El marquésmont Plactor estaba convencido de una sola cosa, jamás se casaría. Había repetido aquella promesa tantas veces que incluso sus amigos habían dejado de discutirle, aunque seguían burlándose cada vez que una madre desesperada intentaba acercarle a una hija casadera. Pero todo cambió después de una fiesta de máscaras.
Una noche llena de música, bromas y demasiado entusiasmo terminó de la peor manera posible con toda la sociedad convencida de que Edmund estaba comprometido con Clara Wickfield, una joven ingeniosa y encantadoramente problemática que parecía disfrutar demasiado viéndolo perder la paciencia. Ahora, atrapados entre rumores, bailes y encuentros que deberían servir para aclarar el malentendido, ambos descubrirán que algunas equivocaciones son mucho más difíciles de corregir, especialmente cuando empiezan a sentirse
peligrosamente parecidas al amor. Capítulo 1. La fiesta que lo cambió todo. El marquésmont plactor no creía en el matrimonio y no solo no creía en él, sino que se había encargado de declararlo en voz alta en cenas. tertulias y cualquier reunión donde alguien insinuara siquiera la palabra compromiso. Aquella noche, sin embargo, estaba decidido a creer en algo mucho más sencillo, el placer de divertirse sin consecuencias.
La fiesta de máscaras en la mansión Ascrof era el evento más esperado de la temporada, un despliegue de luces, música y elegancia donde nadie era exactamente quien decía ser y donde por una noche, incluso los más rígidos aristócratas se permitían el lujo de jugar a ser otros. Edmund llegó con paso seguro, luciendo un traje impecable y una máscara negra que apenas ocultaba la seguridad de su sonrisa.
Esta noche, Black Torne”, le dijo uno de sus amigos dándole una copa apenas cruzaron el umbral. “No podrás escapar. Dicen que hay un juego nuevo. Otro intento desesperado por cazar a los solteros de Londres.” Respondió Edmund alzando una ceja con ironía. Algo así, pero con menos dignidad. Edmund soltó una breve risa, tomando la copa sin darle mayor importancia, porque en su mundo cualquier intento de cazarlo terminaba siempre de la misma manera, con el desapareciendo antes de que alguien pudiera siquiera pronunciar la palabra boda. La música envolvía el
salón y las máscaras convertían cada encuentro en un misterio delicioso. Damas de plumas y sedas se deslizaban entre los caballeros y las risas parecían más ligeras, más libres. como si la noche tuviera permiso para no tomarse nada demasiado en serio. Edmont bailó con una con otra, intercambió comentarios ingeniosos, evitó preguntas incómodas y disfrutó exactamente como había planeado hasta que la vio.
No supo exactamente por qué se detuvo, pero lo hizo. Ella llevaba una máscara sencilla, sin excesos y un vestido que no buscaba llamar la atención, pero lo conseguía de todos modos, no por lo que mostraba, sino por la forma en que se movía. Con una ligereza natural que no necesitaba esfuerzo, no parecía interesada en impresionar a nadie y quizás por eso mismo resultaba imposible ignorarla.
“¿La conoce?”, preguntó su amigo siguiendo su mirada. No, respondió Edmond ya caminando hacia ella. Cuando se acercó, ella lo miró con una mezcla de curiosidad y diversión, como si ya hubiera adivinado que él no era precisamente un desconocido cualquiera. “Va a quedarse mirándome toda la noche o piensa invitarme a bailar”, dijo ella sin la menor timidez.
Edmond sonrió sorprendido. Pensaba invitarla, pero ahora temo que ya me ha dado una orden. Entonces, obedezca, mi lord, o lo que sea que sea esta noche. Bailaron. Y no fue un baile especialmente perfecto ni lleno de esa elegancia exagerada que tanto le gustaba a la alta sociedad, pero fue ligero, fácil, casi divertido.
Y Edmond se descubrió riendo más de lo que esperaba. respondiendo a sus comentarios rápidos, disfrutando de su manera de no impresionarse con él. “¿Siempre habla así?”, le preguntó él en un momento, inclinándose ligeramente. “Así como si no tuviera idea de quién soy.” Ella la deó la cabeza. “¿Y debería importarme?” Edmund no respondió de inmediato, pero algo en su sonrisa cambió.
La noche avanzó entre bailes, juegos y copas y en algún momento alguien propuso una nueva diversión, un juego que, según dijeron, era inocente y absolutamente inofensivo. Los invitados se reunieron en pequeños grupos, riendo antes siquiera de entender en qué consistía. Y una voz anunció que cada caballero debía elegir a una dama y hacer una promesa que sería leída en voz alta.
“Esto suena peligrosamente cercano al matrimonio,” murmuró Edmont. Relájese, Black Torne”, respondió su amigo. “Es solo una broma.” Eso pensó él. Cuando llegó su turno, la eligió a ella sin dudarlo, porque en ese momento parecía lo más natural del mundo. Y entre risas y comentarios, alguien escribió la promesa que él dictó con tono burlón, asegurando que si alguna vez llegaba a casarse, sería con una mujer que supiera hacerlo reír como ella.
Las carcajadas no tardaron en llenar el salón y ella lo miró con una sonrisa que por un instante fue menos juguetona y más sincera. “Cuidado con lo que promete mi lord”, susurró. “Hay quienes podrían tomarlo en serio.” “Entonces tendrán un problema”, respondió él divertido. “Porque yo nunca cumplo promesas absurdas.
” Pero alguien más sí las escuchó. En algún lugar del salón, entre las máscaras y las miradas discretas, la familia Whitfield observaba con atención, interpretando aquel juego no como una broma pasajera, sino como una declaración suficientemente pública para ser considerada válida. Edmond, por supuesto, no tenía idea.
La noche terminó como todas las noches que él consideraba perfectas, sin consecuencias, sin explicaciones y con la certeza de que al día siguiente no recordaría más que fragmentos de risas y música. Sin embargo, mientras abandonaba la fiesta, giró una última vez, buscando entre la multitud a la dama misteriosa.
No la encontró y por primera vez en mucho tiempo, algo parecido a la curiosidad o quizás al interés, se quedó con el más allá de la noche. No sabía que aquello no había terminado. En realidad acababa de empezar. Capítulo 2. El despertar inesperado. El marquésmont Plactorne despertó con la firme convicción de que jamás volvería a asistir a una fiesta de máscaras.
Una decisión poco filosófica, pero completamente justificada por el dolor de cabeza punzante que parecía haberse instalado detrás de sus ojos, como si alguien hubiera decidido martillarle el cráneo con dedicación desde el amanecer. Permaneció unos segundos inmóvil, con el ceño fruncido y los ojos aún cerrados, intentando recordar en qué momento exacto la noche anterior había dejado de ser una idea brillante.
“Jamás otra vez”, murmuró con voz áspera. abrió los ojos lentamente, esperando encontrarse con la tranquilidad habitual de su dormitorio, ese orden impecable que siempre lo recibía después de cualquier exceso social, pero algo no encajaba, porque sobre la mesita de noche, perfectamente colocada como si hubiera sido puesta allí con toda intención, descansaba una carta.
