Dicen que el amor te salva, a mí casi me mata. Me lo llamo Ernesto Durán, aunque ese ya no es mi nombre real. El verdadero lo enterraron hace 11 años en un rancho de la sierra junto con la vida que conocía, la gente que quería y la única mujer que me hizo sentir que existía algo más allá es del polvo y la chatarra.
Estoy en un país que no voy a nombrar, en una ciudad donde nadie habla español y donde cada vez que suena un motor de camioneta me tenso como si todavía pudieran encontrarme. Porque pueden. El cartel de Sinaloa tiene memoria larga y brazos más largos todavía. Voy a contar algo que nadie sabe. Ni los periodistas que escribieron sobre el Chapo, ni los gringos que lo juzgaron, ni siquiera mi propia familia que cree que morí en un operativo el 14 de marzo de 2009.
Voy a contar como un chatarrero de Culiacán, un don nadie que compraba fierro viejo en las colonias bravas, terminó enamorado de una de las hijas de Joaquín Guzmán Lo era. Y cómo ese amor me condenó a elegir entre morir como Ricardo Valenzuela o vivir como un fantasma con nombre prestado. Suscríbete porque lo que voy a revelar nunca se ha contado, ni en los corridos, ni en las series, ni en los testimonios de los que se rajaron ante la DEA.
Esta es la historia de un hombre que cruzó la línea más prohibida del narco mexicano y sobrevivió para contarla desde el otro lado del mundo. Todo empezó un sábado 17 de mayo de 2008 en una boda que no me correspondía presenciar. Yo llevaba 4 años en el movimiento, aunque mi papel era tan bajo que apenas contaba.
No era sicario, ni halcón ni contador, era el chatarrero. Así me decían, el chatarrero. Mi trabajo consistía en comprar vehículos chocados, desmantelarlos y vender las piezas en un terreno que el cartel usaba como fachada en la colonia Tierra Blanca. Él y el negocio real era otro. Entre la chatarra escondíamos lo que había que esconder.
Armas que llegaban del norte, dinero que iba para el sur, paquetes que no debía preguntar qué contenían. Mi única virtud era que sabía callar y que conocía cada callejón de Culiacán como las líneas de mis manos. Tenía 32 años. Había llegado al movimiento a los 28 cuando mi yonke legítimo quebró y un compa de la infancia, Gonzalo Fierro, me ofreció trabajo con la gente del señor Guzmán.
No era narco, era chatarrero que trabajaba para narcos. Esa distinción me dejaba dormir por las noches, aunque ahora sé que era puro autoengaño. La boda era de una sobrina de don Arturo Beltrán, todavía cuando los Beltrán y los Guzmán compartían mesa sin matarse. Se celebraba en un rancho a 40 minutos de Culiacán rumbo a Nabolato con 300 invitados, banda sinaloense en vivo y suficiente carne asada para alimentar a un ejército. Yo no estaba invitado.
Estaba ahí porque Gonzalo me pidió que lo acompañara a entregar tres camionetas blindadas que el cartel regalaba a los novios. Mi trabajo era manejar una de las suburban negras, estacionarla donde me dijeran y desaparecer entre los meseros hasta que Gonzalo me recogiera. El rancho olía a mezquite quemado y a carne de resmar marinada en cerveza.
La banda tocaba corridos de chalino mientras las mujeres con vestidos brillantes bailaban con hombres de botas picudas y camisas de seda. Había niños corriendo entre las mesas, viejitos tomando viewcannans en vasos de plástico y en cada esquina del terreno hombres jóvenes con radios y fierros apenas disimulados bajo las camisas.
El sol de mayo pegaba duro y el aire traía ese olor a tierra mojada que solo conoce quien ha vivido en Sinaloa después de las primeras tres lluvias. Me habían puesto en una mesa al fondo cerca de las cocinas con otros trabajadores de bajo nivel. Éramos ocho. Tres chóeres, dos cocineros que habían traído de un restaurante de mariscos y tres más que nunca supe qué hacían, pero que tampoco ni pregunté.
Comimos machaca con huevo y frijoles mientras veíamos de lejos la fiesta de los importantes. Fue a las 4 de la tarde cuando la vi por primera vez. Yo había ido al baño, uno de esos sanitarios portátiles que ponen en los eventos grandes. Al salir caminé hacia la parte trasera del rancho buscando sombra porque el calor estaba insoportable.
Había un mezquite viejo junto a una cerca de madera y debajo del árbol sentada en una piedra grande estaba ella. Tendría 23 o 24 años, cabello negro hasta la cintura, lacio brillante bajo el sol filtrado por las ramas, vestido azul marino que le llegaban a las rodillas. Entendido. Sencillo comparado con los de las otras mujeres de la fiesta.
Sandalias blancas sin joyas ostentosas, solo unos aretes pequeños que apenas se notaban. Tenía un vaso de agua en la mano y miraba hacia el horizonte como si quisiera estar en cualquier otro lugar. Debía haber dado la vuelta. Debía haber regresado a mi mesa con los otros trabajadores, pero el mequite era el único árbol con sombra decente en 50 m a la redonda y yo era un que no reconocía el peligro cuando lo tenía enfrente. Me acerqué.
Ella volteó. ¿Se le ofrece algo?, preguntó. No con hostilidad, pero tampoco con calidez. Con esa neutralidad de quien está acostumbrada a que la gente se le acerque queriendo algo. Perdón, señorita, noás buscaba sombra. Con su permiso, me retiró. No, está bien, hay espacio. Me quedé parado como idiota durante 5 segundos que parecieron 5 horas en esa piedra.
Ella señaló una piedra más pequeña a 3 m de distancia. Siéntese. No muerdo. Me senté. El corazón me latía raro, no por atracción todavía, sino por el instinto de que algo no estaba bien. Esa mujer no era una invitada cualquiera. La forma en que había dicho no muerdo tenía un tono que sugería que otros sí mordían por ella.
“¿Trabaja para mi papá?”, preguntó sin mirarme, todavía viendo hacia el horizonte. “Trabajo en el Yonke de Tierra Blanca, chatarra.” El chatarrero”, dijo ella y por primera vez volteó a verme directamente. He oído de usted. Dicen que conoce cada calle de Culiacán. Exageran, señorita. Rosa dijo. Me lo llamo Rosa.
No me dijo su apellido. No hacía falta. Yo ya sabía quién era. La había visto en fotos que circulaban entre la gente del movimiento. Esas fotos que los halcones jóvenes se pasaban en sus celulares como trofeos prohibidos. Era una de las hijas del Chapo, no la más famosa, no la que salía en las revistas, pero sí una de las que vivían en Culiacán y aparecían en los eventos familiares del cartel.
Debía haberme levantado en ese momento. Debía haber dicho con permiso y desaparecer para siempre. Estamos aquí, pero no lo hice. Mucho gusto, Rosa. Ricardo Valenzuela para servirle. No me hable de usted, Ricardo. Tengo 23 años, no 50. Como digas, señor, y como digas. Ella sonrió.
