En la arena política mexicana, las metáforas de naufragios y derrumbes han sido una constante a la hora de describir el desgaste de los partidos tradicionales. Sin embargo, lo que está ocurriendo actualmente con el Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha dejado de ser una simple crisis pasajera para convertirse en un colapso histórico sin precedentes, transmitido en vivo y a todo color ante los ojos de una ciudadanía atónita. En el ojo de este huracán mediático y político se encuentra su dirigente nacional, Alejandro “Alito” Moreno, cuyas recientes y controvertidas decisiones han marcado lo que muchos analistas serios consideran el último clavo en el ataúd de la organización política más antigua del país. Mientras la presidenta electa, Claudia Sheinbaum, afianza la presencia internacional de México con acuerdos de cooperación y seguridad de alcance global, el líder priista ha optado por un camino que roza lo insólito: viajar a Estados Unidos para suplicar abiertamente la intervención extranjera. Este contraste abismal no solo define el estado agónico de la oposición en el México moderno, sino que revela una profunda y sistemática desconexión con la realidad cotidiana de millones de mexicanos.
Para entender verdaderamente la magnitud del abismo en el que se encuentra atrapado el PRI, es necesario retroceder a un momento clave que destrozó para siempre cualquier fachada de integridad institucional que el partido intentara proyectar. En el año 2022, la gobernadora del estado de Campeche, Layda Sansores, comenzó a exponer una serie de audios filtrados que sacudieron los cimientos de la política nacional. De todas las conversaciones clandestinas que salieron a la luz pública, hubo una frase en particular que resonó con una brutalidad indescriptible, una declaración que hoy sigue revolviendo el estómago de la sociedad civil y del gremio periodístico: “A los periodistas no hay que matarlos a balazos, hay que matarlos de hambre”.
lejandro Moreno con una escalofriante naturalidad, esta afirmación no fue un simple exabrupto en un momento de tensión. Fue la radiografía exacta de un modelo de poder arcaico que operaba desde la impunidad total y el desprecio absoluto por la libertad de expresión. Escuchar al líder de un partido político —que hoy paradójicamente se autoerige como el gran paladín y defensor de la democracia y las instituciones— hablar con tanta frialdad sobre asfixiar económicamente a los comunicadores, destruyó en cuestión de segundos décadas enteras de narrativa partidista. Resulta profundamente hipócrita, y hasta insultante para la inteligencia del electorado, que este mismo personaje se presente hoy en solemnes foros internacionales exigiendo respeto al estado de derecho y a la libertad de prensa.
La Caída Libre: Números Que No Mienten
El desplome electoral del PRI bajo la gestión de Moreno no es producto de una opinión sesgada, sino de una fría, calculable y devastadora realidad matemática. Hace apenas seis años, el partido tricolor ostentaba el poder ejecutivo en 12 gubernaturas, manteniendo un control territorial, financiero y operativo que parecía inquebrantable frente a cualquier adversario. Hoy, esa cifra se ha reducido a un rotundo y humillante cero. El vacío de poder a nivel estatal es absoluto. En la elección presidencial del 2018, el partido aún logró captar el respaldo de 9 millones de votantes. Para el proceso electoral de 2024, esa cifra se desplomó dramáticamente a apenas 6 millones, reflejando una hemorragia masiva de militantes y simpatizantes que, decepcionados, simplemente decidieron abandonar un barco que se hundía sin remedio.
El reflejo más crudo y alarmante de esta realidad se vive actualmente en los pasillos de la Cámara de Diputados. De 500 curules disponibles en el recinto legislativo, el partido que gobernó ininterrumpidamente a la nación durante 71 años seguidos hoy solo ocupa 37 asientos. Hablamos de un minúsculo e intrascendente 7.4% de representación dentro del Congreso de la Unión. Alejandro Moreno, quien asumió la dirigencia nacional en 2019 con la solemne promesa de reconstruir y modernizar al partido tras la debacle de 2018, ha sido, paradójicamente, el arquitecto principal de su etapa más oscura. Bajo su ininterrumpido mandato de siete años, se perdieron 10 gubernaturas que ya estaban aseguradas, se esfumaron millones de afiliados, y lo que es aún más grave: se dinamitó el único activo político que el PRI presumía tener frente a sus rivales, que era su histórica fama de saber gobernar y gestionar las complejidades del Estado.
El Grito Desesperado en Washington
Frente a este dantesco escenario de aniquilación en las urnas, la estrategia adoptada por Alito Moreno ha sido errática, polarizante y peligrosamente ajena a los intereses de la nación. Del 13 al 15 de mayo de este mismo año, el dirigente priista emprendió una gira a Washington, D.C., que seguramente pasará a los libros de historia como uno de los episodios más cuestionables, sumisos y absurdos de la diplomacia opositora mexicana. Lejos de presentar un proyecto de nación alternativo, maduro y estructurado, Moreno se reunió con legisladores del Partido Republicano estadounidense para entregar una solicitud oficial. En dicho documento, firmado y sellado, pedía formalmente al Departamento de Estado, al Departamento de Justicia y al Departamento del Tesoro de Estados Unidos clasificar a Morena como una “organización terrorista”.