No era extraño recibir correspondencia, pero sí lo era que apareciera allí en su habitación sin previo aviso y mucho más en una mañana como aquella. Así que la observó durante unos segundos, como si sospechara que pudiera desaparecer si la ignoraba el tiempo suficiente, aunque por supuesto no lo hizo.
Con un suspiro resignado, se incorporó ligeramente y tomó la carta entre sus dedos, notando el papel de buena calidad y la caligrafía elegante, femenina, demasiado cuidada para tratarse de algo trivial. Y entonces leyó. Su expresión no cambió al principio, luego parpadeó, después volvió a leer y finalmente se quedó completamente inmóvil.
No dijo en voz baja. Volvió a mirar la carta como si las palabras pudieran reorganizarse por sí solas, pero no lo hicieron. No, repitió esta vez con más claridad. En la carta escrita con una serenidad casi insultante, la señorita Clara Whitfield anunciaba con toda formalidad que aceptaba el compromiso acordado la noche anterior, expresando su disposición para continuar con los arreglos correspondientes entre ambas familias, tal como dictaban las normas sociales.
Edmund dejó caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. Esto es absurdo. Buenos días, Milor. La voz perfectamente tranquila de su mayordomo lo hizo girar la cabeza de inmediato, encontrándolo allí como siempre, impecable, sereno y peligrosamente contenido, como si nada en el mundo pudiera alterarlo, lo cual en ese momento resultaba profundamente irritante.
¿Desde cuándo entra usted en mi habitación sin anunciarse?, preguntó Edmond todavía con la carta en la mano. Desde que la situación lo amerita, Milord. Edmund lo miró con sospecha. ¿Qué situación? El mayordomo hizo una leve inclinación de cabeza. su compromiso. Se produjo un silencio largo, pesado y absolutamente incrédulo.
No estoy comprometido dijo Edmond con una calma peligrosa. Entiendo, Milor. No, no lo entiende, respondió él incorporándose del todo. Esto es una broma, una pésima, exagerada e inconveniente broma. El mayordomo observó la carta en su mano. La familia Wfield no es conocida por su sentido del humor. Edmont lo fulminó con la mirada.
Anoche fue un juego. Un juego bastante público, mi lord. Fue una broma, una broma escuchada por varias personas, incluidas las adecuadas. Edmond apretó la carta entre sus dedos. Dije algo sin importancia. Según parece, mi lord, no todos los presentes lo consideraron sin importancia. Edmund se levantó de la cama con brusquedad y comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación, pasando una mano por su cabello con evidente frustración.
“Esto no puede estar pasando”, murmuró. “No me comprometó con desconocidas por error.” “No, mi lord”, respondió el mayordomo con tranquilidad. “Generalmente no.” Edmont se detuvo en seco. No es gracioso. No pretendía hacerlo. Hubo un breve silencio y Edmund volvió a mirar la carta, esta vez con más detenimiento, como si intentara encontrar alguna señal de exageración, alguna palabra que indicara que todo aquello era una confusión menor.
Pero no encontró nada de eso porque la carta era impecable, formal, seria, demasiado seria, como para tratarse de un malentendido ligero. Y entonces, sin quererlo, algo regresó a su mente, no como una idea clara, sino como una sensación. La risa de aquella dama en la fiesta, ligera, divertida, inesperada, la forma en que lo había mirado sin impresionarse, sin fingir, como si no le importara en absoluto quién era él.
Edmond frunció el ceño. La dama, murmuró, la de la fiesta. La señorita Whitfield, Millor Edmund lo miró. Era ella, así parece. Edmund guardó silencio por un instante, porque no recordaba su nombre de la noche anterior, pero sí recordaba su voz y su sonrisa, y de forma inexplicable eso hacía que todo fuera aún más problemático.
Se dejó caer nuevamente en la cama, sosteniendo la carta sobre su pecho. Esto es un desastre. ¿Desea que envíe una respuesta, Milord? Edmont cerró los ojos un momento, respirando profundamente. “Sí”, dijo finalmente, “pero no una que confirme nada.” El mayordomo asintió. “¿Y qué debo comunicar?” Edmond abrió los ojos lentamente mirando el techo.
“Que esto ha sido un malentendido.” Hizo una pausa y luego añadió, “Casi quererlo, ¿y qué deseo hablar con ella?” El mayordomo inclinó ligeramente la cabeza. Por supuesto, Milord. Cuando salió de la habitación, Edmund volvió a quedarse solo con el silencio y la carta, girándola entre sus dedos, mientras pensaba que todo aquello no podía ser real, que aquello debía tener una explicación sencilla, aunque muy a su pesar, una parte de él no podía dejar de preguntarse cómo sonaría aquella risa sin una máscara de por medio, y eso, sin duda, era mucho más peligroso que
cualquier compromiso. “Nunca más”, murmuró. Capítulo 3. Primer encuentro formal. La mañana avanzó con una rapidez sospechosa, como si el tiempo hubiera decidido conspirar en su contra, y Edmund Plactorne no tuvo más remedio que aceptar que le gustara o no. Aquella absurda situación no iba a resolverse sola. había dado la orden de responder la carta, había solicitado un encuentro y ahora debía enfrentarlo, aunque eso implicara mirar directamente a los ojos a la mujer con la que, según la sociedad, estaba comprometido.
Se encontraba en el salón principal de su residencia, de pie junto a la ventana, fingiendo una calma que no sentía mientras observaba el jardín con más interés del que realmente le despertaba. cuando escuchó el sonido de la puerta abriéndose a lo lejos y el murmullo contenido del servicio anunciando la llegada de su visitante, no se giró de inmediato, como si al retrasar ese momento pudiera recuperar el control de la situación, pero inevitablemente los pasos suaves acercándose por el pasillo terminaron por obligarlo a hacerlo. Cuando se
volvió, la vio y, para su sorpresa, la reconoció al instante. No por el vestido, que ahora era apropiado, elegante y completamente acorde a su posición, ni por la forma en que se movía, más contenida que la noche anterior, sino por la mirada, y por esa chispa inconfundible que no parecía dispuesta a desaparecer, ni siquiera en un encuentro tan formal como aquel.

“Señorita Wickfield”, dijo Edmond inclinando levemente la cabeza, recuperando con rapidez su habitual compostura. Debo admitir que no esperaba que acudiera tan pronto. Clara le devolvió la inclinación con naturalidad, sin exagerar el gesto, y avanzó un par de pasos dentro del salón. Después de una carta como la que le envié, mi lord, consideré que lo más prudente era no dejarlo demasiado tiempo en la incertidumbre.
Edmund alzó una ceja cruzándose de brazos con elegancia contenida. Incertidumbre. Me temo que esa palabra no describe exactamente mi estado esta mañana. Ella sonrió apenas, como si aquello la divirtiera más de lo que estaba dispuesta a admitir. No pensé que encontrar una propuesta de compromiso sobre su mesita de noche podría resultar sorprendente.