Una sonrisa pequeña, apenas una curva en los labios, pero genuina. Y en ese momento, sin saberlo, crucé la primera línea de todas las que iba a cruzar. Hablamos 15 minutos bajo ese mezquite. Ella me preguntó por la chatarra, por cómo había llegado al negocio, por qué conocía tamban bien las calles. Yo le conté del yonke de mi padre de cómo lo había perdido cuando la economía se fue a la chingada, de los años manejando camiones de volteo antes de que Gonzalo me ofreciera trabajo.
Ella escuchaba con atención real, no la atención fingida de quien espera su turno para hablar. Cuando Gonzalo me encontró 20 minutos después, yo ya había regresado a la mi mesa, pero algo había cambiado. Rosa me había dado su número de teléfono escrito en una servilleta con pluma azul, “Por si algún día necesitas orientación en las calles que no conoces.
” Había dicho con esa sonrisa que no era sonrisa. Esa noche en el cuarto que rentaba en la colonia Guadalupe no pude dormir. Miraba la servilleta como si fuera una bomba. Sabía exactamente lo que significaba. Sabía que guardarla era peligroso y que llamarla era suicida, pero también sabía que no iba a tirarla. Mi compa Beto, que dormía en el cuarto de al lado, tocó la puerta a las 2 de la mañana.
¿Estás bien, chatarrero? Te oí caminando. Sí, compa. No más el calor. ¿Cómo estuvo la boda? Ya están listos los normal, mucha gente, mucha comida. ¿Viste a alguien importante? Tardé 3 segundos en responder. 3 segundos que Beto notó, pero no comentó. a varios, pero ya sabes, uno no mira mucho. Así es, compa, uno no mira mucho.
La primera llamada fue el martes 20 de mayo, tr días después marqué desde un teléfono público en la central camionera a las 7 de la noche, cuando el ruido de los autobuses cubría cualquier conversación. Bueno, Rosa, soy Ricardo, el chatarrero de la boda. Silencio de 4 segundos. Pensé que no ibas a llamar. Necesito Yo también pensé que no iba a llamar.
¿Y por qué llamaste? Porque no he podido dejar de pensar en nuestra conversación. En la conversación, en todo. Otro silencio. Luego ella habló con voz más baja. ¿Sabes quién soy? Sí. ¿Y aún así llamaste? Aún así llamé. Eres o muy valiente o muy Ricardo. Probablemente las dos cosas. Ella se ríó. Una risa real.
No, la risa educada de las mujeres en las fiestas del cartel y en ese momento supe que estaba perdido. Nos vimos por primera vez a solas el sábado 24 de mayo de 2008, un restaurante de mariscos en el Quelite, a 40 minutos de Culiacán, donde nadie del movimiento iba porque era territorio de pescadores y turistas gringos buscando playas vírgenes.
Ella llegó en un jeta blanco sin placas de Sinaloa, manejando sola, con lentes oscuros y el cabello recogido. Comimos agua chile y ceviche de camarón. Hablamos 4 horas. Me contó de su vida, de crecer siendo hija de quien era, de los años en internados en Guadalajara para alejarla de Culiacán cuando las cosas se se porcían calientes.
De los novios que su familia le había presentado y que ella había rechazado porque todos querían casarse con el apellido, no con ella. ¿Y tú qué quieres, Ricardo? ¿Dónde está? Quiero volver a verte. Solo eso por ahora. Solo eso. Nos vimos 11 veces más durante los siguientes tr meses. 11 encuentros en lugares diferentes.
Un hotel de carretera en Mazatlán, un restaurante en Mocorito. Una cabaña que ella rentó en las afueras de Cosalá, un departamento en Los Mochis que pertenecía a una amiga de su infancia. Cada vez cambiábamos de lugar, cada vez usábamos teléfonos diferentes, esos celulares desechables que se compraban en el Oxo por 200 pes.
Cada vez creíamos que éramos más cuidadosos, éramos increíblemente ingenuos. El cuarto encuentro fue el primero donde pasó algo más que conversación. Fue el 28 de junio de 2008 en la cabaña de Cozalá. Llovía esa noche, una de esas tormentas de verano que convierten los caminos de tierra en ríos de lodo.

No podíamos salir aunque quisiéramos. Ella había traído vino tinto y yo había traído carnitas de un puesto en la carretera. Comimos en el piso de madera con velas porque la luz se había ido con la tormenta. “Mi papá mataría a cualquier hombre que me tocara sin su permiso”, dijo ella mientras servía el segundo vaso de vino. “Lo sé. ¿Y no te da miedo? Me da terror.
Entonces, ¿por qué sigues aquí? Porque contigo es la primera vez en mi vida que siento que existo de verdad. No como el chatarrero, no como el empleado, no como el hijo de nadie. Contigo soy Ricardo. Solo Ricardo. Ella dejó el vaso en el piso, se acercó, me besó. Esa noche cambió todo. Ya no éramos dos personas teniendo conversaciones prohibidas.
éramos dos personas viviendo una vida paralela que no podía existir. Lo que no sabíamos era que desde el segundo encuentro, el del restaurante en Mocorito, el 7 de junio, ya nos estaban vigilando. El cartel tenía ojos en todas partes, no solo halcones en las esquinas reportando movimientos de enemigos, sino también gente dentro de las familias, empleadas domésticas que reportaban a quién llamaba la señorita, chóeres que anotaban las placas de los carros que se estacionaban cerca, incluso meseros en restaurantes que reconocían caras y
pasaban la información. Doña Esperanza, la cocinera que había trabajado para la familia Guzmán durante 15 años, fue quien reportó la oh primera llamada sospechosa. Rosa había dejado su celular en la cocina mientras se bañaba y cuando sonó, doña Esperanza vio el nombre en la pantalla.
Taller mecánico, un nombre demasiado genérico para ser real. A partir de ahí, la vigilancia fue sistemática. Cada vez que Rosa salía sola en el Jetta blanco, un carro la seguía a distancia. Cada llamada desde teléfonos desechables era rastreada por su duración y ubicación. Cada hotel, cada restaurante, cada cabaña fue documentado.
El reporte llegó a manos de Ovidio Guzmán, uno de y de los hijos del Chapo, quien tenía 22 años en ese entonces y ya manejaba parte de las operaciones en Culiacán. Ovidio no actuó de inmediato, esperó, acumuló evidencia. Quería saber exactamente qué tan lejos había llegado la situación antes de informar a su padre. Para octubre de 2008 tenían documentados 23 encuentros, fotografías de nosotros entrando a hoteles, grabaciones de llamadas donde decíamos cosas que no debíamos decir, testimonios de testigos que nos habían visto besándonos en el estacionamiento
de un restaurante en Guamuchil. Mientras tanto, Rosa y yo vivíamos en nuestra burbuja de ignorancia. Creíamos que el amor nos protegía. Creíamos que siendo cuidadosos podíamos burlar a un sistema que había sobrevivido décadas de guerra contra el gobierno, contra carteles rivales, contra la DEA. Éramos dos jugando a esconderse de una organización que sabía dónde estábamos antes de que nosotros mismos lo supiéramos.
