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EL DUQUE ESPERABA UNA ESPOSA MODESTA… PERO LA JOVEN DESLUMBRANTE QUE LLEGÓ ENCENDIÓ UN FUEGO EN ÉL

La bruma londinense, espesa y persistente, envolvía los altos tejados de piedra gris de Wexford Hall, la imponente residencia del duque de Cavendish. En su interior, las paredes forradas de damasco oscuro, los candelabros de cristal suspendidos como lágrimas inmóviles y el eco de pasos medidos componían la atmósfera solemne de un hogar gobernado por la costumbre, el orden y el silencio.

Arthur Cavendish, 32º duque de Wexford, se encontraba de pie junto al ventanal del salón de música, con las manos enlazadas a la espalda y la mirada fija en el jardín cubierto de escarcha. Su levita negra, perfectamente cortada, caía con rigidez sobre sus hombros rectos, y el cuello almidonado de su camisa rozaba su mandíbula con una precisión casi militar.

Nada en su porte indicaba vacilación, pero en sus ojos grises, fríos como el mármol, se percibía una sombra que no lograba disiparse. “El parlamento está inquieto”, dijo Lady Beatrice Cavendish desde el otro extremo del salón con la voz medida de quien no hablaba en vano. “Y no sin razón. Te niegas a forjar alianzas, rechazas herederas con nombres influyentes.

La prensa insinúa que has renunciado al deber que exige tu título. Arthur no respondió de inmediato. Apenas inclinó la cabeza con un gesto contenido. “Ya he tomado una decisión”, declaró finalmente. “Me casaré con la joven Marston. Es hija de un caballero rural, sin ambiciones ni escándalos en su historia.

Su linaje es modesto, pero respetable. No dará de qué hablar y eso es todo cuanto necesito. Lady Beatrice levantó una ceja con leve escepticismo, aunque no expresó oposición, sabía cuándo no insistir. Esa misma tarde, cuando el reloj marcaba las 3 en punto y la niebla parecía espesarse en torno al carruaje recién detenido frente a Wexford Hall, Juliet Marston descendió con la ayuda de un lacayo.

Vestía un abrigo sencillo de lana azul marino sobre un vestido de muselina clara. Llevaba las manos enfundadas en guantes de hilo gris y un pequeño sombrero de ala curva adornado con una cinta blanca. Al posar sus botas sobre el empedrado húmedo, su mirada se alzó hacia la mansión, como quien se aproxima a un mundo que le es ajeno.

La recibió el ama de llaves con una inclinación cortés. Y Juliet, aunque educada en la modestia, caminó con la espalda erguida. En su interior, sin embargo, el corazón le golpeaba con fuerza. Sabía que allí dentro la esperaban no solo su prometido, sino también las miradas inquisitivas de una casa que no olvidaba fácilmente su linaje.

Le condujeron por pasillos decorados con retratos de antepasados de ojos severos, alfombras persas de tonos apagados y vitrales que proyectaban luz turbia sobre los suelos de mármol. Al llegar al salón principal, el mayordomo anunció su nombre con solemnidad. Arthur Cavendish, que hasta ese momento permanecía junto a la chimenea encendida, alzó la vista y la vio.

La imagen que se había formado en su mente, la de una joven pálida, frágil, sin brillo, se desvaneció en un instante. La que tenía ante sí era de una belleza serena y profundamente femenina. No había ostentación en su vestido ni en su peinado recogido con sencillez, pero en su porte había una luz que no se podía ocultar. La piel tersa, los labios apenas curvados, los ojos verdes de expresión tímida y limpia y esa delicada forma de sostener la mirada sin desafiarlo, pero sin rendirse.

Arthur sintió por primera vez en muchos años un estremecimiento bajo la piel. Juliet se inclinó en una reverencia impecable. Su excelencia. Él apenas asintió con la cabeza, no dio un paso hacia ella, no pronunció palabras amables. Observó medido, contenido, como si ese instante ya fuera en sí un error. “Señorita Marston”, dijo finalmente con voz grave, “Sea bienvenida a Wexford Hall.

” Ella mantuvo la postura sin atreverse a levantar la vista de inmediato. El silencio se prolongó apenas unos segundos, pero para Juliet fue una eternidad. Sentía el calor de la chimenea a su espalda y al mismo tiempo la frialdad del juicio no expresado en los ojos del hombre al que debía llamar esposo en menos de 15 días. Lady Beatrice apareció entonces desde la galería superior bajando las escaleras con lentitud medida.

Juliet dijo con una sonrisa que no alcanzaba a tocar sus ojos. Has llegado con puntualidad. Eso ya habla bien de ti. Gracias, milady”, respondió Juliet, esforzándose por mantener el tono firme. La duquesa le indicó sentarse y Arthur permaneció de pie como si aquel salón ya no fuera suyo. Durante la conversación que siguió, superficial, tensa, observadora, Juliet sintió cada palabra como un examen.

habló de su madre enferma, de la finca que había quedado casi en ruinas tras la muerte de su padre y de su afición por la lectura y la costura. No exageró méritos ni pretendió ocultar sus limitaciones. Arthur la escuchaba sin interrumpir, pero no lograba apartar los ojos de sus labios ni del brillo delicado de su mirada. era sin duda más hermosa de lo que cualquier duquesa que hubiera conocido y precisamente por eso más peligrosa.

Cuando la conversación llegó a su fin, Arthur anunció con sequedad, “La ceremonia se llevará a cabo en 15 días. Deseo que los preparativos se realicen con sobriedad. Mi secretaria personal indicará lo necesario. Juliet se levantó, asintió con respeto y se dispuso a retirarse. Antes de cruzar el umbral, giró brevemente el rostro hacia él.

Agradezco su hospitalidad, su excelencia. Haré todo lo posible por estar a la altura de su casa. Y con ese gesto contenido digno y silenciosamente doloroso, dejó en el aire una fragancia indefinible de nobleza y fragilidad. Arthur, aún de pie junto al fuego, bajó lentamente la mirada hacia la copa que tenía en la mano.

No bebió, solo pensó en lo inexplicable de esa incomodidad que lo había invadido desde que la vio entrar. una incomodidad que, aunque no lo sabía aún, no desaparecería tan fácilmente. El segundo día de Juliet Marston en Wexford Hall amó gris y silencioso. Una leve llovisna golpeaba los vitrales de los pasillos y los corredores alfombrados devolvían solo el eco lejano de las pisadas de los criados.

Juliet despertó con el aroma del té negro que la doncella le había llevado en una bandeja de plata. junto con una pequeña nota escrita a mano con la elegante caligrafía de Lady Beatrice Cavendish desearía su presencia esta mañana en el salón de costura. Hay asuntos de presentación que debemos revisar. B. La joven suspiró mientras doblaba cuidadosamente el papel.

No se había hecho ilusiones de ser recibida con afecto, pero la cortesía distante de su futura cuñada dejaba claro que cada paso que diera sería observado y probablemente juzgado. Juliet se preparó con esmero, como había aprendido de su madre. Se recogió el cabello en un moño bajo sujetado con delicadas horquillas de náar y eligió un vestido verde esmeralda de talle alto con mangas estrechas, sencillo pero pulcro.

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