Sorprendente es una forma muy amable de decirlo, respondió él acercándose un poco más. Yo usaría otras palabras. Imagino que sí. Hubo un breve silencio, uno de esos momentos en los que ambos parecían medir al otro, evaluando no solo lo que decían, sino como lo decían, y Edmund fue el primero en romperlo. “Creo que será mejor ir directamente al punto”, dijo con firmeza.
Lo ocurrido anoche fue un juego. Clara lo observó sin perder la sonrisa, aunque esta vez había en su expresión algo más atento. “Lo sé.” Edmond parpadeó ligeramente desconcertado por la facilidad de su respuesta. Entonces comprenderá que esto levantó ligeramente la carta que aún llevaba consigo. Carece de fundamento. Depende de cómo se mire.
No, replicó él con calma controlada. No depende de nada. Fue una broma, señorita Whitfield. Una broma bastante pública, mi lord, respondió ella con suavidad. Y en ciertos círculos lo público adquiere cierto peso. Edmontó una breve risa sin humor. No me diga que su familia considera vinculante una frase dicha entre copas y máscaras.
No exactamente”, respondió ella inclinando ligeramente la cabeza. “Pero sí consideran relevante que un marqués en presencia de testigos declare que elegiría a una dama concreta para casarse.” Edmond abrió la boca para responder, pero se detuvo. “Yo no la elegí para casarme”, corrigió. No con esas palabras.
Es cierto, admitió Clara, “pero debo reconocer que fue una elección bastante clara.” Él la miró con atención. esta vez más serio. Y usted, preguntó también lo considera claro. Clara sostuvo su mirada sin titubear y por un instante la ligereza habitual pareció suavizarse en algo más sincero. “Creo que fue una noche interesante”, respondió.
y que ambos dijimos cosas que no solemos decir. Edmund frunció ligeramente el ceño. Yo no suelo comprometerme. Eso ha quedado bastante claro. El comentario lo tomó por sorpresa, pero no pudo evitar que una leve sonrisa apareciera en sus labios. Entonces, estamos de acuerdo, dijo recuperando el tono. Esto debe resolverse como lo que es un malentendido.
Clara lo observó durante un instante más largo, como si evaluara no solo sus palabras, sino la forma en que la sostenía. Tal vez, respondió finalmente, aunque debo admitir que sería una pena. Una pena. Sí, dijo ella con naturalidad. No todos los días una tiene la oportunidad de comprometer a un marqués sin proponérselo.
Edmund soltó una risa breve, auténtica esta vez antes de poder evitarlo. Al menos es usted honesta. siempre que puedo. El silencio que siguió fue distinto, menos tenso, más curioso, como si ambos hubieran dado un pequeño paso fuera del conflicto para encontrarse en un terreno inesperado. Mont la observó con más detenimiento, notando detalles que la noche anterior habían pasado desapercibidos, la seguridad en su postura, la naturalidad con la que hablaba, la forma en que parecía no necesitar impresionar a nadie
y eso, más que cualquier otra cosa, despertó en él una sensación incómoda y nueva. Curiosidad. Supongo que para evitar mayores complicaciones, dijo finalmente, lo más sensato será aclarar la situación ante quienes sea necesario. Supongo, repitió ella, aunque su tono no parecía especialmente convencido. Y poner fin a este compromiso.
Clara asintió con suavidad. si eso es lo que desea. Había algo en su respuesta en la forma en que no insistía, que lo hizo dudar por un instante, aunque no supo exactamente por qué. Lo es, dijo, más firme de lo necesario. Ella sonrió levemente. Entonces, será mejor que nos pongamos de acuerdo antes de que alguien empiece a enviar invitaciones.
Edmontjó escapar un suspiro contenido. Sí, definitivamente eso sería. conveniente. Pero mientras la observaba, mientras escuchaba su voz y veía esa chispa inconfundible en su mirada, no pudo evitar pensar que aquella situación, lejos de resolverse con facilidad, acababa de complicarse mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Y para su sorpresa, no estaba completamente seguro de querer que fuera de otra manera. Capítulo 4. La convivencia forzada. Poner fin a aquel compromiso resultó ser, desde el primer intento, mucho más complicado de lo que Edmund había previsto. Y no porque faltaran argumentos ni porque Clara mostrara resistencia, sino porque la sociedad en la que ambos vivían tenía una habilidad casi admirable para ignorar cualquier aclaración cuando una historia resultaba demasiado entretenida como para dejarla morir. Dos días después de su acuerdo
para desmentirlo todo, Edmontraba sentado en su carruaje con el ceño apenas fruncido y una invitación en la mano que parecía burlarse de él con cada palabra cuidadosamente escrita. Era un almuerzo formal, organizado por una familia influyente y no tendría nada de extraordinario, de no ser porque en la última línea se mencionaba con entusiasmo la presencia del marqués Black Torne y su prometida.
Esto es ridículo”, murmuró dejando caer la invitación sobre su regazo. “Mucho,” respondió Clara observando por la ventana con una calma sospechosamente alegre, pero también bastante divertido. Edmond levantó la mirada. “No encuentro nada divertido en esto. Es porque todavía lo está intentando controlar”, replicó ella con suavidad.
Cuando deje de hacerlo, tal vez lo disfrute. Él la miró como si acabara de sugerirle que saltara por la ventanilla del carruaje. No tengo intención de disfrutar un compromiso que no existe. Entonces empiece por no asistir. Edmond abrió la boca y la cerró. Eso sería peor. Clara sonrió sin mirarlo. Exactamente. Hubo un breve silencio en el que él la observó con evidente sospecha.
¿Está usted disfrutando demasiado de esto? Un poco, admitió ella, no todos los días una se compromete por accidente. Yo no me comprometí. Lo sé, respondió ella con serenidad. Solo lo anunció delante de media sociedad. Edmont soltó un suspiro. Fue una broma, una broma con excelente proyección social, añadió ella. Y entonces, sin quererlo, él sonrió.
Fue apenas un instante, algo breve, casi involuntario, pero Clara lo notó. Ah, dijo girándose por fin hacia él. Ahí está. Edmund frunció el seño de inmediato. Ahí está. ¿Qué? La parte en la que empieza a darse cuenta de que esto no es tan terrible. No me estoy dando cuenta de nada. Claro que sí. No un poco.
Edmund la miró fijamente intentando recuperar su expresión habitual de dignidad, pero algo en la ligereza de la conversación lo hacía más difícil de lo que debería. El carruaje se detuvo poco después y el almuerzo resultó ser exactamente lo que había temido y un poco más. Las miradas, los susurros apenas disimulados, las sonrisas cargadas de curiosidad, todo parecía girar en torno a ellos como si fueran el entretenimiento principal de la temporada.
“Nos están observando como si fuéramos una obra de teatro”, murmuró Edmond mientras avanzaban. “Entonces procuren no olvidar sus líneas”, respondió Clara con naturalidad. Él giró la cabeza hacia ella. “No tengo líneas.” Perfecto, eso lo hará más interesante. Una dama se acercó con entusiasmo apenas disimulado.