La última vez que vi a Rosa fue el viernes 6 de marzo de 2009. Nos encontramos en un departamento que ella había rentado en la colonia Chapultepec bajo el nombre de una amiga. Pasamos la tarde juntos hablando del futuro que no íbamos a tener. “Quiero irme contigo”, dijo ella. Todo está a otro país donde nadie sepa quién soy.
Tu papá te encontraría, ¿no? Si desaparecemos bien. Rosa, tu papá encontró a gente escondida en Argentina, en España, en China. No hay lugar donde no pueda alcanzarnos. Entonces, ¿qué hacemos, Ricardo? ¿Qué chingados hacemos? No tuve respuesta. La abracé. Nos quedamos así hasta que oscureció. A las 9 de la noche me fui.
Ella se quedó en el departamento. Quedamos de vernos el lunes siguiente en Mazatlán. El lunes nunca llegó para mí. El sábado 7 de marzo de 2009 a las 11 de la noche, yo estaba en mi cuarto de la colonia Guadalupe viendo un partido de fútbol en la televisión. Beto había salido a una fiesta y el cuarto de al lado estaba vacío. Tocaron la puerta.
Abrí pensando que era Beto borracho sin ayes. Eran cuatro hombres, dos que reconocí como sicarios del cartel, uno que había visto en la boda de mayo y Joaquín Guzmán López, otro de los hijos del Chapo, que tenía 23 años y una reputación de ser el más violento de los hermanos. Ricardo Valenzuela dijo Joaquín con una voz que no admitía respuesta. Te vienes con nosotros.
Ahora no pregunté a dónde, no pregunté por qué. Sabía exactamente por qué me sacaron arrastras, aunque no me resistí. Me subieron a una suburba negra con vidrios polarizados. Uno de los sicarios me puso una capucha negra sobre la cabeza y me empujó hacia abajo. Quédate así y no te pasa nada. Todavía. Ese todavía fue lo peor.
Significaba que mi muerte aún no estaba decidida. Significaba que había espacio para algo peor que la muerte antes de que llegara la muerte. El viaje duró 40 minutos. 40 minutos en oscuridad total, oliendo a plástico de la capucha y a sudor de mi propio miedo, escuchando la respiración de los hombres a mi lado, sintiendo cada bache del camino como si fuera el último movimiento de mi vida.
Imaginé cada forma de morir. Un balazo en la nuca al bajar de la camioneta, horas de tortura en un cuarto sin ventanas, el pozole que usaban para desaparecer cuerpos, el entierro en vida que había escuchado en historias que creía exageradas. Recé. No había rezado desde niño, pero en esos 40 minutos recé a la Virgen de Guadalupe, a San Judas Tadeo, a cualquier santo que pudiera escucharme.
No pedí que me salvaran, pedí que fuera rápido. Cuando la camioneta se detuvo y me bajaron, el aire olía a pino y a tierra húmeda. Estábamos en la sierra, me quitaron la capucha. El rancho era grande, con una casa principal de dos pisos y varias construcciones menores alrededor. Había camionetas estacionadas, hombres armados en cada esquina, perros que ladraban a lo lejos.
Las luces de la casa principal estaban encendidas y desde dentro salía música de banda a volumen bajo. Me llevaron adentro. Pasamos por un pasillo con fotos familiares en las paredes, por una cocina donde una mujer vieja preparaba café, por una sala con sillones de cuero y una televisión gigante. Llegamos a una puerta de madera oscura. Joaquín tocó dos veces.
“Adelante”, dijo una voz desde dentro. La habitación era un estudio, librero con libros que parecían nunca haberse abierto, escritorio de madera pesada, sillas de cuero, una ventana con cortinas cerradas y sentado detrás del escritorio con una camisa de cuadros azules y unos lentes de lectura que se quitó al verme.
Entrar estaba Joaquín Guzmán Lo era, el Chapo. Era más bajo de lo que imaginaba, más tranquilo. No tenía la cara de demonio que pintaban los periódicos ni la sonrisa de villano de película. Tenía cara de padre de familia preocupado, de ranchero que no ha dormido bien, de hombre que ha visto demasiado y ya no se sorprende de nada.
Siéntate, Ricardo. Me senté en la silla frente al escritorio. Joaquín y los esicarios se quedaron parados detrás de mí. Ovidio entró por una puerta lateral y se sentó en una silla junto a la ventana. El Chapo me miró durante 30 segundos sin decir nada. 30 segundos que duraron 30 años. ¿Sabes por qué estás aquí? Sí, señor.
Por su hija, por Rosa, por mi hija repitió él como saboreando las palabras. 23. Encuentros documentados en 10 meses, hoteles en seis ciudades diferentes, llamadas a todas horas. Fotografías que preferiría no haber visto. Hemos hablado. Señor, yo no he terminado. Me callé. Mi hija tiene 23 años.
Es adulta, puede hacer lo que quiera con su vida. Pero tú, Ricardo Valenzuela, chatarrero de Tierra Blanca, empleado de mi organización desde hace 4 años, tú debías saber mejor. Tú debía saber que hay líneas que no se cruzan. ¿Lo sabías, señor? ¿Y aún así las cruzaste? Sí, señor. ¿Por qué? La pregunta quedó flotando en el aire.
Podía mentir. Podía decir que ella me había seducido, que yo era víctima, que no había tenido opción. Pero mentirle al Chapo era peor que decirle la verdad. Él sabía cuando alguien mentía. Había construido un imperio sobre la capacidad de detectar mentiras. Porque la quiero, Señor. Sé que no tengo derecho.
Sé que soy nadie, pero la quiero de verdad. El Chapo no cambió de expresión, ni sorpresa, ni ira, ni compasión. Solo esa mirada de hombre que ha escuchado todas las excusas posibles y ya no cree en ninguna. ¿La quieres? Sí, señor. ¿Y qué harías por ella? Lo que fuera, ¿morirías por ella? Sí, matarías por ella.
Tardé 3 segundos en responder. No lo sé. El Chapo sonró. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible. Esa es la primera respuesta honesta que me has dado. Un hombre que dice que mataría por amor sin dudarlo es un mentiroso o un texsicópata. Tú no eres ninguno de los dos. Se levantó del escritorio, caminó hacia la ventana, la abrió, miró hacia afuera.
Durante un momento, la música de banda seguía sonando a lo lejos. “Mi hija me pidió que no te matara”, dijo sin voltear. “Vino a verme esta mañana llorando, suplicando. Nunca la había visto así nunca.” “Señor, yo nunca quise.” Lo sé. Sé que no planeaste esto. Sé que no eres un aprovechado ni un ambicioso. He investigado tu vida.
