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El Día Que Rechazaron A La Bordadora… El Hacendado Tomó Una Decisión Que Cambió Todo

Elva Luján llegó a la hacienda El refugio un martes de marzo con una caja apretada contra el pecho, como si fuera lo único que le quedaba en el mundo. Nadie la estaba esperando. Y en una hacienda como esa, eso casi siempre significaba lo mismo, que no había lugar para alguien como ella. No traía familia, no traía nombre importante, no traía nada, salvo unas manos que sabían hacer algo que nadie más en esa casa sabía.

Pero hay algo que casi nadie entiende y es que las personas que llegan sin hacer ruido no siempre vienen a pedir, a veces vienen a devolver lo que otros ya habían perdido. Y eso no todos están dispuestos a aceptarlo, porque en la hacienda El Refugio había alguien que llevaba años esperando ocupar un lugar y no estaba dispuesta a perderlo por una bordadora que nadie había querido.

Si usted cree que hay personas que aparecen en la vida en el momento exacto, cuando todo parece perdido, suscríbase ahora a Cuentos del Viejo Campo. Active la campana, porque esta historia le va a recordar algo que quizás usted también olvidó. Porque lo que pasó con Elvira Luan no empezó cuando ella tocó ese portón.

Empezó mucho antes, el día en que alguien decidió que una mujer como ella no merecía quedarse en ningún lugar. Y fue así. que Elvira Luján llegó a la hacienda El Refugio un martes de marzo. Le asignaron el cuarto del fondo del ala de servicio, el que daba al huerto de naranjos. Era un cuarto pequeño con una ventana alta, una cama de madera con colchón de ixtle, una mesa, una silla, un gancho en la pared.

No tenía adornos, olía a encierro y a cal vieja. Elvira puso el morral en el suelo, colocó la caja de madera con cuidado sobre la mesa y abrió la ventana. Entró el olor de los naranjos y el sonido de los zanates en las ramas. Se quedó un momento mirando el huerto, las manos quietas sobre el alfeizar, la espalda recta.

Luego abrió la caja. Adentro, envuelto en un pedazo de manta azul desteñida, había un rosario de madera oscura con la cruz rota en la mitad. sostenida por un hilo de cobre que alguien había enroscado con paciencia alrededor de la fractura. No era un rosario bonito, nunca lo había sido, pero era el único objeto que Elvira Lujan había conservado de los 29 años anteriores de su vida y por eso valía más que cualquier cosa bonita.

Lo puso sobre la mesa junto a la caja y lo dejó ahí. Como se deja algo que no se necesita cargar todo el tiempo, pero que tampoco se puede perder de vista. Debajo del rosario estaban los hilos, decenas de madejas ordenadas por color, los rojos y carmines juntos, los azules del índigo al cielo de invierno, los verdes desde el nopal hasta el aguacate maduro, los amarillos y ocres y dorados, los negros y los blancos y los grises, que no son grises sino platas, cuando la luz los toca bien, y debajo de los hilos los

bastidores, y debajo de los bastidores las agujas envueltas en un trozo de piel fina. atadas con un cordón de cuero. Elvira sacó la pieza en que estaba trabajando, un trozo de lino blanco con la mitad de una flor de sempasuchil bordada en punto de cruz, los pétalos del naranja más exacto que existe en hilo, el centro todavía sin terminar.

Lo extendió sobre la mesa, lo miró un momento, volvió a doblarlo con cuidado y lo guardó. Ese trabajo era para ella. Lo otro podía esperar hasta mañana. Se acostó vestida con los brazos cruzados sobre el pecho y durmió. La hacienda se despertaba antes del amanecer. Elvira ya estaba despierta cuando los primeros mozos cruzaban el patio con los cubos de agua.

Se lavó la cara en la palangana, se peinó con cuidado, se ató el reboso y fue a encontrar a doña Martina en la cocina. ¿Qué necesita primero? dijo. Doña Martina. Estaba moliendo chile en el metate. La miró de reojo. El comedor, los manteles, los que están en el cajón grande del aparador. Están viejos, pero el tejido aguanta.

Lo que no aguanta es el bordado, que está desilachado en las esquinas y descolorido en el centro. A ver qué puede hacer. Elvira asintió, tomó su caja y fue al comedor. El comedor de la hacienda, El Refugio era una sala larga con vigas de madera oscura en el techo, una mesa de 12 lugares y un aparador de cedro contra la pared norte.

Las ventanas daban al jardín interior, donde había una fuente de cantera que ya no corría. En las paredes colgaban dos cuadros al óleo, uno de un hombre a caballo que Elvira supuso que era el padre o el abuelo del patrón y otro de un paisaje de sierra con un río. Entre los dos cuadros un crucifijo de latón. El sol de la mañana entraba oblicuo por la ventana del oriente y hacía que el polvo en el aire se viera como si estuviera suspendido a propósito.

Elvira abrió el cajón del aparador, sacó los manteles uno por uno, los extendió sobre la mesa, los examinó. eran de lino antiguo, bueno, tejido apretado, con el orillo intacto. El bordado original había sido un trabajo de ramas y hojas estilizadas en hilo verde y dorado con pequeñas flores en las esquinas. Efectivamente, estaba desilachado, pero no era un desastre.

Era un trabajo que alguien había hecho con cuidado hace muchos años y que el tiempo había tratado sin piedad, como el tiempo trata todo. Se sentó, abrió su caja, sacó la aguja y empezó. Trabajó toda la mañana sin parar, no cantaba, no murmuraba. El único sonido que hacía era el hilo pasando por el tejido.

Un sonido que no se oye desde lejos, pero que cuando estás cerca de quien borda se siente como algo regular y tranquilo, como la respiración de alguien que duerme bien. A las 11, cuando doña Martina entró a revisar si necesitaba algo, encontró el primer mantel terminado, recogido, extendido, con el bordado de las dos esquinas de la cabecera completamente restaurado y en la esquina del pie izquierdo, donde el original estaba tan desilachado que no había nada que rescatar.

Un motivo nuevo, una rama deche con flores menudas en hilo amarillo sobre el fondo blanco del lino, tan exacto al estilo del bordado original, que si no sabías que no había estado ahí antes, no lo notabas. Doña Martina se detuvo, lo miró, pasó el dedo por el bordado, no dijo nada, pero antes de salir del comedor dejó sobre la mesa, sin comentario, un plato con frijoles, dos tortillas y un vaso de agua de Jamaica.

Elvira comió sin dejar de trabajar. Asunción. Aranda tenía 38 años. El cabello castaño oscuro, siempre bien peinado, una cintura que cuidaba con la disciplina de quien sabe que la cintura es un argumento y una manera de entrar a los cuartos como si los cuartos le pertenecieran, aunque todavía no fuera así.

Era prima segunda de Celestino, hija de un hermano menor de su padre, que había muerto dejando pocas tierras y muchas deudas. Había llegado a la hacienda 8 meses después de que muriera la señora Aranda, con la excusa del luto, con la intención de quedarse, con el plan de convertirse en señora de la casa por el único camino que le parecía disponible, el matrimonio.

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