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El CJNG Extorsionó a una Mesera — Nadie Esperaba Esto

Son las 8:47 de la noche del martes 12 de noviembre de 2024 cuando una Chevrolet Suburban Negra modelo 2022, placas sobrepuestas de Jalisco, vidrios polarizados que no dejan ver nada del interior. estaciona frente al restaurante La Patrona, ubicado en Avenida Américas 1502, Colonia Country Club, Guadalajara, Jalisco, en una zona que hace 5 años era de las más visitadas y ahora está medio vacía porque el miedo se instaló ahí como una plaga invisible.

De la suburban bajan cinco hombres, todos entre 25 y 35 años. Playeras negras, jeans oscuros, botas, Cres traen tatuajes visibles en brazos y cuello. El que baja primero desde el asiento del copiloto es diferente. Más joven como de 28 años. Cara bonita, demasiado bonita para lo que representa.

Cabello engomado hacia atrás. Camisa Gucci negra. Cadena de oro gruesa. Reloj Rolex que brilla bajo las luces de la calle. Sonríe. Una sonrisa que no tiene nada de amigable. Se llama Rodrigo Ochoa, pero todos le dicen chuchi. Y lo que está a punto de pasar en las próximas dos horas cambiará para siempre la vida de la dueña de ese restaurante, porque algunos problemas no se resuelven con paciencia, sino con desesperación pura.

Y ella está a punto de cruzar una línea que no sabía que existía. Pero todo eso, los cinco hombres que empujan la puerta de cristal del restaurante todavía no lo saben. Solo ven un lugar medio vacío con una mujer limpiando mesas. Tres horas antes, Patricia Montes estaba sentada en la pequeña oficina detrás de la cocina del restaurante, mirando una pila de factura sin pagar. luz, agua, gas, proveedores.

Nómina que ya no existía porque había tenido que despedir a los últimos dos empleados hace un mes. Ahora ella hacía todo. Cocinera, mesera, cajera, limpieza, todo. Tenía 41 años y se veía de 50. Ojeras profundas, cabello castaño con canas que ya no se molestaba en pintar, manos ásperas de tanto lavar platos.

El restaurante había sido su sueño. Lo abrió hace 6 años con el dinero de una herencia de su padre. Un lugar bonito, comida casera, precios justos. Durante los primeros tr años funcionó bien. Las mesas se llenaban, la gente regresaba. Tenía cinco empleados, ganaba lo suficiente para vivir tranquila y ahorrar un poco. Luego todo cambió.

El CJNG empezó a cobrar piso en la zona. 000 pesos semanales todos los martes sin falta. Los negocios que no pagaban amanecían quemados o con los dueños desaparecidos. Patricia pagó cada semana, puntual, pero el cartel no solo cobraba a ella, cobraba a todos. Y la gente dejó de tener dinero para comer afuera.

Y los que tenían dinero dejaron de salir porque la inseguridad creció. Balaceras, secuestros, cuerpos en las calles. La zona se vació. Los clientes desaparecieron. Patricia tuvo que despedir empleados, primero a dos, luego a otros dos, finalmente a los últimos. Ahora estaba sola y las facturas seguían llegando y el cártel seguía cobrando.

Hoy era martes, el cobrador vendría en cualquier momento y ella tenía 1200 pesos en la caja. Faltaban 800. No sabía qué iba a pasar. El restaurante tenía 12 mesas. Solo tres estaban ocupadas. una pareja joven que comía en silencio, un señor mayor que leía el periódico mientras tomaba café, una familia de cuatro que pedía para llevar porque no querían quedarse.

Patricia les llevó la cuenta, pagaron, se fueron rápido, quedaron cinco clientes. El restaurante olía a caldo de res, a tortillas calientes, a cilantro, olores normales de cualquier restaurante mexicano. La televisión en la pared mostraba noticias sin sonido. Fuera ya oscurecía. Las luces de neón del letrero, La patrona parpadeaban.

Una de las letras llevaba dos semanas sin funcionar. Ahora decía la patrón. Patricia había llamado al electricista. Este le pidió 500 pesos. No los tenía. La letra seguía apagada. A las 8:15 de la noche sonó su celular. Número desconocido. Contestó. Era el Dr. Saúl Mendoza, veterinario, cliente regular que venía dos veces por semana.

Siempre pedía lo mismo. Carne asada con nopales, agua de Jamaica, propina del 10%. Hombre callado, educado, nunca daba problemas. Me dejé mi maletín médico ahí, dijo. Un maletín negro de piel. Debería estar debajo de la mesa donde estuve sentado. Patricia fue a revisar, lo encontró. Ahí está, doctor.

Paso por él ahorita o mañana, preguntó el veterinario. Cuando quiera, doctor, no hay prisa. Ah, perfecto. Oye, Patricia, te voy a pedir un favor. Adentro del maletín hay un tubo de pasta. Es laxante equino para caballos con estreñimiento severo. Es muy potente. Iba a llevarlo a un rancho, pero se me olvidó sacarlo. Guárdamelo ahí, pero ten cuidado.

Si alguien lo toma por error, se va a ir  todo el día. No mata, pero es muy agresivo. Patricia se ríó. Okay, doctor, lo guardo en la oficina. Gracias. De nada. Nos vemos. Colgó. Patricia agarró el maletín, lo llevó a la oficina, lo dejó sobre el escritorio, no le dio más vueltas, regresó al comedor a limpiar las mesas que quedaban vacías.

¿Desde dónde nos ves? Déjalo en comentarios. Tu ciudad y tu nombre. A las 8:47, la suburban negra se estacionó afuera. Patricia estaba atrapeando el piso cerca de la cocina. Escuchó el motor, luego puertas cerrándose, luego pasos, muchos pasos. levantó la mirada, vio a los cinco hombres entrando, reconoció al que iba adelante.

Chuchi, el nuevo cobrador, había venido la semana pasada y la anterior, siempre con esa sonrisa, siempre educado al principio, luego se ponía violento si alguien no tenía el dinero completo. Patricia dejó el trapeador recargado en la pared, se limpió las manos en el delantal, caminó hacia la entrada. Buenas noches.

Los cinco entraron sin responder. Chuchi se quedó parado en el centro del restaurante mirando alrededor. Los otros cuatro se dispersaron. Uno fue al baño, otro a la cocina. Los otros dos rodearon las mesas ocupadas mirando a los clientes. La pareja joven dejó de comer. El señor mayor cerró su periódico. Nadie dijo nada.

Chuchi caminó hacia la barra, se sentó en un banco alto, golpeó la barra con la mano. Patricia se acercó. Buenas noches, Chuchi. ¿Qué le sirvo? Chuchi la miró de arriba a abajo, despacio con esa sonrisa. ¿Qué hay de comer? Tengo caldo de res, carne asada, enchiladas, chiles rellenos. Chuchi volteó hacia sus hombres. Órale, vamos a cenar aquí.

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