Entera, Ricardo. Sé que tu padre murió cuando tenías 15, que tu madre vive en una casa que tú le pagaste con tu trabajo, que nunca has robado un peso que no te correspondiera. Eres un hombre decente en un mundo de hijos de Eso es lo que mi hija vio en ti. Volteo a verme.
Y eso es lo que hace esto tan difícil. Regresó al escritorio, se sentó, juntó las manos frente a su cara. Tengo dos opciones para ti, Ricardo. Solo dos. y tienes 30 segundos para decidir cuál prefieres. Lo escucho, señor. Opción uno, mueres. Esta noche tu cuerpo desaparece en la sierra. Tu familia recibe la noticia de que moriste en un accidente de carro.
Nadie encuentra el cuerpo. El mensaje queda claro para cualquiera que piense cruzar líneas similares. Sentí el frío de la muerte recorrerme la espalda, pero no aparté la mirada. Opción dos, mueres esta noche, pero solo Ricardo Valenzuela muere. Tú sigues vivo con otro nombre en otro país, con una identidad nueva que mi gente ya preparó.
Tienes 24 horas para arreglar tus asuntos sin hablar con nadie. Mañana tomas un vuelo a Ciudad de México, luego a Madrid, luego a tu destino final. Recibe $50,000 para empezar y $3,000 mensuales durante un año. Después de eso, estás solo. Y Rosa, Rosa se queda aquí. Nunca vuelves a contactarla. Nunca vuelves a México, nunca hablas de esto con nadie.
Si rompes cualquiera de estas reglas, el trato expira y la opción uno se activa automáticamente. ¿Qué le van a decir a ella? Que moriste, que te encontraron en una carretera, que fue un asalto, que no sufriste. Señor, eso la va a destruir. Lo sé, pero se recuperará. Es mi hija. Es fuerte y con el tiempo me lo va a agradecer.
Miré al Chapo, miré a ese Ovidio sentado junto a la ventana. Miré a Joaquín parado detrás de mí. Tres generaciones de una familia que había construido un imperio sobre sangre y lealtad. Y yo era una hormiga que había osado pisar donde no debía. ¿Por qué me da esta opción, señor? ¿Por qué no solo me mata? El Chapo me miró con algo que podría haber sido respeto o quizás solo cansancio.
Porque mi hija nunca me perdonaría si te matara y porque en 4 años nunca me has fallado. Ricardo, eres buen elemento. No mereces morir por enamorarte de la mujer equivocada. 30 segundos. Recordó Ovidio desde su silla. Cerré los ojos. Pensé en Rosa, en su sonrisa bajo el mezquite, en sus manos tocando mi cara en la cabaña de Cozalá, en su voz diciendo, “Quiero irme o contigo.
” Pensé en mi madre, que creería que su hijo murió y lloraría sobre una urna con cenizas de alguien más. Pensé en Beto, en Gonzalo, en la vida que conocía y que estaba a punto de perder para siempre. Abrí los ojos. Elijo vivir, Señor. El Chapo asintió. Joaquín te llevará de regreso a tu cuarto. Tienes hasta las 5 de la mañana para arreglar lo que tengas que arreglar. A las 5, mi gente pasa por ti.
No hables con nadie, no llames a nadie, no dejes notas. ¿Entendido? ¿Entendido, señor? Una cosa más, Ricardo. Señor, con permiso. Fuiste buen elemento. En otras circunstancias habrías llegado lejos. Cuídate. El viaje de regreso duró los mismos 40 minutos, pero esta vez sin capucha.
Miré por la ventana el paisaje de la sierra, los pinos bajo la luna, los caminos de tierra que nunca volvería a recorrer. Cuando llegamos a mi cuarto de la colonia Guadalupe, eran las 2 de la mañana. Beto todavía no había regresado de su fiesta. El cuarto estaba vacío. Me senté en la cama y saqué mi teléfono. Tenía 12 mensajes de rosa.
El primero de las 9 de la noche. Ricardo, mi papá sabe, me confrontó. Le dije todo. Lo siento. El segundo de las 9:30. Estoy tratando de convencerlo. No te muevas de donde estás. Voy a arreglar esto. El tercero de las 10. Mi papá dice que va a hablar contigo. Por favor, no le mientas. Dile la verdad. El cuarto de las 10:30.
Ricardo, contéstame, estoy asustada. El quinto de las 11. ¿Dónde estás? ¿Por qué no contestas? Los siguientes siete eran variaciones del mismo miedo, cada uno más desesperado que el anterior. El último de la 1 de la mañana decía, “Mi papá acaba de salir de su estudio. No me quiso decir qué decidió.” Ricardo, si recibes esto, por favor, contéstame.
Te amo. Te amo. Dos palabras que nunca nos habíamos dicho en voz alta. Dos palabras que llegaban demasiado tarde. Quise responder. Quise escribir yo también te amo. Y mandar el mensaje y que el mundo se fuera a la chingada. Pero si lo hacía, el trato expira. Si lo hacía, moría de verdad.
Apagué el teléfono sin responder. Pasé las siguientes tres horas empacando lo mínimo en una mochila negra. Tres cambios de ropa. Documentos que sabía que nunca volveríale a usar, pero que no podía dejar atrás. Mi acta de nacimiento, mi credencial de elector, una foto de mi madre. El día de su cumpleaños 60. Dejé todo lo demás.
La ropa que no cabía, los libros que nunca leí, la televisión que había comprado con mi primer sueldo del Yonke. A las 4 de la mañana escribí una carta para mi madre. Sabía que nunca la recibiría, que la versión oficial sería que morí en un accidente, pero necesitaba escribirla aunque fuera solo para mí.
Le decía que la quería, que todo lo que había hecho era para que ella viviera mejor, que no se culpara por nada. La guardé en mi mochila. A las 4:30 me senté en la cama y miré el cuarto por última vez, 4 años de mi vida en un espacio de 3 por 4 m. El póster de los tomateros de Culiacán en la pared, la estufa eléctrica que nunca funcionó bien, la ventana por donde entraba el ruido de la calle cada noche, todo lo que era Ricardo Valenzuela cabía en ese cuarto y estaba a punto de dejarlo para siempre.
A las 5 de la mañana tocaron la puerta. Eran dos hombres que no conocía, uno bajo, moreno, con cara de contador más que de sicario. El otro más joven, tal vez 25 años, con una gorra de los Dodgers y una chamarra negra que apenas disimulaba el fierro en la cintura. Detrás de ellos, una suburban gris con vidrios polarizados y el motor encendido.
El bajo habló primero. Ricardo Valenzuela. Soy licenciado Mendoza. Vengo de parte del señor. ¿Está listo? Apúrate. Estoy listo. Entonces, vámonos. El vuelo sale en dos horas. Me subí a la suburban sin mirar atrás. No volteé a ver el cuarto, ni la calle, ni el cielo de Culiacán que empezaba a clarear con los primeros rayos del amanecer.
