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El CJNG Llegó A Un Hotel Para Exigir Dinero — Sin Saber Que El Chapo Era El Dueño Y Estaba Ahí

Son las 11 de la noche del viernes 8 de abril de 2011 en el hotel Paraíso Real de Guadalajara, Jalisco. Un convoy de cuatro camionetas suburban negras se detiene frente a la entrada principal con un chirrido de llantas que rompe el silencio de la madrugada. Las puertas se abren casi simultáneamente y descienden 12 hombres armados con cuernos de chivo, vestidos con chalecos tácticos que dicen cjng en letras amarillas.

 Van directo a la recepción, no vienen a registrarse, vienen a cobrar. Lo que estos sicarios no saben es que el hombre sentado en el bar del lobby bebiendo whisky solo y observando todo con ojos que no se pierden ni el más mínimo detalle, es el dueño del lugar. Y no es un empresario común, es Joaquín Guzmán Loa, el Chapo, quien decidió pasar la noche aquí supervisando personalmente una entrega de efectivo que llegará al amanecer.

Tiene cinco de sus mejores hombres distribuidos estratégicamente por el edificio. Parecen huéspedes normales, pero todos están armados y entrenados para convertir el elegante vestíbulo en campo de batalla si la situación lo requiere. El líder del grupo del CNG se llama Omar Treviño, conocido como el Cobra. Tiene 34 años y 3 meses trabajando para Nemesio o Seguera Cervantes, el Mencho.

Su misión esta noche es simple, visitar todos los hoteles de la zona que aún no pagan cuota de protección y convencerlos de que empiecen a hacerlo. Ya visitaron dos esta semana. En el primero, el gerente pagó inmediatamente sin hacer preguntas. En el segundo tuvieron que romperle tres dedos al dueño para que entendiera que la oferta no era negociable.

 El paraíso real es el tercero de la lista. Omar camina hacia el mostrador de recepción con la seguridad perezosa de quien ha hecho esto tantas veces que ya es rutina. Sus botas militares resuenan contra el piso de mármol italiano. El recepcionista, un joven de 23 años llamado David, siente que las piernas le tiemblan cuando ve las armas largas colgando de los hombros de los hombres que acaban de invadir su lugar de trabajo.

Ha escuchado historias, sabe lo que significa ese chaleco con las cuatro letras amarillas. Buenas noches”, dice Omar con una sonrisa que no llega a sus ojos. “Necesito hablar con el dueño o el gerente. Ahora David traga a saliva. El gerente salió hace una hora y no regresa hasta mañana. El dueño nunca viene personalmente, o eso creía él hasta esta noche.

 Sus manos buscan torpemente el teléfono para llamar a alguien. cualquiera que pueda manejar esta situación que está muy por encima de su salario de 8,000es mensuales. Desde el bar, a 20 m de distancia, el Chapo observa la escena mientras el hielo tintinea suavemente en su vaso. Reconoce inmediatamente lo que está pasando.

 Ha visto este patrón cientos de veces. Extorsión básica, nada sofisticado, puro músculo y amenazas directas. Lo que le molesta no es que alguien intente cobrar cuota en su territorio. Eso ya lo esperaba del CJNG, que lleva meses expandiéndose agresivamente por Jalisco. Lo que realmente le arde es la falta de respeto implícita en el método.

 ninguna llamada previa, ninguna negociación, solo llegar con 12 hombres armados como si el lugar no tuviera dueño. Uno de los hombres del Chapo, sentado en un sillón del lobby fingiendo leer el periódico, hace contacto visual con su jefe. La pregunta silenciosa es clara. ¿Intervenimos? El Chapo niega casi imperceptiblemente con la cabeza. Todavía no.

Primero quiere ver hasta dónde llega esto. ¿Cuánto saben realmente estos muchachos sobre quién controla qué en Guadalajara? Omar está perdiendo la paciencia con el recepcionista que tartamudea explicaciones sobre gerentes ausentes y procedimientos administrativos. saca su pistola, una Glock 19, y la coloca suavemente sobre el mostrador de granito pulido.

 No es una amenaza explícita, pero el mensaje es cristalino. No me estás entendiendo, muchacho. No vine a hacer cita. Vine a hablar con quien esté a cargo en este momento. Si no hay nadie, entonces tú eres quien va a firmar el acuerdo. David siente que el mundo se inclina peligrosamente. Nunca le enseñaron en su curso de hotelería cómo manejar sicarios del cártel exigiendo dinero de protección.

Su cerebro busca desesperadamente una salida que no lo deje muerto o sin dedos. Hay hay alguien, dice finalmente su voz apenas un susurro. Hay un señor que dijo que era socio del hotel. Está en el bar. Omar voltea hacia donde David señala con mano temblorosa. Ve a un hombre de estatura baja, vestido con jeans y camisa casual, bebiendo solo.

 Nada en su apariencia sugiere poder o riqueza. Parece un ranchero cualquiera que paró a tomar un trago antes de seguir su camino. Omar siente una punzada de irritación. Está perdiendo tiempo con empleados asustados cuando debería estar ya de regreso reportando otra plaza asegurada. Camina hacia el bar seguido por tres de sus hombres.

 Los otros nueve permanecen en el lobby vigilando las entradas y asegurándose de que ningún huésped curioso baje a ver qué está pasando. La operación tiene que ser rápida y limpia. Entrar, cobrar, salir. El mencho fue muy claro sobre no llamar atención innecesaria que pueda atraer federales o militares. El Chapo no levanta la vista cuando Omar se detiene frente a él.

 continúa observando su vaso como si los remolinos del whisky fueran lo más fascinante que ha visto en semanas. Es un gesto calculado de desprecio que Omar interpreta como miedo o sumisión, error fatal de percepción. Buenas noches, señor”, dice Omar, recuperando algo de la cortesía que usa cuando cree que la víctima va a cooperar fácilmente.

Me dicen que usted es socio de este hotel. El Chapo finalmente levanta la vista. Sus ojos se encuentran con los de Omar y por un instante el sicario del CJNG siente algo extraño en el estómago. Hay algo en esa mirada que no encaja con la apariencia común del hombre. Es como ver un tiburón en una pecera, algo fundamentalmente fuera de lugar.

Algo así, responde el Chapo con voz tranquila. ¿En qué le puedo ayudar? Omar se sienta en el banquillo junto a él sin pedir permiso. Es parte de su técnica de intimidación. Invadir el espacio personal, demostrar que él controla la situación. Hace un gesto y el cantinero, un hombre de 50 años que ha trabajado en el paraíso real desde que abrió hace 7 años se aleja discretamente hacia el otro extremo de la barra.

Mire, don, voy a ser directo con usted porque respeto a la gente trabajadora. Este hotel está en territorio que ahora controla el cártel Jalisco Nueva Generación. Para operar tranquilos y sin problemas, necesitan pagar una cuota mensual de protección. 50,000 pesos no es negociable, pero es razonable considerando el nivel del establecimiento.

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