Para el ciudadano común de Moscú, la guerra en Ucrania siempre había sido un eco distante, una narrativa lejana y controlada, transmitida cuidadosamente a través de las pantallas de la televisión estatal. Sin embargo, esa frágil ilusión de invulnerabilidad se hizo añicos de manera repentina y brutal. En lo que ya se clasifica por los analistas internacionales como el mayor y más audaz ataque aéreo sobre la capital rusa en todo el conflicto, Ucrania ha logrado lo impensable: penetrar el supuestamente impenetrable escudo defensivo del Kremlin. Con una fuerza masiva que involucró casi 600 drones y misiles, las fuerzas de Kiev no solo llevaron la cruda realidad de la destrucción a las calles de Vladímir Putin, sino que asestaron un golpe psicológico y estratégico de proporciones históricas. El saldo humano inicial de esta ofensiva sin precedentes dejó al menos tres personas muertas y quince heridos en la capital, pero las verdaderas cicatrices de este asalto se medirán en la vulnerabilidad expuesta de la maquinaria bélica rusa.

Este ataque no fue en absoluto una acción improvisada o un golpe de suerte. Al contrario, fue la culminación de una obra maestra de la planificación militar, una operación meticulosa que combinó maniobras de distracción a gran escala, guerra electrónica de vanguardia, sabotaje interno y el uso de tecnología internacional. Para comprender la magnitud de lo ocurrido, es necesario desentrañar paso a paso cómo Ucrania logró engañar a uno de los sistemas de defensa antiaérea más densos del planeta.
La Estrategia del Engaño: Distrayendo al Oso Ruso
El asalto a Moscú comenzó a gestarse días antes de que la primera sirena sonara en la capital. Los estrategas militares ucranianos diseñaron un elaborado juego de trileros para desviar la atención y, lo que es más importante, los recursos militares rusos. La secuencia se inició la noche del jueves con el lanzamiento de 38 drones, seguida de una incursión de 35 aparatos en la madrugada del viernes. El verdadero preludio llegó la noche del viernes, cuando 138 drones fueron lanzados sobre territorio ruso. Sin embargo, el objetivo de esta masiva oleada no era la capital, sino la vital refinería petrolera de Riazán, situada a unos 150 kilómetros al sur de Moscú.
El propósito de estos ataques preliminares era puramente táctico. Al amenazar una infraestructura energética tan crucial como la de Riazán, Ucrania obligó al mando militar ruso a tomar una decisión crítica: desplazar sus defensas y reservas antiaéreas para proteger el complejo industrial. Simultáneamente, se registraron ataques significativos sobre Crimea y Sebastopol. El efecto acumulativo de estas acciones fue fijar a los activos militares rusos en zonas periféricas, obligándolos a dispersar su paraguas protector. Así, de manera brillante y calculada, se preparó el escenario para que el día de la “traca final” sobre Moscú, la ciudad no contara con su robusta protección habitual.
El Enemigo en Casa: La Noche de los Saboteadores
Con las defensas rusas dispersas y la atención desviada, el siguiente paso de la operación requería infiltración y sabotaje. La noche del sábado, aprovechando que parte de las fuerzas policiales y militares se encontraban de permiso, disfrutando del ambiente nocturno moscovita, un grupo en la sombra entró en acción. Integrantes de la red de partisanos conocida como el grupo Atesh, simpatizantes de la causa ucraniana que operan dentro de Rusia, ejecutaron una misión de altísimo riesgo.
El objetivo de estos saboteadores no eran grandes bases militares, sino los ojos y oídos electrónicos de la ciudad. Rusia había instalado un denso enjambre de sensores y perturbadores de señal (jammers) en antenas de telefonía alrededor de la capital, específicamente diseñados para detectar y neutralizar drones volando a muy baja altura. De manera coordinada, los partisanos prendieron fuego a estos equipos vitales en los suburbios de Domodédovo, Kommunarka y Putilkovo. Al destruir estos sistemas de guerra electrónica, crearon enormes y peligrosos “puntos ciegos” en el radar defensivo de Moscú, abriendo silenciosamente las puertas de la ciudad.
El Enjambre del Amanecer y los “Drones Mono”
Aproximadamente a las 4 de la mañana del domingo, el golpe principal se puso en marcha. Las fuerzas ucranianas comenzaron a lanzar decenas de drones a través de una brecha en un frente de 500 kilómetros que abarca las regiones de Briansk, Bélgorod y Kursk, áreas donde la densidad antiaérea es considerablemente menor. Sin embargo, los estrategas de Kiev sabían que cruzar la frontera hipervigilada requería un sacrificio.
Las primeras decenas de drones lanzados, estimados entre cincuenta y un centenar, no eran aeronaves de ataque convencionales. Eran lo que los militares ucranianos denominan “drones mono” (señuelos). Estas versiones baratas y prescindibles tenían una única misión: atraer el fuego enemigo, agotar las municiones antiaéreas rusas y trazar trayectorias seguras mediante su propio sacrificio. Por los derribos observados, se deduce que se identificaron dos rutas principales: una a través del óblast de Kursk, que encontró fuerte resistencia, y otra secundaria por Bélgorod.
El momento elegido fue igualmente crucial. El amanecer de un domingo se caracteriza no solo por la menor alerta de las tropas —a menudo bajo los efectos del descanso del fin de semana—, sino también por condiciones atmosféricas momentáneas que alteran la propagación de las señales de radio, lo que complica aún más la detección por radar. A través de este río lento pero constante, los drones verdaderamente letales comenzaron a cruzar la frontera.
Vuelo a Ras de Suelo y la Conexión Española
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A medida que los drones se acercaban a Moscú, se enfrentaron a un entorno urbano hostil, especialmente en áreas como Zelenogrado, repletas de altos edificios. Para los drones ucranianos pesados, volando en modo inercial con rutas preprogramadas a 180 km/h y transportando cargas de hasta 100 kilos de explosivos, cada rascacielos era un desafío mortal.
La orden fue contundente: volar extremadamente bajo. Gracias a los puntos ciegos creados por los partisanos, lograron escabullirse cerca del suelo. Esta táctica no solo evitaba el radar, sino que planteaba un dilema ético y táctico aterrador para los artilleros antiaéreos rusos: disparar sus ametralladoras pesadas y cañones al nivel del horizonte significaba arriesgarse a masacrar a sus propios civiles en los edificios residenciales colindantes.
En este arsenal aéreo, no solo brillaron los drones. El ataque sorprendió al mundo al revelar el uso de misiles crucero de bajo costo conocidos como “Bars Gladiator”. De manera asombrosa, fuentes de inteligencia sugieren que estos misiles podrían estar equipados con avanzados sistemas de autopiloto desarrollados por la empresa española del Grupo OIA. Esta tecnología europea, que ya ha dado excelentes resultados a Ucrania en operaciones anteriores, permitió a los misiles navegar con una precisión quirúrgica, lo que ha llevado al Kremlin a colocar a esta empresa española en su lista de objetivos reconocidos.
Blancos Estratégicos: Golpeando la Maquinaria de Guerra
Aunque el fuego ruso logró derribar una inmensa mayoría de las amenazas —estimándose que el 90% de los drones fueron interceptados, muchos cayendo sobre zonas urbanas y causando bajas civiles—, el crucial 10% que logró pasar causó estragos. El caos se apoderó de Moscú frente a los ojos atónitos de unos ciudadanos que jamás pensaron vivir una escena de guerra en sus propias calles.