Si volteaba, e no iba a poder irme. El licenciado Mendoza se sentó a mi lado en el asiento trasero. El de la gorra manejaba. Nadie habló durante los primeros 10 minutos. Pasamos por calles que conocía de memoria. La avenida Álvaro Obregón, el mercado Garmendia todavía cerrado, el puente negro sobre el río Tamazula.
Cada esquina era un recuerdo, cada cuadra era una despedida que no podía hacer en voz alta. Cuando salimos a la carretera rumbo al aeropuerto, el licenciado sacó un sobre manila de su portafolio. Esto es tu vida nueva. Ábrelo. Dentro había un pasaporte mexicano, una credencial de elector, una licencia de conducir, dos tarjetas de débito de bancos diferentes y un fajo de billetes de $100.
Conté el dinero, 50,000 exactos. Como había dicho el Chapo. El pasaporte tenía mi foto, pero el nombre decía Ernesto Durán Medina. Nacido el 3 de septiembre de 1979 en Hermosillo, Sonora. 3 años mayor que Ricardo Valenzuela, de un estado diferente con una historia completamente inventada. Ernesto Durán, dije en voz alta.
Las palabras sonaban extrañas, como si estuviera hablando de otra persona. Ese eres tú ahora. Memoriza los datos. Fecha de nacimiento, lugar de origen, nombres de tus padres ficticios. Todo está en la hoja que viene con los documentos. Saqué la hoja. Era una biografía completa de alguien que nunca existió. Padres fallecidos en un accidente de carro en 2001.
Sin hermanos, estudios de preparatoria en Hermosillo. Trabajos en construcción y mecánica automotriz. Una vida lo suficientemente genérica para no levantar sospechas, lo suficientemente triste para que nadie quisiera hacer muchas preguntas. El vuelo sale a las 7:15 de la mañana, continuó el licenciado Culiacán a Ciudad de México, escala de 3 horas, luego Ciudad de México a Madrid, escala de 4 horas, luego Madrid a tu destino final.
¿Cuál es el destino final? Praga, República Checa. Praga, un país del que apenas sabía que existía. Un idioma que no hablaba, un continente que nunca había pisado. En Praga te espera un contacto. Se llama Sebastián. Él te llevará a tu departamento y te explicará las reglas del primer año. Reglas.
El licenciado me miró con esos ojos de contador que habían visto demasiado. No contactas a nadie de tu vida anterior, ni familia, ni amigos, ni conocidos, nadie. Si alguien de México te busca, no existes. Si alguien pregunta de dónde vienes, eres de Hermosillo y llevas 10 años fuera del país. No buscas noticias de Sinaloa en internet.
No entras a redes sociales. No llamas a números mexicanos. ¿Entendido? ¿Entendido? Una cosa más. Si rompes cualquiera de estas reglas, no solo te mueres tú, también muere la razón por la que estás vivo. Rosa, estaba hablando de Rosa. El Señor fue generoso contigo, dijo el licenciado. No abuses de esa generosidad.
Llegamos al aeropuerto a las 6:20 de la mañana. No entramos por la terminal principal, sino por una puerta lateral que llevaba directamente a un hangar privado. Ahí esperaba un jet pequeño, blanco, sin marcas visibles. El piloto ya estaba en la cabina. El licenciado me acompañó hasta la escalerilla del avión. Buena suerte, Ernesto.
Ojalá nunca nos volvamos a ver. Gracias, licenciado. No me agradezcas a mí. Agrádécele al señor y agradécele a su hija que lloró toda la noche para que estuvieras en este avión en lugar de en una fosa. Subí al jet. Me senté en uno de los asientos de cuero Mob Beig. El piloto cerró la puerta. A las 7:12 de la mañana del domingo 8 de marzo de 2009, el avión despegó del aeropuerto de Culiacán.
Por la ventana vi la ciudad haciéndose pequeña, los techos de lámina de las colonias populares, los edificios del centro, el río Tamazula, serpenteando entre el concreto, la sierra al fondo donde había estado la noche anterior frente al hombre más buscado de México, todo quedando atrás. Mi ciudad, mi tierra, mi gente, mi nombre, todo lo que era Ricardo Valenzuela desapareciendo bajo las nubes.
El vuelo a Ciudad de México duró 2 horas y 40 minutos. En el aeropuerto me recibió otro hombre que no se presentó. Me lo llevó a una sala VIP donde esperé las 3 horas de escala sin hablar con nadie y luego me escoltó hasta la puerta del vuelo a Madrid. 11 horas sobre el Atlántico, viendo películas que no entendía porque mi mente estaba en otra parte, comiendo comida de avión que sabía a plástico, tratando de dormir y despertando cada 20 minutos con el corazón acelerado.
En Madrid la escala fue más larga, 4 horas caminando por una terminal que parecía del tamaño de Culiacán entero, escuchando español con acento que apenas reconocía comprando un café que costaba más que un día de comida en México. El vuelo final a Praga duró 2 horas y media. Cuando aterricé en el aeropuerto Baslav Havel de Praga eran las 11:47 de la noche del domingo 8 de marzo de 2009, hora local.
Había viajado durante 17 horas, había cruzado un océano y medio continente y cuando salí por la puerta de llegadas internacionales, un hombre rubio con un letrero que decía E durante me esperaba con una sonrisa profesional. Bienvenido a tu nueva vida, Ernesto. Febrero de 2009 había terminado. Marzo de 2009 fue mi primer mes completo como Ernesto Durán Medina.
Praga era todo lo que Culiacán no era. Frío en lugar de calor, gris en lugar de amarillo, silencioso en lugar de ruidoso. Las calles estaban limpias, los edificios tenían siglos de antigüedad. La gente caminaba sin mirarse a los ojos. Nadie gritaba, nadie ponía música a todo volumen, nadie vendía elotes en las esquinas ni chicharrones en las banquetas.
Sebastián, el contacto que me recibió en el aeropuerto, resultó ser un mexicano de Monterrey que llevaba 8 años viviendo en Europa. Nunca me dijo por qué había llegar e que había llegado ahí ni para quién trabajaba exactamente y yo nunca pregunté. Me lo llevó es a un departamento en el distrito de Giskov, un barrio de clase trabajadora con edificios de la era soviética y bares baratos en cada esquina.
El departamento era pequeño, una recámara, una sala cocina, un baño con regadera que apenas cabía, pero era mío o de Ernesto Durán, que para efectos prácticos era lo mismo. “El primer mes de renta está pagado”, me dijo Sebastián. Después de eso sale de tu bolsillo. El trabajo empieza el lunes. ¿Qué trabajo? Taller mecánico.