Marqués Blacktorne y la señorita Wfield, por supuesto. Qué alegría verlos juntos. Edmond inclinó la cabeza con cortesía. El placer es nuestro. Clara sonrió con elegancia. Ha sido una sorpresa para todos, añadió la dama bajando la voz lo justo para que dejara de ser privada. También para nosotros, respondió Clara con absoluta calma.
Edmond tosió ligeramente, intentando disimular la risa que amenazaba con escapar. Una sorpresa muy comentada, añadió él. Oh, pero encantadora, insistió la dama. Eso dependerá del día, replicó Clara. La mujer rió satisfecha y se alejó convencida de haber presenciado algo delicioso. No ayudó, murmuró Edmond en cuanto quedaron solos.
No empeoré nada, respondió Clara. Eso es discutible. Entonces discútalo. Edmund la miró. Es usted imposible. Y usted demasiado predecible. Predecible. Sí. Dijo ella con tranquilidad. Siempre intenta tener la última palabra. Él alzó una ceja. Vi, sin embargo, aquí está usted hablando más que yo. Clara lo miró un segundo y luego sonrió.
Tiene razón. Edmont parpadeó sorprendido. Eso fue una concesión. No se acostumbre. Y entonces él rió. No una sonrisa contenida, no un gesto educado. Rió de verdad, bajo, breve, pero inconfundible. Y eso lo tomó completamente por sorpresa, tanto que tardó un instante en recuperar la compostura. Clara lo observó con evidente satisfacción.
Ahí está otra vez. No diga nada, respondió él rápidamente. No dije nada. Lo estaba pensando y usted lo notó. Edmont negó con la cabeza exhalando. Esto es un desastre. Sin duda, respondió Clara con ligereza, pero uno bastante entretenido. Más tarde, durante un paseo por los jardines, Edmond intentó recuperar algo de control sobre la situación, adoptando un tono más serio.
Si vamos a mantener esta farsa, al menos deberíamos evitar ciertos incidentes. Clara lo miró con aparente inocencia. ¿Cómo? ¿Cuáles? Comentarios innecesarios, respuestas inesperadas. Se refiere a hablar. Me refiero a no provocar. Ella pensó un momento. Haré lo posible, aunque no prometo nada. Eso no es tranquilizador. Es honesto.
Edmund la observó unos segundos intentando mantener la seriedad, pero algo en su expresión, en esa mezcla de sinceridad y diversión, lo desarmó ligeramente. Esto no va a salir bien, dijo finalmente. Probablemente no. Y aún así parece tranquila. Porque usted se está divirtiendo, respondió ella. Edmond frunció el ceño. No me estoy divirtiendo.
Clara no respondió de inmediato, solo lo miró con una leve sonrisa y eso fue suficiente porque para su absoluto disgusto, Edmund se dio cuenta de que no estaba completamente seguro de poder negarlo. Y eso, pensó mientras desviaba la mirada, era un problema mucho mayor que el compromiso en sí. Capítulo 5. El escándalo del baile.
Si Edmont Plactorne había creído que el almuerzo había sido una prueba suficiente de paciencia, el baile oficial de esa semana se encargó de demostrarle que la sociedad siempre podía empeorar las cosas, especialmente cuando decidía divertirse a su costa. La invitación había llegado con un entusiasmo sospechoso, casi como si quienes la enviaban ya supieran que aquella noche prometía algo más que música y conversación elegante.
Y Edmund, con la resignación de quien ya ha perdido una batalla sin darse cuenta, terminó aceptando asistir, aunque eso implicara exponerse nuevamente a las miradas curiosas, los susurros constantes y, por supuesto, a la compañía de Clara Wfield. Solo le pido una cosa”, dijo mientras el carruaje avanzaba hacia la residencia donde se celebraría el baile.
Una sola Clara, sentada frente a él, lo miró con interés. “Funa, qué exigente. No provoque ningún escándalo.” Ella parpadeó pensativa. Eso es bastante amplio. Es bastante claro. Depende de cómo se mire, respondió con tranquilidad. Para algunas personas, respirar de forma incorrecta ya es un escándalo. Edmont la miró fijamente.
Para usted, probablemente. Para mí es cuestión de perspectiva. Él negó ligeramente con la cabeza. Esto es exactamente lo que me preocupa. Clara sonrió con esa calma que empezaba a resultarle peligrosamente familiar. No se preocupe, mi lord. Haré todo lo posible por comportarme como una dama impecable. Edmont la observó con sospecha.
Eso no me tranquiliza en lo más mínimo. Entonces es una buena señal, respondió ella. Y contra toda lógica, él tuvo que contener una sonrisa. El baile resultó ser un despliegue de elegancia cuidadosamente calculada, con luces cálidas, música envolvente y una cantidad considerable de invitados que parecían más interesados en observar que en participar, lo cual quedó en evidencia en cuanto Edmond y Clara hicieron su entrada.
Las miradas fueron inmediatas. “Ya empezamos”, murmuró él. “Son rápidos,”, respondió Clara. “Lo admiro. No es admirable. un poco. Sí. Antes de que pudiera responder, una pareja se acercó con sonrisas perfectamente ensayadas. Marquez Blackthorne, “Señorita Whitfield, es un placer verlos.” “El placer es nuestro”, respondió Edmontesía automática.
“Debo decir que su compromiso ha sido el tema de la semana”, añadió la dama con evidente interés. Clara inclinó ligeramente la cabeza. nos alegra contribuir al entretenimiento general. Edmund giró apenas el rostro intentando disimular la risa. Ha sido inesperado añadió él. Las mejores cosas suelen serlo, replicó Clara con suavidad.
La conversación continuó unos minutos más, llena de insinuaciones elegantes y curiosidad apenas disimulada, hasta que finalmente lograron apartarse hacia el centro del salón, donde comenzaban a formarse las parejas para el primer baile. Edmund la miró. ¿Sabe sin improvisar? Clara alzó una ceja.
Le preocupa que improvise, me preocupa que lo haga aquí. Entonces debería invitarme antes de que tenga tiempo de pensarlo. Él dudó un segundo y luego le ofreció la mano. Muy bien, pero nada de sorpresas. Clara aceptó. Eso lo hará más interesante. El baile comenzó con la precisión habitual, pasos medidos, movimientos calculados, todo exactamente como debía ser, al menos durante los primeros instantes.
Porque Clara no cometía errores evidentes, no tropezaba ni rompía las normas de forma escandalosa, pero tenía una manera muy particular de hacer pequeños cambios, giros apenas distintos, miradas que se sostenían un segundo más de lo necesario, comentarios en voz baja que no estaban en ningún protocolo. “Está cambiando los pasos”, murmuró Edmont inclinándose apenas hacia ella.
“Los estoy mejorando. No necesitan mejora. Todo necesita mejora. Edmont la miró y para su sorpresa no estaba irritado. Esto no es apropiado. Nadie parece escandalizado. Él miró alrededor. Al contrario, varias personas observaban con evidente interés y algunas incluso sonreían. Eso es peor, murmuró. Eso es porque lo están disfrutando.
