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Duérmete con la historia de PLATÓN — El hombre que cambió la forma de pensar del mundo

Atenas, año 399 anes de Cristo. Un hombre de 70 años está de rodillas en el suelo de una celda. No está rezando. Está buscando algo debajo de la cama de madera donde ha dormido las últimas semanas. Lo encuentra un frasco pequeño. Lo abre, lo huele, lo deja sobre la repisa. Afuera sus discípulos esperan. Algunos llevan horas sentados contra la pared del corredor.

 Otros han llegado antes del amanecer porque no pudieron dormir. Hay uno que lleva un manuscrito bajo el brazo, como si importara traer apuntes a esto. Hay dos que no pueden mirar la puerta. Dentro el hombre se incorpora despacio. No por debilidad, por costumbre. Tiene el cuerpo de alguien que ha caminado mucho, nariz chata, barriga prominente, ojos que parecen ver algo más allá de lo que los demás ven.

 Lleva 20 años siendo el hombre más famoso e incómodo de Atenas. En unos minutos dejará de serlo. El carcelero entra con una copa. El hombre la toma sin vacilar. Da las gracias como si le estuvieran sirviendo vino en una cena. Bebe. Sus discípulos rompen a llorar. Él les pide que se callen. Dice que se debería morir en paz.

 Ellos lo intentan, no pueden del todo. El hombre camina. Cuando las piernas empiezan a fallarle, se tumba, cubre su cara con un manto y cuando ya no queda nada, sus labios forman cuatro palabras. Le debemos un gallo a Asclepio, una deuda pendiente con el Dios de la medicina. La última frase de Sócrates.

 Hay algo que ese día no está en la celda. un joven de 29 años que debería estar ahí y que no está, que esa mañana decidió que no podía, que ver eso era demasiado. Ese joven se llama Platón y lo que hace con el resto de su vida a partir de ese momento es lo que va a ocuparnos esta noche. Porque no se fue a casa a llorar y a olvidar.

 hizo algo mucho más raro, algo que casi nadie hace cuando pierde a la persona que más admira en el mundo. Decidió entenderlo, entender qué había pasado, por qué había pasado, qué tipo de mundo permite que ocurra algo así y si hay alguna forma de que no vuelva a ocurrir. Pasó los siguientes 50 años buscando la respuesta.

 No la encontró del todo, pero lo que dejó por el camino cambió la historia del pensamiento humano para siempre. Esta es su historia. Para entender quién era Platón, hay que entender primero dónde nació. Atenas, año 428. La guerra lleva 3 años. La guerra del Peloponeso, la guerra larga que Atenas está librando contra Esparta por el control de Grecia, ha empezado a comerse todo.

 Hay menos dinero, hay menos hombres, hay más miedo. Pero la ciudad sigue siendo la ciudad más orgullosa de Grecia, la que tiene el Partenón, la que inventó la democracia, la que produce teatro, filosofía, arte, medicina con una densidad que ninguna otra ciudad puede igualar. En ese Atenas en guerra, en una de las familias más aristocráticas de la ciudad, nace un niño. Su nombre real es Aristocles.

 El apodo que le quedará para siempre, Platón, probablemente viene de sus espaldas anchas. Era un niño grande, físicamente imponente. Sus padres tenían sangre real en las venas, tenían conexiones políticas en todas direcciones. Tenían el tipo de apellido que en Atenas funcionaba como una llave maestra. Todo apuntaba a que ese niño sería político.

 En la Atenas del siglo II antes de Cristo, un joven de esa familia no tenía que preguntarse demasiado qué haría con su vida. Lo sabía desde que tenía uso de razón. estudiaría retórica, aprendería a hablar en público, haría las alianzas correctas y acabaría participando en la democracia ateniense desde los puestos de poder que le correspondían por nacimiento.

 Era lo que hacía su familia desde generaciones. Era lo que hacían todos los de su clase. Platón lo sabía y se preparaba para eso. escribía poemas, tragedias, el tipo de textos que un joven aristócrata cultivado producía para demostrar que tenía educación y talento. Sus textos eran buenos, lo suficientemente buenos como para que la gente que los leía viera un futuro literario serio.

 Y entonces un día conoció a Sócrates. No sabemos exactamente cuándo, tenía entre 17 y 20 años según los cálculos. Lo que sí sabemos es lo que hizo inmediatamente después. Quemó todo lo que había escrito, literalmente cogió sus tragedias, sus poemas, todo el trabajo de años y lo quemó. No lo archivó, no lo dejó en un cajón, lo quemó como si de repente lo que había hecho hasta ese momento fuera de un material diferente, de una naturaleza inferior a lo que acababa de encontrar.

 ¿Qué encontró? Un hombre feo. Eso primero. Nariz chata, cuerpo desgarbado, forma de caminar peculiar. un hombre que no tenía escuela, que no cobraba por sus clases, que no escribía nada, que lo único que hacía era caminar por el Ágora, el mercado central de Atenas, y hacerle preguntas a la gente, preguntas que nadie quería responder, o, más exactamente, preguntas que todo el mundo creía que podía responder hasta que Sócrates empezaba a preguntar de verdad, ¿qué es la justicia? ¿Qué es el valor? ¿Qué es la virtud? ¿Qué significa saber

algo? ¿Qué hace que algo sea bello? Preguntas que parecen simples, que cualquier persona razonable pensaría que puede responder hasta que Sócrates empieza a tirar del hilo, hasta que la primera respuesta lleva a una segunda pregunta y la segunda a una tercera. Y cuatro o cinco preguntas después, el que parecía saber algo no sabe nada.

 Y el que creía estar firmemente de pie en un suelo sólido está flotando en el vacío, sin entender cómo llegó hasta allí. Eso era lo que hacía Sócrates. Y lo que eso producía en la gente era de dos tipos. o se enfadaban porque nadie disfruta descubrir que no sabe lo que creía saber, sobre todo delante de otros, o quedaban enganchados para siempre porque hay algo en ese vértigo, en esa sensación de que el suelo que pisabas no era tan sólido, que resulta más honesto que cualquier certeza falsa.

 Platón fue del segundo tipo. Lo que Sócrates le estaba enseñando no era un contenido, era una manera de estar en el mundo. Sócrates era el hombre más famoso de Atenas, pero no por las razones por las que normalmente uno se hace famoso. No era rico, no era poderoso, no ganaba batallas ni escribía poemas memorables. era famoso porque el oráculo de Delfos, la voz de los dioses griegos, había dicho de él que era el hombre más sabio de Atenas.

 Y Sócrates, cuando se enteró, tuvo la reacción más extraña posible. No se lo creyó. Empezó a ir a ver a todos los hombres que tenían fama de sabios para demostrar que el oráculo se equivocaba. fue a ver a los políticos, a los poetas, a los artesanos y con cada uno hizo lo mismo. Empezó a hacerles preguntas sobre su campo. Los políticos hablaban sobre la justicia, los poetas hablaban sobre la belleza, los artesanos hablaban sobre su oficio y Sócrates fue descubriendo algo que lo perturbó, que ninguno de ellos sabía realmente lo que decía saber. Los políticos tenían

opiniones sobre la justicia, pero no podían definirla de forma consistente cuando se les pedía que lo hicieran. Los poetas producían poemas hermosos, pero no podían explicar qué era la belleza. Los artesanos hacían bien su trabajo, pero creían por extensión que sabían también de política y de filosofía cuando no era así.

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