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El Hacendado volvió Tras Años para Vender el Rancho… Pero la ropa en el Tendedero no Tenía Sentido

Nadie vive 30 años lejos de un lugar sin dejar algo pendiente atrás. Faustino volvió solo para vender el rancho, pero había ropa en el tendedero. No ropa vieja, no ropa olvidada, ropa limpia de alguien que iba a volver. Y en ese momento entendió algo que no estaba en los papeles. Ese rancho nunca había estado vacío.

Suscríbete a cuentos del viejo campo, porque algunas historias no empiezan cuando llegas, empiezan cuando descubres que nunca te fuiste del todo. Faustino Gaitán llevaba 3 horas manejando por la sierra cuando el camino de terracería empezó a reconocerlo antes de que él reconociera al camino. No era memoria lo que sentía, era otra cosa, algo más antiguo y menos amable, algo que vivía en el cuerpo y no en la cabeza.

Las piedras del bordo lateral, el olor a tierra mojada mezclado con resina de pino, la forma en que la barranca abría a la izquierda justo antes de la curva donde su padre siempre frenaba, aunque no hubiera necesidad de frenar. Apagó la radio cuando faltaban 2 km. No lo decidió, simplemente lo hizo como si el silencio fuera un requisito que el lugar exigía antes de dejarlo entrar.

La camioneta cruzó el último cerro y la quebrada de los arrayanes apareció abajo entre pinos y encinos, con el arroyo brillando al fondo como una línea de plata torcida. Faustino detuvo el motor en el alto y miró. 31 años. Había salido de ahí a los 14 con una maleta de lona y la mano de su tío Gumerindo jalándolo hacia el camión que lo llevaría a Guanajuato capital.

Su padre había estado parado en el portal del rancho. No se había acercado. No había dicho nada que valiera la pena recordar. Solo había levantado la mano una vez y la había vuelto a bajar. Faustino había mirado por la ventana trasera del camión hasta que el rancho desapareció detrás del cerro. Nunca había vuelto a ver a don Laureano Gaitán con vida.

Le habían avisado de la muerte por teléfono. Una voz de mujer que no reconoció, seca, breve, como si estuviera leyendo un telegrama, le dijo que su padre había muerto hacía tres días, que había sido enterrado en el panteón del pueblo, que había dejado el rancho a su nombre. Faustino había colgado sin preguntar quién era la mujer.

Había tardado 4 meses en venir. Ahora estaba aquí para vender. El licenciado Tiburcio Valdivia, el mismo notario que había manejado los papeles del rancho por décadas, según le habían dicho, ya tenía un comprador interesado, alguien de León que quería la tierra para ganado. El precio era razonable.

El trámite, según Valdivia, era sencillo. Firmar, entregar, terminar con lo que nunca había empezado. Faustino soltó el freno y dejó que la camioneta bajara por el último tramo de terracería. Fue cuando vio la ropa en el tendedero. No era mucho. Tres camisas de hombre viejo, dos faldas oscuras, un reboso extendido con las puntas atadas a los postes, pero estaba ahí colgada con pinzas de madera, moviéndose despacio con el viento de la sierra.

Faustino frenó en la entrada del rancho y se quedó mirando sin bajarse de la camioneta. El portal estaba barrido. Había una maceta de bugambilia morada recién regada junto a la puerta. El zaguán de madera, el mismo que recordaba con la pintura descascarada, estaba repintado de verde oscuro. Un verde que no era el color original, pero que alguien había elegido con cuidado.

Alguien vivía aquí. Faustino bajó de la camioneta despacio sin cerrar la puerta, como si el ruido pudiera alterar algo que todavía no entendía. Caminó hasta el tendedero y tocó una de las camisas. La tela estaba seca por fuera, pero fresca por dentro, lavada esa misma mañana o la noche anterior.

No era ropa abandonada, era ropa de alguien que había salido y iba a volver. Se volteó hacia la casa. La puerta principal estaba entreabierta. La puerta se dio con el mismo quejido que Faustino recordaba, un sonido entre madera hinchada y bisagra oxidada que su padre nunca había querido arreglar porque decía que así sabía cuando alguien entraba a la casa sin avisar.

El quejido era idéntico. Eso lo detuvo un momento en el umbral, con una mano en la jamba y el cuerpo mitad dentro, mitad afuera. La sala olía a copal y a hierba santa, no a abandono, no al polvo y al encierro que había esperado encontrar después de tantos años. Olía a una casa que tenía dueño, a un espacio que alguien limpiaba y habitaba y llenaba con sus propios olores y sus propias costumbres.

Se quedó parado mirando. La sala era más chica de lo que la recordaba. O él era más grande o las dos cosas. Los muros de adobe seguían siendo del mismo color ocre deslavado, pero alguien había colgado una serie de fotografías enmarcadas en la pared del fondo que Faustino no reconoció de inmediato. Se acercó.

Eran fotos viejas, algunas en blanco y negro, otras en sepia, tomadas con cámara de fuelle. reconoció a su padre joven en una, don laureano con sombrero de palma y camisa blanca, parado junto a un árbol que debía ser uno de los arrayanes del arroyo, con una sonrisa que Faustino no recordaba haberle visto nunca en persona. Junto a esa foto había otra, don Laureano de mediana edad, con el bigote ya gris, sentado en la mecedora del portal, la misma mecedora que Faustino podía ver ahora mismo a través de la ventana con una niña de unos si u 8 años parada a su

lado. La niña tenía una trenza oscura y miraba a la cámara con los ojos entrecerrados por el sol. Faustino reconoció a la niña. Pasó a la cocina. La hornilla de barro estaba limpia con las cenizas barridas y tres ollas colgadas en orden sobre el fogón apagado. Había frijoles remojando en una cazuela de barro sobre la mesa, chiles anchos extendidos sobre un petate junto a la ventana, un manojo de pazote colgado boca abajo desde una viga, ya seco, pero todavía con olor, en el trinchero de madera, acomodados con un

orden que no era el orden de su madre. ni el orden que él recordaba de la infancia. Había platos de talavera, vasos de vidrio grueso, una jarra de peltre con tapa. Alguien cocinaba aquí. Alguien vivía aquí con la misma naturalidad con que él había vivido en su departamento de Guanajuato durante 30 años.

Salió de la cocina y subió el pasillo hacia los cuartos. La puerta del cuarto, que había sido de sus padres estaba cerrada. Faustino puso la mano en el picaporte y luego la quitó. No entró. siguió hasta el cuarto que había sido el suyo de niño. La puerta estaba abierta, no era su cuarto. El catre de Latón seguía siendo el mismo, pero la colcha era diferente, tejida a mano con lana de colores que él no había visto antes, verde y guinda, y un amarillo que parecía ocote encendido.

Sobre el buró había un vaso con agua y una veladora apagada. En el suelo, junto a la cama había un par de guaraches de mujer. En la silla del rincón, doblada con cuidado, una blusa bordada con flores de colores sobre manta blanca. Este cuarto era de una mujer. Faustino se recargó en el marco de la puerta y miró el cuarto largo rato sin entrar.

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