Edmon volvió a mirarla. usted definitivamente lo está mucho. Y entonces, sin poder evitarlo, él sonrió otra vez. Y luego, peor aún, dejó escapar una risa breve cuando Clara, en un giro perfectamente ejecutado, hizo un comentario tan inesperado que lo tomó completamente desprevenido. “Esto es un escándalo”, dijo él en voz baja. “No, mi lord”, respondió ella.
Esto es un baile. Con usted la diferencia es mínima. Lo tomaré como un cumplido. El baile terminó entre murmullos y sonrisas, y cuando se separaron, Edmund tuvo la clara sensación de que algo había cambiado, no en la forma en que los demás los miraban, sino en la forma en que él la veía a ella.
No provocó un escándalo, admitió todavía con una leve sonrisa. Se lo dije. Provocó algo peor. Clara lo miró con curiosidad. ¿Qué cosa? Edmon dudó un instante. Interés. Ella sonrió satisfecha. Eso es más difícil de desmentir. Él no respondió de inmediato porque sabía que tenía razón y mientras la observaba, mientras notaba la ligereza con la que se movía entre un mundo que él siempre había considerado rígido, no pudo evitar reconocer algo que no había previsto, que no solo quería que cometiera un error, sino que empezaba a esperar el siguiente.
Capítulo 6. Confesiones entre bromas. La lluvia comenzó sin previo aviso, como si el cielo hubiera decidido intervenir justo en el momento más inoportuno, obligando a los invitados a abandonar los jardines y a reorganizar los planes de la velada con una rapidez que solo la alta sociedad podía fingir que era elegante.
Mond, que había logrado escapar momentáneamente del salón bajo el pretexto de tomar aire, se encontró atrapado bajo el pórtico principal, observando la cortina de agua caer con intensidad creciente. Cuando una voz a su lado rompió el silencio, parece que alguien ha decidido arruinarle la noche.
No necesitó girarse para saber quién era. No creo que la lluvia sea lo peor que me ha ocurrido esta semana, respondió con calma. Clara se colocó a su lado, mirando hacia el jardín con una expresión curiosamente tranquila. Eso es un alivio. Pensé que el compromiso ocupaba el primer lugar. Compite de cerca. Ella sonrió. Entonces debería agradecer la lluvia.
Le da una excusa para no bailar más. No necesitaba una excusa. No, pero ahora tiene un elegante. Edmund dejó escapar una leve risa. Casi sin darse cuenta. El sonido de los carruajes acercándose comenzó a llenar el espacio, anunciando la retirada de algunos invitados y tras un breve intercambio de miradas, ambos comprendieron sin necesidad de palabras que lo más sensato era marcharse.
Minutos después se encontraban dentro del carruaje mientras la lluvia golpeaba el techo con insistencia, creando un ritmo constante que, lejos de resultar molesto, parecía aislarlos del resto del mundo. Durante unos segundos, ninguno habló y por primera vez desde que todo había comenzado, el silencio no resultó incómodo.
“Ha sobrevivido al baile”, dijo Clara finalmente. “A duras penas, exagera. No tanto. Ella lo miró con una leve sonrisa. No parecía estar sufriendo. Edmontes vio la mirada hacia la ventana. No estaba sufriendo. Lo sé. Hubo una pausa breve. Se estaba divirtiendo, añadió ella. Él no respondió de inmediato, pero la comisura de sus labios se movió apenas.
No lo diga en voz alta. Entonces no lo admitiré”, respondió ella con suavidad, “pero lo pensaré con mucha convicción.” Edmund negó con la cabeza, aunque esta vez no había molestia en el gesto. La lluvia continuaba cayendo con fuerza, marcando el ritmo de una conversación que, sin darse cuenta, empezaba a volverse distinta, menos ligera, más real.
“¿Siempre hace esto?”, preguntó él de pronto. Clara lo miró. ¿Qué cosa? Ignorar las reglas. Ella pensó un instante antes de responder. No las ignoro, dijo finalmente. Solo decido cuáles merecen ser seguidas. Eso no suele funcionar bien en nuestra sociedad. Lo sé. Entonces, ¿por qué lo hace? Clara desvió la mirada hacia la ventana, observando la lluvia como si encontrara en ella una respuesta más sencilla.
Porque si no lo hiciera, mi vida sería muy pequeña. Edmont la observó en silencio. Pequeña, predecible, aclaró ella, correcta, perfectamente adecuada y completamente aburrida. Él apoyó el brazo en el respaldo, estudiándola con más atención. Muchos considerarían eso una vida ideal. Clara sonrió levemente. Muchos no han intentado vivir otra cosa.
El comentario quedó suspendido entre ellos, más profundo de lo que parecía a simple vista. ¿Y usted? Preguntó ella. Entonces, siempre ha sido tan disciplinado? Edmund soltó una breve risa. Eso cree, creo que intenta serlo y usted intenta no serlo en absoluto. Exactamente. Él la miró y por un momento ninguno dijo nada.
La verdad continuó clara con un tono más suave. Es que me gusta pensar que hay algo más allá de lo que se espera de nosotros. ¿Cómo qué? ¿Cómo elegir por uno mismo? Respondió ella. Equivocarse si es necesario, pero al menos hacerlo porque uno quiso. Edmund bajó la mirada un instante pensativo. Eso suena complicado. Lo es y aún así lo prefiere. Sin duda.
Hubo un breve silencio, pero esta vez no estaba lleno de palabras no dichas, sino de una comprensión que empezaba a tomar forma. Supongo que yo hice lo contrario”, dijo Edmontalmente. Clara lo miró con interés. “Cumplir siempre con lo esperado.” “Evitarlo,”, respondió él, pero sin arriesgar nada importante.
Ella alzó una ceja. Eso suena muy calculado. Lo es y funciona. Edmontó un instante. Funciona lo suficiente. Clara lo observó unos segundos como si buscara algo más en su respuesta. Eso no suena especialmente convincente. Él dejó escapar una leve risa. No lo es. El carruaje avanzaba lentamente, la lluvia comenzaba a suavizarse y la conversación, sin perder su tono ligero, había cambiado de manera casi imperceptible.
“Entonces, mi lord”, dijo Clara con una chispa en la mirada, “diría que nuestro compromiso accidental entra en la categoría de arriesgar algo importante?” Pedmont la miró. Diría que entra en la categoría de desastre. Un desastre interesante. Eso lo hace peor. Eso lo hace memorable. Él la observó unos segundos más y luego sonrió.
Tiene una respuesta para todo. Casi todo. Eso es preocupante. Eso es útil. Edmond negó ligeramente con la cabeza, pero ya no intentaba ocultar la ligera diversión en su expresión. Esto no va a terminar bien. Probablemente no. Y aún así, Clara inclinó la cabeza. Y aún así, él sostuvo su mirada un instante más largo de lo necesario.
No estoy seguro de querer que termine todavía. El silencio que siguió fue distinto, más suave, más cercano, como si algo invisible se hubiera cortado entre ellos sin pedir permiso. Clara no respondió de inmediato, pero su sonrisa esta vez no fue solo divertida. Eso, dijo finalmente suena peligrosamente sincero.
