo un poco por dentro cada vez que ella le hablaba de una cita o de un hombre que había conocido.

Aquella mañana de lunes, cuando había visto aquella marca en el cuello de Clara, algo dentro de él se había roto. todos los muros que había construido, todo el autocontrol que había cultivado durante años, todo se había derrumbado en un instante. Y la bestia de los celos, aquella que había mantenido enjaulada durante tanto tiempo, estaba finalmente libre.

Clara se quedó petrificada ante la pregunta de su jefe. En tres años de trabajo juntos, Alejandro Mendoza nunca le había hecho una pregunta personal, nunca le había preguntado cómo estaba, qué hacía el fin de semana si tenía alguien en su vida. Siempre había sido profesional hasta el exceso, frío hasta el hielo, distante hasta parecer un robot en traje gris.

y ahora estaba allí de pie detrás de su escritorio de cristal y acero, con los ojos que ardían de algo que ella no conseguía descifrar, preguntándole quién le había dejado aquella marca en el cuello. Clara se llevó instintivamente la mano al cuello de la blusa, intentando cubrir lo que evidentemente no había conseguido ocultar suficientemente bien.

Sintió el rostro enrojecer, no de vergüenza por la marca, sino de incomodidad por la situación. No sabía qué responder. No sabía por qué él se lo estaba preguntando. No sabía qué estaba pasando. Alejandro notó su incomodidad y algo dentro de él se contrajo. Su silencio era una confirmación. Había alguien, alguien que tenía el derecho de tocarla, besarla, dejarle marcas en la piel, alguien que no era él.

Se obligó a sentarse, a recuperar el control, a ponerse de nuevo la máscara. Se disculpó. dijo que no era asunto suyo, que podían empezar con el repaso de las citas del día, pero su voz era diferente, más ronca, más tensa, y sus ojos no conseguían dejar de volver a aquel punto del cuello de Clara, donde el cuello de la blusa se había movido revelando el borde de la marca roja.

Clara empezó a hablar de las citas, de las reuniones, de las llamadas que había que hacer, pero su mente estaba en otra parte. ¿Por qué su jefe había reaccionado así? ¿Por qué aquella pregunta? Y sobre todo, ¿por qué había habido aquella nota de dolor en su voz que ella nunca había escuchado antes? El día transcurrió de manera extraña, cargado de una tensión que nunca había existido.

Alejandro estaba más brusco de lo habitual, más impaciente. Miraba a Clara con una intensidad que la hacía sentirse expuesta, estudiada, como si buscara algo en su rostro. Cada vez que ella salía del despacho para un encargo, él miraba el reloj hasta su regreso. Cada vez que el teléfono de ella sonaba, él agaba el oído intentando entender quién era.

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