El dueño se llama Pavel. No habla español, pero habla inglés básico. Tú sabes de carros, ¿no? S de chatarra. Chatarra carros es lo mismo. Pabel necesita alguien que sepa desarmar motores y no haga preguntas. Tú no haces preguntas, ¿verdad, Ernesto? No hago preguntas. Perfecto, entonces nos vamos a llevar bien.
El taller de Pavel estaba a 20 minutos caminando de mi departamento. Era un lugar pequeño con cuatro bahías de trabajo y un patio trasero lleno de carros viejos esperando ser desmantelados. Pabel era un hombre de 50 y tantos años, calvo, con manos enormes y una barriga que hablaba de demasiadas cervezas checas. No me preguntó de dónde venía ni por qué un mexicano había aparecido en su taller recomendado por gente que él claramente respetaba lo suficiente como para no cuestionar.
“You knows?”, me preguntó el primer día. I know cars. Good. Start with that Skoda. Engine needs rebuild. Así empezó mi vida como Ernesto Durán. 8 horas diarias en el taller de Pavel, desarmando motores, cambiando transmisiones, haciendo el mismo trabajo que había hecho en Culiacán, pero sin el peso de saber qué se escondía. Y es entre la chatarra.
Ganaba el equivalente a $1,000 al mes, suficiente para pagar la renta, la comida y poco más. Los $3,000 mensuales que el cartel me mandaba durante el primer año llegaban puntualmente a una de las cuentas bancarias, pero los tocaba lo menos posible. Ese dinero era un recordatorio de quién me había puesto ahí y por qué. Las noches eran lo peor.
El departamento estaba en silencio absoluto después de las 10. No había ruido de la calle, ni música de los vecinos, ni perros ladrando, ni el sonido familiar de Culiacán despierta a todas horas. Solo silencio. Y en ese silencio rosa. Pensaba en ella cada noche. Me preguntaba qué le habrían dicho, cómo habría reaccionado, si habría llorado sobre mi supuesto cadáver o si su padre le habría prohibido incluso eso.
Me imaginaba su cara cuando le dieron la noticia. Me imaginaba sus ojos, esos ojos que me habían mirado bajo el mezquite de la boda, llenándose de lágrimas por un hombre que no estaba muerto, pero que nunca iba a volver. La regla era clara, no buscar noticias de ella, no entraras a internet a ver qué pasaba en Sinaloa, no googlear su nombre ni el de su familia.
Pero las reglas están hechas para romperse, aunque sea una vez. Fue en abril de 2009, se semanas después de mi llegada. Había comprado una laptop barata en una tienda de segunda mano. La usaba para ver películas pirateadas y practicar inglés con tutoriales de YouTube. Esa noche, después de 12 cervezas Pilsner Urkel que me habían puesto melancólico, abrí Google y escribí su nombre, Rosa Guzmán.
Los resultados fueron pocos. Una foto de una fiesta familiar del año anterior donde aparecía al fondo borrosa con un vestido rojo que no reconocía. un artículo de un periódico de Culiacán sobre una boda de la alta sociedad sinaloense donde se mencionaba su nombre entre los invitados. Nada más. Pero en esa foto borrosa, en esos píxeles que apenas formaban su cara, vi algo que me partió el alma. Tristeza.
Una tristeza profunda en unos ojos que yo recordaba brillantes de esperanza cuando hablábamos del futuro imposible que nunca íbamos a tener. Cerré la laptop. No volví a buscar su nombre durante meses. Sebastián me había dejado un número de teléfono para emergencias. Solo para emergencias reales, había dicho.
Si lo usas para pendejadas, no va a haber una segunda vez. En junio de 2009, tr meses después de mi allegada, recibí un paquete en el correo. No tenía remitente. Ladrillo. Dentro había un teléfono celular Nokia básico, de esos que solo servían para llamadas y mensajes, y una nota escrita a mano. Para emergencias, un solo número programado. No abuses.
Guardé el teléfono en un cajón de la cocina. No lo toqué durante meses. La primera Navidad fue la más difícil. El 24 de diciembre de 2009, Praga estaba cubierta de nieve y las calles brillaban con luces navideñas. Pelado el taller por dos semanas y yo no tenía a dónde ir ni con quién estar.
Compré una botella de tequila en una tienda de licores importados que cobraba el triple de lo que costaba en México y me senté en el departamento a beber. Solo pensé en mi madre. estaría en su casa de la colonia Guadalupe, probablemente con mis tías, comiendo tamales y ponche, llorando por el hijo que creía muerto.
Pensé en Beto, que habría ido al velorio falso y habría dicho cosas bonitas sobre mí, sin saber que yo estaba vivo a 10,000 km de distancia. Pensé en Rosa, que tal vez también estaba sola esa noche, pensando en el hombre que había amado y que había desaparecido sin despedirse. A las 11 de la noche, borracho y miserable, saqué el teléfono Nokia del cajón y marqué el único número programado.
Contestaron al tercer timbrazo. ¿Quién habla? Era la voz del licenciado Mendoza. Soy Ernesto. Ernesto Durán. Silencio de 3 segundos. Es emergencia. No, sí. No sé. Es Navidad y no aguanto más. Otro silencio. Cuando el licenciado habló de nuevo, su voz se había suavizado apenas perceptiblemente. ¿Qué necesitas, Ernesto? Necesito saber si ella está bien. Solo eso.
Solo si está viva. Sabes que no debo decirte nada. Lo sé, pero es Navidad, licenciado. Y estoy solo en un país donde no conozco a nadie, hablando un idioma que apenas entiendo, pensando en una mujer a la que nunca voy a volver a ver. Solo necesito saber que está viva, nada más. El licenciado respiró hondo. Escuché ruido de fondo, música de banda, risas, el sonido de una fiesta familiar.
Está viva dijo finalmente. Está bien físicamente. Más que eso, no puedo decirte. Gracias, licenciado. No vuelvas a usar este teléfono a menos que sea emergencia real. La próxima vez no voy a la contestar. ¿Entendido? Feliz Navidad, Ernesto. Ojalá el próximo año sea menos difícil. Colgó. Me quedé sentado en el sillón del departamento con el teléfono en la mano y lágrimas en los ojos.
Estaba viva, estaba bien, era algo. Tenía que ser suficiente. Los meses siguientes fueron de reconstrucción lenta. En febrero de 2010, casi un año después de mi llegada, conocí a mi primer compatriota en Praga. Fue en un supermercado tesco del centro. Yo estaba en el pasillo de las salsas. buscando algo que se pareciera remotamente a una salsa mexicana cuando escuché una voz detrás de mí.
Ni te molestes, compa. Todo sabe a Katsub con Chile. Volteé. Era un hombre de mi edad, moreno, con acento que reconocí inmediatamente como del norte de México. ¿De dónde eres?, pregunté. Chihuahua. ¿Y tú, hermosillo? Mentí automáticamente. Ah, vecinos, ¿cuánto llevas aquí?Igentes ahora. Un año casi. Yo llevo cuatro. Soy Ramiro. Ernesto.