No se acostumbre. No lo haré. El carruaje se detuvo poco después, pero ninguno de los dos se movió de inmediato, como si ambos fueran conscientes de que al hacerlo algo cambiaría. La lluvia había cesado y, sin embargo, la sensación de haber cruzado un límite apenas comenzaba. Capítulo 7. La apuesta del corazón.
Si había algo peor que el interés constante de la sociedad, Edmont Plactorne pronto descubrió que eran sus propios amigos. No tardaron en enterarse del compromiso y lo que para el resto era motivo de susurros elegantes, para ellos se convirtió en una oportunidad irrepetible para divertirse a su costa. Dime que no es cierto”, dijo Lord Harrington apenas lo vio entrar en el club con una sonrisa demasiado amplia para ser sincera, “Dime que no has caído.
” Edmond lo miró con calma estudiada. No he caído. Entonces te han empujado. Ha sido un malentendido. Ah, claro, intervino otro levantando su copa. El tipo de malentendido que termina en matrimonio. Edpmond exhaló con paciencia. No habrá matrimonio. Eso mismo dijiste la última vez que rechazaste una propuesta. No es lo mismo.
No, esta vez ya hay una dama involucrada, respondió Harrington. Y por lo que dicen, bastante interesante. Edmond entrecerró los ojos. ¿Qué se supone que significa eso? Que todos quieren conocerla, respondió con ligereza, incluyéndonos. Edmond iba a responder, pero se detuvo un segundo demasiado largo. No es necesario. Entonces es imprescindible, concluyó su amigo con satisfacción.
Y como si aquello no fuera suficiente, al día siguiente Edmont descubrió que imprescindible significaba que sus amigos habían decidido organizar una pequeña reunión en su propia casa sin consultarle. Esto es una invasión”, murmuró observando el salón donde ya comenzaban a instalarse con absoluta comodidad. “Es apoyo emocional”, corrigió Harrington sirviéndose una bebida.
“No todos los días un hombre necesita ayuda para sobrevivir a su propio compromiso.” “No necesito ayuda.” “Eso es evidente”, respondió con una sonrisa. “Estás manejando la situación de forma impecable.” Edmond lo miró con frialdad. Vete. No. El sonido de pasos en el pasillo anunció lo inevitable. Clara había llegado.
Edmontó los ojos un segundo, como si eso pudiera darle algún tipo de ventaja. “Esto es culpa tuya”, murmuró Harrington. “Si dices una sola palabra.” Pero no tuvo tiempo de terminar. Clara apareció en la entrada del salón con la misma naturalidad de siempre, aunque al ver la escena, los caballeros instalados como si aquello fuera su hogar, se detuvo apenas un instante, evaluando la situación con rapidez.
Y para sorpresa de Edmont, sonrió. “Vaya”, dijo con suavidad. No sabía que la invitación incluía audiencia. Edmontó una mano por el rostro. No la incluía. Eso explica por nadie me avisó”, respondió ella con tranquilidad. Harrington avanzó de inmediato, haciendo una reverencia exagerada. Lord Harrington a su servicio, y debo decir que es un placer conocer por fin a la dama responsable de este milagro.
Clara lo observó con interés. “¡Milagro! Nuestro amigo,” continuó él señalando a Edmond, “había jurado no casarse jamás.” Ella giró la cabeza hacia Edmond. Entonces, supongo que debo disculparme. No lo haga, respondió él rápidamente. No pensaba hacerlo. Harrington soltó una carcajada. Po, esto será excelente.
Edmund lo fulminó con la mirada, pero Clara ya había tomado la iniciativa, moviéndose con total comodidad por el salón, como si no solo no le molestara la situación, sino que la encontrara divertida. Siempre organizas ajenas?”, preguntó tomando asiento sin esperar invitación. “Solo cuando el anfitrión lo merece”, respondió Harrington.
Entonces entiendo por qué están aquí. Edmond negó con la cabeza. “No los anime.” “No los estoy animando”, replicó ella. “Solo estoy aceptando la realidad. Eso es preocupante. Eso es práctico. Las conversaciones comenzaron a fluir con una facilidad sorprendente y para el absoluto desconcierto de Edmont, Clara no solo manejaba la situación, sino que parecía disfrutarla.
Respondía con ingenio, devolvía cada comentario con una precisión casi peligrosa y en cuestión de minutos había logrado algo que él no creía posible. Sus amigos estaban claramente de su lado. “Debo admitirlo,” dijo Harrington. Finalmente empiezo a comprender el error. Edmund lo miró. No es un error. Exacto, respondió él con una sonrisa.
Es una excelente decisión mal explicada. Clara inclinó la cabeza. Lo tomaré como un cumplido. ¿Debería? Edmond observó la escena en silencio durante unos segundos, notando la facilidad con la que ella se movía en un entorno que él siempre había considerado suyo, la forma en que sus amigos reían, la manera en que la tensión inicial se había transformado en algo ligero y para su absoluto desconcierto se dio cuenta de que estaba sonriendo.
“Otra vez esto es inaceptable”, murmuró, aunque sin demasiada convicción. Clara lo miró. ¿Está usted sonriendo? ¿No es cierto? Un poco. No, sí. Harrington intervino. Definitivamente sí. Edmund cerró los ojos un instante. Todos ustedes son insoportables. Y aún así no te vas, respondió su amigo. Edmond abrió los ojos.
No, no se estaba yendo y lo que era aún más inquietante, no quería hacerlo. La tarde continuó entre bromas, pequeñas trampas inocentes, como comentarios diseñados para hacerlo reaccionar o insinuaciones exageradas que Clara respondía con total naturalidad y un ambiente que, lejos de ser incómodo, se volvía cada vez más cercano.
En algún momento, mientras observaba a Clara reír con una ligereza que no parecía fingida, Edmund sintió algo distinto, algo que no tenía nada que ver con el problema que había intentado resolver desde el principio. “Esto no es lo que planeé”, dijo en voz baja, acercándose a ella cuando tuvo la oportunidad. Clara lo miró. Eso es evidente.
Esto se suponía que debía terminar. Lo sé. Y sin embargo, ella sostuvo su mirada. Aquí estamos. Hubo un breve silencio. Podríamos seguir con el plan, dijo él, aunque su tono no tenía la misma firmeza de antes. Podríamos, respondió ella. Y aclararlo todo. Sí. Y volver a la normalidad. Clara inclinó ligeramente la cabeza.
Le gusta la normalidad. Edmond no respondió de inmediato y eso por sí solo ya era una respuesta. Ella sonrió más suave esta vez. A mí no demasiado. Él la observó unos segundos más y por primera vez desde que todo había comenzado, la idea de poner fin a aquel compromiso no le pareció una solución, sino una pérdida.
“Esto es un error”, murmuró. Probablemente un gran error, sin duda. Y aún así, Clara esperó. Edmund dejó escapar una leve risa, negando con la cabeza. Empiezo a pensar que no quiero corregirlo. El silencio que siguió no fue incómodo, sino distinto, cargado de algo que ya no podía disfrazarse de broma. Clara sonrió.
