Posted in

EL HOMBRE QUE LE ROBÓ A PABLO ESCOBAR Y SOBREVIVIÓ PARA CONTARLO

Yo le robé 200 m000000es de dólares a Pablo Escobar y viví para contarlo. La única persona en la historia de Colombia que puede decir eso sin estar mintiendo o sin estar muerta. Y nadie lo sabe hasta hoy. Porque los que sabían ya no respiran y los que sospechaban aprendieron que sospechar de mí era más peligroso que ignorarme.

 El patrón movió cielo y tierra buscándome durante 3 años. mandó a sus mejores sicarios, ofreció recompensas que habrían comprado pueblos enteros y yo seguía vivo, escondido a 40 minutos de su finca en el peñol, respirando el mismo aire húmedo de las montañas au antioqueñas mientras él se desangraba de rabia sin encontrarme. La ironía más hijo de  de todas.

 El hombre que controlaba el 80% de la cocaína que entraba a Estados Unidos. El hombre que tenía más plata que el Banco de la República, el hombre que hacía temblar presidentes y generales, nunca pudo encontrar a un contador flaco de Aranjuz que aprendió a sumar antes que a caminar. Nací en 1954 en una casa de tablones podridos en el barrio Aranju, cuando Aranjués todavía era puro barro y necesidad.

Casa de madera con techo de zinc que sonaba como metralla cuando llovía. piso de tierra que mi mamá barría tres veces al mamantas en cada día, como si eso fuera a convertirlo en baldosa. Éramos siete hermanos durmiendo en dos camas, turnándonos el colchón bueno que solo tenía tres resortes salidos.

 Mi papá, Ernesto Vélez, trabajaba en una fábrica de textiles en Bello. Salía a las 4 de la mañana y volvía a las 8 de la noche con las manos teñidas de azul índigo que nunca se le quitó de las uñas hasta el día que lo enterramos. Mi mamá, doña Carmen, lavaba ropa ajena en el lavadero comunitario de la cuadra y yo la acompañaba desde los 5 años cargando canastos que pesaban más que yo.

 El olor a jabón de tierra y agua sucia del Medellín de mi infancia todavía me llega a veces cuando llueve. Ese olor a pobreza limpia que solo conocen los que crecieron sin nada, pero con dignidad. A los 7 años descubrí que los números me hablaban. No es metáfora, parcero, los números me hablaban.

 Mi mamá me mandó a comprar media libra de arroz y un cuarto de panela donde don Bernardo, el tendero de la esquina que tenía un ojo de vidrio y siempre olía a aguardiente. Le di los 40 centavos que me había dado mi mamá y don Bernardo me devolvió el cambio. 12 centavos. Yo me quedé mirando las monedas en mi mano y algo no cuadraba, algo me picaba en la cabeza como una espina.

 El arroz costaba 22 centavos, la panela costaba ocho 30 centavos. Sobraban 10, no 12. Levanté la mirada y le dije a don Bernardo que me había dado dos centavos de más. El viejo se quedó paralizado con el ojo bueno abierto como huevo frito. Sacó su libreta de cuentas, revisó y efectivamente se había equivocado. Esa noche le contó a mi papá que yo era especial, que tenía cabeza para los números, que había que meterme a estudiar contabilidad.

 Mi papá se a río un sonido seco como madera quebrándose en Aranjuz. Los niños no estudiaban contabilidad. En Aranjez, los niños aprendían a sobrevivir, pero los números siguieron hablándome. A los 12 ya llevaba las cuentas del tendero, de la carnicería de don Aurelio, del taller de don Pacho, donde arreglaban radios viejos.

 A los 15 podía calcular porcentajes en la cabeza más rápido que cualquier calculadora. A los 18, cuando me gradué del bachillerato nocturno, trabajando de día en una fábrica de medias, el director del colegio me llamó a su oficina. me dijo que tenía talento. Otra que debía estudiar en la universidad, que podía conseguirme una beca parcial.

 Le pregunté cuánto costaba la otra mitad de la matrícula. Cuando me dijo el número, me reí igual que mi papá se había reído 10 años antes. En Aranju, los números servían para contar lo que no teníamos, no para soñar con lo imposible. A los 19 conseguí trabajo en una importadora de repuestos en el centro de Medellín, oficina pequeña, olor a aceite de motor y papel carbón.

Mi trabajo era simple, llevar los libros contables, cuadrar facturas, asegurarme de que los números dijeran lo que el dueño quería que dijeran. Aprendí rápido que la contabilidad legal era un chiste, que todas las empresas tenían dos libros, el real y el de mostrar. Aprendí a mover números de una columna a otra, a hacer que ah, las pérdidas parecieran ganancias y las ganancias parecieran pérdidas según conviniera.

 Aprendí los secretos que los ricos usaban para seguir siendo ricos mientras nosotros seguíamos jodidos. A los 23 ya era el mejor contador de la importadora, pero seguía ganando 120,000 pesos al mes, apenas suficiente para ayudar a mi mamá con el mercado y pagar el arriendo de un cuarto en Manrique. Pasé 4 años en esa importadora viendo como el dueño, un gordo calvo llamado Hernando Mejía, llegaba cada lunes en un carro nuevo mientras yo tomaba el mismo bus atestado de las 6 de la mañana.

 4 años viendo cómo su esposa gastaba en un almuerzo lo que yo ganaba. No, en un mes, 4 años aprendiendo todo lo que podía sobre cómo funcionaba el dinero de verdad. El dinero grande, el dinero que movía el país mientras nosotros peleábamos por las obras. La rabia crecía lenta, silenciosa, venenosa. Cada vez que cuadraba los libros falsos de Hernando Mejía, cada vez que veía los números reales de lo que él se robaba en impuestos, cada vez que calculaba mentalmente cuánto de esa plata me correspondería si el mundo fuera justo,

la rabia se hacía más densa, más pesada, más difícil de ignorar. En 1979 todo cambió. Un hombre llegó a la importadora un martes de agosto cuando el calor del mediodía hacía que el aire se sintiera como sopa caliente, alto, flaco, bigote recortado con precisión militar, piel morena quemada por el sol de fincas que no eran para sembrar café, traje de lino color crema, reloj rolex de oro que brillaba obseno bajo la luz del fluorescente, zapatos italianos que costaban más que mi sueldo de 6 meses.

Le llamaba Rodrigo Murillo, aunque después supe que todos le decían el flaco Murillo y tenía acento paisa, pero con plata, mucha plata. La clase de plata que cambia hasta la forma en que un hombre pronuncia las palabras. Entró directo a la oficina de Hernando Mejía, estuvo adentro 40 minutos y cuando salió se detuvo frente a mi escritorio.

 Me miró como se mira un caballo antes de comprarlo, evaluando, calculando. “¿Vos sos el contador?”, preguntó. Sí, señor, el que lleva los dos libros. Sentí el sudor frío bajarme por la espalda. Nadie hablaba de los dos libros, nadie reconocía que existían. Pero el flaco Murillo lo dijo como quien comenta el clima, sin bajar la voz, sin mirar alrededor.

 No sé de qué me habla, respondí. La mentira automática de años de práctica. El flaco Murillo sonríó. Una sonrisa que no llegaba a los ojos. Hernándome Tata dice que sos el mejor contador que ha tenido, que podés hacer que los números digan lo que uno quiera. Es verdad. No respondí. No era pregunta que se respondiera con palabras.

Read More