Ramiro me invitó a un partido de fútbol ese domingo. Había una comunidad pequeña de mexicanos y latinoamericanos que se juntaban en un parque de Jiskov a jugar todos los domingos por la mañana. 15 o 20 hombres de diferentes países, México, Colombia, Ecuador, Perú. Algunos checos que habían aprendido español y querían practicar.
El código no escrito era simple. Nadie preguntaba por qué estabas ahí ni de qué huías. Empecé a ir todos los domingos por primera vez en un año, algo parecido a normalidad. El sonido del español, las bromas, los insultos cariñosos, la sensación de pertenecer a algo, aunque fuera solo por dos horas a la semana.
Fue ahí donde conocí a don Aurelio, un colombiano de 60 años que había llegado a Praga en los 90, huyendo de algo que nunca especificó, pero que todos intuíamos. Don Aurelio no jugaba fútbol por la edad, pero iba todos los domingos a ver los partidos y a tomar café con los que terminábamos temprano. Un domingo de abril de 2010, después del partido, me senté con él en una banca del parque.
Hacía frío todavía, pero el sol empezaba a calentar. Te veo muy serio, mi hijo, me dijo. Llevas meses viniendo y nunca te veo sonreír de verdad. otra vez. Es que hay cosas que no se pueden dejar atrás, don Aurelio, lo esperado. Eso, todos tenemos algo que dejamos atrás. La pregunta es si lo dejaste atrás de verdad o si lo sigues cargando contigo.
¿Cuál es la diferencia? La diferencia es que puedes vivir con miedo para siempre, mirando sobre tu hombro, esperando que el pasado te alcance. O puedes decidir vivir de verdad, sabiendo que el riesgo siempre está ahí, pero eligiendo la vida de todos modos. ¿Y usted qué eligió, don Aurelio? Sonrió. Una sonrisa de hombre que ha visto demasiado y ha encontrado paz a pesar de todo.
Yo elegí vivir, mi hijo, hace 20 años. Y cada día que me despierto en esta ciudad fría y gris, agradezco esa decisión, porque la alternativa era no despertar nunca. Esa conversación cambió algo en mí, no de inmediato, pero gradualmente. Empecé a tomar decisiones de vida real en lugar de solo existir. Me inscribí en clases de checo tres veces por semana.
Acepté una promoción en el taller de Pavel que venía con más responsabilidad y mejor sueldo. Empecé a salir con los compañeros del fútbol a bares y restaurantes a construir algo parecido a una vida social. Ricardo Valenzuela seguía muerto, pero Ernesto Durán empezaba a vivir. Laallamada llegó en octubre de 2010, un año y 7 meses después de mi exilio.
Estaba en el taller debajo de un BMW u viejo. Cuando sentí vibrar el teléfono Nokia en mi bolsillo, salí de debajo del carro con el corazón acelerado. Ese teléfono solo había sonado una vez en Navidad cuando yo había llamado. Que sonara ahora significaba que alguien tenía algo que decirme. Hola. Bueno, Ernesto, soy el licenciado.
¿Pasó algo? Él, señor, quiere que sepas algo. Considera que es mejor que lo sepas por nosotros que por otro lado. El estómago se me hizo nudo. ¿Qué cosa? La señorita se casó el mes pasado con un empresario de Guadalajara. Familia conocida, buenos negocios, todo aprobado. El señor quiere que sepas que ella siguió adelante y quiere que tú hagas lo mismo. No dije nada. No podía.
Ernesto, aquí estoy. El Señor dice que esto cierra el capítulo, que ya no hay razón para que sigas pensando en lo que pudo ser. Ella tiene su vida ahora. Tú tienes la tuya. ¿Entendido? ¿Estás bien? Sí. No, suenas bien. Voy a estar bien. Cuídate, Ernesto. Colgé. Me quedé parado junto al BM BO con el teléfono en la mano, sintiendo como algo se rompía dentro de mí por segunda vez.
Esa noche no fui al departamento. Caminé por las calles de Praga durante horas sin rumbo, sin pensar, solo moviendo los pies. Terminé en un bar de Jiskov que vendía whisky barato y me senté en una esquina a beber hasta que el barman me dijo que cerraban. Volví al departamento a las 4 de la mañana.
Me senté en el piso de la sala con la espalda contra la pared y por primera vez desde que había dejado Sinaloa, lloré. Lloré por Rosa, que se había casado con otro hombre y que probablemente era feliz o al menos estaba tratando de serlo. Lloré por mi madre, que seguía pensando que su hijo estaba muerto. Lloré por Ricardo Valenzuela, que había existido durante 32 años y ahora no era más que un hombre en una lápida falsa.
Lloré por todo lo que había perdido y por todo lo que nunca iba a recuperar. Cuando amaneció, tenía los ojos hinchados y el cuerpo adolorido de haber dormido en el piso. Pero algo había cambiado. El llanto había sacado algo que llevaba año y medio cargando. Rosa estaba casada. Rosa había seguido adelante. Y aunque eso me dolía más de lo que podía expresar, también significaba que yo tenía permiso para hacer lo mismo.
La conocí en enero de 2012, casi 3 años después de mi llegada a Praga. Se llamaba Martina. Era checa. 31 años, divorciada con una hija de seis llamada Carolina. Trabajaba como contadora en una empresa de importaciones cerca del taller de Pavel. Nos conocimos en la fila de un café cuando ella pidió en inglés y yo le contesté en checo con mi acento terrible y ella se rió de una manera que me recordó que la risa era posible.
Empezamos a vernos cenas en restaurantes baratos, caminatas por el río Moldaba, tardes en su departamento viendo películas mientras Carolina jugaba en su cuarto. Martina no hacía preguntas sobre mi pasado, había aprendido. Me dijo después vamos a hacer. Que los hombres que venían de lejos generalmente tenían razones para no hablar de dónde venían.
La primera vez que me quedé a dormir en su departamento después de que Carolina se había ido a casa de su padre por el fin de semana, Martina me preguntó, “¿Tienes familia en México?” “Tenía.” “Ya no murieron.” “Para mí, sí.” Ella no preguntó más, me abrazó en la oscuridad de su recámara y me dejó llorar sin pedir explicaciones.
Meses después, cuando ya éramos algo parecido a una pareja, tuve que ser más honesto. “Vengo con un pasado que no puedo contar”, le dije una noche. “Vengo con heridas que no sanan completamente. Si eso es demasiado para ti, lo entiendo.” Martina me miró con esos ojos azules que habían visto su propio dolor, su propio divorcio difícil, sus propias noches de llorar sola.
Todos tenemos heridas, Ernesto. La pregunta es si las vas a dejar sanar. Estoy tratando. Entonces es es suficiente. La pregunta llegó inevitablemente una noche de verano de 2012 sentados en el balcón de su departamento con copas de vino. ¿Todavía piensas en ella? No pregunté cómo sabía que había una ella. Las mujeres siempre saben.
