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El Marqués que Juró No Casarse… y Amaneció Comprometido

El marquésmont Plactor estaba convencido de una sola cosa, jamás se casaría. Había repetido aquella promesa tantas veces que incluso sus amigos habían dejado de discutirle, aunque seguían burlándose cada vez que una madre desesperada intentaba acercarle a una hija casadera. Pero todo cambió después de una fiesta de máscaras.

Una noche llena de música, bromas y demasiado entusiasmo terminó de la peor manera posible con toda la sociedad convencida de que Edmund estaba comprometido con Clara Wickfield, una joven ingeniosa y encantadoramente problemática que parecía disfrutar demasiado viéndolo perder la paciencia. Ahora, atrapados entre rumores, bailes y encuentros que deberían servir para aclarar el malentendido, ambos descubrirán que algunas equivocaciones son mucho más difíciles de corregir, especialmente cuando empiezan a sentirse

peligrosamente parecidas al amor. Capítulo 1. La fiesta que lo cambió todo. El marquésmont plactor no creía en el matrimonio y no solo no creía en él, sino que se había encargado de declararlo en voz alta en cenas. tertulias y cualquier reunión donde alguien insinuara siquiera la palabra compromiso. Aquella noche, sin embargo, estaba decidido a creer en algo mucho más sencillo, el placer de divertirse sin consecuencias.

La fiesta de máscaras en la mansión Ascrof era el evento más esperado de la temporada, un despliegue de luces, música y elegancia donde nadie era exactamente quien decía ser y donde por una noche, incluso los más rígidos aristócratas se permitían el lujo de jugar a ser otros. Edmund llegó con paso seguro, luciendo un traje impecable y una máscara negra que apenas ocultaba la seguridad de su sonrisa.

Esta noche, Black Torne”, le dijo uno de sus amigos dándole una copa apenas cruzaron el umbral. “No podrás escapar. Dicen que hay un juego nuevo. Otro intento desesperado por cazar a los solteros de Londres.” Respondió Edmund alzando una ceja con ironía. Algo así, pero con menos dignidad. Edmund soltó una breve risa, tomando la copa sin darle mayor importancia, porque en su mundo cualquier intento de cazarlo terminaba siempre de la misma manera, con el desapareciendo antes de que alguien pudiera siquiera pronunciar la palabra boda. La música envolvía el

salón y las máscaras convertían cada encuentro en un misterio delicioso. Damas de plumas y sedas se deslizaban entre los caballeros y las risas parecían más ligeras, más libres. como si la noche tuviera permiso para no tomarse nada demasiado en serio. Edmont bailó con una con otra, intercambió comentarios ingeniosos, evitó preguntas incómodas y disfrutó exactamente como había planeado hasta que la vio.

No supo exactamente por qué se detuvo, pero lo hizo. Ella llevaba una máscara sencilla, sin excesos y un vestido que no buscaba llamar la atención, pero lo conseguía de todos modos, no por lo que mostraba, sino por la forma en que se movía. Con una ligereza natural que no necesitaba esfuerzo, no parecía interesada en impresionar a nadie y quizás por eso mismo resultaba imposible ignorarla.

“¿La conoce?”, preguntó su amigo siguiendo su mirada. No, respondió Edmond ya caminando hacia ella. Cuando se acercó, ella lo miró con una mezcla de curiosidad y diversión, como si ya hubiera adivinado que él no era precisamente un desconocido cualquiera. “Va a quedarse mirándome toda la noche o piensa invitarme a bailar”, dijo ella sin la menor timidez.

Edmond sonrió sorprendido. Pensaba invitarla, pero ahora temo que ya me ha dado una orden. Entonces, obedezca, mi lord, o lo que sea que sea esta noche. Bailaron. Y no fue un baile especialmente perfecto ni lleno de esa elegancia exagerada que tanto le gustaba a la alta sociedad, pero fue ligero, fácil, casi divertido.

Y Edmond se descubrió riendo más de lo que esperaba. respondiendo a sus comentarios rápidos, disfrutando de su manera de no impresionarse con él. “¿Siempre habla así?”, le preguntó él en un momento, inclinándose ligeramente. “Así como si no tuviera idea de quién soy.” Ella la deó la cabeza. “¿Y debería importarme?” Edmund no respondió de inmediato, pero algo en su sonrisa cambió.

La noche avanzó entre bailes, juegos y copas y en algún momento alguien propuso una nueva diversión, un juego que, según dijeron, era inocente y absolutamente inofensivo. Los invitados se reunieron en pequeños grupos, riendo antes siquiera de entender en qué consistía. Y una voz anunció que cada caballero debía elegir a una dama y hacer una promesa que sería leída en voz alta.

“Esto suena peligrosamente cercano al matrimonio,” murmuró Edmont. Relájese, Black Torne”, respondió su amigo. “Es solo una broma.” Eso pensó él. Cuando llegó su turno, la eligió a ella sin dudarlo, porque en ese momento parecía lo más natural del mundo. Y entre risas y comentarios, alguien escribió la promesa que él dictó con tono burlón, asegurando que si alguna vez llegaba a casarse, sería con una mujer que supiera hacerlo reír como ella.

Las carcajadas no tardaron en llenar el salón y ella lo miró con una sonrisa que por un instante fue menos juguetona y más sincera. “Cuidado con lo que promete mi lord”, susurró. “Hay quienes podrían tomarlo en serio.” “Entonces tendrán un problema”, respondió él divertido. “Porque yo nunca cumplo promesas absurdas.

” Pero alguien más sí las escuchó. En algún lugar del salón, entre las máscaras y las miradas discretas, la familia Whitfield observaba con atención, interpretando aquel juego no como una broma pasajera, sino como una declaración suficientemente pública para ser considerada válida. Edmond, por supuesto, no tenía idea.

La noche terminó como todas las noches que él consideraba perfectas, sin consecuencias, sin explicaciones y con la certeza de que al día siguiente no recordaría más que fragmentos de risas y música. Sin embargo, mientras abandonaba la fiesta, giró una última vez, buscando entre la multitud a la dama misteriosa.

No la encontró y por primera vez en mucho tiempo, algo parecido a la curiosidad o quizás al interés, se quedó con el más allá de la noche. No sabía que aquello no había terminado. En realidad acababa de empezar. Capítulo 2. El despertar inesperado. El marquésmont Plactorne despertó con la firme convicción de que jamás volvería a asistir a una fiesta de máscaras.

Una decisión poco filosófica, pero completamente justificada por el dolor de cabeza punzante que parecía haberse instalado detrás de sus ojos, como si alguien hubiera decidido martillarle el cráneo con dedicación desde el amanecer. Permaneció unos segundos inmóvil, con el ceño fruncido y los ojos aún cerrados, intentando recordar en qué momento exacto la noche anterior había dejado de ser una idea brillante.

“Jamás otra vez”, murmuró con voz áspera. abrió los ojos lentamente, esperando encontrarse con la tranquilidad habitual de su dormitorio, ese orden impecable que siempre lo recibía después de cualquier exceso social, pero algo no encajaba, porque sobre la mesita de noche, perfectamente colocada como si hubiera sido puesta allí con toda intención, descansaba una carta.

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