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El Apache de luto eligió a la mujer “estéril”… y su prometido volvió con una verdad cruel

En el verano de 1886 llamaron Estéril Jacinta frente a todo San Jerónimo. Y cuando ya nadie quiso mirarla con respeto, una pase viudo la llevó consigo al desierto por 10 pesos. Pero lo que ocurrió en aquella travesía no solo cambió su destino, obligó al pueblo entero a tragarse su propia crueldad.

Era el verano de 1886 y en el poblado de San Jerónimo del Salitre el aire tenía siempre un gusto áspero, como si el viento arrastrara polvo molido y viejas sentencias humanas al mismo tiempo. Las casas de adobe se alineaban alrededor de una plaza pequeña donde todo se sabía antes de ocurrir y donde una mujer podía cargar durante años una palabra cruel sin que nadie se molestara en preguntarse si aquella palabra era verdad.

Allí vivía Jacinta Robles, de 27 años, en una casa baja de techo vencido, que compartía con su tía Ramona desde que la muerte le arrebató a sus padres con apenas dos inviernos de diferencia. Jacinta no era pobre solo en monedas, también lo era en consideración. En el pueblo la miraban como se mira un campo al que ya nadie apuesta, no porque fuera fea, aunque algunas lenguas maliciosas habían intentado decirlo, sino porque sobre su nombre pesaba una marca más pesada que cualquier arruga o cualquier cicatriz.

Tres años antes había estado comprometida con Eusebio Ferrán, hijo de un comerciante de mulas y aguardiente, un hombre de sonrisa fácil y orgullo duro, que durante meses la cortejó con promesas de casa propia, hijos corriendo por el patio y domingos de misa con la frente en alto. Cinta, que había crecido oyendo que una mujer sola debía agradecer cualquier mano que se le tendiera con decencia, creyó en él con la fe de quien nunca había recibido demasiado y por eso no sabía desconfiar a tiempo. Pero a los 8 meses de

compromiso, cuando las vecinas ya hablaban del vestido, de la fecha y de la bendición del sacerdote, comenzó el veneno. Una curandera del camino dijo que Jacinta tenía el vientre frío. Otra aseguró que la madre de ella también había tardado años en concebir. Doña Bruna, la madrina de Eusebio, juró haber visto señales en el pulso de la joven y bastó aquello, apenas aquello, para que el rumor se volviera sentencia.

Es estéril”, empezaron a decir junto al pozo, en la panadería, al salir de misa detrás de las puertas entornadas, como si una mujer pudiera ser reducida a una palabra dicha en voz baja, como si el futuro de un alma pudiera decidirse en los labios ociosos de un pueblo entero. Ceusebio al principio guardó silencio y ese fue quizás su acto más cobarde, porque el silencio de un hombre cuando debería defender es otra forma de traición.

Durante semanas dejó que Jacinta caminara entre cuchicheos, que bajara la cabeza al sentir las miradas en su espalda, que regresara a casa con los ojos húmedos y las manos apretadas contra el delantal. Luego, una tarde de agosto, frente al portal de la casa de Ramona y sin siquiera tener la decencia de entrar, le devolvió la medalla de compromiso y le dijo que no podía unir su vida a una mujer que no le asegurara descendencia.

Lo dijo sin gritar, casi con tono razonable, como si eso volviera menos cruel la herida. y añadió algo peor, algo que Jacinta recordaría durante años con el mismo frío en el pecho, que él necesitaba una esposa, no una incertidumbre. Desde entonces, el nombre de Jacinta dejó de ser Jacinta en boca de muchos. Pasó a ser la estéril, la que no sirvió, la prometida de vuelta, la que había sido apartada antes de llegar al altar.

Algunos hombres la miraban con una mezcla de lástima y cálculo, como si ya no fuera una mujer digna de cortejo, sino una criatura vencida a la que quizá podía pedírsele cualquier cosa. Las mujeres casadas la evitaban por superstición. Las madres no querían a sus hijas mucho tiempo a su lado, como si la desgracia pudiera contagiarse por cercanía.

Y hasta el padre Anselmo, que debía haber sabido mejor que nadie el peso de las palabras, se limitaba a recomendar resignación con esa mansedumbre tibia que tanto daño hace cuando la injusticia exige algo más que sermones suaves. Ramona, su tía, era una mujer seca de hombros angostos y manos trabajadas por la costura.

No era cruel, pero sí estaba hecha de ese cansancio que termina pareciéndose a la dureza. quería a Jacinta a su manera, aunque casi nunca supiera demostrarlo sin regaños. le repetía que una mujer debía aprender a vivir con menos sueños y más prudencia, que el mundo no cambiaba porque una llorara, que ya vendría algún viudo, algún hombre necesitado de ama de casa, alguno que no preguntara demasiado.

Jacinta la escuchaba en silencio, no por obediencia, sino porque algo dentro de ella se había ido apagando poco a poco desde la partida de Eusebio. Por fuera seguía siendo la misma mujer de ojos oscuros y cabello espeso, recogido en una trenza sobria, pero por dentro se había vuelto cuidadosa, como si hasta respirar demasiado hondo pudiera atraer una nueva humillación.

Aún así, trabajaba. Trabajaba con una disciplina que nadie agradecía. lavaba ropa ajena en arroyo, remendaba camisas, ayudaba a Ramona con encargos de costura y cuando la estación lo permitía, caminaba hasta las orillas salobres del valle para recoger pequeños costales de tierra blanca que luego vendían a arrieros y cocineras.

sabía distinguir el sonido de unas botas acercándose por el corredor, el humor de las clientas por la forma en que golpeaban la puerta y el tipo de compasión que venía envuelta en falsa amabilidad. Había aprendido a sobrevivir sin esperar ternura. Y sin embargo, por las noches, cuando el calor aflojaba y el pueblo parecía por fin cansarse de juzgarla, se sentaba junto a la ventana pequeña de su cuarto y apoyaba la mano sobre el vientre con una tristeza muda, no porque supiera cierta la acusación, sino porque la repetición había terminado por sembrarle una duda

dolorosa. Lo que más la hería no era no tener un hijo, era que el mundo ya hubiera decidido que no merecía siquiera la posibilidad. Al otro extremo de San Jerónimo, más allá de la última hilera de casas y del camino que conducía a las dunas, se hablaba también de otro ser marcado por el duelo.

Su nombre era Aquan. Algunos lo llamaban simplemente el Apache del salitral. Otros, con menos valentía y más ignorancia, lo nombraban solo cuando era necesario, como si pronunciarlo deás pudiera atraer desgracias. vivía en una casa de piedra y madera levantada cerca del viejo paso del desierto, allí donde comenzaba la ruta de sal hacia las planicies del otro lado.

Era un hombre alto, de espaldas anchas, rostro severo y ojos oscuros donde no había dureza vacía, sino una clase de cansancio tan hondo que incluso quienes lo temían advertían que aquel silencio no nacía de la soberbia, sino de una pérdida antigua y todavía viva. Hacía un año que su mujer había muerto durante una travesía de fiebre repentina, cuando ambos regresaban con una recua cargada de sal hacia el mercado de Santa Aurelia.

Desde entonces, Aucá había seguido trabajando solo, como si el cuerpo pudiera sostener lo que el alma apenas soportaba. Llevaba el luto sin palabras, con una cinta negra trenzada en el brazo y la costumbre de no mirar a nadie más tiempo del necesario. No tenía hijos, no porque no los hubiera querido, según murmuraban algunos, sino porque la vida no les había dado ese consuelo antes de arrancarle a su esposa.

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