Posted in

Echada Por Sus Suegros, Halló Un Viejo Molino Abandonado… Reconstruyó Todo Con Sus Propias Manos…

Tenía 22 años, un mantón negro de lana raída, un jatillo que apenas cerraba con dos nudos y una perra que nadie más había querido quedarse. La echaron de la casa de sus suegros una mañana de octubre en que la niebla todavía cubría los rastrojos y el frío mordía las manos antes de que el sol hubiera terminado de salir.

No dijeron muchas palabras en aquellos tiempos. En los pueblos de Extremadura las palabras sobraban cuando el gesto ya lo había dicho todo. La ropa amontonada en el saguán, la puerta abierta de par en par y la suegra plantada en el umbral con los brazos cruzados sobre el pecho negro del luto. El marido llevaba tres meses muerto, una fiebre mala que empezó en la trilla y lo fue apagando como se apaga un candil al que le falta aceite.

Y sin el marido, la joven no era nada en aquella casa. Era una boca que alimentar, un catre que ocupar, una extraña que había entrado por el casamiento y que ahora, sin casamiento que la sostuviera, sobraba como sobraba el arado cuando no había tierra que labrar. La suegra no era mala mujer, o al menos eso era lo que se decía a sí misma.

Tenía cuatro hijos más. Tenía una casa pequeña y un año de malas cosechas encima. No podía cargar con la viuda también. Así que la miró a los ojos aquella mañana y le dijo que ya era mayor para buscarse la vida, que la juventud y las manos sanas eran capital suficiente y que Dios apretaba pero no ahogaba. La joven se llamaba Amparo.

Y aquel día, con el jatillo en la mano derecha y los ojos secos, porque el llanto se le había gastado en los tres meses anteriores, Amparo pensó que Dios debía de estar apretando con ganas, porque ella no había conocido mucho alivio en los últimos tiempos. La perra salió corriendo detrás de ella antes de que llegara al final de la calle.

Era una perra sin raza definida, de pelo color canela oscuro y orejas torcidas que nunca terminaban de decidir si erguirse o caer, y que el marido había recogido herida del camino el año anterior. Nadie en la casa la quería de verdad, pero nadie se había ocupado de echarla tampoco hasta ese día. La suegra llamó desde la puerta que se llevara al animal también, que bastante tenía con las gallinas.

Amparo no dijo nada, se agachó, le pasó la mano por el lomo a la perra y los dos echaron a andar por el camino de tierra que salía del pueblo hacia el poniente, sin saber a dónde iban, sabiendo únicamente que hacia atrás no había nada que mereciera la pena mirar. Caminaron durante horas.

El camino de tierra se fue estrechando entre encinas y jarales hasta convertirse en una vereda que subía y bajaba por los cerros pelados como si no tuviera ninguna prisa por llegar a ningún sitio. La perra iba adelante olfateando las matas, regresando cada poco para comprobar que Amparo seguía ahí con esa lealtad sin pretensiones que tienen los animales, que saben que ya no tienen otro mundo.

El sol empezaba a bajar cuando Amparo escuchó el agua, un sonido callado y constante que venía de entre los tamujos a la derecha de la vereda. La perra ya iba por allá, el ocico pegado al suelo, la cola moviéndose con una urgencia nueva. Amparo la siguió apartando ramas con el antebrazo y bajando por un talud de piedra suelta hasta que la vegetación se abrió de golpe y apareció ante ella.

Encajado entre dos peñascos y medio ahogado de maleza, el molino era un edificio viejo de piedra gris, con las paredes manchadas de verdín hasta media altura y el tejado de teja árabe hundido por el lado norte. La rueda de madera que asomaba sobre el caz estaba podrida en la mitad de sus palas y ya no giraba, detenida en algún momento del pasado que nadie había precisado recordar.

Alrededor, la vegetación lo había ido envolviendo todo con la paciencia de la naturaleza, que siempre termina recuperando lo que el hombre abandona. Pero la piedra era firme, las paredes aguantaban y el río, un río angosto de agua verde que corría entre los peñascos con un ruido constante de fondo, seguía ahí, indiferente al abandono.

No había nadie, no había humo, no había señal de vida humana, no había ningún rastro de que alguien hubiera pisado aquello en mucho tiempo. Solo la perra usmeando los rincones y los vencejos, cruzando en silencio el cielo que se iba poniendo del color de la brasa. Amparo empujó la puerta de madera hinchada por la humedad. Se dio con un crujido largo.

Adentro olía a moo y a siglos y a una oscuridad húmeda que se pegaba a la garganta. Había una sala con el suelo de losas irregulares cubiertas de polvo y hojas secas, una arteza volcada en el rincón, dos bancos de madera carcomida y una chimenea de piedra negra de ollin, que parecía, sin embargo, todavía capaz de aguantar un fuego.

Al fondo, una escalera de peldaños gastados llevaba a una planta superior, donde había un jergón sin relleno tirado contra la pared y una ventana pequeña con los postigos rotos que daba al río. La perra dio una vuelta entera por el interior, olfateó cada esquina, cada grieta, cada sombra y después volvió junto a Amparo y se sentó a sus pies con una calma que parecía decir que el sitio era aceptable.

Amparo se quedó parada en medio de aquella sala en ruinas con el jatillo en la mano y el cansancio del camino pesándole en los huesos, y pensó que en otro momento de su vida habría llorado, pero ya no le quedaban lágrimas para el miedo. Se sentó en uno de los bancos, se quitó las alpargatas para examinar las ampollas que le habían salido en los talones y miró alrededor con la misma atención con que su padre, labrador de secano, miraba un campo antes de decidir si merecía la pena sembrarlo.

Las paredes aguantaban, había agua cerca, había chimenea, no había nadie que pudiera echarla esa noche. Era suficiente para empezar. La primera noche fue la peor de cuantas Amparo recordaría después. sin fuego, sin manta, acostada sobre las losas frías con el jatillo de almohada y la perra enrollada contra su costado, dándole el poco calor que podía dar un animal de ese tamaño.

El río sonaba sin parar al otro lado de la pared, y los ruidos de la noche se colaban por la ventana rota del piso de arriba, como si el monte entero estuviera despierto y conversando en una lengua que ella aún no entendía. Hubo un momento hacia las 2 de la madrugada en que el miedo se hizo tan grande que Amparo se sentó en el suelo y apretó los dientes con todas sus fuerzas para no ponerse a gritar.

rezó el rosario que la madre le había enseñado de niña. Lo rezó entero, despacio, con los dedos contando las cuentas imaginarias, porque el rosario de verdad lo había dejado olvidado en la mesilla de la habitación de sus suegros, sin darse cuenta. Cuando terminó, rezó otro y cuando el segundo acabó, la primera luz gris del amanecer ya asomaba por la ventana rota y la perra le estaba lamiendo la mano con esa insistencia tranquila que tienen los perros cuando saben que su persona necesita saber que no está sola. Amparo se levantó, le

Read More