Y esta vez ninguno de los dos fingió que no significaba nada. Capítulo 8. La revelación y el final feliz. El almuerzo en casa de la familia Whitfield había sido organizado con tanta elegancia y precisión que cualquiera habría pensado que se trataba de una simple reunión familiar. Pero desde el momento en que Edmont Plactorne cruzó la puerta principal, comprendió que todos esperaban algo más.
Las miradas discretas, los silencios demasiado atentos y la forma en que algunas sonrisas parecían contener preguntas dejaban claro que nadie había olvidado el compromiso que llevaba días convirtiéndose en el tema favorito de la sociedad londinense. Clara estaba junto a una de las ventanas del salón conversando con su madre y cuando lo vio acercarse, su expresión cambió apenas, lo suficiente para que él notara que ya no había en ella solo diversión.
Había nervios. aunque intentara ocultarlos bajo esa calma natural que tanto lo desconcertaba. “Ha llegado el momento”, dijo Edmond en voz baja cuando estuvo frente a ella. Clara sostuvo su mirada durante un instante. “Sí”, respondió suavemente. “Y creo que esta vez no podremos escapar con una broma.
” Él dejó escapar una leve sonrisa. Eso suele ser culpa suya y usted suele seguirme la corriente. Aquello lo hizo sonreír un poco más de lo que pretendía, pero antes de que pudiera responder, los invitados comenzaron a tomar asiento y ambos tuvieron que ocupar sus lugares frente a una mesa donde la tensión parecía perfectamente acomodada entre los cubiertos y las copas de cristal.
Durante los primeros minutos, las conversaciones giraron alrededor de temas inofensivos, el clima, la temporada social, los bailes recientes, pero Edmond apenas escuchaba. De vez en cuando levantaba la mirada y encontraba a Clara observándolo también, como si ambos estuvieran esperando quién tendría el valor de hablar primero.
Y finalmente ocurrió. Debo admitir”, comentó el señr Wickfield con una serenidad sospechosamente calculada, que jamás imaginé que mi hija lograría comprometer a un hombre que había jurado no casarse. Varias sonrisas aparecieron alrededor de la mesa y Edmund soltó una breve risa resignada. “Créame, señr Wickfield, yo tampoco lo imaginé.
” Las risas fueron suaves, elegantes, pero ayudaron a aliviar apenas la tensión. Clara bajó la mirada por un momento intentando ocultar una sonrisa. Aunque siendo honestos, continuó Edmund apoyando una mano sobre la mesa, creo que todos merecen una explicación. El silencio fue inmediato. Edmund giró la cabeza hacia Clara y por primera vez desde que todo había comenzado, dejó de pensar en cómo salir de aquella situación y comenzó a pensar únicamente en cómo no perderla.
La noche de la fiesta empezó como una broma. dijo con calma. Un juego absurdo, demasiado vino y un comentario que nunca debió tomarse en serio. Clara alzó una ceja. Eso no suena especialmente romántico. Déjeme terminar, respondió él mirándola con una sonrisa. Ella se acomodó en su asiento. Muy bien, continúe.
Intentaré no arrepentirme. Algunas risas escaparon alrededor y Edmund negó ligeramente con la cabeza antes de volver a hablar. Al principio pensé que todo esto era un desastre que debía arreglarse lo más rápido posible. De hecho, estaba completamente decidido a deshacer el compromiso. “Sí, eso quedó bastante claro”, comentó Clara con tranquilidad.
Demasiado claro, admitió él. El problema fue que cada vez que intentaba terminar con todo, usted hacía algo que lo complicaba más. Complicarlo. Yo fui encantadora. Ese fue exactamente el problema. La sonrisa de Clara esta vez fue imposible de ocultar. Edmont la observó un instante más antes de continuar y cuando volvió a hablar, su voz perdió parte de la ironía habitual.
No sé exactamente cuándo ocurrió, pero en algún momento dejé de intentar escapar de esto. Empecé a esperar verla, a buscar sus comentarios imposibles, a preguntarme qué ocurrencia diría después solo para hacerme perder la paciencia, aunque la verdad es que nunca la perdía realmente. Clara lo miró en silencio.
Y esta vez no había bromas en su expresión, solo una atención tan sincera que Edmonttió que el resto de la habitación desaparecía poco a poco. Y entonces entendí algo bastante incómodo”, añadió él con una leve sonrisa. “El problema no era el compromiso.” No, no. El problema era que me estaba enamorando de usted y ya era demasiado tarde para evitarlo.
El silencio que siguió fue absoluto. Clara parpadeó una vez, claramente sorprendida por la sinceridad de aquellas palabras y aunque intentó mantener la compostura, terminó soltando una pequeña risa nerviosa. Bueno, eso sí fue directo. Usted dijo que debía hacerlo bien. Ella negó suavemente con la cabeza, todavía sonriendo.
No esperaba que aprendiera tan rápido. Edmontinó apenas hacia ella. Entonces, supongo que todavía puedo sorprenderla. Clara lo observó unos segundos más antes de responder. La verdad, dijo finalmente, es que yo tampoco quería terminar con esto. Aquello hizo que él sonriera de inmediato. No, no. Intenté convencerme de que todo había sido una locura, pero cada vez que usted aparecía decidido a arreglar la situación, terminaba divirtiéndome demasiado para dejarlo marchar.
Las risas volvieron alrededor de la mesa, pero ninguno de los dos apartó la mirada. Eso significa que todo esto fue una trampa desde el principio, murmuró Edmont. No exactamente, respondió Clara. Digamos que fue un accidente que ninguno quiso corregir. Edmund soltó una risa baja y auténtica, esa que ya no intentaba esconder cuando estaba con ella.
Entonces, creo que tengo una última pregunta, señorita Whitfield. Ella inclinó ligeramente la cabeza. Adelante. Ahora que ambos hemos admitido que somos un desastre, ¿quiere realmente casarse conmigo? Clara sonrió de una manera distinta, más cálida, más suave. “Sí”, respondió sin dudar, “pero solo si promete seguir riéndose cuando no debería.
” Edmond negó con la cabeza divertido. Eso ya no puedo controlarlo. Perfecto, entonces creo que funcionará. Las conversaciones estallaron nuevamente alrededor de ellos, esta vez entre felicitaciones, comentarios divertidos y un alivio evidente que transformó por completo el ambiente del almuerzo. Pero Edmonda apenas escuchó nada porque Clara seguía mirándolo de esa forma que hacía que todo lo demás pareciera perder importancia.
Esa misma noche, durante el baile oficial al que asistieron juntos, ya no hubo necesidad de fingir ni de seguir aparentando que todo era un error temporal. Cuando Edmond tomó la mano de Clara para comenzar el primer baile como prometidos de verdad, ella lo miró con esa sonrisa traviesa que había sido capaz de arruinarle la tranquilidad desde el primer día.