Sí, siempre voy a pensar en ella. ¿La amas todavía? La amé mucho, pero está muerta para mí de todas las formas que importancia. se casó, siguió adelante y yo tengo que hacer lo mismo. Y puedes puedes seguir adelante conmigo. La miré. Martina, con su pelo rubio recogido en una cola, con sus manos de contadora que sabían ser suaves, con su hija que me había empezado a la llamar tío Ernesto sin que nadie se lo pidiera.
No te prometo que será perfecto le dije. No te prometo que no voy a tener días malos donde el pasado me alcance, pero puedo prometerte que voy a estar aquí, que voy a intentarlo de verdad. Es suficiente, me dijo ella. Por ahora es ni suficiente. La última llamada del teléfono Nokia llegó en marzo de 2013, exactamente 4 años después de mi exilio.
Estaba en el departamento de Martina preparando el desayuno mientras Carolina veía caricaturas en la sala. El teléfono vibró en mi bolsillo y sentí el mismo escalofrío de siempre. Bueno, Ernesto, soy el licenciado. Esta es la última llamada. La última. Aquí el Señor considera que ya pagaste suficiente con 4 años de exilio.

Considera que la deuda está saldada. ¿Qué significa eso exactamente? Significa que el teléfono se va a desconectar después de esta llamada. Ya no hay línea directa, ya no hay vigilancia activa, ya no hay gente reportando sobre ti. Libre significa que puedo regresar. Nunca vas a poder regresar a Sinaloa, Ernesto.
Eso no cambia. Pero ya no estás bajo el ojo del Señor, estás completamente sola. Ahora, para bien o para mal. Y ella, ¿puedo saber si está bien? El licenciado suspiró. Está viva. Está construyendo su vida. Tiene un hijo. Déjala ir, Ernesto, para siempre esta vez. Ya lo hice. Dije, y por primera vez era verdad. Bien.
Buena suerte en tu vida. Ojalá sea larga y tranquila. Gracias, licenciado, por todo. No me agradezcas. Solo vive bien. Es lo único que puedes hacer ahora. La línea quedó muerta. Miré el teléfono Nokia durante un minuto largo, luego lo apagué y lo guardé en un cajón. Última conexión cortada, última cadena rota, era liberación.
Y también era el final definitivo de todo lo que había sido Ricardo Valenzuela. Martina apareció en la puerta de la cocina. Todo bien, pero no por mucho tiempo. Sí, dije y la abracé. Todo está bien. Han pasado 11 años desde esa última llamada. 11 años desde que el licenciado Mendoza me dijo que la deuda estaba saldada. 11 años construyendo una vida que Ricardo Valenzuela nunca habría imaginado.
Vivo en las afueras de Praga ahora en una casa pequeña con jardín que compramos. Martina y yo hace 7 años. Carolina tiene 17 y está por entrar a la universidad. dice que quiere estudiar medicina. Me llama papá desde que tenía 10 años cuando le pedí permiso a su padre biológico y él dijo que sí, que un niño puede tener dos padres si los dos lo quieren bien.
Tenemos un hijo juntos, se llama Tomás. Nació en 2015, tiene 9 años y es la combinación perfecta de los ojos de su madre y mi terquedad sinalo habla checo y español con la misma fluidez y a veces me pregunta por México, por la tierra de donde vengo y yo le cuento historias editadas de una vida que ya no existe. El taller de Pavel cerró hace 5 años cuando Pavel se jubiló.
me dejó el negocio a precio de amigo y ahora tengo mi propio taller mecánico en Giskov con tres empleados y suficiente trabajo para vivir cómodo sin ser rico. Los domingos sigo yendo al fútbol con la comunidad latina, aunque ahora soy de los viejos que se cansan a los 20 minutos y terminan en la banca tomando café. Esta mañana, mientras escribo esto, estoy sentado en el jardín de mi casa. Es sábado.
Puedo oír a la Martina en la cocina preparando el almuerzo. El olor a Vichcoba que aprendió a hacer mejor que cualquier checa. Puedo oír a Tomás jugando con el perro en el patio trasero, gritando en una mezcla de checo y español que solo él entiende. Puedo oír a Carolina hablando por teléfono con sus amigas, planeando algo para esta noche.
Ruidos de vida, ruidos de familia, ruidos que Ricardo Valenzuela nunca pensó que tendría. Todavía pienso en rosa, no cada día como antes. Tal vez una vez al mes cuando algo me recuerda a Sinaloa. Una canción de banda que suena en algún restaurante mexicano. El olor a carne asada en verano, el acento de algún turista sinaloense que pasa por Praga.
Ya no duele como antes, es memoria suave ahora. Un capítulo cerrado de un libro que ya no estoy escribiendo. Mi madre murió en 2018. Me enteré por un periódico de Culiacán que encontré en internet Buscando sin buscar, como hago a veces cuando la nostalgia puede más que la prudencia. Decía que doña Carmen Valenzuela López había fallecido de causas naturales a los 74 años, rodeada de sus hermanas. No mencionaba hijos.
Para el mundo, Ricardo Valenzuela había muerto 9 años antes que su madre. Lloré esa noche. Martina me abrazó sin preguntar. Al día siguiente prendí una vela en la iglesia de San Vito y recé por el alma de una mujer que murió pensando que su hijo se le había adelantado. A veces me pregunto qué habría pasado si hubiera elegido diferente aquella noche en el Rancho del Chapo.
Si hubiera dicho, “Prefiero morir” en lugar de el hijo vivir. Habría sido más fácil en cierto sentido, más limpio, más definitivo. Pero entonces miro a Tomás corriendo por el jardín con el perro, miro a Carolina estudiando para sus exámenes. Miro a Martina sonriéndome desde la ventana de la cocina y sé que elegí. Correcto. Ricardo Valenzuela murió el 8 de marzo de 2009 cuando un avión despegó de Culiacán a las 7:12 de la mañana.
Murió de la única forma que podía morir sin dejar de respirar, dejando atrás todo lo que era, todo lo que conocía, todo lo que amaba. Fue una muerte lenta, dolorosa, que duró años en completarse. Pero de esa muerte nació otra vida, una vida más pequeña, más tranquila, más honesta. Dicen que el amor te salva, a mí casi me mata, pero también me enseñó que hay formas de morir que no son el final, que puedes enterrar quién eras y convertirte en alguien nuevo.
Que el dolor no es permanente, aunque las cicatrices sí. que la vida cuando decides vivirla de verdad encuentra la manera de florecer incluso en la tierra más árida. Esta es mi historia, historia de un chatarrero que cruzó la línea más prohibida del narco mexicano y sobrevivió para contarla desde el otro lado del mundo.
Historia de un hombre que eligió la muerte de su nombre para conservar su vida. Historia de amor, de pérdida, de exilio, de reconstrucción. Soy Ernesto Durán y esta es mi vida ahora. Yeah.