Es fundamental detenernos a dimensionar la gravedad de esta petición: el líder de una fracción legislativa minoritaria y derrotada viajó para suplicarle a una potencia extranjera que catalogue como terroristas al movimiento político que acaba de ganar las elecciones de manera aplastante con más del 40% de los votos, que gobierna a la inmensa mayoría de la población y que cuenta con una mayoría calificada otorgada democráticamente por el pueblo de México. Por si fuera poco el descaro, Moreno solicitó también la extradición inmediata de 18 políticos mexicanos sin juicio previo en su país de origen, sin presentar pruebas sustentadas ante la Fiscalía General de la República y pisoteando por completo los mecanismos bilaterales y la soberanía jurídica de la nación. A esto se le sumó su inaudita reunión con la opositora venezolana María Corina Machado, con el único propósito de comparar grotescamente a México con Venezuela ante audiencias extranjeras desinformadas.
Todo este teatro político se llevó a cabo exactamente en la misma semana en que Claudia Sheinbaum firmaba acuerdos comerciales, de cooperación y de alta seguridad con 27 países europeos. Mientras el Estado mexicano consolidaba a la decimoquinta economía del mundo frente a las naciones más desarrolladas del planeta, el líder del PRI mendigaba una intervención extranjera como única tabla de salvación para su hundimiento político.
La Respuesta Institucional: La Ley Contra el Escándalo
Esta política del escándalo premeditado y la súplica internacional no es nueva y ya había generado episodios bochornosos. En agosto del año pasado, el hemiciclo del Senado de la República fue testigo de un altercado físico lamentable entre Alejandro Moreno y el entonces legislador Gerardo Fernández Noroña. ¿El motivo que encendió la mecha? Alito exigía a gritos, desde la máxima tribuna del país, la intervención militar directa de Estados Unidos en el territorio mexicano bajo el pretexto de combatir al crimen organizado. Aquella sesión culminó entre vergonzosos empujones ante las cámaras de todo el mundo, proyectando la imagen de una oposición cegada por la desesperación, dispuesta a hipotecar la independencia de la nación a cambio de retener un poco de relevancia mediática.
Sin embargo, frente a estos provocadores berrinches de la dirigencia tricolor, la respuesta del nuevo gobierno y de las fuerzas progresistas no ha consistido en rebajarse al fango del escándalo ni en intercambiar insultos vacíos. La verdadera estrategia ha sido aplicar la fría contundencia de las instituciones. Recientemente, a través de Ricardo Monreal, se impulsó una reforma constitucional clave que establece explícitamente la intervención extranjera como una causal directa de nulidad de elecciones. Esta modificación legal cierra de un portazo institucional las aspiraciones de quienes buscan usar potencias extranjeras para ganar lo que perdieron con los ciudadanos. De manera paralela, Claudia Sheinbaum ha enviado una iniciativa para crear un filtro de seguridad infranqueable dentro del Instituto Nacional Electoral (INE), cuyo objetivo es bloquear de manera definitiva la participación de candidatos vinculados al crimen organizado en cualquier nivel de gobierno. Ninguna de estas contundentes reformas menciona el nombre de Alejandro Moreno, pero el mensaje codificado en la ley es asombrosamente claro, directo y definitivo.
El Peso Histórico y el Peligroso Abismo de 2027
Hacer un análisis serio de la política en México es imposible sin reconocer la complejidad intrínseca del PRI. Durante largas y polarizadas décadas, este partido edificó gran parte de la infraestructura tangible del país moderno: los grandes hospitales, la red de carreteras, las escuelas públicas y las inmensas presas. No obstante, cada obra inaugurada llevaba adherido un costo oculto que la población tuvo que pagar con sangre, sudor e impuestos. La corrupción de carácter sistémico, el marcado autoritarismo gubernamental que reprimía a cualquier voz disidente, la caída del sistema en el escandaloso fraude de 1988 y la herida abierta del rescate bancario conocido como Fobaproa —una estafa legal que las familias mexicanas aún recuerdan con una mezcla de coraje, incredulidad y frustración— terminaron por agotar de manera permanente la paciencia de un pueblo. Esa nostalgia por la supuesta “estabilidad” priista no logró sobrevivir a la humillación y la traición repetida por décadas.
Al mirar hacia el horizonte inmediato de las elecciones intermedias del año 2027, el panorama para la cúpula priista resulta simplemente sombrío. Sin gubernaturas de peso que les inyecten recursos o presencia territorial, con un presupuesto fragmentado y con una credibilidad institucional reducida a cenizas gracias a los imborrables audios de internet y los ruegos de sumisión en Washington, el partido se asoma de lleno al abismo inevitable de su propia extinción. Alejandro Moreno no es ignorante ante esta realidad; él sabe perfectamente que el partido está en la lona. Su decisión de apostar por el espectáculo mediático, el conflicto físico y la polarización tóxica es una estrategia calculada. Prefiere mil veces el ruido caótico, aunque sea destructivo, a hundirse en el silencio pacífico de la irrelevancia política y el olvido histórico.

Al final del día, el verdadero peligro para el futuro de la República no reside en la inminente desaparición del PRI, sino en el colosal vacío que esta caída deja en el espectro político. Cuando la oposición seria e institucional se desmorona desde adentro, ese espacio vacante corre el terrible riesgo de ser secuestrado por perfiles estridentes, actores extremistas y figuras sin proyecto de nación que solo buscan Likes y titulares sensacionalistas. La madurez de la democracia mexicana requerirá, de manera urgente, que el terreno abandonado por el viejo régimen sea cultivado por liderazgos auténticos, responsables y con propuestas genuinas, y no por aquellos que, habiendo destruido su propia casa, ahora buscan desesperadamente vender la soberanía del país entero al mejor postor.