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Él No Sabía que era Juan Gabriel — el Maestro Desafió a una Persona Aleatoria del Público

Un maestro europeo desafió a una persona aleatoria del público en el Teatro Metropolitan de Ciudad de México, sin saber que acababa de elegir al compositor más grande de México para subir a su escenario. Lo que pasó en los siguientes minutos dejó al maestro sin palabras y al público de pie, aplaudiendo de una forma que él nunca esperó y que no entendió hasta que ya era demasiado tarde.

mediados de los años 80 y el teatro Metropolitan estaba completamente lleno con una audiencia que había pagado boletos caros para ver a Reinaldo Fuentes, pianista español reconocido internacionalmente por sus interpretaciones de música clásica europea. Fuentes era conocido tanto por su talento extraordinario al piano como por su arrogancia igualmente extraordinaria.

Un hombre que creía firmemente que la música clásica era la única forma de arte musical que merecía respeto. Había llegado a México como parte de una gira latinoamericana con la actitud de alguien que hace un favor al visitarlo. Convencido de que el público mexicano necesitaba ser educado musicalmente más de lo que necesitaba ser entretenido entre el público.

Anoche había una persona que Fuentes nunca habría invitado conscientemente a su concierto, pero que había comprado su boleto como cualquier otro espectador, movido por la curiosidad de escuchar a un pianista del que todo el mundo hablaba. Esa persona era Juan Gabriel, que había llegado al Teatro Metropolitan esa noche, simplemente porque alguien de su equipo había mencionado que Fuentes era extraordinario al piano y Juan Gabriel nunca había dejado de aprender de otros músicos sin importar el género.

Se sentó en la decimotercera fila con ropa sencilla, sin ningún elemento que lo distinguiera del resto del público que lo rodeaba. Nadie a su alrededor lo había reconocido todavía, porque la sala todavía estaba llenándose y las luces estaban encendidas, permitiendo que la gente buscara sus asientos.

Juan Gabriel observaba el escenario con ese piano de cola negro en el centro rodeado de iluminación elegante y sentía la anticipación genuina de alguien que está a punto de escuchar algo que lo moverá musicalmente. Cuando las personas cercanas comenzaron a reconocerlo, sus expresiones cambiaron, pero con la discreción natural del público, de un concierto clásico que no quería interrumpir el ambiente.

Algunos lo saludaban con una sonrisa o un gesto silencioso y Juan Gabriel respondía de la misma forma, contento de poder disfrutar una noche de música sin el peso de ser el centro de atención. Reinaldo Fuentes salió al escenario con la elegancia estudiada de alguien que lleva décadas perfeccionando su entrada y recibió el aplauso del público con una inclinación que comunicaba más tolerancia que gratitud.

Era un hombre de unos 60 años, cabello completamente blanco, traje negro impecable, con una presencia física que no era imponente, pero que se hacía grande por la forma en que se movía, como si cada espacio que ocupaba le perteneciera por derecho propio. Tocó durante 40 minutos con una técnica que era innegablemente brillante, sus dedos moviéndose sobre el piano con una precisión que hacía que la música más compleja pareciera simple.

El público lo aplaudía genuinamente después de cada pieza, porque el talento de fuentes era real, aunque su personalidad resultara difícil. Pero entonces llegó el momento que sus seguidores conocían bien y que algunos asistentes habían advertido a sus acompañantes antes del show, el momento en que Fuentes interrumpía su recital para lo que él llamaba la demostración.

Fuente se levantó del piano y caminó hacia el frente del escenario mirando al público con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Señoras y señores, cada noche en mi gira hago lo mismo porque creo que el público debe entender la diferencia entre la música verdadera y el entretenimiento popular.  Su español tenía un acento español marcado que sonaba particularmente distante en ese teatro mexicano.

Voy a invitar a alguien del público a subir aquí y pedirle que haga lo que yo hago, que toque o cante algo frente a todos ustedes. hizo una pausa dejando que la incomodidad se instalara en la audiencia, no para humillar a nadie, sino para demostrar que lo que yo hago requiere décadas de formación y dedicación que la música popular simplemente no exige.

Sus ojos recorrieron la sala con la actitud de alguien eligiendo al azar, pero con el cálculo de quién quiere a alguien que parezca ordinario. Su dedo se extendió hacia la audiencia y apuntó directamente hacia la detimotercera fila. Usted, el señor de la camisa sencilla en la fila 13, suba, por favor. Bulidun, un murmullo recorrió inmediatamente el auditorio porque las personas más cercanas a Juan Gabriel ya lo habían reconocido desde hacía varios minutos.

Cuando el dedo de fuentes lo señaló, ese murmullo se convirtió en algo más grande que recorrió el teatro fila por fila como una ola mientras la gente se daba cuenta de lo que estaba pasando. Los aplausos comenzaron espontáneamente desde las filas traseras y fueron avanzando hacia adelante, de forma que Fuentes no podía entender, porque él todavía no sabía quién era ese hombre de camisa sencilla que se estaba poniendo de pie tranquilamente en la decimotercera fila.

Juan Gabriel se levantó sin prisa, sin nervios, con la misma calma con que había estado sentado toda la noche, y comenzó a caminar hacia el escenario mientras el teatro entero lo aplaudía de pie, dejando a Reinaldo Fuentes completamente confundido frente a su propio piano. Reinaldo Fuentes miraba al público aplaudir a ese hombre de camisa sencilla con una confusión que no lograba disimular completamente.

No entendía por qué una persona aparentemente ordinaria recibía semejante reacción antes de haber hecho absolutamente nada. Y esa incomprensión lo incomodaba porque él era alguien que necesitaba controlar cada variable de sus presentaciones.  Juan Gabriel subió las escaleras laterales del escenario con la misma calma con que había caminado por el pasillo, sin prisa, sin nervios visibles, como alguien que sube a un escenario porque es exactamente el lugar donde debe estar.

Fuentes lo recibió con una sonrisa condescendiente que reservaba para estos momentos y le señaló el piano con un gesto amplio como quien invita a un niño a intentar algo que sabe que está fuera de su alcance. El piano es suyo, señor, haga lo que pueda.” dijo Fuentes con el tono de quien ya conoce el resultado.

Juan Gabriel miró el piano por un momento sin responder y entonces se sentó en el banquillo con una naturalidad que hizo que varias personas en las primeras filas intercambiaran miradas. Juan Gabriel acomodó el banquillo ligeramente, lo cual era el primer gesto que Fuentes no esperaba, porque sus invitados habituales normalmente no tocaban el piano en absoluto y mucho menos ajustaban su posición con la familiaridad de alguien acostumbrado al instrumento.

Sus manos se posaron sobre el teclado sin prisa y probaron algunos acordes suavemente, no como alguien buscando qué tocar, sino como alguien saludando a un instrumento que conoce bien. Fuentes seguía de pie. a un lado del escenario con los brazos cruzados, pero su expresión había comenzado a cambiar levemente porque esos primeros acordes no sonaban como los de alguien que nunca había tocado un piano.

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