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EL CHATARRERO QUE SE ENAMORO DE LA HIJA DEL CHAPO

Dicen que el amor te salva, a mí casi me mata. Me lo llamo Ernesto Durán, aunque ese ya no es mi nombre real. El verdadero lo enterraron hace 11 años en un rancho de la sierra junto con la vida que conocía, la gente que quería y la única mujer que me hizo sentir que existía algo más allá es del polvo y la chatarra.

 Estoy en un país que no voy a nombrar, en una ciudad donde nadie habla español y donde cada vez que suena un motor de camioneta me tenso como si todavía pudieran encontrarme. Porque pueden. El cartel de Sinaloa tiene memoria larga y brazos más largos todavía. Voy a contar algo que nadie sabe. Ni los periodistas que escribieron sobre el Chapo, ni los gringos que lo juzgaron, ni siquiera mi propia familia que cree que morí en un operativo el 14 de marzo de 2009.

 Voy a contar como un chatarrero de Culiacán, un don nadie que compraba fierro viejo en las colonias bravas, terminó enamorado de una de las hijas de Joaquín Guzmán Lo era. Y cómo ese amor me condenó a elegir entre morir como Ricardo Valenzuela o vivir como un fantasma con nombre prestado. Suscríbete porque lo que voy a revelar nunca se ha contado, ni en los corridos, ni en las series, ni en los testimonios de los que se rajaron ante la DEA.

 Esta es la historia de un hombre que cruzó la línea más prohibida del narco mexicano y sobrevivió para contarla desde el otro lado del mundo. Todo empezó un sábado 17 de mayo de 2008 en una boda que no me correspondía presenciar. Yo llevaba 4 años en el movimiento, aunque mi papel era tan bajo que apenas contaba.

 No era sicario, ni halcón ni contador, era el chatarrero. Así me decían, el chatarrero. Mi trabajo consistía en comprar vehículos chocados, desmantelarlos y vender las piezas en un terreno que el cartel usaba como fachada en la colonia Tierra Blanca. Él y el negocio real era otro. Entre la chatarra escondíamos lo que había que esconder.

Armas que llegaban del norte, dinero que iba para el sur, paquetes que no debía preguntar qué contenían. Mi única virtud era que sabía callar y que conocía cada callejón de Culiacán como las líneas de mis manos. Tenía 32 años. Había llegado al movimiento a los 28 cuando mi yonke legítimo quebró y un compa de la infancia, Gonzalo Fierro, me ofreció trabajo con la gente del señor Guzmán.

No era narco, era chatarrero que trabajaba para narcos. Esa distinción me dejaba dormir por las noches, aunque ahora sé que era puro autoengaño. La boda era de una sobrina de don Arturo Beltrán, todavía cuando los Beltrán y los Guzmán compartían mesa sin matarse. Se celebraba en un rancho a 40 minutos de Culiacán rumbo a Nabolato con 300 invitados, banda sinaloense en vivo y suficiente carne asada para alimentar a un ejército. Yo no estaba invitado.

Estaba ahí porque Gonzalo me pidió que lo acompañara a entregar tres camionetas blindadas que el cartel regalaba a los novios. Mi trabajo era manejar una de las suburban negras, estacionarla donde me dijeran y desaparecer entre los meseros hasta que Gonzalo me recogiera. El rancho olía a mezquite quemado y a carne de resmar marinada en cerveza.

 La banda tocaba corridos de chalino mientras las mujeres con vestidos brillantes bailaban con hombres de botas picudas y camisas de seda. Había niños corriendo entre las mesas, viejitos tomando viewcannans en vasos de plástico y en cada esquina del terreno hombres jóvenes con radios y fierros apenas disimulados bajo las camisas.

 El sol de mayo pegaba duro y el aire traía ese olor a tierra mojada que solo conoce quien ha vivido en Sinaloa después de las primeras tres lluvias. Me habían puesto en una mesa al fondo cerca de las cocinas con otros trabajadores de bajo nivel. Éramos ocho. Tres chóeres, dos cocineros que habían traído de un restaurante de mariscos y tres más que nunca supe qué hacían, pero que tampoco ni pregunté.

 Comimos machaca con huevo y frijoles mientras veíamos de lejos la fiesta de los importantes. Fue a las 4 de la tarde cuando la vi por primera vez.  Yo había ido al baño, uno de esos sanitarios portátiles que ponen en los eventos grandes. Al salir caminé hacia la parte trasera del rancho buscando sombra porque el calor estaba insoportable.

 Había un mezquite viejo junto a una cerca de madera y debajo del árbol sentada en una piedra grande estaba ella. Tendría 23 o 24 años, cabello negro hasta la cintura, lacio brillante bajo el sol filtrado por las ramas, vestido azul marino que le llegaban a las rodillas. Entendido. Sencillo comparado con los de las otras mujeres de la fiesta.

 Sandalias blancas sin joyas ostentosas, solo unos aretes pequeños que apenas se notaban. Tenía un vaso de agua en la mano y miraba hacia el horizonte como si quisiera estar en cualquier otro lugar. Debía haber dado la vuelta. Debía haber regresado a mi mesa con los otros trabajadores, pero el mequite era el único árbol con sombra decente en 50 m a la redonda y yo era un  que no reconocía el peligro cuando lo tenía enfrente. Me acerqué.

Ella volteó. ¿Se le ofrece algo?, preguntó. No con hostilidad, pero tampoco con calidez. Con esa neutralidad de quien está acostumbrada a que la gente se le acerque queriendo algo. Perdón, señorita, noás buscaba sombra. Con su permiso, me retiró. No, está bien, hay espacio. Me quedé parado como idiota durante 5 segundos que parecieron 5 horas en esa piedra.

Ella señaló una piedra más pequeña a 3 m de distancia. Siéntese. No muerdo. Me senté. El corazón me latía raro, no por atracción todavía, sino por el instinto de que algo no estaba bien. Esa mujer no era una invitada cualquiera. La forma en que había dicho no muerdo tenía un tono que sugería que otros sí mordían por ella.

“¿Trabaja para mi papá?”, preguntó sin mirarme, todavía viendo hacia el horizonte. “Trabajo en el Yonke de Tierra Blanca, chatarra.” El chatarrero”, dijo ella y por primera vez volteó a verme directamente. He oído de usted. Dicen que conoce cada calle de Culiacán. Exageran, señorita. Rosa dijo. Me lo llamo Rosa.

 No me dijo su apellido. No hacía falta. Yo ya sabía quién era. La había visto en fotos que circulaban entre la gente del movimiento. Esas fotos que los halcones jóvenes se pasaban en sus celulares como trofeos prohibidos. Era una de las hijas del Chapo, no la más famosa, no la que salía en las revistas, pero sí una de las que vivían en Culiacán y aparecían en los eventos familiares del cartel.

Debía haberme levantado en ese momento. Debía haber dicho con permiso y desaparecer para siempre. Estamos aquí, pero no lo hice. Mucho gusto, Rosa. Ricardo Valenzuela para servirle. No me hable de usted, Ricardo. Tengo 23 años, no 50. Como digas, señor, y como digas. Ella sonrió.

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