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DESPRECIADA Y SIN TENER DÓNDE DORMIR… Ella pidió quedarse en el gallinero — Pero el peón la acogió…

Llegó a pie al rancho de Esteban con tres hijos y dos bebés en brazos. Solo pidió pasar una noche en el gallinero. Él no dijo nada, dio la vuelta y caminó hacia la casa. A mitad del camino se detuvo, miró hacia atrás e hizo algo que lo cambió todo. Si esta historia toca tu corazón, suscríbete al canal, dale like y comenta el nombre de la ciudad desde donde estás viendo.

Marisol Reyes llegó al rancho con los pies llenos de polvo y los brazos tan cargados que apenas podía mantener el equilibrio. cargaba a dos bebés recién nacidos, uno en cada brazo, envueltos en trapos de tela desgastada, que alguna vez fueron sábanas blancas. Detrás de ella caminaban tres niños pequeños, Tomás de 7 años, Lucía de cinco, y el pequeño Andrés de tres, que tropezaba con sus propios pies y lloraba en silencio porque ya no le quedaban fuerzas para llorar con sonido.

Los cinco niños y Marisol formaban una fila desordenada que avanzaba por el camino de tierra hacia la entrada del rancho. entre la luz amarilla de la tarde que caía sobre los techos de lámina y las paredes de madera vieja. Marisol tenía 28 años, aunque su cuerpo parecía más cansado que eso. Su cabello castaño estaba enredado y sin lavar desde hacía días.

Su vestido gris, de tela gruesa y sin forma tenía manchas en el pecho donde los bebés habían derramado leche. Sus pies estaban descalzos porque los zapatos se los había dado a Tomás cuando los de él se rompieron en el camino. Caminaba despacio porque no tenía otra velocidad posible. Cada paso era un esfuerzo calculado para no perder el equilibrio con los dos bebés en brazos.

Los bebés se llamaban Sofía y Miguel. Sofía había nacido primero 7 minutos antes que Miguel y desde esa diferencia mínima había establecido entre ellos una especie de orden silencioso que Marisol había aprendido a respetar. Cuando lloraban juntos, siempre era Sofía la que se calmaba primero. Miguel era más pequeño, más delgado y necesitaba más tiempo para recuperarse del llanto.

Tenían seis semanas de nacidos y Marisol aún no había terminado de recuperarse del parto, que había sido doble y difícil y que había ocurrido en la habitación de una casa que ya no era suya. La casa había sido de su esposo Rodrigo, o más exactamente la casa había sido de la familia de Rodrigo y Rodrigo se la había prestado a Marisol durante los 5 años que duró el matrimonio, aunque nunca se lo dijera directamente.

Rodrigo se llamaba Rodrigo Castillo Vargas y su familia tenía tierras y ganado y una historia larga en esa región. Y cuando Rodrigo murió en un accidente de trabajo en el que un tractor lo aplastó contra una cerca de alambre, su familia llegó al rancho de ellos tres días después del funeral y explicó con una calma que a Marisol le resultó más dolorosa que la agresividad, que la propiedad pertenecía a los Castillo y que Marisol no tenía nombre en ningún papel.

La madre de Rodrigo, Consuelo Vargas de Castillo, era una mujer de 60 años con el pelo blanco recogido en un chongo apretado y con una forma de hablar que no dejaba espacio para la discusión. No era cruel en el sentido de gritar o insultar. Era cruel en el sentido de ser completamente indiferente al llanto de los niños y al estado de Marisol, que en ese momento tenía a los bebés de tres semanas de nacidos y el cuerpo todavía débil.

Consuelo explicó que Rodrigo no había dejado testamento, que la tierra y la casa estaban a nombre de la sociedad familiar y que Marisol tenía dos semanas para recoger sus cosas y buscar otro lugar. Marisol no tenía familia. Su madre había muerto cuando ella tenía 12 años de una enfermedad que los médicos nunca nombraron con claridad.

Su padre había desaparecido antes de eso. Simplemente un día no volvió y nadie supo a dónde fue. Marisol había crecido con una tía Esperanza, que era buena persona, pero que vivía en una situación tan ajustada que apenas podía alimentarse a sí misma. Esperanza también había muerto dos años antes de un problema del corazón.

No había más familia, no había ahorros, no había ningún lugar a donde ir. Marisol recogió la ropa de los niños, las cobijas, los pocos juguetes que Tomás y Lucía tenían, los trapos de los bebés, y metió todo en dos costales de tela. Tomás cargó uno de los costales sin que nadie se lo pidiera, porque Tomás era el tipo de niño que observaba la situación y hacía lo que hacía falta hacer.

Lucía cargó el costal más pequeño, el de los juguetes, y Andrés caminó junto a su madre sin soltar el borde de su vestido. Marisol cargó a los bebés y salió de la casa sin mirar atrás, porque sí miró atrás en los primeros metros del camino, y el dolor que sintió fue tan físico y tan inmediato que tuvo que detenerse y respirar tres veces antes de poder seguir caminando.

Caminaron durante varios días. Marisol no tenía un destino claro, tenía una dirección general que era alejarse del rancho de los castillos y buscar algún lugar donde pudiera pedir trabajo o refugio. Dormían a un lado del camino, debajo de árboles cuando los había, sobre la tierra cuando no. Comían lo que encontraban, frutas silvestres que Tomás reconocía porque Rodrigo le había enseñado cuáles eran comestibles, tortillas que alguna mujer les regalaba cuando los veía pasar, agua de arroyos.

Marisol amamantaba a los bebés porque era la única forma de alimentarlos, aunque ella misma comía poco y sentía el cuerpo cada vez más débil. Andrés enfermó el cuarto día. Fue una fiebre que llegó de noche y que durante horas hizo al niño tiritar y gemir sin despertar del todo. Marisol lo tuvo abrazado toda la noche con los bebés durmiendo sobre su regazo, mientras Tomás y Lucía dormían uno junto al otro cubriéndose con la misma cobija.

La fiebre de Andrés bajó hacia el amanecer, pero el niño quedó débil y cansado, y los días siguientes caminó más despacio y lloró más seguido que antes. Fue en esas condiciones que Marisol llegó al rancho de Esteban Murillo. El rancho se llamaba La esperanza, aunque Marisol no lo supo hasta después.

Lo que vio desde el camino fue un conjunto de construcciones de madera y lámina rodeadas de corrales, con una casa principal más grande y sólida al fondo, y con un gallinero a un lado, que era visible desde la entrada, porque sus paredes de madera sin pintar contrastaban con el suelo de tierra seca.

Había un hombre parado junto al gallinero con un caballo blanco de manchas oscuras y ese hombre la vio llegar desde que Marisol todavía estaba a cierta distancia. El hombre era Esteban Murillo Ramos. Tenía 35 años, aunque también él parecía cargar más tiempo que eso en el cuerpo. Era alto, de complexión fuerte, con el cabello oscuro y la barba crecida de varios días.

Usaba pantalón de trabajo color beige y camisa blanca de manga larga con las mangas dobladas hasta el codo. Tenía las manos grandes y callosas de quien trabaja con animales y tierra desde que tiene uso de razón. Sostenía la rienda del caballo con naturalidad, sin apretarla, como si el animal y él llevaran mucho tiempo acostumbrados el uno al otro.

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