“¿Sigue pensando que esto fue un desastre?”, preguntó. Edmond acercó apenas el rostro hacia ella mientras comenzaban a girar entre la música y las luces del salón. “Sí”, respondió con sinceridad. “ero ha sido el desastre más hermoso de mi vida. Clara soltó una pequeña risa y apoyó una mano sobre su hombro. Qué suerte tiene entonces, mi lord, porque ahora tendrá que soportarme para siempre.
Ese es precisamente mi plan. Y mientras bailaban rodeados de música, miradas curiosas y una sociedad que seguía disfrutando de la historia más comentada de la temporada, ambos comprendieron algo que jamás habían esperado encontrar en medio de una broma absurda y un compromiso accidental. que la vida aristocrática podía ser mucho más divertida cuando uno se enamoraba de verdad.
Epílogo. Un año después, Edmund Plactorne seguía convencido de que las fiestas de máscaras eran peligrosas, no porque escondieran secretos escandalosos ni porque el vino circulara demasiado rápido entre los invitados, sino porque, según él, eran el escenario perfecto para que otros hombres olvidaran convenientemente que Clara Blacktorne era una mujer casada.
muy casada con él. Si ese hombre vuelve a inclinarse así frente a ti, juro que lo sacaré del salón por la ventana, murmuró Edmond mientras avanzaban entre los invitados. Clara soltó una pequeña risa detrás de su máscara plateada. Edmont acaba de decirme que mi vestido era hermoso. Exactamente. Demasiado entusiasmo para un hombre casado.
Tú también estás casado, pero yo tengo motivos. Ella giró el rostro para mirarlo, claramente divertida. Y los demás no, ninguno de ellos debería tenerlos. Clara negó suavemente con la cabeza mientras seguían caminando por el mismo salón donde un año atrás todo había comenzado con las luces brillando sobre los enormes espejos, la música llenando el aire y decenas de máscaras ocultando sonrisas y miradas curiosas.
Solo que esta vez Edmund ya no era el hombre decidido a escapar del matrimonio. Ahora era el marido absurdamente celoso que llevaba casi una hora persiguiendo a su esposa por toda la fiesta y ella estaba disfrutándolo demasiado. “Debo admitir que esto ha sido excelente para mi ego”, comentó Clara con inocencia.
Tres declaraciones de amor en menos de una hora. Creo que estoy causando sensación. Edmond entrecerró los ojos detrás de su máscara negra. “Tus admiradores tienen mucha suerte de que sea una fiesta elegante.” Ella soltó una carcajada. No ibas a golpearlos de verdad. A Harrington sí, tu mejor amigo. Precisamente por eso debería saber comportarse.
La verdad era que todo había comenzado un rato antes, cuando Harrington y los demás amigos de Edmond habían decidido divertirse a su costa. Primero comenzaron con bromas inocentes, luego con comentarios sobre lo hermosa que estaba clara aquella noche y finalmente aprovechando las máscaras y el ambiente festivo.
Uno tras otro habían empezado a declararle su amor de la forma más exagerada y dramática posible, solo para observar como Edmont perdía la paciencia. Y Edmond, por supuesto, había reaccionado exactamente como ellos esperaban, con amenazas, miradas asesinas y una vigilancia completamente absurda sobre su propia esposa.
“Empiezo a sospechar que todos disfrutan demasiado atormentándome”, murmuró Edmund de pronto, observando a otro caballero alejarse después de besar la mano de Clara demasiado cerca de sus dedos. “Claramente todos están enamorados de mi esposa. Tal vez porque es encantadora. Eso no ayuda. Tal vez porque tú eres ridículamente posesivo.
Eso tampoco ayuda. Clara volvió a reír y se puso frente a él antes de que pudiera seguir vigilando el salón como un guardia enfurecido. “Ven aquí, marido mío”, dijo tomando sus manos antes de que termines declarándole la guerra a media aristocracia. Edmont resopló apenas. La estoy considerando seriamente. Lo sé.
por eso voy a salvarte. Y sin esperar respuesta, lo arrastró hacia la pista de baile. La música acababa de comenzar y las parejas empezaban a girar lentamente bajo las luces doradas del salón cuando Edmund finalmente dejó escapar un suspiro resignado. Eres consciente de que disfrutas demasiado atormentándome muchísimo, admitió ella.
Él negó con la cabeza, aunque ya estaba sonriendo, porque siempre terminaba sonriendo con ella. definitivamente debí sospechar de ti desde aquella primera noche. Oh, no. Ya era demasiado tarde desde entonces. Edmont la acercó un poco más mientras comenzaban a bailar. Probablemente por un momento, permanecieron así, moviéndose entre la música y las risas del salón, más tranquilos, más cercanos.
Y Clara lo observó con una expresión distinta, menos juguetona. Esta vez Edmond lo notó de inmediato. ¿Qué ocurre? Ella mordió apenas su sonrisa. Bueno, llevo días intentando decidir cuándo decírtelo. Él frunció ligeramente el ceño. Eso jamás empieza bien. No es malo. Entonces dilo rápido. Clara soltó una pequeña risa.
Pensé en esperar un día, luego una semana. Después ya no estaba segura. Clara, “¿Y tú te estás impacientando, verdad?” Muchísimo. Ella lo observó unos segundos más, disfrutando claramente de su ansiedad antes de acercarse apenas a él. “Vamos a tener un bebé.” El mundo pareció detenerse. Edmont parpadeó una vez, luego otra. Y Clara apenas tuvo tiempo de reír antes de que él la levantara de golpe en medio de la pista de baile.
“Emmont”, exclamó entre carcajadas mientras él comenzaba a girar con ella, pero él no estaba escuchando absolutamente nada. Reía de verdad, sin elegancia, sin dignidad y sin importarle en lo más mínimo que todo el salón acabara de detenerse para mirarlos. “Un bebé”, repitió él, todavía girando con ella. De verdad. Sí.
¿Y vas a marearme antes de que nazca? Edmund finalmente la bajó, aunque no dejó de sujetarla ni un segundo. La miró como si acabara de entregarle el universo entero. “Esto es”, intentó hablar todavía riendo. “Esto es lo mejor que me ha pasado en la vida.” Clara sonrió con ternura. Incluso más que nuestro compromiso accidental. Él se inclinó apenas hacia ella.
mucho más. Y luego la besó allí mismo en medio del salón, mientras alrededor de ellos comenzaban los aplausos, las risas y los comentarios escandalizados de una sociedad que una vez más estaba completamente fascinada con los Blacktorne, porque al final el marqués que había jurado no casarse había terminado exactamente donde jamás imaginó, feliz y completamente enamorado de la vida caótica y maravillosa que Clara había llevado hasta él.
Gracias por llegar hasta aquí y acompañarme en esta historia. Espero de corazón que esta novela les haya gustado, porque aunque sé que no son perfectas, cada una está hecha con muchísimo cariño, imaginación y un pedacito de mi corazón. Y si en algún momento esta historia logró hacerte sonreír, suspirar o escaparte del mundo por un ratito, entonces siento que todo valió la pena.
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Gracias por estar aquí. Maj.