Posted in

“¡DUDO QUE ESE MECÁNICO DE BARRIO LO LOGRE!” — 3 DÍAS DESPUÉS, TODOS QUEDARON EN SHOCK

Moreno, de estatura media, tenía ese aire característico de los mecánicos de barrio, movimientos económicos, mirada atenta y una paciencia infinita con las máquinas temperamentales. Su taller ocupaba el garaje en la planta baja del edificio donde vivía con su madre y su hermana menor, un espacio que había transformado en una verdadera cueva de aladino automotriz.

Miguel, mi hijo, ya está listo el desayuno”, gritó doña Carmen desde la ventana del segundo piso, su voz resonando por las paredes de concreto del patio interno. El olor a arepa recién hecha se mezclaba con el aroma persistente a aceite de motor y WD40 que impregnaba cada rincón del taller. El taller de Miguel era un testimonio de la creatividad caraqueña.

Antes hechos con tablas y ladrillos albergaban una colección impresionante de piezas recicladas organizadas en cajas de cartón rotuladas a mano, tornillos, gomas, empaques, relés, todo cuidadosamente catalogado y limpio, listo para dar una segunda vida a algún vehículo necesitado. En la pared principal, una mesa improvisada sostenía sus herramientas más preciadas, una prensa que había ganado de su abuelo cuando tenía 15 años, destornilladores con mangos remendados con cinta aislante, alicates que ya habían visto

días mejores. Al lado. Un calendario de la polar de 2019 mostraba a una rubia sonriente, testigo silencioso de los años que habían pasado desde que la vida en Venezuela se había complicado para todos. Miguel había aprendido mecánica de la manera más venezolana posible, observando, preguntando y metiendo las manos en la masa desde niño.

Su abuelo, don Ricardo, había sido mecánico de PDVSA en los tiempos dorados del petróleo. Fueron las tardes pasadas en el taller del viejo las que plantaron en el muchacho la pasión por los motores. Los carros son como las personas, Miguel”, solía decir don Ricardo mientras desarmaba un carburador con delicadeza. “Cada uno tiene su personalidad, sus manías, sus secretos.

Tu trabajo es escuchar lo que te dicen y entender lo que necesitan.” El barrio 23 de enero había cambiado mucho desde su infancia. Las calles antes bulliciosas con el ir y venir de los trabajadores petroleros, ahora albergaban a una población más diversa, unida por la necesidad y la solidaridad que caracteriza a los barrios populares venezolanos.

Era un lugar donde todo el mundo se conocía, donde los vecinos se preocupaban genuinamente unos por otros. La clientela de Miguel estaba formada básicamente por los vecinos del barrio, personas trabajadoras que dependían de sus carros viejos para ir al trabajo, llevar a los hijos a la escuela o en el caso de las señoras mayores para las consultas médicas.

Cobraba precios justos, aceptaba pagos a plazos y cuando era necesario no cobraba nada. El celular de Miguel sonó interrumpiendo sus pensamientos. Era una llamada de un número desconocido. Aló. Buenos días, atendió con la voz educada que reservaba para posibles clientes. Es Miguel Herrera el mecánico, preguntó una voz femenina cargada de preocupación y una pizca de desesperación que Miguel reconoció inmediatamente.

Sí, soy yo. ¿En qué la puedo ayudar? Mi nombre es Carmen Rodríguez. Soy la viuda de don Ramón Villarroel del edificio Bolívar. Usted lo conocía. Miguel conocía a don Ramón de Vista, un señor alto y elegante que solía caminar por las calles del barrio con su camisa siempre bien planchada y una sonrisa amable para todos.

Había sido dirigente comunitario por muchos años. Sí, claro que lo conocía. Mi más sentido pésame, señora Carmen. Don Ramón era una muy buena persona. Gracias, Miguel. Mire, tengo un problema y ya no sé a quién más acudir. El carro de Ramón, un Malibu del 79, se dañó hace como 3 meses y no he podido arreglarlo.

Ya lo llevé a tres talleres diferentes y nadie ha podido resolver el problema. Miguel frunció el ceño. Un Malibu 1979 era un carro clásico americano, no muy común en las calles de Caracas, pero ya había trabajado en algunos similares. ¿Qué tipo de problema presenta el carro, señora Carmen? Es algo muy raro, Miguel. A veces arranca perfectamente y funciona como si fuera nuevo, pero otras veces, sin razón aparente, se apaga en la mitad del camino y no hay forma de que vuelva a encender.

La historia despertó el interés profesional de Miguel. Los problemas intermitentes eran los más desafiantes, especialmente en carros antiguos donde la electrónica y la mecánica se entrelazaban de formas complejas. ¿Por qué no me lo trae para que le eche un vistazo? No le voy a cobrar el diagnóstico, ofreció Miguel. Miguel, no es por desconfianza, pero ya gasté mucho dinero llevándolo a talleres especializados.

Incluso lo llevé a la concesionaria Chevrolet de las Mercedes. Miguel entendió la duda. Él era solo el mecánico del barrio, sin diplomas en la pared ni equipos electrónicos sofisticados. Entiendo perfectamente, señora Carmen, ¿por qué no hace esto? Tráigamelo para que lo vea sin compromiso. Si no puedo ayudarla, no le cobro nada.

Está bien, Miguel, pero le advierto que el carro está completamente varado. No arranca para nada desde hace una semana. Miguel conocía la zona. ¿Le parece bien si voy como a las 2 de la tarde? Me parece perfecto, Miguel. Yo estaré allá esperándolo. Después de colgar, Miguel permaneció unos minutos pensando en la conversación.

Había algo en la voz de doña Carmen que iba más allá de la preocupación por el carro. Era como si ese Malibu representara mucho más que un simple medio de transporte. Eran exactamente las 2 de la tarde cuando Miguel dobló la esquina de la avenida Sucre y avistó el edificio Bolívar. Llevaba su caja de herramientas básicas y un pequeño multímetro prestado de Ramón, el electricista que vivía en el apartamento 4B de su edificio.

Doña Carmen estaba esperando en la entrada del estacionamiento una señora elegante de unos 60 años, cabello gris peinado con cuidado. A su lado, dos hombres de unos 30 años observaban a Miguel con evidente escepticismo. Miguel, gracias por venir”, dijo doña Carmen extendiendo la mano. “Estos son mis hijos, Carlos y Roberto.

” Carlos el mayor era un hombre de traje arrugado y corbata aflojada, claramente viniendo directo del trabajo. Roberto usaba uniforme de técnico en refrigeración y tenía en sus manos aceitosas la marca de quien trabajaba con máquinas. Mira, pana”, dijo Roberto con un tono que intentaba ser amigable, pero que denotaba condendencia.

No es por faltarte el respeto, pero ya llevamos este carro a los mejores talleres de Caracas. Si ellos no pudieron arreglarlo. “Roberto, dale una oportunidad.” Intercedió doña Carmen. Pero Miguel pudo percibir que ella misma no estaba completamente convencida. Tranquilo, hermano”, respondió Miguel con paciencia.

Read More